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Anhelos.
Anhelos.
Autor: Black-Wings1777

Prefacio.

last update Fecha de publicación: 2026-05-12 00:43:54

Se bañó y buscó algo decente que vestir. Comenzaría a trabajar en una conocida cafetería y quería dar una buena impresión.

Analizó su imagen en el espejo roto del baño: el cabello prolijamente peinado, en su mirada había un brillo de seguridad en sí mismo.

Se dirigió a la cocina. No tenía mucho para desayunar: unas manzanas y cereales. Optó por la fruta. Terminó de comer y se calzó las zapatillas. Unas vans que en sus mejores días fueron negras, ahora eran de un color gris claro de tanto uso y lavado. 

Apagó las luces y, con una pequeña sonrisa en los labios, salió de la casa. A medida que avanzaba por las calles, se seguía sorprendiendo por cómo iba cambiando el paisaje. Unas cuantas calles más y el cambio era abrumador. Por momentos sentía estar dentro de un espejismo, pero la realidad estaba allí, a simple vista.

~*~

El agotamiento era notorio. Prácticamente las piernas parecían querer fallarle en cualquier momento. Siguió, restándole importancia a los pinchazos que recibía uno de sus pies.

Divisó la cafetería y los nervios lo invadieron por completo. No sabía qué tipo de personas serían las que, a partir de hoy, tendría que tratar.

Llegó hasta la entrada y no vio a nadie. El lugar era lujoso y con clase. Luego de unos minutos escuchó murmullos y giró sobre sí mismo, viendo a un chico y una chica que no parecían mayores que él.

—¿Qué estás haciendo? ¿Perdiste algo, niño?

Laín frunció el ceño en torno al chico, quien lo miraba despectivamente y gesticulando una mueca de asco en su rostro.

—No estoy haciendo nada malo —respondió, manteniendo el contacto visual—. Solo estoy esperando a que abran. Trabajaré aquí a partir de hoy.

Vio de soslayo cómo la chica esbozaba una sonrisa y lentamente se acercaba a él.

—Hola. Soy Fernanda, mucho gusto —saludó ella. 

Laín la miró fijamente a los ojos y dudó un segundo, observando la mano tendida que esperaba por la suya. Aceptó.

—Por cierto, nosotros trabajamos aquí. ¿Cómo te llamas?

—Igualmente —espetó y deshicieron el apretón de manos—. Soy Laín Rosales.

Una risita captó su atención y reprimió un suspiro. Percibió la mirada del chico recorrer su persona.

—Pues déjame decirte que no haces honor a tu apellido. —Laín bajó la mirada—. De rosas no tienes nada.

—Déjate de estupideces, Jacob —intervino Fernanda, quién le regaló una sonrisa genuina a Laín—. Bueno, como lo acabas de oír, este idiota de aquí es Jacob. No le prestes atención.

Laín asintió.

En el ínterin, mientras aguardaban a que abriera la cafetería, Fernanda lo puso al tanto del trabajo. Le explicó las diferentes normas que tenían todos los empleados, los lapsos de descansos, entre otras cosas.

A medida que pasaban los minutos, Laín se dio cuenta de que la chica, Fernanda, realmente era sincera y empática. Todo lo opuesto al chico.

Restó relevancia porque, para Laín, no importaba si sus ropas estuvieran viejas, no importaba si no calzaba unas zapatillas de marca. Podría estar usando ropas que se notaba a leguas el uso excedente, pero estaban limpias y sus zapatillas le permitían andar, aunque una de ellas tuviera un pequeño agujero en la suela.

Quitó todo tipo de pesadumbre y se concentró en lo que sería su nuevo empleo. Pese a que solo estaría en la cocina fregando los trastos, era un trabajo digno.

(…)

Terminó de vestirse, luciendo un traje gris marengo hecho a medida. Se acomodó la corbata y echó una mirada fugaz a su reflejo en el espejo de cuerpo completo.

Exhaló un suspiro y salió de la habitación.

Al llegar al comedor, dejó el maletín en una de las sillas y observó la mesa.

—No quiero nada de esto —imperó, señalando los diferentes platos de comida—. ¿Quién fue el responsable de preparar un desayuno para más de quince personas? —preguntó, mirando a las empleadas domésticas—. Desháganse de todo esto de inmediato, tirenlo a la basura. Solo quiero un café y tostadas.

Las empleadas acataron las órdenes, llevando las bandejas con comida de nuevo a la cocina.

Él ni siquiera les regaló otra mirada. Se sentó, bebió una taza de café y dejó que su máscara fría e indiferente se ajustara perfectamente en su rostro. Tenía el presentimiento de que sería un día muy ajetreado en la empresa…

Minutos después, salió de la casa. 

Una empleada recogió la mesa, llevando la taza vacía y un plato con una tostada completa.

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Último capítulo

  • Anhelos.   No te perderé de vista.

    —Li, espero que no te moleste que haya venido de visita con mi primo —dijo Fernanda, dando un paso más hacia Laín.La sonrisa de Laín se convirtió en una mueca y Drazen se preguntó qué podría hacer para…—No, claro que no, Fer. Es solo que…—Traje algunas cosas para la cena —interrumpió ella, con una sonrisa en la voz.—Fernanda —espetó entre dientes y miró de soslayo el coche.—Hola, Drazen. —La voz tenía un eco de timidez, pero también una firmeza al pronunciar su nombre—. Es… bueno verte. —Esto es cosa de Fernanda. Fue ella quien me dijo que me llevaría a un lugar y creí que… —dejó de hablar cuando Laín inclinó la cabeza y lo miró con incredulidad, pero notó el temblor en los labios.Ignorando el calor que trepaba por su cuello, Drazen negó con la cabeza, inhaló hondo y metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Fernanda apretó los labios y abrió la puerta trasera del coche. Tomó las bolsas de compras y se las pasó a Laín. —Entonces, ¿podemos pasar, Li? —preguntó Fernanda.

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