INICIAR SESIÓNCapítulo 4 — La mirada profana
La noche en el convento era un refugio de silencio total. Los muros de piedra absorbían cada murmullo, y las sombras de los corredores se alargaban bajo la luz temblorosa de las velas. Afuera, el bosque susurraba con el viento, y dentro, las oraciones habían quedado selladas en el eco lejano de los rezos de vísperas.
Anastasia Volkova caminaba con paso sereno junto a una novicia más joven, que le recordaba mucho a ella cuando llegó a ese lugar siendo obligada. Ambas estaban revisando que todo estuviera en orden antes de retirarse a sus celdas.
Este era un deber rutinario para todos, pero para ella representaba mucho más que un protocolo: era la única oportunidad de sentir que aún existía algo más allá de esas paredes al caminar a veces por los alrededores. Esa noche, sin embargo, su corazón estaba inquieto por alguna razón. Era un presentimiento extraño que palpitaba bajo su hábito blanco y su corazón daba brincos como si temiera por algo.
La novicia, cuyo rostro aún mostraba la frescura de la adolescencia, rompió el silencio entre ambas.
— Hermana Anastasia… ¿Alguna vez ha deseado salir de aquí? — pregunto la joven cuya familia también la había obligado a estar ahí.
La pregunta flotó en el aire luego de eso, atrevida y peligrosa. Anastasia no respondió de inmediato, sus ojos color miel recorrieron los vitrales oscuros, donde los santos parecían observarlas con un juicio implacable.
— No debemos desear lo que no podemos tener, hermana — dijo al fin, aunque su voz tembló con un matiz de melancolía — A veces la resignación puede ser el mejor camino.
La novicia iba a continuar con sus preguntas para debatir lo que ella había dicho, pero un estruendo las interrumpió inesperadamente. Un golpe brutal contra las puertas del convento resonó en todo el claustro, como si un gigante hubiera chocado contra ellas. Luego fue un toque más sutil y luego uno agonizante. El eco retumbó en las paredes, arrancando un grito ahogado de la novicia.
— ¡Madre Santísima! —exclamó la muchacha, llevándose las manos al pecho.
Anastasia, aunque sentía que la sangre se le helaba, apretó los labios para no gritar. Su educación noble y su fortaleza adquirida en años de resignación no le permitían mostrar miedo fácilmente, así que solo respiró antes de hablar.
— Tranquila — susurró a la joven — Seguramente es alien busca de ayuda. Esta es la casa de Dios y no podemos negar refugio a quien llama a nuestras puertas.
Anastasia se adelantó ante cualquier objeción tomando una lámpara de aceite, y con la novicia a su lado, empujó los cerrojos de la entrada. El crujido de los metales fue más siniestro de lo habitual, pero la puerta se abrió, y la escena que se reveló ante ella trastocó su mundo para siempre.
Un hombre se sostenía apenas en pie, apoyado contra el marco de madera. Su figura imponía incluso en su estado deplorable: alto, con hombros anchos y una presencia salvaje que no encajaba en aquel recinto sagrado. Sus cabellos oscuros y largos caían desordenados sobre su frente, y sus labios entreabiertos revelaban la respiración agitada de un herido grave.
Sin embargo, no fue eso lo único que la dejó sin aliento, fue su mirada.
— ¡Dios mío! — exclamó sorprendida — Señor está herido.
Dos ojos verdes, de un brillo tan intenso que parecían atravesarla, la miraron en el mismo instante en que ella levantó la lámpara. Esa era una mirada peligrosa, como la de un lobo acorralado por la maldad, ahí había una mezcla de furia, dolor y una extraña súplica que le revolvió el alma.
El corazón de Anastasia se aceleró en un par de segundos, no por el miedo, sino por algo mucho más prohibido. Una chispa ardió en su interior, un temblor que no había sentido jamás en todos sus años tras esos muros. Eso era como una atracción cruda, primitiva, inexplicable y se odió por ello en ese mismo instante.
El hombre intentó hablar, pero un gruñido áspero salió de sus labios
— No me deje… no me deje morir.
Cuando aquel cuerpo cedió. El gigante de ojos verdes se desplomó hacia adelante, y Anastasia apenas alcanzó a sostener parte de su peso antes de que la lámpara casi se le cayera de las manos. Un jadeo escapó de su garganta al ver cómo la tela oscura de su camisa estaba empapada en sangre y seguramente había perdido mucha.
— ¡Sangre! — exclamó la novicia, retrocediendo con horror.
Los pasos apresurados resonaron detrás de ellas. Varias monjas habían acudido al estruendo, con sus hábitos ondeando como sombras blancas en la penumbra. Al ver al desconocido, no hubo preguntas, no hubo juicios, solo acción.
— ¡Rápido, tráiganlo adentro! —ordenó una de las hermanas mayores con voz firme.
Entre varias, con esfuerzo, arrastraron el cuerpo del extraño al interior del convento. La sangre manchaba las baldosas y el aroma metálico invadió el aire puro del claustro. Anastasia, todavía con las manos manchadas, no podía apartar los ojos de aquel rostro duro y hermoso al mismo tiempo, que yacía inconsciente.
— ¿Quién será? — preguntó la novicia, temblorosa — ¿Y si es un criminal? ¿Y si dejamos entrar al demonio?
La hermana mayor la reprendió con severidad luego de esas preguntas necesarias.
—Aquí no preguntamos quiénes son, ni se habla del demonio. Si alguien llama a esta puerta, Dios los envía y eso basta.
Anastasia tragó saliva, nunca antes había pasado algo como eso desde que ella había llegado. Así que si las monjas creían que Dios lo había enviado… ¿Quién era ella para decirles lo contrario? ¿Para qué?
Una punzada en su pecho le dijo que este encuentro no era un simple acto de caridad. Había algo más, algo oscuro y magnético en ese hombre que acababa de desplomarse en sus brazos. Sin embargo, mientras lo llevaban hacia la sala de enfermería improvisada del convento, Anastasia permaneció cerca, como si una fuerza invisible la obligara a no alejarse. Su corazón seguía latiendo con violencia y aún podía sentir el calor de su cuerpo contra el suyo. Aquel peso era abrumador, pero su calor aun con el frío de la noche traspaso su alma.
Cuando la herida fue descubierta bajo la tela rota, los murmullos de las monjas se elevaron. Había un orificio en su costado izquierdo.
— La bala ha atravesado su costado y está perdiendo demasiada sangre… — dijo una de ellas.
— ¡Necesitamos agua caliente y paños limpios! — exclamó una hermana mayor.
Anastasia se arrodilló junto a él, sin pensar, sin medir las consecuencias. Tomó su mano grande y áspera, marcada por cicatrices, y la sostuvo entre las suyas. Nadie lo notó; todas estaban demasiado ocupadas en salvarle la vida, pero ella ahí estaba.
Ese contacto la estremeció más que cualquier oración, más que cualquier confesión, ya que era como tocar fuego con las manos desnudas.
Mientras la sangre manchaba las vendas y las demás luchaban contra la muerte que se cernía sobre él, Anastasia susurró una plegaria que no era solo para salvar un alma, sino también para acallar la tempestad que él había despertado en la suya.
La noche en el convento nunca volvería a ser la misma y menos luego de extraer la bala de su cuerpo.
Epílogo — Donde el fuego se vuelve hogarEl tiempo, que alguna vez fue enemigo, ahora caminaba a favor de ellos.La casa en Moscú ya no era solo una fortaleza. Esta había dejado de ser un lugar de guerra para convertirse en un refugio vivo, lleno de voces, risas y pequeñas rutinas que antes parecían imposibles. Las paredes, que alguna vez protegieron secretos ahora resguardaban vida y Odessa fue la primera en cambiarlo todo.Sus grandes pasos apresurados sobre el mármol resonaban como una victoria silenciosa. Cada risa suya era una prueba de que el pasado no había ganado y Anastasia la observaba desde el sofá, con esa mirada que ya no cargaba odio, sino una calma poderosa… una calma construida a base de fuego.— No corras tanto, mariposa… —susurró, aunque sonreía — Si lo haces tu hermano se va a cansar muy rápido.Odessa, ajena a cualquier peligro más que no sea el de divertirse, soltó una carcajada y siguió avanzando, pero ahora lo hacía hacia Dimitri, quien la esperaba con los brazo
Capítulo 84 — Promesas bajo la misma sangreEsa mañana la casa respiraba distinto. No era el silencio tenso de los días de guerra, ni el murmullo vigilante de las estrategias. Era otra cosa. Algo más ligero… casi humano. Como si, por primera vez en mucho tiempo, la vida se hubiera atrevido a entrar sin pedir permiso.Anastasia lo sintió desde que abrió los ojos y se estiró sobre la cama. Odessa dormía a su lado, pequeña, tibia, con ese gesto sereno que parecía burlarse del caos que había rodeado su llegada al mundo. Anastasia pasó los dedos por su mejilla con suavidad, como si aún no terminara de creer que todo aquello era real.— Buenos días, mi pequeña guerrera — susurró.La niña se movió apenas, aferrándose inconscientemente a la tela de su blusa. Anastasia sonrió. Habían pasado días desde el enfrentamiento final. Días en los que las heridas comenzaron a cerrar, algunas en la piel… otras más profundas, más lentas, pero cerraban.Su padre ahora estaba presente en sus vidas, no como
Capítulo 83 — El juicio de sangreEl lugar al que los llevaron no tenía nombre o una dirección conocida. Era uno de esos espacios que el mundo olvidaba a propósito. Un edificio abandonado, devorado por el óxido, donde el eco de los pasos parecía recordar cada cosa horrible que alguna vez ocurrió ahí. El aire era denso… pesado… como si incluso las paredes supieran que esa noche no habría redención.Anastasia bajó del vehículo sin mirar atrás y Vera caminaba a su lado, en silencio. Ella no hacía preguntas, no intentaba detenerla y había aprendido que hay dolores que no se curan con palabras… solo con justicia.Y aquella noche… Anastasia no venía a hablar. Venía a cerrar una herida y los hombres de Dimitri arrastraron a Matrizca por el suelo. La sangre que salía de su pierna herida dejaba un rastro oscuro detrás de ella, pero nadie le prestaba atención.— Por favor… — murmuró la mujer, con la voz rota — Anastasia, escúchame.Dijo por quinta vez y Anastasia se detuvo. Giró lentamente y po
Capítulo 82 — Caos en las sombrasLa carretera estaba demasiado silenciosa mientras los autos de Dimitri se dirigían al hospital donde se encontraba su cuñado. Aquel silencio, no era un silencio natural, más bien era como el de la noche, esa fría y oscura que caracteriza a Moscú. Era un silencio que se sentía… armado. Como si el aire mismo supiera que en cualquier segundo iba a romperse la tranquilidad.Anastasia lo miró en ese instante, sintiendo casualmente la misma sensación.— Dimitri… — murmuró, mirando por la ventanilla del auto — Algo no está bien.Dimitri no respondió de inmediato, pero sus ojos ya estaban atentos hacia afuera, fríos y calculando cada movimiento.— Ya lo sé, solo no te separes de mi pase lo que pase.Igor, en el asiento delantero, tensó los hombros al escucharlos. Cuando de la nada vio algo que puso sus sentimientos al máximo.— Vehículos acercándose —dijo sin girarse — Son tres… no, cuatro y vienen a máxima velocidad.Vera se aferró al asiento al escuchar eso
Capítulo 81 — El golpeEl amanecer llegó cargado de humo y tensión. Las sirenas todavía resonaban en la distancia cuando Dimitri recibió la noticia: una de las rutas clave de Vicky había sido destruida por completo. El fuego arrasó con los contenedores y la infraestructura circundante, dejando un mensaje escrito con fuego que no dejaba dudas: “Esto es solo el comienzo”.Dimitri observó la escena desde su despacho con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y la mirada en su portátil. Sus ojos brillaban con la mezcla de rabia y cálculo que solo él podía mantener bajo control. A su lado, Anastasia permanecía en silencio, cruzando los brazos y respirando profundo esperando el momento justo en el que Vicky saliera de su escondite.Ese tipo no era solo el peligro físico que les amenazaba, sino la provocación directa de lo que había hecho horas atrás. Anastasia quería hacerlo salir de su escondite a como diera lugar y lo iba a conseguir.— Vicky no aprendió nada desde que empezó a caer en p
Capítulo 80 — El perdón entre hermanosCuatro horas habían pasado. Anastasia las contó sin reloj, sin teléfono, sin noción real del tiempo a su alrededor. Las contó por los latidos desordenados de su corazón, por el frío que le subía desde los pies y por la imagen de Mikhail que no dejaba de repetirse en su cabeza como una condena.Mikhail en el suelo, la sangre y su mano aferrándose a la de ella con una fuerza desesperada, como si soltarla fuera morir más rápido.La sala de espera estaba en silencio luego de que el doctor le diera aquella noticia. Era un silencio seco y cargado de pensamientos que nadie se atrevía a decir en voz alta. Anastasia permanecía sentada junto a Dimitri, inclinada hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que le dolían los dedos.Cada vez que una puerta se abría su corazón se detenía y quería que le dijeran que el peligro había pasado.Su padre había llegado una hora después del atentado y Viktor entró co







