LOGINDurante veinticinco años, Marcos creyó que había sido abandonado por su familia en las frías calles de México. Hasta que un día, un misterioso hombre apareció para revelarle una verdad que cambia su vida para siempre. Es hijo de unos de los hombres más poderosos del país y el único heredero de una inmensa fortuna, sin embargo, este nuevo destino viene con una nueva condición, debe casarse con la mujer que su padre eligio para él. Julieta lleva años buscando al hombre que asesinó a su padre, cuando por fin da con él, descubre que Marcos se ha convertido en el intocable heredero de un imperio y por si fuera poco, descubre algo terrible; antes de morir su padre la comprometió en matrimonio justamente con él. Julieta acepta el matrimonio por una sola razón: entrar en su vida, descubrir porque mató a su padre y hacerlo pagar por todo. Pero vivir bajo el mismo techo desata una peligrosa confusión entre el odio y el deseo. Él comienza a preguntarse por qué su esposa lo mira como si fuera su peor enemigo. ¿Logrará Julieta descubrir la verdad antes de destruir al hombre que es el padre de su hijo?
View MoreJulieta
Me desperté sobresaltada, un estruendo había sacudido el silencio de la casa. Durante unos segundos permanecí inmóvil sobre mi cama, con el corazón golpeándome con tanta fuerza contra las costillas que podía escucharlo, escuché otro disparo, me incorporé de inmediato. —¿Papá? —pensé, el miedo me recorrió de pies a cabeza, aparté las cobijas y salí de mi habitación, bajé las escaleras con el corazón desbocado, aferrándome al barandal mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo. Al llegar a los últimos escalones, me quedé paralizada, mi padre estaba tendido en el suelo, boca arriba, la sangre comenzaba a extenderse debajo de su cuerpo. —¡Papá! —bajé corriendo los últimos escalones y me arrodillé junto a él, tenía dos heridas en el pecho, una de ellas muy cerca de su corazón —¡Papá! ¡Papito, háblame! Mis manos temblorosas se posaron sobre las heridas, intentando detener que la sangre no siguiera escapando de su cuerpo, mi padre abrió los ojos, me miró y para mi sorpresa sonrió. —Mi niña… —su voz apenas era un susurro. —No hables, voy a llamar a una ambulancia —intenté levantarme, pero mi padre me sujetó débilmente de la muñeca. —No te vayas… —tosió y un hilo de sangre apareció en la comisura de sus labios. —Papá… —Ya no me queda tiempo… —No digas eso —las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. No, no podía perderlo, la única familia que me quedaba. —Dime quién te hizo esto —exigí con la voz quebrada —dime quién fue y te juro que voy a hacer que pague… Mi padre negó lentamente con la cabeza. —Esto… tenía que pasar…—tosió de nuevo, un coagulo de sangre lleno su boca — traicioné… a quién no debía… —¿De qué estás hablando? —pregunté frunciendo el ceño, pero él apenas parecía escucharme. Su mirada se perdió por encima de mi hombro. —Vete… antes de que regrese —su voz estaba cargada de miedo —¡Vete! —¿Quién? —pregunté, mi padre volvió a mirarme. —Busca… —su respiración se volvió irregular —busca al señor Valdés — un ruido detrás de nosotros hizo que me estremeciera, levanté la vista, una sombra nos cubrió a ambos, mi padre abrió los ojos con temor y entonces sus labios se movieron —Mar…—sentí que mi corazón se detenía. —¿Qué? Mi padre hizo un esfuerzo desesperado por hablar. —Marcos… —fue lo último que consiguió pronunciar, sus ojos perdieron lentamente el brillo, su mano cayó al suelo. —¡Papá! —grité con dolor y lo abracé —¡Papá! ¡Papá! —balbuce, pero ya no respondió. Entonces sentí una mano sobre mi hombro, reaccioné instintivamente y me aparté de golpe, frente a mi estaba un hombre, alto, imponente, su cuerpo atlético parecía ocupar todo el espacio de la habitación. Tenía los hombros anchos, brazos fuertes y una postura que transmitía una seguridad inquietante incluso en medio de aquella escena. No parecía un hombre que necesitara levantar la voz para hacerse obedecer. Su cabello negro estaba ligeramente despeinado y contrastaba con su rostro de facciones marcadas, mandíbula firme, nariz recta, labios perfectamente delineados. Era extraordinariamente atractivo. Pero nada de eso importaba, mis ojos de quedaron atrapados en los suyos, eran oscuros, intensos y fríos, no había miedo en ellos y tampoco culpa, solo una calma desconcertante. —¡Eres un maldito bastardo! —grité —¿Por qué lo hiciste? El hombre no respondió, solo miró el cuerpo de mi padre, después se arrodilló, por alguna razón, aquel gesto me desconcertó, esperaba verlo disfrutar de su muerte, esperaba arrogancia, desprecio, pero no encontré nada de eso, más bien había decepción. Extendió una mano y cerró los ojos de mi padre con una extraña delicadeza. Aquello me enfureció todavía más. —¡No lo toques! —me abalancé sobre él, el hombre se puso de pie y recibió mis golpees en su pecho una y otra vez —¡Lo mataste! —golpeé con todas mis fuerzas —¡Lo mataste! —él no se defendió, simplemente permaneció allí mientras descargaba toda mi rabia contra él. Quería verlo sufrir, quería que sintiera, aunque fuera una fracción del dolor que estaba provocándome. Pero aquel hombre permaneció inmóvil. —Eres más valiente de lo que pareces —murmuró, era la primera vez que escuchaba su voz, grave fría y segura, sujeto mis manos contra su pecho. —¡Y tú eres un maldito bastardo! —intenté apartarme —¡Suéltame! —No lo voy hacer —una pequeña sonrisa apareció en sus labios, no era amable, era una sonrisa cargada de interés. Volví a golpearlo, pero mis fuerzas comenzaron a desaparecer, mis piernas dejaron de sostenerme, todo comenzó a dar vueltas, me tambaleé y el hombre reaccionó rápidamente sujetándome antes de que golpeara el suelo, nuestros rostros quedaron demasiado cerca, podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma que desprendía y la fuerza de sus brazos sosteniéndome, quise apartarme, pero ya no tenía fuerzas y todo se volvió oscuridad. Cuando abrí los ojos, no reconocí el lugar, parpadeé varias veces, estaba en una habitación completamente blanca, no había fotografías, ni cuadros, ni objetos personales, solo una cama, una cómoda, una pequeña mesa y una silla. Intenté incorporarme, entonces escuché un sonido metálico, subí la mirada, mis muñecas estaban sujetas a la cama… —No… —susurré asustada, tiré de las esposas, el metal se clavó en mi piel —¡Maldito! De pronto escuché la puerta abrirse, un hombre entró, el mismo hombre que había visto junto a mi padre, el asesino, llevaba una bolsa en una mano. Al verme despierta, se detuvo, sus ojos recorrieron mi rostro durante unos segundos sin decir nada, pude observarlo mejor, vestía completamente de negro, su camisa estaba ligeramente arrugada y algunas hebras de cabello oscuro caían sobre su frente, parecía demasiado tranquilo para un hombre que acababa de matar a alguien. Dejó la bolsa sobre la mesa, un delicioso olor a comida llenó la habitación, lo miré con incredulidad. —Que amable, traerle comida a tú próxima víctima —dije, pero no respondió, se acercó a la cama. —¿Dónde está? —preguntó, fruncí el ceño. —¿Dónde está qué? —respondí con una pregunta. —Ella —su voz cambió, por primera vez parecía desesperado… —¿De quién hablas? —vi decepción en su mirada, pero no podía sentir compasión por el asesino de mi padre —déjame ir… Apretó la mandíbula, después miró mis muñecas, la piel estaba roja debido a los intentos desesperados que había hecho por liberarme, algo parecido al arrepentimiento cruzó sus ojos, se inclinó y sacó una pequeña llave del bolsillo. —No vuelvas a hacerte daño —dijo, lo observé con odio. —¿Te preocupa? No respondió, liberó mis muñecas, apenas sentí que estaba libre, reaccioné, le di una patada en la cabeza que lo dejó aturdido, salté de la cama y corrí hacia la puerta que había quedado abierta, era un idiota, no iba a desperdiciar aquella oportunidad, bajé las escaleras a toda velocidad, escuché una voz detrás de mí. —¡Espera! No obedecí, choque con alguien en el pasillo, no pude verle la cara, continué corriendo, no sabía dónde estaba, no sabía quiénes eran aquellas personas, solo sabía que quería escapar. Cuando finalmente salí de la casa, la lluvia golpeó mi rostro, no me importó, corrí, corrí hasta que mis pies comenzaron a dolerme, corrí hasta llegar a una estación de policía. Horas después, estaba sentada frente a un oficial. —Necesito saber su nombre —me dijeron, cerré los ojos y recordé las últimas palabras de mi padre. —Marcos… —¿Marcos qué? —volvió a preguntar el oficial, abrí los ojos al darme que cuenta. —No lo sé —llevé mis manos a la cabeza con desesperación —pero se dónde está, él me llevo ahí… El oficial levantó la vista mirando detrás de mí. —¿Puedes darnos la dirección? —preguntó con suavidad, asentí. Tardaron una eternidad en llegar hasta aquella dirección, pero cuando finalmente lo hicieron, la casa estaba envuelta en llamas. Los bomberos tardaron horas en controlar el incendio, cuando finalmente pudieron entrar, encontraron un cuerpo calcinado entre los escombros. La policía me dijo que, por los indicios encontrados en el lugar, se trataba del hombre que había asesinado a mi padre, el hombre estaba muerto, todos parecían convencidos, yo no, había algo dentro de mí que se negaba a creerlo, no sabía por qué, pero aquella noche, mientras observaba la casa reducida en cenizas, tuve la certeza de algo, Marcos seguía vivo y algún día lo encontraría, aunque tuviera que recorrer el mundo entero para encontrarlo y hacerlo pagar por la muerte de mi padre.Julieta Salí de la mansión Valdés con la cabeza llena de preguntas, ¿Por qué mi padre me había comprometido con Sebastián? Y ¿Por qué don Maximiliano había aceptado? ¿Y si yo amaba a otra persona? ¿Cómo podía mi padre esperar que cumpliera una promesa que cumpliera una promesa que nunca había hecho? Apreté los labios, aunque, pensándolo bien, nada de aquello estaría sucediendo si Sebastián no hubiera aparecido de nuevo, jamás me había enterado de la maldita cláusula testamentaría. No sabía qué estaba pasando por la cabeza de mi padre cuando aceptó aquel compromiso, pero, sin saberlo, me había atado al hombre que era responsable de su muerte. Desde donde estuviera, seguramente debía estar arrepentido de haberme dejado a merced de un hombre como Marcos o Sebastián, ya ni siquiera sabía cómo debía llamarlo.Subí a mi auto y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria, apoyé las manos sobre el volante, pero no encendí el motor, mi mente regresó a la noche anterior, a Sebastián, a s
SebastiánEl silencio que siguió a las palabras de mi abuela fue absoluto. Me quedé mirándola, convencido que había escuchado mal. ¿Casarme? ¿Con Julieta? Desvié la mirada hacia ella, estaba tan sorprendida como yo, pero había algo más en sus ojos, rechazo. Un rechazo tan evidente que me hizo preguntarme si acaba de escuchar una sentencia de muerte en lugar de una propuesta de matrimonio. Permanecí inmóvil durante unos segundos, hasta que solté una risa breve, carente de humor. —¿Me estás diciendo que debo casarme con ella para recibir mi herencia? —pregunté, todavía incrédulo. —Si —su respuesta fue tranquila, como si acabara de decirme que debía firmar cualquier documento. Me recosté contra el respaldo de la silla y crucé los brazos. —¿Por qué con ella? —mi abuela levantó los hombros. —No lo sé, Sebastián, tu padre así lo dispuso en su testamento —dijo mi abuela. Volví a mirar a Julieta, no parecía una mujer emocionada porque acabaran de decirle que iba a casarse con el her
Julieta Me quedé inmóvil al sentir de nuevo los labios de Sebastián sobre los míos, eran ardientes, firmes y suaves al mismo tiempo, exactamente como los había recordado durante tantas noches. Por un segundo, olvidé quien era, solo podía pensar en leoncito y en todo lo que aquel hombre había en mí aquella noche, un año atrás.Mi corazón dio un vuelco, el calor comenzó a subir por mi cuerpo mientras un temblor involuntario recorría mis piernas. Él presionó sus labios con más intensidad contra los míos y por instinto entreabrí la boca, Sebastián deslizó su lengua dentro de mí y me acercó más a él, hasta que pude sentir la firmeza de su cuerpo contra el mío, su calor me envolvió dejando sin espacio entre nosotros.Sebastián deslizó una mano por mi espalda hasta llegar a mi cadera, sus dedos se hundieron en mi carne y la presionó contra de sí. El recuerdo de su polla dentro de mí, provoco un gemido que fue absorbido por su beso, sentí humedad en mi feminidad. Mis dedos se aferraron a s
Sebastián—Es mi hija —una voz masculina detrás de Julieta me hizo desviar la mirada. Era el hombre que mi abuela me había presentado como mi tío Rodrigo. —¿Entonces eres mi prima? —pregunté con poco de desilusión, pero ella de inmediato negó con la cabeza. —No soy su hija…—Pero como si lo fuera —interrumpió Rodrigo, rodeó los hombros de Julieta con su brazo, no me gustó, no supe exactamente por qué, quizá fue la manera posesiva en que la sujeto o quizá la forma en que me miró, como si estuviera advirtiéndome que mantuviera las manos lejos de ella, algo que por alguna razón, no pensaba obedecer —durante cinco años vivió conmigo y mi hija... Observé su brazo alrededor de los hombros de Julieta, había algo en aquella escena que me incomodaba, no parecía simplemente el gesto de un padre cariñoso. —Mucho gusto, Julieta —le extendí la mano, vi la indecisión en su rostro antes de que finalmente estrechara la mía, en cuanto nuestras manos se tocaron, una corriente eléctrica familiar rec
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