FAZER LOGINMiranda se casa enamorada de Joaquín Kirland, convencida de que ha encontrado el amor de su vida. Pero en plena boda, aparece la exnovia de su esposo declarando que aún lo ama. Lo que debería ser el inicio de su felicidad se convierte en el principio de su caída. En la noche de bodas, Daniela finge un intento de suicidio, y Joaquín corre hacia ella sin mirar atrás, dejando a Miranda sola en una casa que no siente suya. Cuando intenta anular el matrimonio, descubre la verdad: su unión no fue por amor, sino un contrato entre familias, un intercambio de poder y dinero del que ella nunca fue informada. Ahora está atrapada: en un matrimonio sin amor o en la ruina de su propia familia. Un año después, Miranda ha aprendido a vivir con el desprecio de su esposo, esperando un amor que nunca llega… hasta que un accidente casi le cuesta la vida. Y en ese instante, comprende algo doloroso: no vale la pena morir por un hombre que nunca la eligió. Renacida del dolor, Miranda toma una decisión: ya no será la esposa obediente. Ahora quiere su libertad. —Adiós, CEO… quiero el divorcio. Pero Joaquín Kirland no está dispuesto a dejarla ir. Y por primera vez, es él quien se niega a perderla.
Ver maisMiranda sonreía mientras sostenía el cuchillo para cortar el enorme pastel de bodas.
Las luces del salón iluminaban los cristales, la orquesta interpretaba una melodía elegante y cientos de invitados observaban a la nueva pareja con sonrisas y aplausos.
A su lado estaba Joaquín Kirland, el hombre con el que acababa de casarse.
Era el heredero de la familia Kirland, una de las dinastías empresariales más poderosas del país.
Aquel matrimonio no había nacido del amor, sino de una alianza entre dos familias influyentes.
Miranda lo sabía desde el principio. Aun así, llevaba años enamorada de Joaquín en silencio. Había aceptado aquel contrato con la ingenua esperanza de que, con el tiempo, pudiera conquistar su corazón.
Respiró hondo y levantó la vista hacia él.
Él permanecía impecable con su traje negro, tan elegante como distante. Su expresión era serena, casi imposible de descifrar.
Justo cuando ambos estaban a punto de cortar el pastel, la enorme puerta del salón se abrió de golpe.
—¡Joaquín!
La voz femenina atravesó el lugar como un trueno.
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Una mujer vestida completamente de rojo caminó hasta ellos con paso decidido. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto.
Antes de que alguien pudiera detenerla, arrebató el cuchillo del pastel y apoyó la afilada hoja contra su propio cuello.
Los invitados soltaron gritos de espanto.
—¡Dios mío!
—¡Está loca!
—¿Quién es esa mujer?
Miranda sintió que el corazón le daba un vuelco.
No entendía qué estaba ocurriendo.
La desconocida no apartaba los ojos de Joaquín.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Entonces... ¿de verdad te casaste con otra? —preguntó con la voz quebrada—. ¿De verdad dejaste de amarme?
El silencio cayó sobre el salón.
Entre los invitados comenzaron a escucharse murmullos.
—Es Daniela...
—¿No era ella la asistente de Joaquín, que decían que era una amante?
—¿Qué está pasando?
Las palabras fueron suficientes para que el rostro de Miranda perdiera el color.
Sintió cientos de miradas clavarse sobre ella.
La felicidad que había sentido unos segundos antes desapareció por completo.
Miró a Joaquín buscando una explicación.
—¿Qué... qué significa todo esto?
Pero antes de que él respondiera, Daniela giró hacia Miranda y levantó el cuchillo en su dirección.
—¡Cállate!
Su mirada estaba llena de odio.
—La tercera en esta historia eres tú. La amante eres tú. Yo soy la mujer que Joaquín ama... tú solo eres la esposa que su familia eligió.
Aquellas palabras atravesaron a Miranda como un puñal.
Por un instante, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Volvió a mirar a su esposo. Esperaba que la negara.
Esperaba que dijera que aquella mujer estaba loca.
Esperaba cualquier cosa.
Sin embargo, Joaquín permaneció inmóvil.
Su mandíbula se tensó apenas un instante antes de dirigir la mirada hacia Daniela.
Su voz sonó fría, firme y autoritaria.
—Daniela... mírate.
Ella rompió a llorar.
—No...
—Observa dónde estás. Esta es mi boda con Miranda.
Él hizo una breve pausa.
—Ahora soy un hombre casado.
Daniela negó desesperadamente.
—¡No! ¡No puedes hacerme esto!
Por primera vez, una sombra de dolor cruzó el rostro de Joaquín, aunque desapareció casi al instante.
—Todo terminó el día en que elegiste marcharte con otro hombre.
Las palabras parecieron romper a Daniela por dentro.
Su cuerpo comenzó a temblar.
—¡Joaquín! ¡Todavía te amo!
Él cerró los ojos apenas un segundo antes de levantar una mano.
—Llévensela.
Los guardias reaccionaron de inmediato.
Le arrebataron el cuchillo mientras ella forcejeaba y gritaba entre lágrimas.
—¡Joaquín! ¡No me abandones!
—¡Tú me prometiste que siempre me amarías!
Su voz fue perdiéndose mientras la arrastraban fuera del salón.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Miranda sentía que apenas podía respirar.
Los invitados fingían mirar hacia otro lado, aunque todos seguían observándola de reojo.
Algunos incluso murmuraban entre ellos.
La humillación era insoportable.
Entonces Joaquín tomó una copa de champán como si nada hubiera ocurrido.
—Ha sido un pequeño incidente.
Su voz seguía siendo tranquila.
—La celebración continúa.
La música volvió a sonar.
Los invitados comenzaron a aplaudir con cierta incomodidad, intentando recuperar el ambiente festivo.
Pero para Miranda todo había cambiado.
Mientras sonreía por compromiso y recibía felicitaciones, solo podía recordar la desesperación en los ojos de Daniela... y la expresión que Joaquín había intentado ocultar.
Aquello no era el comportamiento de un hombre indiferente.
Había algo entre ellos. Algo que seguía vivo.
***
Horas después, la fiesta terminó.
El automóvil los llevó hasta la villa que Joaquín había comprado para comenzar su vida de casados.
Era una residencia enorme, elegante y silenciosa.
Sin embargo, el lujo no conseguía ocultar la frialdad que existía entre ambos.
Apenas cruzaron la puerta, Joaquín aflojó el nudo de la corbata y se volvió hacia ella.
—Debemos dejar algo claro desde esta noche.
Miranda sintió un nudo en la garganta.
—Este matrimonio es un contrato entre los Kirland y los Narváez.
Su mirada era tan fría como el mármol.
—Te daré respeto, estabilidad y cumpliré con mis obligaciones delante de los demás.
Hizo una breve pausa.
—Pero no esperes amor de mí.
Aquellas palabras terminaron de romper el corazón de Miranda.
Aunque ya conocía las condiciones del acuerdo, escucharlas de sus labios dolía mucho más de lo que había imaginado.
Aun así, reunió valor para responder.
—Pensé... que tal vez con el tiempo...
No pudo terminar la frase.
En ese momento, uno de los guardias irrumpió apresuradamente en la villa.
—¡Señor!
Joaquín frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
—Es la señorita Daniela... Intentó quitarse la vida. La trasladaron de emergencia al hospital.
El rostro de Joaquín cambió por completo. Sin decir una sola palabra, caminó hacia la puerta.
Miranda actuó por instinto y sujetó su mano.
Necesitaba una respuesta. Solo una.
—Joaquín...
Él bajó la mirada hacia los dedos que lo retenían.
Con suavidad, pero sin el menor rastro de afecto, apartó su mano.
Después salió de la villa sin volver la vista atrás.
La puerta se cerró.
El silencio la envolvió por completo.
Miranda permaneció inmóvil durante varios segundos.
Aquella era su noche de bodas. Y su esposo acababa de correr al lado de otra mujer.
Una sonrisa amarga apareció en sus labios mientras las lágrimas resbalaban lentamente por sus mejillas.
En ese instante comprendió la verdad. Nunca había sido la mujer elegida.
Solo había ocupado el lugar que alguien más dejó vacío.
Si el corazón de Joaquín seguía perteneciendo a Daniela... Entonces ese matrimonio jamás tendría un futuro.
Apretó los puños con fuerza.
—Mañana mismo pediré la anulación de este matrimonio.
Al día siguienteHoracio apenas había conseguido dormir.La noche había sido interminable. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Irlanda aparecía en su mente.No entendía qué había sucedido.¿Por qué había cambiado de actitud de un momento a otro?¿Por qué había desaparecido?Desde que había regresado a la mansión, Horacio había intentado convencerse de que necesitaba descansar.Su cuerpo todavía estaba débil después de todo lo que había ocurrido, pero su preocupación por Irlanda era mucho más fuerte que el cansancio.Finalmente, se levantó de la cama.—Tengo que encontrarla.Intentó caminar hasta la puerta.Solo había dado unos pasos cuando un fuerte mareo lo golpeó.La habitación comenzó a girar.Horacio tuvo que apoyarse contra la pared.—Maldita sea…Uno de los empleados que estaba cerca escuchó el ruido y entró inmediatamente.—¡Señor Horacio!El hombre corrió hacia él.—Estoy bien.—No debería levantarse todavía.—Necesito salir.—El médico fue muy claro. Debe permanecer en
—¿Embarazada?Miranda rio de sus palabras, negó.—¡imposible!—No digas imposible, por favor.Ella sonrió.—Mejor no pensemos en eso, ¿quieres? Te prometo que me haré la prueba de embarazo pronto.Él asintió.Decidieron volver a la mansión.Al principio, Joaquín se había mostrado reacio a volver.Sin embargo, Horacio recibió el alta médica y su proceso de recuperación exigía comodidades que solo la gran mansión podía ofrecerle con creces.Cuando los vehículos finalmente cruzaron los portones de hierro forjado y avanzaron por la entrada principal, la emoción de las pequeñas llenó por completo el ambiente.Las niñas pegaban los rostros a los cristales con los ojos abiertos de par en par, fascinadas por la imponente fachada que se alzaba ante ellas.—¡Papi nos trajo de vuelta al castillo de cuento de hadas! —exclamó una de ellas, dando breves saltos de alegría en su asiento.Joaquín las observó desde el retrovisor y una sonrisa sumamente tierna se dibujó en su rostro, suavizando las línea
Al día siguienteFinalmente llegó el día del juicio.Desde muy temprano, el edificio del tribunal estaba rodeado de periodistas, cámaras y personas curiosas que habían seguido el caso desde que salió a la luz.Joaquín llegó acompañado de Miranda y Horacio.Ninguno de los tres dijo demasiado.Era extraño pensar que estaban a punto de sentarse frente a la mujer que había sido responsable de tanto dolor.Agatha Kirland.La madre de Joaquín.La mujer que alguna vez había sido una figura respetada dentro de la alta sociedad y que ahora enfrentaba una condena por delitos que habían dejado a su propia familia destrozada.Los tres tomaron asiento.Poco después, Agatha entró acompañada de sus abogados.Llevaba un elegante traje, pero su rostro había cambiado. Ya no tenía aquella seguridad con la que había enfrentado a todos durante años.Aun así, su abogado parecía decidido a luchar.—Mi cliente no se encuentra en condiciones de comprender completamente la gravedad de sus actos —argumentó duran
La mujer gritaba desesperada detrás de la puerta.—¡Joaquín! ¡Regresa! ¡No puedes dejarme aquí! ¡Soy tu madre!Sus gritos resonaban por el pasillo de la comisaría, pero Joaquín no se detuvo.Por primera vez en su vida, decidió no escucharla.Cada paso que daba parecía arrancarle un pedazo del corazón. No era fácil aceptar que aquella mujer, a quien durante años había considerado su refugio y una de las personas más importantes de su vida, se hubiera convertido en alguien capaz de destruir a su propia familia.Joaquín apretó la mandíbula y continuó caminando.No quería llorar.No quería darle ese último triunfo.Al salir de la comisaría, encontró a Miranda esperándolo.Ella no necesitó preguntarle qué había sucedido.Bastó con mirar sus ojos.Joaquín se acercó y Miranda abrió los brazos. Él la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.Durante unos segundos ninguno dijo nada.Miranda sintió cómo temblaba su cuerpo.Podía sentir el dolor que Joaquín intentaba ocultar detrás de


















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