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Susurros en la celda

Autor: Afrodita
last update Fecha de publicación: 2026-04-18 12:28:57

Capítulo 5 – Susurros en la celda

La fiebre había consumido al desconocido durante días. Su cuerpo, fuerte, pero malherido, se debatía entre la vida y la muerte bajo el cuidado incansable de las monjas. Nadie preguntaba su nombre, nadie se atrevía a cuestionar qué había hecho para terminar allí. Dios, decían, mandaba pruebas misteriosas, y aquel hombre era una de ellas. Sin embargo, para Anastasia Volkova aquello no era solo una prueba, era un tormento.

Durante una semana había sido designada entre las responsables de atenderlo: cambiar los paños ensangrentados, limpiar la herida, controlar la fiebre y lo hacía con el rigor. Aprendido en años de disciplina… pero cada contacto, cada roce de su piel caliente, le encendía una batalla interna que no podía dominar.

Era extraño: un hombre que no pronunciaba palabra, que dormía entre delirios, ya había logrado poner en jaque todo lo que ella había creído inquebrantable o al menos a eso se había resignado.

Esa noche, el silencio en el convento parecía más profundo de lo habitual. Anastasia se encontraba en la pequeña celda donde lo habían acomodado y solo unas velas iluminaba apenas los contornos de su rostro. Su pecho se alzaba con dificultad, la fiebre lo mantenía atrapado en un sudor brillante que perlaba su frente y su cuello.

Ella humedeció una vez más el paño en agua fresca y lo pasó con suavidad por su piel ardiente. Lo hacía con movimientos pausados, casi temblorosos, como si temiera que aquel contacto lo despertara de su letargo sueño.

— Dios mío… — murmuró para sí misma — ¿Por qué lo trajiste aquí? ¿Quién es?

Sus ojos se detuvieron en los rasgos del hombre, ya que me resultaban curiosos. El aún inconsciente, pero imponía. Más haya de su hermano de quince años o el padre anciano de la iglesia, su mandíbula era dura y el arco de sus labios casi perfectos. La forma de su nariz era recta… y esos párpados cerrados que escondían los ojos verdes más intensos que había visto en su vida ocultaban su brillo. Una imagen profana se le clavó en la mente como un pensamiento no recurrente ¿Cómo sería si esos ojos se abrieran y la miraran ahora, en la penumbra, tan cerca de él?

Anastasia sacudió la cabeza, como si pudiera espantar el pensamiento. Él no sería quien la sacaría de ahí, no podría. Por más que ella llevara años soñando con ese momento cada vez lo veía más lejos, pero ese no era el momento de pensar en eso.

— No… no debo — se susurró así misma, aunque su voz carecía de firmeza.

El hombre se agitó de pronto, y un gemido escapó de su garganta. Su torso poderoso se contrajo bajo la tela de las sábanas y Anastasia se apresuró a sujetarlo suavemente por los hombros, presionando el paño frío contra su frente.

— Shhh… tranquilo… estás a salvo — dijo, con un hilo de voz que sonaba más íntimo que cualquier oración.

El contacto de su piel contra la de él la estremeció. Podía sentir el calor que emanaba, además de la fuerza latente bajo la debilidad momentánea. Era como si incluso en su agonía, aquel hombre llevara consigo una carga de poder imposible de ignorar.

Anastasia no se apartó enseguida cuando su cuerpo se calmó. Sus dedos permanecieron en su rostro, delineando sin querer la comisura de su labio inferior. Fue un roce mínimo, apenas una caricia robada, pero lo suficiente para encender una chispa peligrosa en el aire.

Sus labios se entreabrieron gradualmente y su respiración se volvió más rápida, como si en ese gesto prohibido se le hubiera ido el alma. Sin embargo, De golpe, la realidad la golpeó con toda su crudeza y retiró la mano como si se hubiera quemado.

— ¡No! — jadeó, poniéndose de pie de inmediato. Su corazón latía desbocado y su rostro estaba encendido de vergüenza.

Con manos temblorosas dejó el paño en la mesa y dio un paso hacia atrás, luego otro. Si alguien la veía haciendo eso tendría problemas y lo que menos quería era volver a esas oscuras celdas de castigo en la que paso varias noches. El silencio de la celda le pareció ensordecedor, haciendo que esta se llevará las manos al pecho y cerrara los ojos como si pudiera rezar en ese instante. Debía borrar lo que acababa de hacer, pero las palabras no acudieron. No había salmos ni letanías capaces de borrar el calor que aún sentía en la yema de sus dedos.

Anastasia miró una última vez hacia la pequeña cama y él seguía inconsciente, ajeno a lo que había ocurrido o al menos eso parecía. Su pecho se alzaba y caía con lentitud, y en la penumbra, bajo la luz de la vela, parecía un rey dormido, un guerrero salvaje atrapado en la fragilidad del dolor.

Anastasia dio media vuelta y salió corriendo de la celda, encontrando en el pasillo frío del convento el aire helado que no fue suficiente para apagar el incendio que llevaba dentro. Luego apoyó la espalda contra la pared, respirando agitadamente, esperando que nadie llegara en ese momento.

Las lágrimas asomaron en sus ojos, pero no eran de arrepentimiento. Estas eran lágrimas confusas, un torbellino de miedo, deseo, y una sensación extraña de estar viva de un modo que jamás había experimentado dentro de esas paredes. Su madre no le había dado oportunidad de experimentar más haya de su corta niñez y ahora mientras ella huía de sí misma, dentro de la celda, el hombre abrió apenas los labios en un murmullo febril. Una palabra se escapó, gutural, en su lengua natal:

— Анастасия…

La vela titiló, pero nadie lo escuchó. Él, aún en su delirio, ya había pronunciado el nombre de la mujer que sería su tormento y su salvación por el resto de su vida.

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