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Capítulo 4 - Cadenas y veneno

Author: Lisi
last update Petsa ng paglalathala: 2026-07-21 21:28:27

Clara se quedó congelada, sintiendo que la sangre se le convertía en hielo dentro de las venas. La mirada de Vega ya no tenía la calidez de la noche anterior; era la de un extraño. Un depredador.

—¿Secuestrada? —la palabra le salió rasposa, rota—. Si esto es una broma, no me hace ni puta gracia, Leonardo.

Vega ni se inmutó. Se apoyó contra el marco de la puerta, mirándola de arriba abajo con una frialdad aplastante.

—No hago bromas, Clara. Y cuanto antes lo entiendas, menos daño te vas a hacer.

Ella dio un paso atrás, negando con la cabeza. Su cuerpo aún recordaba el peso de él encima, el sudor, la forma en que le había gritado al oído mientras la follaba contra la pared.

—No... No tiene sentido. Lo de anoche...

—Lo de anoche estuvo de puta madre —la cortó él con una sonrisa cínica, desprovista de todo afecto—. Me sirvió para matar dos pájaros de un tiro. El sexo fue un regalo, preciosa, pero no cambia la realidad: tu padre lleva años intentando joderme la vida, y tú eres su único punto débil. La princesita por la que se va a arrastrar.

—¿Mi padre? —escupió ella, sintiendo que la rabia le apretaba la garganta—. ¿Qué coño tiene que ver él en esto?

—Todo. Y ahora cállate y camina.

Antes de que pudiera gritar, un guardia de dos metros apareció por la espalda y le encajó una capucha negra de lona en la cabeza. Clara pataleó, intentó soltar un codazo, pero la sujetaron con la facilidad con la que se agarra a un niño. La arrastraron al ascensor y la metieron en el asiento trasero de un coche que olía a cuero y gasolina.

Fueron más de sesenta minutos a ciegas. El ruido del tráfico madrileño fue dando paso al silencio, luego a la gravilla crujiendo bajo los neumáticos y baches constantes.

Cuando le quitaron la capucha de golpe, la luz solar la cegó durante unos segundos.

Estaba en una habitación de paredes de piedra y techos altos. Una cama grande con sábanas blancas, un armario antiguo y una ventana alta cruzada por barrotes de hierro recién soldados.

Vega estaba junto a la puerta con los brazos cruzados.

—Bienvenida a tu nueva casa, Gacela.

Clara se giró hacia él, con el pecho agitado por la rabia.

—¿Dónde coño me has traído, pedazo de hijo de puta?

—A una finca perdida en medio de la nada —respondió él con calma—. Sin cobertura, sin vecinos y con hombres armados en el perímetro que tienen órdenes de meterte un tiro en las piernas si intentas cruzar la valla.

—¿Por qué? —exigió ella, dando un paso hacia él con los puños cerrados—. ¿Qué m****a pasa entre tú y mi padre para que llegues a esto?

Vega le sostuvo la mirada un segundo. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó una fotografía gastada y se la tiró sobre el colchón. Clara la recogió con dedos temblorosos. Era una mujer joven, de pelo castaño y sonrisa luminosa.

—¿Mi madre...? —susurró, sintiendo un nudo en el estómago.

—Tu madre no se suicidó, Clara —soltó Vega con voz helada—. A tu madre la mató el comisario Soria. Le pegó un tiro y lo maquilló como una sobredosis de pastillas. Tengo las pruebas. Cuando dejes de comportarte como una cría histérica, te las enseño.

—¡Mentira! —gritó ella, apretando la foto contra el pecho mientras se le llenaban los ojos de lágrimas de rabia—. ¡Eres un manipulador de m****a!

—Pregúntate por qué jamás te dejó ver el informe de la autopsia —continuó Vega, clavándole la estocada—. Pregúntate por qué cerraron el ataúd y no dejaron que nadie la viera. Tu padre es un asesino, Clara, y tú lo sabes muy bien porque llevas años sospechándolo.

Vega se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta.

---

El silencio de la finca era asfixiante. Clara pasó horas sentada en el borde de la cama, mirando el rostro de su madre. La duda le carcomía las entrañas. ¿Y si el monstruo tenía razón? ¿Y si toda su vida había sido una mentira construida por su padre?

Cuando cayó la noche, la necesidad de escapar o de encontrar respuestas la superó. Se acercó a la puerta y probó el pomo. Sorprendentemente, cedió.

Salió al pasillo a oscuras, descalza, pegándose a la pared de piedra. De pronto, un sonido rompió el silencio: gemidos femeninos, jadeos pesados y el impacto sordo y constante de piel contra piel.

Clara avanzó despacio hasta la última puerta, donde un haz de luz dorada cruzaba la madera entreabierta. Se asomó.

Lo que vio le hizo dar un vuelco al corazón.

Vega estaba desnudo sobre una cama enorme. Dos mujeres espectaculares, morenas y de piel canela, se movían sobre él. Una le devoraba la boca mientras cabalgaba sobre sus muslos; la otra estaba arrodillada entre sus piernas, mamándosela con un ritmo frenético que hacía que a Vega se le marcaran todos los músculos del abdomen.

El estómago de Clara se retorció en una mezcla violenta de asco, rabia y un traicionero calor entre las piernas. Hacía solo unas horas ese hombre la estaba llenando a ella, y ahora se dejaba alimentar por dos perras.

De pronto, una de las mujeres gimió fuerte y Vega abrió los ojos. Sus pupilas negras encontraron directamente a Clara a través de la rendija.

No se detuvo. Sonrió con una chulería diabólica, agarró a una de las mujeres del culo y la empujó con más fuerza hacia abajo sin quitarle la mirada a Clara.

Clara se dio la vuelta y echó a correr por el pasillo.

—¿Adónde vas tan rápido, Gacela? —retumbó la voz grave de Vega a sus espaldas.

Antes de llegar a la escalera, dos guardias le salieron al paso. La agarraron por la cintura y los brazos. Clara peleó como un animal, soltando patadas y mordiscos, pero la levantaron en vilo.

Vega apareció en el pasillo. Llevaba solo el pantalón desabrochado, enseñando la ingle y con el torso desnudo y sudado.

—Eres un cerdo asqueroso —le escupió ella en la cara cuando los guardias la dejaron caer frente a él.

—Soy el cerdo que te dijo que no me pusieras las cosas difíciles —respondió él, tomándola del cuello con una sola mano para obligarla a erguirse—. Te advertí que te quedaras en la habitación.

—¡Suéltame, pudrete en el infierno!

Vega no discutió. La arrastró del brazo de vuelta a la estancia, la empujó sobre la cama y abrió el cajón de la mesilla de noche. Sacó un trozo de cuerda de nylon negra.

—A ver si atada me dejas de tocar los cojones.

—¡Ni se te ocurra tocarme! —gritó ella forcejeando, pero Vega se le echó encima, inmovilizándole el torso con su peso.

Le agarró una muñeca y se la ató con firmeza al barrote de madera del cabecero. Luego hizo lo mismo con la otra. Clara quedó tirada boca arriba, con los brazos estirados por encima de la cabeza y el vestido descolocado, dejando al descubierto sus muslos.

—Eres un puto monstruo —susurró ella, respirando a bocanadas, sintiendo el calor del cuerpo desnudo de Vega rozando el suyo.

—Y a ti te vuelve loca este monstruo —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso.

Vega se inclinó y le capturó la boca. No fue un beso dulce: le mordió el labio inferior, metió la lengua con agresividad y le demostró quién mandaba allí. Clara intentó cerrar los dientes para morderlo, pero él le apretó la mandíbula con los dedos, dominándola por completo hasta arrancarle un gemido sofocado.

El cuerpo de Clara la traicionó por completo; sintió cómo las piernas se le abrían instintivamente y la humedad le empapaba las bragas.

Vega se separó despacio, mirando sus labios hinchados y húmedos.

—Mírate... muerta de rabia y chorreando por mí después de verme con otras —murmuró él, pasándole el pulgar por la boca con satisfacción—. Vas a pasar la noche así. Que descanses, preciosa.

Se levantó, ajustándose el pantalón, y salió cerrando con llave.

---

En el pasillo, Vega sacó el teléfono y marcó.

—Dime, Dexter.

—Todo limpio por aquí, jefe —respondió la voz al otro lado—. Laura se ha tragado el cuento. Piensa que Clara se fue contigo de viaje improvisado para follarse a un millonario. Si el comisario llama preguntando, la amiga le va a decir que Clara no quiere saber nada de él.

—Perfecto. Mantén a Soria vigilado.

Vega colgó y se quedó unos segundos mirando la puerta de madera. Se pasó la lengua por el labio, sintiendo aún el sabor de Clara.

—Te voy a romper en pedazos, Gacela —murmuró en la oscuridad del pasillo—. Y luego vas a suplicarme que te vuelva a juntar.

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