Share

LA PRIMERA GUERRA

Penulis: Florenciars
last update Tanggal publikasi: 2026-05-10 02:39:57

Narra: Alexander

Regresé a la mansión bajo la lluvia sintiendo que algo dentro de mí acababa de romperse.

Dejar a Amelia sola en el jardín con aquel ángel de plata había sido satisfactorio durante exactamente diez segundos.

Después llegó otra cosa.

Algo peor.

Porque por primera vez no podía dejar de pensar en ella.

Subí directamente a mi habitación, ignorando al servicio, ignorando las voces lejanas que provenían del ala principal y cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.

El golpe resonó en toda la estancia.

Me apoyé contra la madera.

Respiré.

Una vez.

Dos.

Tres.

Inútil.

La imagen de Amelia seguía allí.

Empapada por la lluvia.

Con el ángel en la mano.

Mirándome como si acabara de arrancarle una parte del alma.

—Maldita sea... —murmuré.

Atravesé la habitación y abrí el cajón oculto de mi escritorio.

Dentro estaba el expediente.

El expediente que había robado del despacho de mi padre.

Durante años había creído que Arthur Jones era incapaz de sentir afecto por nadie.

Ni siquiera por mí.

Sin embargo aquellos documentos contaban otra historia.

Facturas escolares.

Recibos bancarios.

Cartas.

Pagos.

Transferencias.

Todo relacionado con una sola persona.

Amelia.

Pasé las hojas una vez más.

Mi mandíbula se tensó.

¿Por qué?

¿Por qué una simple hija de empleados recibía tanta atención?

¿Por qué mi padre llevaba años pagando cosas que nadie conocía?

¿Por qué ocultarlo?

Había algo que no encajaba.

Y cuanto más lo pensaba, más insoportable se volvía.

A la mañana siguiente bajé al comedor decidido a obtener respuestas.

Mi madre ya estaba sentada frente al periódico.

Perfecta.

Impecable.

Fría.

Como siempre.

—Llegas tarde —comentó sin levantar la vista.

—Buenos días para ti también.

—Los buenos días se reservan para la gente puntual.

Tomé asiento.

Mi padre apareció segundos después.

Traje oscuro.

Reloj de oro.

Expresión vacía.

El mismo hombre de siempre.

Pero ahora yo conocía parte de sus secretos.

Y eso cambiaba todo.

—Esta tarde habrá inventario en la bodega —informó mi madre—. Isabelita estará ocupada con la gala.

Asentí distraídamente.

—La niña ayudará.

Mi atención regresó de inmediato.

—¿Amelia?

—¿Hay alguna otra niña viviendo en esta propiedad?

No respondí.

Pero una idea comenzó a tomar forma.

Lenta.

Oscura.

Inevitable.


La bodega era uno de los pocos lugares de la mansión capaces de resultar inquietantes.

Paredes de piedra.

Pasillos estrechos.

Sombras.

Silencio.

El sitio perfecto para las verdades incómodas.

Cuando llegué, Amelia ya estaba allí.

Subida a una pequeña escalera.

Anotando números en una libreta.

No me oyó acercarme.

O tal vez fingió no hacerlo.

—Trabajas demasiado para alguien que no pertenece a esta casa.

Su cuerpo se tensó.

Se giró lentamente.

Sus ojos chocaron con los míos.

Y durante un instante ninguno habló.

El ángel de plata colgaba de su cuello.

Lo había conservado.

Eso me irritó más de lo que debería.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó.

—¿La verdad?

—Dudo mucho que la conozcas.

Sonreí.

Una sonrisa amarga.

—Mi padre lleva años pagando por ti.

El color abandonó ligeramente su rostro.

Solo un poco.

Pero lo suficiente.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Di un paso adelante.

Ella no retrocedió.

Eso también me irritó.

—Tu escuela.

Tus libros.

Tu educación.

Todo pagado por Arthur Jones.

¿Por qué?

Amelia apretó la mandíbula.

—Pregúntaselo a él.

—Lo haría si alguna vez respondiera algo.

Silencio.

La tensión entre nosotros se volvió insoportable.

—Tal vez siente lástima.

—Mi padre no siente lástima por nadie.

Aquella frase salió más dura de lo esperado.

Porque era verdad.

Porque yo lo sabía mejor que nadie.

Amelia me observó durante varios segundos.

Y entonces dijo algo que no esperaba.

—Debes odiarlo mucho.

La frase me golpeó como un puñetazo.

—No digas tonterías.

—No son tonterías.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Llevas años intentando convencer al mundo de que no te importa nada. Pero las personas felices no se comportan como tú.

Mis manos se cerraron en puños.

—No sabes nada de mí.

—Y tú no sabes nada de mí.

La respuesta quedó suspendida entre nosotros.

Incómoda.

Peligrosa.

Demasiado honesta.

Por primera vez no parecíamos enemigos.

Parecíamos dos personas heridas.

Y eso resultaba mucho más aterrador.

Di un paso atrás.

Necesitaba distancia.

Necesitaba recordar quién era.

Necesitaba recordar quién era ella.

Entonces la libreta resbaló de sus manos.

Las hojas se dispersaron por el suelo.

Amelia se agachó para recogerlas.

Yo también.

Nuestras manos chocaron sobre una de las páginas.

Y por un segundo ridículamente largo nos quedamos inmóviles.

Su piel estaba fría.

La mía también.

Ninguno retiró la mano primero.

Hasta que un ruido nos interrumpió.

Pasos.

Alguien venía.

Amelia se levantó de inmediato.

Yo también.

Y entonces lo vi.

Entre las cajas de vino.

Semiescondida detrás de una estantería.

Había una fotografía antigua.

Amarillenta.

Doblada por el tiempo.

La recogí.

Mi corazón se detuvo.

Era mi padre.

Mucho más joven.

Sonriendo.

Sonriendo de verdad.

A su lado estaba una mujer de cabello oscuro.

Una mujer que reconocí al instante.

La madre de Amelia.

Elena.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Le di la vuelta a la fotografía.

Había una frase escrita a mano.

Con tinta ya casi borrada.

"Lo que ocurrió en Nottingham jamás debe salir a la luz."

—Alexander...

La voz de Amelia sonó lejana.

Distorsionada.

No podía apartar la vista de la fotografía.

Porque en toda mi vida jamás había visto a mi padre sonreír de esa manera.

Jamás.

Y de pronto comprendí algo.

No sabía quién era Amelia.

No sabía quién había sido Elena.

Y quizá tampoco sabía quién era realmente Arthur Jones.

Los pasos se acercaron.

Cada vez más.

Amelia me observó.

Yo observé la fotografía.

Y por primera vez sentí miedo.

No de ella.

No de mi madre.

No del escándalo.

Miedo de la verdad.

Porque empezaba a sospechar que el secreto de Nottingham era mucho más grande de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.

Y estaba a punto de alcanzarnos.

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • Amelia: PROHIBIDA PARA EL HEREDERO   EL CÓDIGO QUE NOS MANTUVO UNIDAS

    A MIS LECTORAS.Al llegar a este punto final, donde las pantallas se apagan y los personajes por fin encuentran el silencio que tanto buscaron, me resulta imposible no mirar hacia atrás y ver el camino que hemos recorrido juntas. Escribir esta historia ha sido una de las experiencias más intensas y reveladoras de mi vida, pero no habría sido la misma sin la presencia constante, silenciosa o vibrante, de ustedes al otro lado de la pantalla.Para mis lectoras: gracias por haber sido el motor de este sistema. Cuando comencé a tejer la historia de Amelia y Alexander, no sabía exactamente hasta dónde nos llevaría este juego de poder, intrigas y romance oscuro. Solo tenía una premisa y dos personajes que se negaban a rendirse. Sin embargo, fueron ustedes, con su lectura capítulo tras capítulo, quienes le dieron sentido a cada giro de la trama. Gracias por haber sido las cómplices de nuestras traiciones, por haber sufrido con cada bala, por haber analizado cada hackeo y por haberse permitido

  • Amelia: PROHIBIDA PARA EL HEREDERO    Donde el Sistema no Llega (Epílogo)

    Narra: AmeliaUn año ha pasado desde que el humo del helicóptero se disipó en las Feroe. Si alguien me hubiera dicho, mientras revisaba servidores en los sótanos de Aberdeen, que terminaría mis días horneando pan en una cocina pequeña y luminosa frente a una costa que no aparece en los mapas comerciales, me habría reído con la misma frialdad que reservaba para mis adversarios.Aquí, el único sistema que gestiono es el cambio de las estaciones.Dejé la bandeja sobre la mesa de madera rústica y miré hacia la ventana. Alexander estaba afuera, cortando leña para el invierno. Ya no viste trajes hechos a medida ni chalecos tácticos. Lleva una camisa de lana desgastada y sus manos, que una vez estuvieron marcadas por el peso de las armas y la autoridad de una junta directiva, ahora están curtidas por el trabajo de la tierra. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente, y me vio a través del cristal. Su sonrisa, esa que antes solo aparecía cuando ganábamos una batalla corporativa, a

  • Amelia: PROHIBIDA PARA EL HEREDERO   El Algoritmo del Destino

    Narra: AlexanderEl sol comenzó a filtrarse entre las nubes bajas, bañando los acantilados de las Islas Feroe con una luz dorada que parecía casi irreal después de meses de vivir entre sombras, códigos y acero. El helicóptero del arquitecto era ahora poco más que un esqueleto humeante contra la roca, un recordatorio estático de que habíamos ganado una guerra que nadie más sabía que estábamos librando.Amelia estaba a mi lado, respirando el aire puro del norte. Por primera vez, sus manos no estaban sobre una terminal, ni sus ojos buscaban una brecha en la seguridad; estaban entrelazados con los míos. El peso del "Corazón del Algoritmo", ese pequeño dispositivo que una vez tuvo el poder de doblegar imperios, descansaba ahora en el fondo del mar, hundido por nosotros en la fosa más profunda de la bahía. Habíamos borrado nuestras identidades, nuestras deudas y nuestro pasado.—¿Sientes eso? —me preguntó, rompiendo el silencio. Su voz ya no tenía la urgencia de la superviviente, sino la ca

  • Amelia: PROHIBIDA PARA EL HEREDERO   La Última Ejecución

    Narra: AlexanderEl aire en los acantilados era puro, frío y cortante, un contraste brutal con el hedor a químicos del búnker. A mis espaldas, Amelia se mantenía firme, con la terminal portátil aún encendida, sus dedos danzando sobre el cristal líquido con una velocidad sobrehumana. Ella no solo estaba hackeando el helicóptero; estaba cerrando el cerco, eliminando todas las rutas de escape posibles.—Tengo control sobre los sistemas de navegación —anunció, su voz clara y desprovista de cualquier titubeo—. El arquitecto cree que despegará hacia el continente, pero el piloto automático está siendo redirigido hacia el norte, a un área sin cobertura donde sus sistemas de comunicación ya no tienen salida.Observé el helicóptero. Las turbinas giraban con un gemido agudo, levantando una nube de gravilla y niebla. Corrí hacia el borde de la pista, sintiendo la adrenalina destilando cada gota de veneno que aún quedaba en mis músculos. No necesitaba disparar, no todavía. Necesitaba que el hombr

  • Amelia: PROHIBIDA PARA EL HEREDERO   El Algoritmo del Caos

    Narra: AmeliaLa vista se me nublaba, teñida por un velo gélido y grisáceo que no provenía de la neblina exterior, sino del gas que llenaba mis pulmones. Cada inhalación se sentía como fuego líquido, una toxina diseñada con precisión quirúrgica para adormecer el sistema nervioso central antes de apagarlo por completo. El contador parpadeaba en la pantalla principal con una indiferencia matemática que me helaba la sangre: 00:04:12.A mi lado, Alexander era una fuerza de la naturaleza negándose a ser contenida. A pesar de la herida de bala en su hombro y del veneno que ya corría por sus venas, se arrastró hacia los conductos de ventilación superiores. Lo vi quitarse la chaqueta táctica con un gruñido de puro dolor, rasgando la tela para intentar taponar la rejilla de donde emanaba el siseo constante del gas. Sus músculos se tensaban al límite, sus nudillos estaban blancos y su respiración era un eco ronco en las paredes de concreto.—¡Amelia, no te quedes ahí! —su voz sonó distorsionada

  • Amelia: PROHIBIDA PARA EL HEREDERO   100: La Isla de los Ecos

    Narra: AlexanderEl motor de la lancha se detuvo finalmente, dejándonos a merced de la corriente en una bahía oculta por acantilados negros y dentados. Las Islas Feroe se alzaban ante nosotros como los dientes de un monstruo antiguo, envueltas en una niebla tan espesa que parecía tener peso propio. Amelia salió a cubierta, envolviéndose en mi chaqueta táctica. El aire estaba cargado de sal y soledad, pero para mí, era el aroma de la victoria. O eso quería creer.—¿Es aquí? —preguntó, su voz apenas un susurro que se perdió entre el graznido de las aves marinas.—Es el final de la línea —respondí, bajando los suministros.El búnker no era una instalación moderna; era una fortaleza de la Guerra Fría excavada directamente en el granito. Mientras arrastrábamos el equipo hacia la pesada puerta blindada, un detalle hizo que mi instinto de depredador se activara. El barro cerca de la entrada estaba fresco. Había huellas de botas militares, profundas y recientes.—Amelia, detente —ordené, mi m

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status