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Capítulo: Eres mi esposa comprada

Author: Luna Ro
last update Petsa ng paglalathala: 2026-07-07 12:50:36

En el hospital

Joaquín permanecía de pie frente al cristal de la habitación.

No entró. Solo observaba.

Daniela estaba inconsciente, recostada en la cama blanca del hospital. Su rostro pálido contrastaba con las vendas que rodeaban sus muñecas. Respiraba con dificultad, como si incluso el sueño le costara.

Por un instante, algo se movió en el pecho de Joaquín.

Culpa.

No debería estar aquí.

Y, sin embargo, estaba.

Porque ella le había salvado la vida.

El recuerdo regresó sin permiso. El incendio en la empresa. El humo espeso tragándose los pasillos. El caos.

Un enemigo había intentado matarlo aquel día.

Él había logrado sacar a sus empleados uno por uno, ordenando la evacuación entre gritos y alarmas, pero el edificio colapsó demasiado rápido.

Demasiado tarde.

Joaquín cayó antes de llegar a la salida.

Y en medio del fuego, alguien lo encontró.

Una mujer.

Daniela. La mano que lo arrastró fuera de las llamas fue la misma que, horas después, le sostuvo la vida entre los dedos.

No pidió dinero. No pidió reconocimiento.

Solo pidió una cosa. Ser amada por él. Y él… aceptó.

Porque en aquel momento, salvarle la vida le pareció suficiente razón para intentar quererla.

Pero la culpa no duró. Se rompió. Como todo lo demás.

La imagen apareció con fuerza en su mente. Daniela en una cama de otro hombre.

Sus manos enredadas en las de alguien más. Su voz jurando algo que no era para él.

La traición. Justo cuando él había estado dispuesto a dejar su compromiso de infancia por ella.

Joaquín cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, la culpa había desaparecido.

Solo quedaba hielo.

—La traición no se perdona —pensó.

Y él nunca hacía excepciones.

El médico lo sacó de sus pensamientos.

—¿Va a sobrevivir? —preguntó Joaquín sin emoción.

El doctor asintió de inmediato.

—Está fuera de peligro. El corte fue superficial. Fue más un intento de… llamar la atención.

Joaquín no respondió.

Solo observó un segundo más a Daniela.

Luego giró.

—Manténganla estable.

Y se fue. Sin mirar atrás. No porque no le importara.

Sino porque ya había decidido no volver a caer en lo mismo.

***

En la mansión

Pensó que Miranda estaría dormida. Pero no lo estaba.

La encontró de pie en medio de la sala. Ya no llevaba el vestido de novia. Ahora vestía ropa sencilla.

Como si hubiese decidido empezar a desaparecer.

A su lado, una sola maleta. No había drama. No había lágrimas. Solo una decisión tomada.

—¿Qué haces? —su voz fue baja, pero firme.

Miranda levantó la mirada. Estaba cansada.

—Esta boda fue un error —dijo con calma—. Yo no sabía que usted amaba a otra persona, señor Kirland. Ahora lo sé.

Respiró hondo.

—No voy a ocupar el lugar de nadie. No seré una tercera en su vida.

Su voz no tembló.

—Anulemos el matrimonio.

El silencio cayó en la sala como un golpe seco.

Joaquín la miró como si no la reconociera.

¿Esa era la mujer que su familia le había entregado?

¿La misma que había aceptado sin protestar?

Una risa corta, fría, salió de sus labios.

No fue alegría. Fue incredulidad.

—¿De verdad crees que esto funciona así? —dijo lentamente—. ¿Que puedes decidir terminarlo cuando te conviene?

Miranda sostuvo su mirada.

—No se trata de conveniencia. Se trata de dignidad.

Eso lo detuvo un segundo. Solo uno.

Pero fue suficiente para irritarlo.

Joaquín dio un paso hacia ella. Luego otro.

Reduciendo la distancia.

La sala parecía más pequeña. Más tensa.

—¿Dignidad? —repitió con voz baja—. Llegas tarde para hablar de eso.

Miranda no retrocedió.

—Déjeme ir —insistió—. Usted ya tiene a otra persona en su corazón. No tiene sentido mantener esto.

El aire se tensó aún más.

Joaquín inclinó apenas la cabeza.

—Miranda, ¿de verdad crees que puedes decidir esto por tu cuenta? ¿Crees que puedes anular nuestro matrimonio solo porque te da la gana?

—Señor Kirland, déjeme un poco de dignidad y no se oponga —suplicó ella, manteniendo la frente en alto—. Usted ya tiene a otra mujer en el corazón. Déjeme ir.

Joaquín dio un paso al frente, acortando la distancia con una mirada amenazante.

—¿Dejarte ir? ¿Acaso olvidaste cuánto dinero me debe tu padre? Si das un solo paso fuera de esta casa, la familia Narváez quedará en la ruina absoluta. Entiéndelo de una vez, Miranda: yo te compré para ser mi esposa.

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