INICIAR SESIÓNEl taxi frenó en una calle discreta de Madrid frente al restaurante. Antes de que Clara pudiera abrir la puerta, el teléfono le vibró en el bolso. Era Laura.
—Dime que ya estás ahí —dijo su amiga al otro lado, con la voz acelerada. —Acabo de llegar —respondió Clara, dándole un último vistazo a su reflejo en el retrovisor. El vestido de seda negra con la espalda al aire le sentaba fenomenal, y los labios rojos oscuros le daban un aire peligroso. —Por favor, llámame en cuanto salgas. Necesito saber si ese hombre es tan salvaje en la cama como dicen. No se lo pongas fácil, haz que valga la pena. Clara sonrió con malicia, aunque sentía un cosquilleo de pura electricidad en el bajo vientre. —Solo voy a divertirme un rato y a comprobar si es tan fiero como aparenta, Laura. No busco un novio. Te cuelgo que ya voy a entrar. Bajó del auto a paso firme. El restaurante era vanguardista, con luces muy bajas y música de jazz de fondo. Al entrar, se dio cuenta de inmediato: estaba completamente vacío. Solo había un camarero de pie junto a la barra. Vega había alquilado el local entero solo para ellos dos. Leonardo la esperaba sentado al fondo, vistiendo una camisa gris oscura con los primeros botones desabrochados, dejando ver el inicio de su pecho. Al verla caminar hacia él, se puso de pie lentamente, devorándola con la mirada. —Puntual y jodidamente espectacular —dijo Vega, arrastrando la silla para ella. —Me gusta la puntualidad, pero veo que a ti te encanta exagerar con el espacio —replicó Clara, sentándose mientras miraba las mesas vacías. —No me gusta compartir lo que me interesa, Clara. Y esta noche solo me interesas tú. La cena transcurrió entre provocaciones y miradas cargadas de intención. Bebieron vino tinto y el aire entre los dos se volvió cada vez más pesado. De pronto, el teléfono de Clara empezó a vibrar sobre la mesa. En la pantalla se leía un nombre: "Papá". Clara miró la pantalla con rabia, soltó un leve chasquido con la lengua y, sin pensarlo dos veces, apago el móvil de golpe y lo metió en el bolso. —Para que nadie me joda la noche —dijo, clavando sus ojos en él. Vega arqueó una ceja, disfrutando del gesto. Apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia ella. —¿Muchos problemas con tu padre? —Está obsesionado con controlar cada metro que piso —rezongó ella, dando un trago largo a su copa—. Cree que la ciudad es su comisaría y que yo soy uno de sus agentes. Me tiene harta. Apagarle el teléfono es lo mínimo que se merece. —A los hombres poderosos les cuesta aceptar que no tienen el control —comentó Vega con una sonrisa oscura—. Aunque a veces, las hijas necesitan meterse en un peligro del que sus padres no tienen ni puta idea de cómo protegerlas. —¿Y tú crees ser ese peligro, Leonardo? —desafió ella, inclinándose sobre la mesa hasta que sus rostros quedaron a centímetros. —Soy peor que cualquier peligro que te hayas imaginado, Gacela. Vega no esperó a terminar. Se levantó, rodeó la mesa y se paró justo detrás de su silla. Bajó la mano y rozó con la yema de los dedos la piel desnuda de su espalda, haciéndola dar un brinco y soltar un gemido ahogado. Se inclinó hasta pegar la boca a su oreja. —No me sale de los cojones seguir fingiendo que me importa la comida cuando te tengo al lado oliendo así —susurró Vega, con la voz rasposa por el deseo—. Vámonos a mi casa. Clara se giró, quedando a milímetros de sus labios. Sintió el impulso caliente entre sus piernas y la necesidad de probarlo de una vez. —Vámonos —aceptó, poniéndose de pie. --- El ático de Vega era enorme, oscuro y con ventanales que daban a todo Madrid. Pero en cuanto la puerta blindada se cerró tras ellos, no llegaron ni al salón. Vega la acorraló contra la pared del vestíbulo. Le agarró la cara con una mano y le estampó la boca en un beso salvaje, húmedo y hambriento. Clara soltó un gemido contra sus labios y le rodeó el cuello con los brazos, clavándole las uñas en la nunca y respondiendo con la misma agresividad. —Joder, cómo me gustas así de perra —gruñó Vega contra su boca. Le metió las manos por debajo del vestido de seda, subiéndoselo hasta la cintura. Sus dedos tropezaron con la fina tira de su tanga y la rasgó hacia un lado sin ceremonias. Tocó la piel húmeda y caliente de Clara, metiéndole dos dedos de golpe entre las piernas. —Ah... ¡Dios, Leonardo! —gritó ella, arqueando la espalda contra la pared mientras él la frotaba con fuerza. —Estás chorreando por mí, ¿eh? —le dijo al oído, dándole un mordisco en el cuello que la hizo temblar—. Te mueres porque te folle aquí mismo. —Cállate y hazlo ya —le exigió ella, jadeando descontrolada. Vega la levantó en vilo. Clara le enredó las piernas en la cintura. Él se bajó el pantalón con una mano, sacó su miembro erguido y duro y lo empujó de un solo golpe directo hacia dentro. El impacto fue tan profundo que Clara soltó un grito de placer que resonó por todo el pasillo. Vega empezó a embestirla contra la pared con un ritmo brutal, rápido y pesado. El sonido de los cuerpos chocando y los gemidos de ella llenaron el espacio. —Mírame —ordenó él, agarrándola del pelo para obligarla a erguir la cabeza—. Mira cómo te la meto. Eres mía esta noche, ¿te queda claro? —Sí... jodidamente sí —gimió Clara, apretándolo por dentro, clavándole las uñas en la espalda mientras se dejaba llevar por la embestida salvaje. No aguantaron mucho en el pasillo. Corrieron a la cama a trompicones, desnudándose del todo por el camino. Vega la tumbó boca arriba, se colocó un preservativo, le abrió las piernas de par en par y se enterró en ella otra vez, tomándola sin piedad, haciéndola romper en un orgasmo violento que le hizo temblar todo el cuerpo. Clara le correspondió rodeándolo, pidiéndole más, cabalgándolo hasta que él soltó un gruñido sordo y se corrió dentro de ella con furia. --- A la mañana siguiente, la luz del sol entraba de lleno por los ventanales. Clara se despertó con el cuerpo cansado, pero con una sonrisa de pura satisfacción. Se estiró sobre las sábanas desordenadas, sintiendo todavía el calor de la noche. Se levantó, recogió su vestido del suelo y empezó a vestirse despacio. Tenía que ir a la galería antes de mediodía. Al girarse hacia la puerta, vio a Vega apoyado en el marco. Llevaba solo un pantalón negro. Su rostro ya no tenía rastro de la pasión de la noche anterior; sus ojos negros eran dos bloques de hielo. —Ha sido una noche increíble, Leonardo —dijo Clara, abrochándose la cremallera del vestido—. Pero tengo que irme ya a trabajar. ¿Me pides un taxi? Vega no se movió ni un milímetro. La miró con una frialdad que le puso los pelos de punta. —No te vas a ninguna parte, Gacela. Clara soltó una risita nerviosa, caminando hacia la puerta para pasarle por el lado. —De verdad, no estoy de broma. Tengo que abrir la galería en una hora. Dio un paso para salir, pero Vega se cruzó en su camino en un segundo. Le agarró el antebrazo con una fuerza de acero, apretándole la piel hasta dejarle marca, y la empujó de vuelta al centro de la habitación. —Yo tampoco estoy de broma, Clara —dijo él con una voz tan gélida que le heló la sangre—. De aquí no sales. Desde este preciso momento, estás secuestrada.Con el arma firme en la mano y el cuerpo temblando por el dolor de las costillas destrozadas, Soria se mantenía de pie frente a los restos humeantes del vehículo, con la mirada inyectada en sangre y la frente abierta chorreando la sangre que le teñía la mitad de la cara.Vega no retrocedió ni un solo milímetro. Tenía los pies plantados con fuerza sobre el lodo del barranco, los puños cerrados con tanta presión que las palmas le dolían, y una frialdad absoluta en la mirada que desafiaba cualquier instinto de supervivencia.—Hasta aquí llegaste, maldito infeliz. ¡Un paso más y no lo cuentas! —escupió Soria, con la voz rota por el esfuerzo y el odio acumulado, apuntando directamente al centro de su pecho.Vega soltó una exhalación pesada, con el pecho subiendo y bajando al ritmo acelerado de la adrenalina.—Dale, dispara —le retó Vega con una seguridad implacable, sin apartar los ojos de la boca del cañón—. Pero que te quede claro que tú tampoco sales vivo de aquí. Tienes los segundos co
El asfalto de la carretera comenzó a temblar bajo los neumáticos mientras el carro de Vega corría a una velocidad demencial, desafiando las leyes de la física. Detrás de ellos, una patrulla de la policía venía con las luces de emergencia parpadeando en ráfagas, el altoparlante exigiendo por enésima vez que se detuvieran a una orilla del camino. Los agentes ya sabían muy bien quiénes iban a bordo; no estaban dispuestos a permitir que un grupo de personas armados hiciera justicia por mano propia, convirtiendo la vía en un campo de persecución.—¡Nos vienen pisando los talones, Vega! ¡A esos malditos no les importa la ley, solo quieren sacarnos del medio para llevarse los galardones de haber atrapado al malnacido de Alejandro Soria! —gritó Gael desde el asiento del copiloto, mirando por el retrovisor cómo la defensa del auto policial rozaba peligrosamente el parachoques trasero en cada curva cerrada.Sofía, sentada en la parte trasera con el rostro tenso como una piedra y los ojos clavad
El eco seco y pesado de unas botas pisando con fuerza sobre el piso de concreto resonó al fondo del pasillo lateral, rebotando contra los pilares de soporte y perdiéndose en la oscuridad. Soria se detuvo en seco, con el corazón golpeándole las costillas con una violencia desesperada y los músculos del cuello tensos como alambre de púas. Alzó la oreja, conteniendo la respiración por un instante, captando de inmediato el murmullo de unas voces duras, rápidas y coordinadas que se acercaban cortando la penumbra del almacén. Los tenía a tiro de piedra. Habían cortado su ruta de escape principal hacia la calle del fondo, y ahora cada salida posible parecía estar vigilada.—Maldita sea... —masculló Soria entre dientes, sintiendo que el cerco invisible se cerraba de golpe sobre su garganta, asfixiándolo por completo.Sin parpadear, con la pistola apretada con fuerza en la mano sudorosa, dio media vuelta, cambiando de rumbo de inmediato hacia un corredor secundario mucho más oscuro e improvisa
Las ráfagas de disparos golpearon con violencia las gruesas paredes de concreto del almacén abandonado. El eco seco retorció el aire en el interior, haciendo vibrar las columnas de soporte y levantando una densa nube de polvo acumulado que flotaba bajo los reflectores. El ruido exterior era ensordecedor, una tormenta de plomo que no daba tregua.Samuel, el vicepresidente, dio un traspié hacia atrás, tropezando con una tarima de madera. Tenía el rostro completamente pálido, desprovisto de cualquier rastro de color, y los ojos desorbitados por un terror absoluto. Las manos le temblaban de forma descontrolada, al punto de que no podía mantener los dedos quietos, respirando de manera agitada y superficial, perdiendo los estribos por completo frente a la catástrofe inminente.—¡Nos van a matar! ¡Están aquí! ¡Te dije que esto era una locura, Soria, te lo advertí! —gritó Samuel con una voz aguda, al borde de la histeria, manoteando en el aire sin saber a dónde correr ni cómo esconderse en me
El acuerdo estaba cerrado, pero el ambiente dentro de la camioneta era adrenalina pura corriendo por las venas de cada uno. A pocas calles del complejo industrial donde Soria mantenía cautiva a Clara, el convoy del Tiburón se detuvo en medio de la penumbra.El Tiburón se acercó a la ventanilla del conductor de Leonardo, con la mirada fría y calculadora, sosteniendo un radio portátil en la mano derecha.—Mis muchachos ya están en posición, hermano —dijo el Tiburón con voz baja, midiendo cada palabra—. El perímetro de Soria debe estar fuertemente vigilado. Tiene hombres en los techos vigilando la entrada principal y los alrededores. Sabe que lo estás cazando, así que no nos va a regalar absolutamente nada.Leonardo asintió lentamente, con la mandíbula tan tensa que las líneas de su rostro se marcaban con dureza bajo la luz tenue del tablero. Sus ojos estaban fijos en la silueta imponente de la bodega a lo lejos, una mole de concreto y metal que se alzaba como una tumba en medio de la no
Leonardo Vega caminaba de un lado a otro en la sala del apartamento, con la mandíbula tensa y la mirada fija en la nada. Sacó el teléfono y marcó un número que tenía guardado en la parte más oscura de la memoria del bajo mundo y al que pensó que no iba a necesitar nunca más.Dio unos tonos hasta que del otro lado, se escuchó un carraspeo y luego una voz gruesa, molesta por la interrupción:—“Quién mierdas llama a estas horas. Si no es importante te mato maldito imbécil."—Soy Vega, necesitaba hablar contigo cuánto antes —soltó Leonardo sin rodeos, con la voz fría y cortante.Hubo un breve silencio del otro lado, seguido del sonido de una puerta cerrándose y pasos firmes.—“Vaya, vaya... dicen las malas lenguas que estás metido en guerra con gente del poder, ¿a qué debo el honor, hermano?" —respondió el Tiburón, cambiando el tono de fastidio por uno de profunda atención.—Necesito un favor, uno muy grande —replicó Leonardo, endureciendo la voz—. En el único que confío es en ti porque s







