FAZER LOGINEstaba cansado de que su prima utilizara a los empleados, que él disponía, para satisfacer sus caprichos. Y esta vez, no pensaba tolerarlo. Después de verla llegar acompañada de un desconocido, ingresó al despacho de su tía. Por la ropa gastada y el aspecto descuidado del chico, dedujo que Fernanda volvía a involucrarse en alguna de sus absurdas obras de caridad.
Exhaló un suspiro y se masajeó las sienes. Apenas le quedaba paciencia para soportar las imprudencias de su prima.
Caminó hacia los ventanales y apartó las cortinas.
Entonces lo vio.El desconocido paseaba por el jardín como si perteneciera a la casa. Rozó distraídamente el respaldo de una silla de la pérgola y esbozó una sonrisa tímida mientras observaba el lugar con evidente curiosidad.
Y, de pronto, algo cambió.El chico giró sobre sí mismo, mirando alrededor como si buscara algo. Incluso desde la distancia, pudo distinguir el intenso verde de sus ojos.
Un extraño zumbido invadió sus oídos.
Parpadeó varias veces, desconcertado por aquella sensación inexplicable, pero antes de que pudiera comprender qué estaba ocurriendo, vio a Fernanda acercarse con una bandeja de comida entre las manos.
La irritación regresó de inmediato.Maldijo por lo bajo al verla actuar con tanta naturalidad, como si llevar a un desconocido a casa no representara ningún peligro. ¿Y si aquel chico era un delincuente? ¿Y si Fernanda acababa metiéndose en problemas por confiar en cualquiera?
(…)
Laín merendaba con Fernanda mientras charlaban de trivialidades. Las risas y bromas lo hacían sentir cómodo y a gusto, pero aún le costaba asimilar del todo la verdad de su amiga. Pese a esto, desechó la idea de que ella lo trataba amablemente por simple lástima. Había quedado claro que Fernanda era genuina, mostrando su realidad. Sin embargo, dentro de toda la tranquilidad que los rodeaba, Laín sintió un ápice de incomodidad. La sensación que lo embargó anteriormente aún persistía.
—Fer, ¿hay alguien más en tu casa? —preguntó, un poco dubitativo—. Antes de que llegaras, sentí como si alguien me estuviera observando.
—No, mi madre está de viaje —respondió Fernanda.
Laín asintió y terminó de beber el café con leche, sin quitar la mirada del rostro de su amiga.
—Las únicas personas que están son los empleados de servicio doméstico, pero ellos se encuentran en los quehaceres de la casa.
—Tal vez fue solo cosa mía —reflexionó, echando una rápida mirada al entorno—. Todo es tan distinto. Es decir, el lugar y tu casa… Creo que debe ser eso.
—Ya te acostumbrarás. —Eso no lo tranquilizó—. Porque es obvio que esta no será la última vez que vengas a mi casa. Me debes una cena.
—Podemos cenar en…
—Así qué traes pordioseros a tu propia casa.
La voz hostil y cargada de veneno, provocó que Laín se encogiera en la silla
—Tengo que reconocer que estoy sorprendido esta vez, primita.
—¿Qué haces aquí? —El tono de Fernanda mutó, dejando de lado la suavidad que la caracterizaba—. Vete. No eres bienvenido.
—¿Así que no soy bienvenido?
Por la posición en la que se encontraba (de espalda al recién llegado), Laín no podía ver al hombre, pero notó el enojo en el rostro de su amiga.
—No, no lo eres.
—Me es irrelevante ese detalle.
Laín quiso desaparecer al escuchar la aversión en la voz adusta
—Si estoy aquí, es para dejarte ciertos asuntos muy claros, Fernanda.
—Vete, Drazen.
—No lo haré, primero me escucharás, Fernanda.
Como si fuera en cámara lenta, Laín vio de soslayo a su amiga ponerse de pie. La atmósfera se precipitó densa, espesa.
—¿Quién carajo te has creído para disponer de mi chófer las veces que se te plazca? No eres quién para hacerlo. No eres quién paga el sueldo de Esteban y no eres nadie para disponer de él, ¿entiendes? No eres nadie, al igual que este vagabundo que…
—Una maldita palabra más, Drazen, y sabrás quién soy —interrumpió Fernanda—. Y deja de insultar a mi amigo.
—¿Amigo? ¿Eres amiga de un pordiosero? Por favor, Fernanda.
La nostalgia lo envolvió, como si fuera una manta, y sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo.
—Estoy de acuerdo con las obras de caridad, pero hazlo para una iglesia o para alguna ONG. Hay numerosas entidades que se dedican a eso. Aporta tu buena acción a uno de esos lugares y no traigas a…
—Fernanda —musitó; los ojos miel de ella se fijaron en él—. No quiero causarte problemas, mejor me iré.
Un escalofrío recorrió su cuerpo por completo.
Sintió la mirada del hombre en su nuca. La voz de esa persona hizo que quisiera desaparecer.
—No, Li, espera…
—Deja que se vaya —gruñó la voz.
Laín agachó la cabeza, sintiéndose abochornado.
—Ya llenó el estómago, pero revisa sus pertenencias antes de que se retire, por sí robó alguna cosa. Eres una inepta, Fernanda, ¿cómo se te ocurre hacer semejante cosa trayendo…?
Y todo pasó tan deprisa que lo único que logró captar fue el cuerpo de su amiga moviéndose rápido y luego el sonido de una cachetada.
No, no podía permitir que Fernanda discutiera con su primo por su culpa.
—¿Quién te has creído, eh?
Sus manos temblaron al oír la voz tan enervada de su amiga.
—No tienes ningún derecho de venir a mi casa y exigirme nada, Drazen. El problema con tu chófer es asunto aparte y no tienes por qué insultar a mi amigo —imperó Fernanda—. Y para dejarlo muy claro, primito, este chico es mi amigo. Tú eres el que está en mi casa, así que más te vale que respetes y te comportes.
—¿Respeto? Acabas de ponerme la mano encima.
No, esto tenía que concluir. No podía dejar que ambos se siguieran insultando.
—Te pasaste con esto, Fernanda.
Laín inhaló hondo, llenándose de valentía, y se puso de pie. Agarró su bolso y giró sobre sí mismo. Ya no podía seguir allí, no quería estar allí. Su intuición se lo advirtió y pasó de eso. No quería que Fernanda tuviera problemas con su primo, mucho menos por su culpa.
Una sonrisa nostálgica, casi imperceptible, dibujó; era tan evidente que Laín no pertenecía a ese sitio. Todo gritaba elegancia, todo a su alrededor lo hacía sentir minúsculo...
Buscó la mirada de su amiga.
—Lo siento —profirió—. Fernanda, lamento haberte causado problemas. De verdad lo lamento. Por favor, no discutas con…
—Laín, no tienes porqué irte, solo…
—Conmovedor discurso.
Y quizá fue una jugarreta del destino, quizá fue una vil trampa de la vida, pero todo camufló cuando Drazen dirigió su mirada en la del chico: todo lo que vio fueron unos ojos verde oliva.
—Largarte de aquí, ¡ahora! —exclamó.
—Lo siento, yo no…
—Espera, Li, te llevaré de regreso.
Escéptico, Drazen miró a su prima y luego volvió a mirar al chico.
—Aguarda un segundo, voy a por las llaves y…—No, Fer, en serio.
Con el semblante serio, Drazen continuó mirando al chico.
—Ya hiciste mucho por mí. No quiero causar más inconvenientes, solo quiero irme, por favor.
—¿Qué esperas para largarte de una vez? —demandó Drazen, y una sensación agobiante se instaló dentro de él, pero tan rápido apareció, volvió a desaparecer—. Ya conoces el camino. Vete.
—Lo siento, de verdad —murmuró el chico.
Todo el asunto solo hizo que Drazen se enojara más mientras veía al desconocido marcharse.
(…)
La gélida mirada celeste cielo lo perseguía dentro de la mente. No fue la primera vez que lo habían tratado de esa manera. Sin embargo, que lo hubiera hecho ese chico, el primo de Fernanda, provocó un quiebre inexplicable dentro de él. ¿Por qué? Laín nunca antes lo había visto, jamás se lo había cruzado en la vida.
El pulso de su corazón incrementó a medida que se alejaba y salió corriendo cuando el portón se abrió.
Laín sonrió con tristeza cuando las lágrimas bañaron sus mejillas. ¿Por qué lloraba? ¿Hace cuánto tiempo no lo hacía? Y pese a querer anular el recuerdo de todo lo que pasó, una mirada aún persistía en su memoria y por más que quiso borrarla, no pudo…
—Li, espero que no te moleste que haya venido de visita con mi primo —dijo Fernanda, dando un paso más hacia Laín.La sonrisa de Laín se convirtió en una mueca y Drazen se preguntó qué podría hacer para…—No, claro que no, Fer. Es solo que…—Traje algunas cosas para la cena —interrumpió ella, con una sonrisa en la voz.—Fernanda —espetó entre dientes y miró de soslayo el coche.—Hola, Drazen. —La voz tenía un eco de timidez, pero también una firmeza al pronunciar su nombre—. Es… bueno verte. —Esto es cosa de Fernanda. Fue ella quien me dijo que me llevaría a un lugar y creí que… —dejó de hablar cuando Laín inclinó la cabeza y lo miró con incredulidad, pero notó el temblor en los labios.Ignorando el calor que trepaba por su cuello, Drazen negó con la cabeza, inhaló hondo y metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Fernanda apretó los labios y abrió la puerta trasera del coche. Tomó las bolsas de compras y se las pasó a Laín. —Entonces, ¿podemos pasar, Li? —preguntó Fernanda.
Cambió las viejas cortinas por unas nuevas, ordenó y limpió la casa. Pasó la mayor parte del día haciendo los quehaceres domésticos y solo se dio cuenta, cuando un halo anaranjado entró por la ventana del dormitorio, que la tarde había caído.Se bañó y se vistió con ropas cómodas; hizo una pequeña lista de alimentos que necesitaba para preparar la cena. Lo bueno era que no necesitaba ir hasta el centro de la ciudad ya que en el barrio había varias tiendas y pequeños supermercados. Al regresar con las compras, se cruzó con algunos vecinos e intercambiaron saludos; esa era una parte que, particularmente, le encantaba del barrio en el que vivía.Guardó los alimentos en la alacena y otros productos en la nevera. Todavía era temprano para comenzar a hacer la cena y se preparó una taza de café.Una sensación agradable le recorrió el cuerpo cuando echó una rápida mirada al entorno: todo estaba en su sitio y el ligero aroma a sándalo todavía flotaba en el aire. Encendió la televisión y se se
Había estado en constante comunicación con el magnate Butler, intercambiando información y desarrollando, a grandes rasgos, un plan de negocios. Por lo tanto, la reunión duró más de lo esperado. Evaluaron la posibilidad de una fusión con la cadena hotelera internacional Sofitel.Esperó que todos se retiraran y, cuando estuvo a solas con Cárter, su mano derecha y vicepresidente, le ordenó que fuera él quien estuviera a cargo de la siguiente reunión. —Sabes tan bien como yo que Brockman seguirá intentando convencer a los demás de que es mejor un socio capitalista que una fusión —dijo Cárter, abriendo la puerta de la sala. —Brockman se retirará a fin de año —comentó, con un tono neutro. Sus pasos se mezclaron con los de Cárter, quien, a su lado, miraba la carpeta que tenía en la mano—. Continuaremos evaluando la fusión.—Te conozco, Drazen, y esto no es solamente un posible plan de fusión.Drazen se detuvo, miró a Cárter a los ojos y sintió la comisura derecha de su boca curvarse.—Es
Su teléfono no había parado de vibrar desde hacía unos minutos. Al ver quien la llamaba, se disculpó con sus amigos y salió al balcón.—Hasta que te dignas y das señales de vida —dijo mientras miraba a Laín reír con los chicos.—Hola a ti también, prima. —Ella soltó varios insultos mentalmente—. ¿Qué tal tu vida?—¿Ahora te importa? —preguntó, con un ápice de enojo en su voz. Su espalda chocó contra la baranda del balcón, pero no quitó la mirada de sus amigos—. Durante dos semanas traté de comunicarme contigo y tú hiciste como si nada te importara.—Estuve muy ocupado con el trabajo y no disponía de tiempo.—Por supuesto, lo único relevante para ti es tu maldito imperio —bramó enojada—. Trabajo, negocios, dinero. ¿Sigo? Porque, créeme, son algunas cosas que verdaderamente te importan.—No te llamé para discutir.Esbozó una sonrisa genuina al notar a Dominik y Jacob iniciar una pelea con los cojines del sofá. Laín reía a carcajadas de las tonterías que sus amigos hacían.—Hace dos hora
Los asuntos de negocios que lo habían traído a Los Ángeles estaban saliendo bien. Las reuniones y conferencias sobre modelos de negocios, fusiones, adquisiciones y gestión de franquicias resultaron sumamente útiles.Conoció al magnate Butler, con quien tuvo una afinidad casi inmediata, y pasó muchas horas hablando sobre inversiones y estrategias de marketing. Pasear por el muelle de Santa Mónica se convirtió, después de cada conferencia, en una rutina. Ocupar la misma mesa en Urth Caffé y disfrutar de un Moroccan Tea Lattè era un hábito agradable que le permitía desconectarse de los temas relacionados a su Imperio…«—Puedo seguir enumerando las razones por las que esto está mal y tú no estás escuchando, Drazen.—Adelante —dijo, arqueando una ceja—. Sigue dando tus razones. Por lo que a mí respecta, mantengo la mía.—Estás tan acostumbrado a que todo esté bajo tu control, ¿verdad?Drazen se inclinó hacia delante, mirando a Laín fijamente a los ojos, y sintió la comisura derecha de su
Había llegado temprano y ayudó a decorar con globos y guirnaldas de luces de colores. El departamento quedó como un pequeño salón de fiestas. Las risas, las bromas y las charlas banales fueron parte de los preparativos, como una manera de entrar en calor…—¿Por qué no se lo dices? —preguntó, en un susurro—. Creo que sería lo...—¡No! —exclamó Fernanda, en el mismo tono bajo—. No haré semejante locura.—Eso de que es tabú que una chica tome el control de la situación es del siglo pasado —reflexionó—. Es obvio que él está interesado en ti, Fer.—Aja, y tengo que seguir tu consejo porque... —Frunció el ceño al ver la mueca escéptica en el rostro de Fernanda—. Exacto, eso creí.—¿Por qué tanto cuchicheo? —preguntó Dominik, con tono divertido mientras se sentaba en el sofá individual frente a ellos.Fernanda pegó un pequeño saltito por el susto. Laín rió fuerte al verla avergonzada.—Tus mejillas… —dijo, tomando una bocanada de aire para controlar la risa—. Están rojas, Fer.—Cállate. —Ell







