INICIAR SESIÓNUno es conocido por todos en la ciudad. El otro es "nadie". Uno tiene su propio chófer. El otro apenas puede juntar dinero para un pasaje en autobús. Uno vive rodeado de lujos. El otro apenas sobrevive. Dos mundos distintos, divididos por clases sociales. Dos personas que ignoran la existencia de la otra. Hasta que un encuentro inesperado los obliga a cruzar caminos. Lo que comienza como un choque entre dos realidades opuestas pronto se convierte en algo mucho más peligroso: la necesidad de ser vistos, comprendidos… y amados. Porque a veces el amor aparece en el lugar menos esperado. Y cuando lo hace, puede destruir todo lo que una persona creía conocer sobre sí misma. →♥← Obra registrada en Safe Creative. No se permite copia total o parcial.© Todos los derechos reservados.
Ver másEn todos los años que estuvo fuera, había imaginado muchas veces su regreso. Nunca pensó que se sentiría tan lejos de todo lo que alguna vez proyectó.El cambio entre sus padres fue inmediato. Su madre lo recibió alegre, casi eufórica. Su padre, en cambio, solo dijo:—Estás de regreso. Hay trabajo que espera por ti.El «no» permaneció dentro de su boca. Había aprendido que su padre no era una persona que recibía una negativa y se quedaba callado. La mejor opción fue mirarlo y sonreír por simple inercia. Después de dos semanas de estar esquivando el elefante dentro de la habitación, era momento de lo difícil: cómo decirle a su padre que no trabajaría con él ni para él. Caminó tan ensimismado en sus pensamientos que solo se dio cuenta de dónde había llegado cuando empujó las puertas de cristal y la campanilla sonó.El aroma a café estaba impregnado por todo el lugar y, mientras se dirigía hacia la barra, sintió una súbita ansiedad por ver y conversar con Laín.—¡Hey, hola! —saludó.La
Las voces de sus compañeros, la risa suave de Joaquín y el rostro serio de Fernanda…Su ceño se profundizó y su estómago se tensó con un nudo que no dolía, pero tampoco se iba.—¿Laín?—Laín, ¿estás bien?Laín pestañeó varias veces y reconoció la voz de su mejor amiga. Había un dejo de preocupación genuina en el rostro de Fernanda y Laín se preguntó por qué ella parecía tan…—¿Eres Laín? —preguntó la voz jovial—. Mi abuelo me habló mucho de ti.Lentamente, Laín se giró hacia el chico y, entonces, sintió de nuevo la sensación de algo que tiraba de su pecho.—En serio se parecen —comentó Joaquín, mirando de su nieto a Laín.—Hay una creencia popular, o idea, que dice que todos tenemos un doble sin relación en algún lugar del mundo. —Jacob se llevó la mano a la barbilla y observó a Lukas y luego a Laín; se encogió de hombros y añadió—: Si bien comparten un parecido, no son iguales al cien por ciento.—Aunque hay diferencias entre nosotros, en nuestras facciones, en nuestro color de ojos,
El trabajo aminoró después del mediodía y el ambiente dentro de la cafetería volvió a tener una tranquilidad que siempre era bienvenida. Terminó de limpiar la mesa y se dirigió hacia la barra.Vio las tazas limpias y comenzó a ponerlas en la repisa…«—Esto tiene un gusto… peculiar. —Laín se cruzó de brazos y entrecerró los ojos, viendo a Drazen sentado en el sofá—. Bueno, sigue siendo café.—Es tu segunda taza, Drazen —señaló, negando con la cabeza.Drazen dio un sorbo y se reclinó, apoyando la espalda contra el respaldo. Cruzó una pierna sobre la otra, como si fuera el señor de la casa, y siguió bebiendo su café. Laín esbozó una sonrisa, apenas visible, y miró el espacio libre al lado de Drazen y el sencillo sofá individual. Sintió un burbujeo en el estómago y, con su taza en la mano, se sentó en el pequeño sofá.—Tengo ganas de cenar pizza casera —comentó Drazen, y echó una mirada hacia la cocina.—Me hubieras dicho antes, O’Donell. —Laín dio un sorbo de su café, esperando que no s
El jurado finalizó con un veredicto unánime: culpable.Aplausos, gritos y llanto acabaron con el silencio sepulcral que, hasta hacía un instante atrás, reinaba en la sala. El juez golpeó el mallete varias veces.—¡Silencio! —exclamó—. Orden en la sala. Abogados, acérquense, por favor.Ambos letrados (defensor y acusador) cruzaron una mirada mordaz, como si quisieran iniciar una guerra entre ellos. Hablaron con el juez y, luego de unos minutos, ambos volvieron a sus lugares correspondientes.Ningún abogado era tan prestigioso y solemne como él: apariencia imponente, facciones duras, mirada ininteligible y un porte digno de absoluto respeto.Un hombre con una reputación impecable al momento de hacer su trabajo.(...)Ignacio inhaló y exhaló profundamente, un ritual que siempre hacía antes de abrir la puerta y entrar a la casa.—Hola, cariño. —Volteó a ver a su esposa y forzó una sonrisa—. ¿Ganaste el caso?—Por supuesto, querida —dijo, con tono alegre y orgulloso. Miró hacia la sala de
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