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La noble prisionera

Autor: Afrodita
last update Fecha de publicación: 2026-04-18 12:27:25

Capítulo 2 –La noble prisionera

El convento de Santa Verónica se alzaba en medio de los bosques como una fortaleza de penitencias. Sus muros de piedra, devorados por el musgo y el frío, parecían tragarse el tiempo, borrando cualquier rastro de juventud o esperanza que intentara colarse entre sus pasillos. Para Anastasia Volkova, aquel lugar se había convertido en un universo completo, un mundo donde la vida se reducía a rezos, cantos monótonos y el eco de pasos que nunca llevaban a ninguna parte.

Ella era hija de una de las familias nobles más antiguas de Rusia, pero para su condena su destino nunca había sido suyo. Desde su infancia le habían dicho qué vestir, qué aprender, qué callar, pero nunca imaginó que su madre, la estricta y cruel Ekaterina Volkova, decidiría el último capítulo de su libertad o al menos lo que conocía como libertad.

— El mundo no necesita otra joven frívola en fiestas o con hombres — le había dicho con voz helada, el día en que ordenó que la llevaran al convento — Este mundo necesita almas disciplinadas, sometidas a Dios y tú, Anastasia, no serás jamás lo que yo quiero que seas. Es por eso que tú servirás a Dios por el resto de tu vida.

Aquellas palabras se grabaron en su memoria como un hierro candente del que no puedo escapar. Tenía apenas once años cuando cruzó por primera vez las puertas de hierro del convento al que la habían enviado. Su cabello dorado, que siempre había sido su orgullo infantil, fue escondido bajo un pesado velo blanco. Sus vestidos de seda y flores fueron reemplazados por una tela áspera y rígida, incapaz de acariciar su piel. Sin embargo, lo más doloroso: para ella fue dejar de escuchar las risas que alguna vez compartió con su hermano Mikhail. Esas que quedaron condenadas al silencio y al olvido.

Al principio, Anastasia lloró cada noche sin parar. Lloró hasta que su garganta quedó seca, hasta que los rezos de las demás monjas se mezclaban con el sonido de su llanto y a veces; golpeaba la puerta de su celda, gritando que quería salir, que no pertenecía allí. Esos eran los gritos desesperados de una niña encerrada en contra de su voluntad, pero nadie respondía. El convento no tenía ventanas que miraran hacia la vida; ya que solo había pequeños cristales que dejaban pasar la luz gris del amanecer y la penumbra azulada del crepúsculo.

Los primeros meses, su hermano Mikhail aún la visitaba cada que podía. Llevaba escondidos en sus pantalones dulces o libros prohibidos por la estricta disciplina del lugar. Con él, la soledad se hacía menos cruel en aquel lugar.

— Aguanta, Nastya — le susurraba con ternura, usando el apodo que la había puesto desde niña — No será para siempre, lo prometo. Encontraré una forma de sacarte de aquí y llevarte conmigo.

Ella le creía, claro que lo hacía. Era solo una niña aferrándose a aquellas promesas como un náufrago a la madera en medio del mar. Sin embargo, un día, simplemente, él dejó de aparecer. No llegaban cartas, ni regalos o alguna explicación de porque ya no iba. Era como si él también hubiera decidido olvidarla, al igual que todos los demás.

La ausencia de Mikhail quebró algo en ella que ya no pudo sanar. Así pasaron semanas en las que no habló con nadie y en las que apenas comía lo suficiente para no desplomarse durante las misas. Fue entonces que comprendió lo que tanto dolor le causaba: ella no iba a salir jamás de aquel lugar.

Aceptarlo no fue rendirse de inmediato. Aquello fue un proceso lento, como una herida que deja de sangrar, pero que nunca sana. Anastasia comenzó a imitar los gestos de las otras monjas, a repetir las oraciones sin sentirlas, a obedecer las rutinas para no ser castigada. Su rostro angelical, de piel nívea y ojos azules profundos se convirtieron en un ícono de devoción para las demás. Nadie sospechaba que, detrás de esa fachada serena, vivía un alma desgarrada por la sensación de abandono.

Por las noches, cuando el silencio reinaba, Anastasia solía sentarse junto a la pequeña ventana de su celda. Desde ahí miraba la luna y trataba de imaginar cómo sería el mundo exterior después de tantos años.

“¿Seguirán existiendo las fiestas? ¿Los bailes? ¿Las risas de los niños en los parques?”, se preguntaba, pero la imaginación no alcanzaba. El convento era lo único que conocía, lo único que le quedaba.

Con el paso de los años, su fe se volvió más ambigua. Creía en Dios, pero no en el Dios que su madre y las monjas le imponían desde niña. En secreto, ella le rezaba a un Dios que la escuchara en sus desvaríos, que no le exigiera resignación, sino que entendiera la furia que a veces se escondía detrás de sus ojos angelicales. Era esa furia la que mantenía vivo su corazón porque aunque nadie lo supiera, aunque ella misma a veces lo negara, Anastasia aún soñaba con su libertad. Aún imaginaba la posibilidad de que un día alguien, un extraño o un milagro, atravesara los muros del convento y la arrancara de esa prisión. Esa a la que fue condenada sin ninguna razón.

Sin embargo, con el tiempo, esos pensamientos se volvieron más peligrosos. En las largas horas de rezo, donde las demás repetían letanías y el pan nuestro de cada día; ella fantaseaba con cosas que ninguna monja debería siquiera imaginar. Soñaba con un hombre que la mirara como nunca la habían mirado: no con piedad, ni con lástima, sino con fuego en los ojos. Soñaba con sentir algo que le recordara que estaba viva, pero no sabía que era exactamente y aunque no lo supiera, ese deseo sería la llave que abriría la puerta de su destino.

Un destino que fue forjado por personas sin corazón, pero que ella tenía o tendría en sus manos el poder de cambiar.

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