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Encuentro.

last update Data de publicação: 2026-07-02 23:26:33

Fernanda no perdió la oportunidad, insistiendo para que asistiera a su cumpleaños. Laín no quería ir y la verdadera razón era porque allí pasó un mal momento.

Pese a toda la negativa que Laín puso, terminó cediendo ante la petición de Fernanda.

(...)

Se sintió un don nadie mientras atravesaba el jardín junto a Fernanda. Se detuvo varias veces porque las personas se acercaban a su amiga para felicitarla por su cumpleaños.

Laín escuchó un sinfín de halagos dirigidos a Fernanda y él deseaba huir. Si hubo algo que llamó su atención fue la falsedad en las palabras dichas de las personas para su amiga. ¿Así era el mundo de Fernanda? ¿De esa manera eran las personas de clase social alta? Laín no era un tonto para no darse cuenta de esos detalles y entonces, ¿por qué parecía que a Fernanda no le afectaba nada de eso? ¿Por qué Fernanda esbozaba sonrisas de felicidad cuando sus ojos demostraban lo contrario? Fue testigo de una faceta nueva de su amiga; esa parte ficticia de ella, Laín no conocía y, en el fondo de su corazón, le dolió.

—Lo siento —se disculpó Fernanda—. Si fuera por mí, mandaría al mismísimo carajo a todas estas personas, pero mi madre se empeñó por hacer algo perfecto.

—Está bien, no te preocupes por mí —comentó bajito, sintiendo un par de miradas sobre él—. Tu jardín quedó muy bonito.

Todo el paisaje estaba envuelto en pequeñas luces de colores que colgaban de los arbustos, guirnaldas de diferentes tamaños y tonos conformaban una especie de techo artificial y, debajo, largas mesas decoradas con finos manteles. Un sinfín de bocadillos sobre bandejas de plata, copas de cristal que contenían a saber qué tipos de bebidas.

—Puede ser, sí —concordó Fernanda—. Mejor larguémonos de aquí. Vamos a la pérgola. Allí no habrá mucha gente y ya no quiero que nadie se me acerque.

—Pero...

—No acepto una negativa, Li —sentenció ella. Laín asintió al notar la mirada sincera de ella—. Ven, te aseguro que nadie se dará cuenta.

(...)

Controló de manera impecable su estado, manteniendo la mirada indiferente y la postura imponente mientras “hablaba” con uno de los importantes empresarios que su tía invitó. Bebió de la copa que había agarrado minutos antes y dibujó una mueca casi imperceptible en el instante en que los vio. Pensó que Fernanda no llegaría a tal extremo, pero se equivocó.

—Tuve el honor de hospedarme en la suite presidencial —comentó Metzler—. No cabe la menor duda de que llegarás muy lejos, O'Donell. ¿Pensaste en...?

—Siento interrumpir, señores. —Jamás pensó agradecer a su tía y por supuesto no lo haría ahora, pero lo hizo mentalmente—. Oh, Metzler, te robaré a mi sobrino por unos momentos.

El hombre asintió con una sonrisa mientras Drazen se alejaba unos pasos con su tía.

Analizó el rostro de Martha y dedujo que aún no había encontrado a Fernanda. Su prima había llegado hacía más de una hora y no lo hizo sola.

—Drazen, lamento interrumpirte, seguramente hablaban de asuntos de negocios y...

—No era nada importante —la interrumpió—. ¿Qué sucede?

—Tu prima, eso sucede, ¿la has visto? —Por supuesto que la vio... —. Tengo a Dustin esperando por ella y ya no me quedan excusas.

—De hecho, tía, Fernanda llegó hace un buen rato —informó—. Sin temor a equivocarme, ella está en el sector de la pérgola.

—Oh, gracias al cielo —declaró su tía—. Iré a buscarla.

(...)

Fernanda tenía razón: la pérgola estaba casi desértica. La música apenas llegaba, las personas eran ajenas a la charla que mantenía con su amiga. Laín se sentía más tranquilo.

Aceptó unos bocadillos, desistió a la incitación de su amiga a que probara el champagne y optó por un cóctel de frutas. La atmósfera distó bastante luego de que se hubieran alejado, la conversación resultó ser amena y las risas no faltaron.

—En serio, esto es lo que quería —reflexionó Fernanda, sonriendo—. Si fuera por mí, hace rato toda esta gente habría desaparecido del jardín. No conozco ni a la mitad de las personas que andan por aquí como si nada.

—¿No se supone que son tus amigos? —preguntó, mirándola con curiosidad—. Fer, tú...

—No, Li, todo este teatro fue armado por mi madre —comentó Fernanda, borrando la sonrisa de su rostro—. Sí, saludé y sonreí, pero solo fue por cortesía. No me agrada esto. Si estoy aquí es porque mi madre insistió en invitar a no sé quiénes.

—Yo, no sé...

—¡Fernanda! —llamó alguien.

Laín se percató de la mueca irritante que dibujó Fernanda en su semblante ante la pronunciación de su nombre. Premió el simple hecho de encontrarse de espalda a la voz que se oyó enojada.

—Es mi madre —aclaró Fernanda, casi en un susurro—. No te muevas de aquí, enseguida regreso.

Sin permitirle decir una sola sílaba, Fernanda se alejó. 

Agradeció porque las personas desconocidas no estaban cerca, permitiéndole algo más de tranquilidad.

Inhaló y exhaló hondo, rogando mentalmente que su amiga regresara pronto.

~*~

Laín no fue consciente del tiempo que había transcurrido, pero de un instante a otro, sintió la misma pesadez que la primera vez. La sensación de ser observado lo embargó por completo. Ya no quería estar allí; si Fernanda no regresaba pronto, se iría…

—¿Cómo te llamas? —Esa voz... Hizo acopio de sus fuerzas para no... —. Te hice una pregunta.

Un nudo se formó en su pecho.

Laín reconoció la voz hostil y quiso huir lejos. 

Los nervios afloraron desde lo profundo de su ser. Su corazón golpeó con fuerza dentro de su pecho. La misma persona que lo trató como si no fuera nadie, se sentó en la silla que anteriormente ocupaba su amiga.

Su mirada se encontró con unos ojos semejantes a océanos gélidos y la nostalgia bañó su semblante; se resignó a recibir un mal trato.

—¿No piensas responder?

Laín tragó saliva.

—Habla.

La seguridad de aquel hombre le provocaba un miedo difícil de explicar. 

Bajó la mirada, deseando que este encuentro fuera producto de alguna extraña quimera.

—Mírame.

Una orden, eso era. Sintiéndose avergonzado, Laín alzó la mirada. 

Verde y celeste se fusionaron. Por un instante, ninguno de los dos habló. Laín quería apartar la mirada, pero no podía, solo…

—No me agrada repetir las cosas, pero de nuevo, ¿cómo te llamas?

—Laín —replicó—. Laín Rosales.

〜*〜

«Laín Rosales», repitió Drazen en su mente; notó la inquietud y nerviosismo del chico frente a él. ¿En serio iba a hablar con alguien a quién echó de la casa? Algo debía de andar mal con él, pero se mantuvo firme, sin demostrar nada, sin que nada delatara el ligero estremecimiento que sintió al oír la voz tímida de Laín. 

—Laín, ¿qué haces aquí? —preguntó.

Observó cada detalle, analizando los gestos faciales. Era tan evidente la incomodidad de Laín que por poco Drazen termina esbozando una sonrisa de suficiencia.

—Fernanda. Ella me invitó a su fiesta de cumpleaños —respondió Laín. Drazen asintió por inercia—. Yo... Lo siento, tengo que irme. 

—Drazen. Mi nombre —aclaró—. No es necesario que te vayas. Mi prima regresará en unos minutos.

No supo por qué razón sintió que tenía que retenerlo. Y se dio cuenta —al percatarse de la mirada llena de sorpresa— que había dicho su nombre. 

—Lo siento, de todas maneras me iré. —Laín se puso de pie. ¿Debía dejar que se fuera? Posiblemente... —. Gracias por... hablar conmigo. 

—No es nada. —Se puso de pie también—. Por cierto, me disculpo por haberte tratado mal. No medí mi vocabulario aquella tarde. Fernanda no me contó quién eras y supuse lo peor. Además, tu imagen no ayudó y saqué conclusiones apresuradas. 

—No se preocupe, es comprensible. —Sí, lo era; aunque ahora el chico vestía diferente, a sus ojos seguía siendo un... —. Acepto su disculpa. Ahora debo irme.

Drazen asintió, viendo cómo Laín esquivaba a las personas, dirigiéndose directamente hacia la salida. Sin embargo, algo no estaba bien. La nostalgia en la mirada verde oliva quedó impregnada en su mente por unos segundos y la sensación de querer ir detrás de Laín se instaló dentro de sí. 

No, no iría detrás de alguien a quién apenas conocía personalmente, porque leer un expediente no era lo mismo, no significaba que lo conocía.

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Último capítulo

  • Anhelos.   No te perderé de vista.

    —Li, espero que no te moleste que haya venido de visita con mi primo —dijo Fernanda, dando un paso más hacia Laín.La sonrisa de Laín se convirtió en una mueca y Drazen se preguntó qué podría hacer para…—No, claro que no, Fer. Es solo que…—Traje algunas cosas para la cena —interrumpió ella, con una sonrisa en la voz.—Fernanda —espetó entre dientes y miró de soslayo el coche.—Hola, Drazen. —La voz tenía un eco de timidez, pero también una firmeza al pronunciar su nombre—. Es… bueno verte. —Esto es cosa de Fernanda. Fue ella quien me dijo que me llevaría a un lugar y creí que… —dejó de hablar cuando Laín inclinó la cabeza y lo miró con incredulidad, pero notó el temblor en los labios.Ignorando el calor que trepaba por su cuello, Drazen negó con la cabeza, inhaló hondo y metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Fernanda apretó los labios y abrió la puerta trasera del coche. Tomó las bolsas de compras y se las pasó a Laín. —Entonces, ¿podemos pasar, Li? —preguntó Fernanda.

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