FAZER LOGINCuatro años después.
El cuartel de operaciones especiales en Apulia huele a café recalentado y a determinación fría. Las paredes están cubiertas de mapas tácticos y diagramas de flujo que convergen en un solo apellido: Greco.
Martin Rizzo observa la pizarra central, ajustándose el nudo de la corbata. Escucha los pasos pesados de su hermano antes de verlo entrar. Pablo ya no luce como el joven oficial de mirada brillante de hace cuatro años; ahora, su barba está perfectamente recortada, su traje es de una seda italiana demasiado cara para un policía y sus ojos tienen la opacidad de quien ha visto demasiado de cerca el abismo.
—Buen trabajo hoy, capitán —dice Martin, extendiendo una mano que Pablo estrecha con firmeza—. Me han informado que Matheo Greco te invitó personalmente a la cena privada en el club. Cuatro años de infiltración y finalmente eres su sombra.
—Casi —responde Pablo, con la voz más grave, más endurecida—. Matheo es desconfiado por naturaleza, pero cree que soy el tipo de hombre que mata sin preguntar. Eso me ha dado un asiento en su mesa.
Martin asiente y señala la pizarra.
—Repasemos el árbol genealógico para la operación de esta noche. El objetivo principal sigue siendo Apolo Greco, el patriarca. Su esposa, Atenas, es el cerebro logístico tras las fundaciones benéficas que lavan el dinero. Luego tenemos a Matheo, el heredero y tu "amigo". Y Ally, la mediana, que se encarga de las relaciones públicas.
Pablo recorre las fotografías con la mirada. Sus dedos se cierran en un puño al ver el rostro de Matheo. Sin embargo, su vista se detiene en un espacio en blanco al final de la fila. Un recuadro con un signo de interrogación.
—¿Y la menor? —pregunta Pablo, sintiendo una extraña punzada en la nuca—. Llevo meses entrando y saliendo de la mansión y nunca la he visto. Es como un fantasma.
—Ese es el problema —interviene Austin, el hermano menor de los Rizzo, que revisa unos archivos legales en la esquina—. La mantienen protegida, casi oculta. Sabemos que existe, que es la protegida de Apolo, pero no hay registros recientes, ni fotos en redes sociales, nada. Es el misterio mejor guardado de los Greco.
—Dicen que es la luz de los ojos de su padre —añade Martin—. Una joya que no permiten que nadie toque. Pero esta noche, en la fiesta de máscaras, eso va a cambiar. Necesitamos que identifiques su rostro, Pablo. Si ella es su debilidad, será nuestra mayor ventaja.
Pablo suelta una risa amarga, recordando el fuego de la explosión.
—Los Greco no tienen debilidades, Martin. Solo tienen víctimas. Pero no te preocupes, esta noche me pegaré a Matheo como una lapa. Si la "princesa" aparece, le pondré nombre y apellido.
—Ten cuidado —advierte Martin, bajando la voz—. Si sospechan lo más mínimo de que eres un agente encubierto, no saldrás de esa mansión. Recuerda por qué estamos haciendo esto.
—Lo recuerdo cada vez que cierro los ojos —responde Pablo, tocando inconscientemente el lugar donde solía llevar su placa—. Por Cianna. Por mi hijo. Por todo lo que esos animales me arrebataron mientras yo salvaba a una mocosa egoísta en aquel edificio.
Martin golpea la pizarra con el nudillo, retomando el tono profesional.
—El plan es sencillo. La fiesta de máscaras es el evento del año. Todos llevarán el rostro cubierto, lo que te facilitará moverte sin ser vigilado constantemente por los guardias de Matheo. Tu objetivo es colocar el dispositivo de escucha en el despacho privado de Apolo mientras los demás están distraídos con el brindis de medianoche.
—Matheo me quiere a su lado para mostrarme como su nueva adquisición —dice Pablo, ajustándose los gemelos de oro—. Dice que le gusta mi "estilo".
—Úsalo a tu favor. Si logras que te presente a la familia completa, habremos ganado la partida —concluye Martin—. El equipo de apoyo estará a dos calles. Si las cosas se ponen feas, usa la señal.
Pablo se encamina hacia la salida, pero se detiene en el umbral.
—Una cosa más, Martin.
—Dime.
—Si llego a ver a la chica que salvé aquel día... la que dejó que Cianna muriera mientras se quejaba de su ropa... asegúrate de que no esté en el radio de la misión. No sé si podré contenerme si la tengo cerca.
Martin suspira, viendo la espalda de su hermano alejarse.
—Esa chica desapareció del mapa hace años, Pablo. Concéntrate en los que están vivos.
Pablo no responde. Sale del cuartel hacia su coche de lujo, con la máscara de cuero negro en el asiento del copiloto. No sabe que el destino tiene un sentido del humor retorcido, y que la "misteriosa menor" de los Greco y la joven que ha odiado durante cuatro años están a punto de cruzarse en su camino una vez más.
Diez años. Diez años habían pasado desde que Isabella Greco finalmente caminó hacia mí en aquel jardín de la Toscana, no como una prisionera, ni como una madre por obligación, sino como la mujer que decidió, por voluntad propia, unir su destino al mío. Diez años de matrimonio que se sentían como un suspiro y, al mismo tiempo, como una vida entera de batallas ganadas.Hoy, la mesa del comedor había sido un caos absoluto, el tipo de caos que yo antes habría despreciado y que ahora era mi único motor. Elena, con sus quince años y esa mirada afilada que heredó de su madre, discutía de política con Matheo hijo, de ocho. Los gemelos, de seis años, intentaban convertir sus guisantes en proyectiles mientras Isabella intentaba mantener la compostura de una reina, aunque yo veía la comisura de sus labios temblar por la risa contenida.—Sabes que técnicamente no soy tu esposa frente a estos niños cuando se portan así —me había susurrado ella mientras pasaba a mi lado para recoger los platos—. En
La villa en Florencia se había convertido en mi purgatorio y mi paraíso personal. Durante el último año, me había acostumbrado a vivir en esa línea delgada que Isabella había trazado con una precisión cruel: el "solo sexo". Era un trato que acepté con la desesperación de un náufrago, sabiendo que, aunque ella decía que solo buscaba alivio físico, sus ojos me contaban una historia de amor que su orgullo todavía no se atrevía a pronunciar.Cada encuentro era una batalla silenciosa. Yo la tocaba con una devoción que intentaba derribar sus muros, y ella me recibía con una intensidad que a veces me hacía olvidar que, al salir de esa habitación, volveríamos a ser "solo los padres de Elena".Esa noche, el calor en la Toscana era sofocante, pero no tanto como el fuego que siempre estallaba entre nosotros.Habíamos cenado en silencio, un silencio cargado de electricidad, mientras Elena dormía en la habitación contigua bajo la vigilancia de la niñera. Isabella me había mirado sobre la copa de v
El aire de la noche en Florencia era denso, cargado con el aroma de los jazmines que trepaban por los muros de la villa que los Greco habían asignado a Isabella. Había pasado un año exacto desde que el llanto de Elena rompió el silencio de aquella clínica en Atenas. Un año en el que yo había sido un espectador en la periferia de su vida, cumpliendo la promesa de darle espacio, mientras mis manos picaban por la necesidad de sostenerla, de protegerla, de amarla como el hombre que finalmente era.Esa noche, sin embargo, el aire era distinto. Isabella me había citado. No para hablar de los fondos del fideicomiso de la niña, ni para discutir las medidas de seguridad que Austin insistía en reforzar. Me había citado después de que Elena se durmiera, con una voz que, por primera vez en meses, no sonaba a distancia profesional.La encontré en la terraza superior. Llevaba un camisón de seda negra que apenas rozaba sus muslos, y su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, brillando bajo
La luz dorada del atardecer de la Toscana se filtraba a través de los ventanales de la villa, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de terracota. El aire olía a romero, a tierra húmeda y al aroma inconfundible del café recién hecho que Pablo preparaba en la cocina. Habían pasado cinco años desde que la oscuridad de Atenas casi los consume a ambos. Cinco años desde que Elena nació para iluminar sus ruinas.Su relación era algo que nadie afuera podía entender, un rompecabezas de piezas que no encajaban del todo pero que se negaban a separarse. Después del primer año de distancia, de visitas cortas y silencios cargados de tensión, Isabella había sido la que rompió el hielo con una propuesta que pretendía ser pragmática: Solo sexo. Un acuerdo para liberar la tensión de dos cuerpos que se buscaban como imanes, una mentira piadosa que ambos aceptaron para no tener que admitir que sus almas seguían encadenadas.Pero la naturaleza tiene su propia forma de reírse de los acuerdos de los
El hospital privado en las afueras de Atenas olía a antiséptico y a una paz forzada que me resultaba ajena. Durante nueve meses, el mundo exterior había seguido girando: el imperio de los Vince se había desmoronado bajo el peso de las traiciones de Francesco, y los Greco habían recuperado su trono, pero para mí, el tiempo se había detenido en aquel almacén. Había cumplido mi palabra. Me mantuve a la distancia exacta: lo suficientemente cerca para cubrir los gastos, para asegurar que los mejores especialistas la atendieran y para que ningún remanente de odio la alcanzara, pero lo suficientemente lejos para que mis ojos no le recordaran el dolor de la cabaña.Había pasado meses viviendo en una casa frente al mar, solo con mis fantasmas y con la sombra de una verdad que me quemaba: Ethan estaba con Cianna en algún lugar de Europa, bajo la vigilancia de Austin, pero ya no era mi hijo. Y la mujer que llevaba a mi verdadera sangre en su vientre, me había pedido tiempo. Un tiempo que se sint
La luz del amanecer se filtraba tímidamente por los ventanales altos del almacén, bañando la habitación en un tono grisáceo y melancólico. El estruendo de la guerra en el puerto se había convertido en un eco lejano, pero dentro de esas cuatro paredes, el silencio era mucho más pesado.Entré sin pedir permiso, ignorando la advertencia de Matheo, que me vigilaba desde el pasillo con la mano puesta sobre su arma. Mis botas hacían un ruido sordo sobre el suelo de cemento hasta que llegué al pie de su cama. Isabella estaba despierta. Tenía la mirada fija en un punto inexistente de la pared, pero en cuanto sintió mi presencia, sus ojos se clavaron en los míos. Estaba pálida, con ojeras profundas que marcaban su cansancio, pero la fiereza seguía ahí, intacta.—Francesco te lo dijo, ¿verdad? —su voz fue apenas un susurro, pero cortó el aire con la precisión de un bisturí.Me senté en la silla de metal al lado de su cama, sintiendo el peso de mis propios pecados sobre los hombros. No intenté t







