INICIAR SESIÓNCon el arma firme en la mano y el cuerpo temblando por el dolor de las costillas destrozadas, Soria se mantenía de pie frente a los restos humeantes del vehículo, con la mirada inyectada en sangre y la frente abierta chorreando la sangre que le teñía la mitad de la cara.Vega no retrocedió ni un solo milímetro. Tenía los pies plantados con fuerza sobre el lodo del barranco, los puños cerrados con tanta presión que las palmas le dolían, y una frialdad absoluta en la mirada que desafiaba cualquier instinto de supervivencia.—Hasta aquí llegaste, maldito infeliz. ¡Un paso más y no lo cuentas! —escupió Soria, con la voz rota por el esfuerzo y el odio acumulado, apuntando directamente al centro de su pecho.Vega soltó una exhalación pesada, con el pecho subiendo y bajando al ritmo acelerado de la adrenalina.—Dale, dispara —le retó Vega con una seguridad implacable, sin apartar los ojos de la boca del cañón—. Pero que te quede claro que tú tampoco sales vivo de aquí. Tienes los segundos co
El asfalto de la carretera comenzó a temblar bajo los neumáticos mientras el carro de Vega corría a una velocidad demencial, desafiando las leyes de la física. Detrás de ellos, una patrulla de la policía venía con las luces de emergencia parpadeando en ráfagas, el altoparlante exigiendo por enésima vez que se detuvieran a una orilla del camino. Los agentes ya sabían muy bien quiénes iban a bordo; no estaban dispuestos a permitir que un grupo de personas armados hiciera justicia por mano propia, convirtiendo la vía en un campo de persecución.—¡Nos vienen pisando los talones, Vega! ¡A esos malditos no les importa la ley, solo quieren sacarnos del medio para llevarse los galardones de haber atrapado al malnacido de Alejandro Soria! —gritó Gael desde el asiento del copiloto, mirando por el retrovisor cómo la defensa del auto policial rozaba peligrosamente el parachoques trasero en cada curva cerrada.Sofía, sentada en la parte trasera con el rostro tenso como una piedra y los ojos clavad
El eco seco y pesado de unas botas pisando con fuerza sobre el piso de concreto resonó al fondo del pasillo lateral, rebotando contra los pilares de soporte y perdiéndose en la oscuridad. Soria se detuvo en seco, con el corazón golpeándole las costillas con una violencia desesperada y los músculos del cuello tensos como alambre de púas. Alzó la oreja, conteniendo la respiración por un instante, captando de inmediato el murmullo de unas voces duras, rápidas y coordinadas que se acercaban cortando la penumbra del almacén. Los tenía a tiro de piedra. Habían cortado su ruta de escape principal hacia la calle del fondo, y ahora cada salida posible parecía estar vigilada.—Maldita sea... —masculló Soria entre dientes, sintiendo que el cerco invisible se cerraba de golpe sobre su garganta, asfixiándolo por completo.Sin parpadear, con la pistola apretada con fuerza en la mano sudorosa, dio media vuelta, cambiando de rumbo de inmediato hacia un corredor secundario mucho más oscuro e improvisa
Las ráfagas de disparos golpearon con violencia las gruesas paredes de concreto del almacén abandonado. El eco seco retorció el aire en el interior, haciendo vibrar las columnas de soporte y levantando una densa nube de polvo acumulado que flotaba bajo los reflectores. El ruido exterior era ensordecedor, una tormenta de plomo que no daba tregua.Samuel, el vicepresidente, dio un traspié hacia atrás, tropezando con una tarima de madera. Tenía el rostro completamente pálido, desprovisto de cualquier rastro de color, y los ojos desorbitados por un terror absoluto. Las manos le temblaban de forma descontrolada, al punto de que no podía mantener los dedos quietos, respirando de manera agitada y superficial, perdiendo los estribos por completo frente a la catástrofe inminente.—¡Nos van a matar! ¡Están aquí! ¡Te dije que esto era una locura, Soria, te lo advertí! —gritó Samuel con una voz aguda, al borde de la histeria, manoteando en el aire sin saber a dónde correr ni cómo esconderse en me
El acuerdo estaba cerrado, pero el ambiente dentro de la camioneta era adrenalina pura corriendo por las venas de cada uno. A pocas calles del complejo industrial donde Soria mantenía cautiva a Clara, el convoy del Tiburón se detuvo en medio de la penumbra.El Tiburón se acercó a la ventanilla del conductor de Leonardo, con la mirada fría y calculadora, sosteniendo un radio portátil en la mano derecha.—Mis muchachos ya están en posición, hermano —dijo el Tiburón con voz baja, midiendo cada palabra—. El perímetro de Soria debe estar fuertemente vigilado. Tiene hombres en los techos vigilando la entrada principal y los alrededores. Sabe que lo estás cazando, así que no nos va a regalar absolutamente nada.Leonardo asintió lentamente, con la mandíbula tan tensa que las líneas de su rostro se marcaban con dureza bajo la luz tenue del tablero. Sus ojos estaban fijos en la silueta imponente de la bodega a lo lejos, una mole de concreto y metal que se alzaba como una tumba en medio de la no
Leonardo Vega caminaba de un lado a otro en la sala del apartamento, con la mandíbula tensa y la mirada fija en la nada. Sacó el teléfono y marcó un número que tenía guardado en la parte más oscura de la memoria del bajo mundo y al que pensó que no iba a necesitar nunca más.Dio unos tonos hasta que del otro lado, se escuchó un carraspeo y luego una voz gruesa, molesta por la interrupción:—“Quién mierdas llama a estas horas. Si no es importante te mato maldito imbécil."—Soy Vega, necesitaba hablar contigo cuánto antes —soltó Leonardo sin rodeos, con la voz fría y cortante.Hubo un breve silencio del otro lado, seguido del sonido de una puerta cerrándose y pasos firmes.—“Vaya, vaya... dicen las malas lenguas que estás metido en guerra con gente del poder, ¿a qué debo el honor, hermano?" —respondió el Tiburón, cambiando el tono de fastidio por uno de profunda atención.—Necesito un favor, uno muy grande —replicó Leonardo, endureciendo la voz—. En el único que confío es en ti porque s







