INICIAR SESIÓNDesde que supo las cláusulas del acuerdo prenupcial, la paz simplemente desapareció y el futuro se tornó demasiado incierto para Valeria.
¿Le ataría este matrimonio de por vida a Enzo? ¿Acaso el hombre no había considerado la idea de una separación luego de un tiempo lo suficientemente prudente para calmar los cuchicheos? No quería ser pesimista, faltando tan pocos minutos para concretar su boda. Pero vaya, este tipo de cosas no era lo que esperaba. Y necesitaba hablarlo con su futuro esposo antes de firmar los papeles. —Enzo… —Lo llamó cuando lo vio entrar al despacho, luciendo un traje de tres piezas que le quedaba endemoniadamente bien. El hombre se acercó, dejándola sin aliento. Su cabello negro iba perfectamente peinado hacia atrás y sus ojos grises resaltaban más que nunca, recordándole el motivo por el cual le dijo que sí aquella primera vez que la invitó a subir a su auto. “Vamos, Valeria. No muerdo. Súbete ya”, su piel se erizó al rememorar sus palabras. ¡Qué mentiroso había sido, porque había hecho mucho más que morderla y he aquí las consecuencias de sus actos! —¿Qué ocurre? —inquirió con voz baja. —Sobre el acuerdo… —¿Qué pasa con eso? —la interrumpió. Imaginando que quería discutir algo sobre el dinero. —Esperaba otra cosa, Enzo —se sinceró en voz baja. —¿Esperabas que te dejará una jugosa suma? —se burló con una sonrisa de medio lado. —No —negó cansada, de escuchar lo mismo, infinidad de veces. Para la cabeza de Enzo, ella se había embarazado a propósito y no había manera de hacerle ver lo contrario—. Esperaba que… este matrimonio tuviera una fecha de caducidad. No sé. Tres años, quizás. —Ah, es que ya estás pensando en divorcio —dio un paso atrás para observarla con detenimiento. No parecía contento con su comentario. —Es lo lógico —explicó con paciencia—. Después de todo, tu familia y tú no me quieren. Pensé que quizás… —¿Una nueva víctima te espera, Valeria? —sus ojos se convirtieron en dos rendijas de hielo. —¿De qué hablas? —¿Algún otro millonario con el que estás ansiosa por casarte? —siguió cada vez más molesto. —¡No me ofendas! —¡Entonces no digas estupideces! —la tomó del brazo, acercándola a su pecho—. Te querías casar conmigo y hoy se te está cumpliendo tu deseo. Ahora deja de pensar tantas tonterías y comportarte como lo que serás a partir de ahora. —¡Suéltame! —forcejeó—. Es evidente que este matrimonio no durará mucho —aquel era un hecho irrefutable. No necesitaba ser un genio para saberlo—. Así que quiero que sepas que no estoy de acuerdo respecto al tema de la custodia de las niñas. No puedes quedarte con todos los derechos. —Son mis hijas. Puedo hacerlo. —¡También son mías! —refutó al instante. —Y no te estoy negando tus derechos —llevó una mano a su vientre, acariciándolo sobre la tela de su vestido—. Cuidarás de ellas, como una buena madre, Valeria. Pero mira —sacó un anillo de su bolsillo—, siempre y cuando uses esto. De pronto, la mujer dio un paso atrás, dándose cuenta de que estaba borracho o, por lo menos, cercano a ese estado. —¿Bebiste? —preguntó lo que era más que obvio. —Un trago —sonrió. Su sonrisa le recordó aquellos momentos en los que le coqueteaba. —Juraría que era toda una botella. —¿Y qué con eso? —la tomó del mentón, acercándola a sus labios—. ¿Te molesta? —Suéltame, Enzo —lo empujó. El hombre intentó nuevamente tomarla de los brazos, pero entonces alguien carraspeó detrás de ellos. Era Ernesto Dubois. —Si estamos listos, podemos proceder a la firma —señaló el lugar donde ya estaba todo preparado. Valeria alisó la falda de su vestido y miró una última vez a Enzo antes de encaminarse a su respectivo puesto. —Compórtate, ¿quieres? —escuchó que Ernesto le susurraba a su hijo. El juez dio una explicación sencilla sobre la importancia del matrimonio, leyendo todo de una manera solemne. Sin embargo, no pudo prestar mucha atención. No dejaba de repetirse a sí misma que esta era una mala idea. —¡Valeria! ¡Valeria! —De pronto alguien sacudió su brazo para que reaccionara. La mujer aterrizó y se percató de que llevaban bastante rato llamándola. —Lo siento —tomó el bolígrafo que le ofrecieron y estampó su firma, seguida por Enzo. —Por los poderes que me confiere el Estado, los declaro marido y mujer —leyó el juez—. Puede besar a la novia. Olivia apartó la mirada con asco, mientras que Ernesto se mantuvo sin expresión, al tiempo en que Enzo se inclinaba tomando su rostro entre sus manos. Sus ojos se encontraron por un breve instante, antes de que el hombre bajara la mirada a su boca. Era increíble cómo el gris de sus ojos parecía hablar por sí solo, tornándose tormentoso y evidenciando las ganas que sentía de besarla. Valeria cerró los ojos y entonces sintió el pequeño roce, fugaz, casi imperceptible. Luego, con la misma premura, se separó y aparentó que no había pasado nada. Ella simplemente no lo entendió. Sus ojos no mentían. Había percibido esa mirada de deseo muchas veces antes. Sin embargo, no parecía dispuesto a tocarla y en el fondo sabía que era lo mejor. “No esperes de mí nada más que un marido de papel. No te respetaré, no me importarás en lo más mínimo. Solamente estaremos juntos por los niños, como acabas de decir, y mi única obligación será con ellos. No contigo.”, recordó sus palabras y entonces se sintió estúpida por anhelar que la besara. Evidentemente, no serían una pareja. Nunca lo serían. Como era de esperarse, no hubo ningún tipo de celebración. Por el contrario, parecía un día fúnebre. Valeria se encerró en su recámara y se quitó los tacones antes de lanzarse de espalda en la cama. Se quedó dormida mirando al techo, hasta que la oscuridad invadió la habitación y alguien tocó a su puerta. Miró a su alrededor, desorientada. Se había quedado dormida y seguramente era la empleada para traerle la cena. Se puso de pie con lentitud y abrió la puerta, encontrándose con una sorpresa nada grata. Era Enzo, con la camisa descolocada y apestando a alcohol. —¿Qué haces aquí? —preguntó al ver que se abría paso en la habitación. Él se terminó de arrancar la corbata y luego se acercó. —¿Acaso no es obvio? —la rodeó por la cintura—. Vine a consumar esta unión.El dolor la atravesó haciendo que se aferrara al brazo de Erick, pero en medio de todo el pánico, una sonrisa se asomó en sus labios porque no estaba sola. Su ahora esposo no perdió ni un segundo y la levantó en brazos con facilidad, como si no hubiera aumentado varios kilos desde su embarazo. —Respira profundo, amor mío —su voz era calmada, baja, sin un atisbo de pánico en sus ojos grises—. Estoy aquí. No estás sola. Asintió, jadeando, mientras lo abrazaba por el cuello. Meses atrás, lloraba por las noches tocando su vientre, imaginando un parto solitario. Pero ahora Erick estaba ahí, real, vivo, cargándola hacia el auto como si fuera lo más natural del mundo. Su protector, su compañero. Feliz no era la palabra exacta —el dolor era intenso—, pero una paz profunda la invadió porque no estaría sola. Nunca más. Llegaron al hospital en minutos. El equipo médico los esperaba en la entrada de emergencias. Su esposo no la soltó hasta que la colocaron en la camilla, caminando a su lado p
Una semana después, Celeste decidió que era hora de dar el segundo paso.—Mis padres quieren conocerte —dijo una noche, mientras él le masajeaba los pies hinchados en el sofá. Se mostraba bastante concentrado en la tarea y no se alteró ni un poco ante sus palabras—. Mi padre especialmente. Está… preocupado. Pero sé que cuando te conozca, cambiará de opinión.—Cuando tú digas —asintió sin dudar, moviendo sus manos expertamente—. Quiero hacerlo bien esta vez.Y así la cena se organizó en la mansión Dubois al día siguiente.Celeste estaba nerviosa; su padre tenía fama de intimidante. Su madre era más cálida e intentaba suavizar el ambiente con sonrisas y anécdotas, pero sin que desapareciera del todo la desconfianza en su mirada. Era comprensible había hablado de Erick ya en varias ocasiones y nunca lo había traído a casa. De hecho, ya estaba próxima a dar a luz y ahora era que lo estaban conociendo.Pero él se estaba desenvolviendo bien, saludó con respeto, estrechó la mano de su padre
—¿Tú… Tú dónde has estado? —tartamudeó, tenía las manos aún en el rostro de él como si temiera que desapareciera si lo soltaba. Erick respiró hondo, cansado, luego de un largo y agotador viaje. Se sentó en la cama con cuidado, atrayéndola hacia su pecho. Su mano grande volvió a posarse sobre su vientre, sintiendo un movimiento suave de la bebé, como si ella también reconociera a su padre.—Creí que nunca volvería a tocarte —murmuró él—. Pensé que había muerto ahí abajo.—Cuéntame —susurró ella, acurrucandose contra él y escuchando el latido fuerte de su corazón. Era real. Estaba vivo de verdad—. Por favor. Necesito saber.—Cuando el techo cayó… todo se volvió negro —cerró los ojos un segundo, recordando—. Desperté bajo los escombros, con una viga aplastándome la pierna y el hombro dislocado. Sangraba mucho. El aire era polvo y humo. Cavé con las manos durante horas, rompiéndome las uñas, hasta abrir un hueco lo bastante grande para arrastrarme. Salí por un conducto lateral que nadie
Tres meses después… Estaba sentada en un banco de un parque cercano a su departamento. El viento jugaba con las hojas secas haciendo remolinos en sus pies. Su mirada estaba perdida en la nada acariciando su vientre con ternura. —Hoy se movió mucho, ¿sabes? —susurró, como si el viento pudiera llevarle sus palabras a dónde él estuviera—. Creo que ya sabe que le hablo de ti. Que le cuento cómo eras… fuerte, callado, con esa sonrisa que solo me dabas a mí. Ojalá hubieras podido sentirla patear. Ojalá hubieras estado aquí para poner tu mano y ver cómo responde a tu voz. Se lamentaba en silencio de no tener un lugar adonde llevarle flores. Ninguna tumba, ninguna lápida. Solo cenizas dispersas en algún informe clasificado que nunca le entregaron porque no tenía derecho a verlo. Él se había ido de forma definitiva, sin despedida, sin un cuerpo que llorar. No tuvieron futuro. Ni boda, ni casa, ni noches enteras juntos. Todo fue tan fugaz. Y lo peor era que: nunca tuvo la oportunidad
Afghanistan era un maldito desierto de arena y viento. Era una noche sin luna, perfecta para la operación. Lideraba el equipo Alpha: seis agentes altamente entrenados, visores nocturnos, silenciadores, movimientos precisos para no ser detectados. El complejo era un viejo fuerte reconvertido en mercado negro: paredes de adobe reforzadas, guardias armados con AK-47, y en el sótano, las jaulas. Diecisiete mujeres, algunas adolescentes, secuestradas de pueblos cercanos, destinadas a la trata blanca. Los pasos a seguir eran claros: entrada por el túnel norte, neutralizar centinelas, extraer a las víctimas en menos de doce minutos. —Alpha Dos y Tres, flanco izquierdo. Cuatro y Cinco, conmigo. Sasha, cubre la retaguardia —susurró Erick por el comunicador. Todo iba según el plan. Los primeros guardias cayeron con disparos silenciados directos al pecho, los cuerpos eran arrastrados en las sombras para no alertar al resto. Bajaron las escaleras del sótano. Las mujeres los miraron con ojos
Su padre no había tardado en revisarla entera, asegurándose de que no estuviera lastimada. La culpa la carcomía, así que les pidió que se sentaran para poder explicar lo que sucedió.—No fue un secuestro —comenzó.—¡¿De qué hablas?! Te llevaron en contra de tu voluntad, Celeste. Todos lo vimos.Negó suavemente.—No puede decirse que sea un secuestro cuando deseaba fervientemente que me sacaran de esa iglesia —se sinceró—. No quería casarme con Francisco, pero no sabía cómo decirlo. Cuando me di cuenta, ya había llegado el día de la boda y no parecía tener salida…—Celeste…—Mamá, yo solo sentí presión. Y no sabía cómo ser valiente y decirles a todos que no quería continuar con esto. Sé que lo que hice es imperdonable, pero si no fuera por… —evitó decir el nombre de Erick, no quería acarrearle problemas más serios—, si no fuera por él, estaría ahorita mismo lamentándome.Se quedó mirándolos fijamente, esperando que dijeran algo. Un regaño, lo que sea.—¿Quién es ese hombre? —preguntó s







