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Capítulo 2

Autor: Stellar
last update Fecha de publicación: 2026-07-03 20:19:15

La vieja carta temblaba entre sus dedos.

Señorito Sev,

Hoy me resbalé en el arrozal, pero tú me sorprendiste al ayudarme a levantarme. Tu mano estaba tan cálida cuando buscó la mía. Cuando la luz del sol te iluminó el rostro, te vi sonreírme. Eres tan bueno. Gracias, Señorito.

Una lágrima solitaria cayó sobre el papel amarillento: la primera carta que Grasya le había escrito a su amor de la infancia. Todavía podía ver con claridad aquella sonrisa luminosa y despreocupada que él le regaló aquel día en los campos.

Apretó la carta contra su pecho con fuerza. Entre ellos vivían tantos recuerdos hermosos. ¿Cómo iba a enterrarlos todos? Durante años, antes de que él se fuera a Manila, Severen solo había sido bueno con ella. Desde que tenía memoria, había soñado con formar una familia feliz a su lado.

—Sev… —susurró.

Antes de marcharse de Santa Catalina, sus promesas ardían con certeza: volvería y se casaría con ella. Pero cuando finalmente regresó, solo encontró frialdad. Ahora su mirada le debilitaba las rodillas por razones completamente distintas. Nada que ver con antes.

Sorbió por la nariz y se limpió las lágrimas de las mejillas.

—¿Por qué cambiaste de repente? ¿Qué hice mal? —La amarga pregunta se perdió en el silencio de la habitación.

Se dejó caer sobre la cama y miró al techo. Poco a poco cerró los ojos mientras los recuerdos felices la invadían.

Recordó el día en que Sev arrancó una hoja y la colocó entre sus dedos.

—Escucha esto, Grasya —le dijo con una sonrisa traviesa.

—¿Qué se supone que debo escuchar? —preguntó ella, ya sonriendo.

—Esto. —Sopló sobre la hoja y produjo un sonido claro, como un silbido.

Los ojos de Grasya se abrieron con deleite.

—¡Eres increíble! ¿Cómo lo haces?

—Secreto. No te lo voy a decir —bromeó él, riendo.

Ella hizo un puchero y se tiró sobre la hierba. Sev se acercó todavía riendo, le revolvió el cabello y se sentó a su lado.

—Aunque te enseñara, dudo que lo lograras.

Ella puso los ojos en blanco.

Él rio de nuevo.

—Te diré algo: cada vez que escuches silbar una hoja como esta, significa que te extraño.

—¿De verdad?

Él asintió.

—Sí, es verdad.

El recuerdo se desvaneció cuando Grasya abrió los ojos. Nuevas lágrimas empañaron el techo blanco sobre ella. Se incorporó, se apoyó contra el cabecero y abrazó sus rodillas contra el pecho. Esta vez los sollozos fueron quedos, ahogados. No quería que su padre la oyera. No quería preocuparlo.

—Sev… si algún día aprendo a silbar con una hoja, ¿crees que mi añoranza te llegaría? —Se mordió el labio inferior con fuerza. El temblor empezó en su corazón y se extendió por todo su cuerpo exhausto.

—Te quiero tanto, Sev. ¿Lo sabes siquiera? Por favor, no me hagas daño así. —Su voz se quebró en un susurro roto—. La forma en que me tratas ahora… duele demasiado.

El sueño nunca llegó.

A las seis de la mañana, salió sigilosamente de su habitación. Tomó un poco de hielo y se lo presionó contra los ojos hinchados, intentando ocultar las huellas de otra noche en vela.

El dolor era insoportable. Todavía no podía aceptarlo. Severen no era solo su novio: había sido su mejor amigo desde la infancia. Su primer amor. Además de su padre, era la única persona que había tenido su corazón de verdad. Su roca. Su refugio. En quien se apoyaba cuando la vida pesaba demasiado. Quien la hacía más fuerte. Quien la hacía sonreír.

—¿Qué le pasó a tus ojos?

Grasya dio un respingo al oír la voz de su padre. Gabriel Manafa estaba de pie en la pequeña cocina. Delgado pero alto, con el cabello casi completamente blanco. Ella no se parecía a él. Todos decían que había salido a su madre, y que su madre había sido muy hermosa.

El rostro de Grasya era pequeño y delicado. Mejillas suaves enmarcaban unos ojos grandes y expresivos de largas pestañas. Nariz recta y fina. Labios naturalmente carnosos y rosados, de esos que atraían las miradas. Su cabello negro azabache le caía hasta la cintura.

Pero nunca quiso parecerse a su madre. Esa mujer los había abandonado por otro. Y el barrio había rechazado a Grasya durante años por la reputación manchada de su madre.

—Grasya —la llamó su padre con suavidad.

—Tay. —No se había dado cuenta de que él ya estaba desayunando. Sobre la mesita había una taza de café humeante y una bolsa de pandesal—. ¿Q-qué pasa?

—Te pregunté qué les pasó a tus ojos —repitió.

—No es nada. Anoche me golpeé contra la puerta. Por eso están hinchados —mintió.

Su padre respiró hondo.

—¿De verdad vas a mentirle a tu propio padre, Grasya? Te conozco mejor que nadie.

Ella abrió la boca, pero no le salieron las palabras.

Él suspiró, más pesado esta vez.

Grasya frunció el ceño, preocupada.

—Tay, ¿pasa algo más? —Era evidente que algo más allá de sus ojos hinchados lo atormentaba.

Bajó la cabeza y la sacudió débilmente.

—Los Morenzo me despidieron, Grasya. Ya no tengo trabajo.

El hielo se le escapó de la mano y cayó al suelo con estrépito.

—¿Qué? ¿Te echaron? —Todo su cuerpo empezó a temblar.

Él intentó sonreír, pero fue una sonrisa débil y forzada.

—Está bien. No te preocupes. Pronto encontraré otro trabajo. Hay muchos por ahí.

Mantuvo un tono ligero, pero ella podía ver el dolor detrás. Su padre había servido fielmente a la familia Morenzo durante años: trabajador, honesto, sin quejas.

—¿Por qué te despidieron, Tay? —Sus manos se cerraron en puños.

—Dijeron que estoy muy viejo. Necesitan a alguien más joven. Ya no me necesitan. —La amarga sonrisa regresó.

—¡No pueden hacerte eso! —Nuevas lágrimas ardieron en sus ojos ya hinchados—. ¿Es por mí? ¿Te despidieron por lo que pasó conmigo?

Él guardó silencio un largo momento.

—Grasya… solo olvida al Señorito Severen.

La grieta en su corazón se abrió aún más. Quiso gritar. Los Morenzo eran crueles. Hasta habían arrastrado a su inocente padre a su lío.

—Tay…

—La diferencia entre nuestros mundos es demasiado grande, anak. Ellos son ricos. Están muy por encima de nosotros. Nunca podremos alcanzarlos. Déjalo ir.

El dolor en su pecho ardió de nuevo.

Nunca podrían alcanzarlos… así que solo debía soltarlo.

Dolió como agua hirviendo sobre la piel, seguida de un fregado brutal.

Lo que lo empeoraba era que todavía no entendía qué había hecho para merecer que la llamaran oportunista. Si las situaciones se invirtieran —si ella hubiera nacido rica y él pobre—, lo habría amado igual. Su posición nunca le importó. Su dinero nunca le importó.

—Grasya, ¿me estás escuchando? Déjalo ir —repitió su padre.

Ella asintió lentamente, sin querer preocuparlo más de lo que ya estaba.

Gabriel se levantó.

—Come tu desayuno. Voy a mi habitación. —Al dar un paso, las piernas casi le fallaron.

—¡Tay! —Corrió a su lado y lo sostuvo—. ¿Te sientes mal? Te llevo al hospital ahora mismo.

—No, no. Solo tengo las piernas un poco débiles. Después me pondré un poco de aceite. Estaré bien.

Lo ayudó a llegar a su habitación, le aplicó el ungüento en ambas piernas y las masajeó con suavidad. Se quedó a su lado hasta que por fin se durmió.

Esa noche tomó una decisión. Hablaría con Sev. No por ella, sino por su padre. Despedirlo de esa manera no estaba bien. Se cambió a una simple camiseta y unos jeans desgastados, y se dirigió a la mansión Morenzo.

Se detuvo en la reja. Docenas de autos de lujo llenaban la entrada. Todas las luces de la casa estaban encendidas. Música, risas y el taconeo de zapatos caros flotaban en el aire. Una fiesta. Aun así, siguió caminando. Los guardias la vieron, pero no la detuvieron.

Llegó a la entrada principal, se aferró al marco de la puerta y miró hacia adentro. Los invitados, vestidos de gala, sostenían copas de vino. Las risas flotaban con la brisa.

—¡Gracias a todos por venir! —La voz de Señora Renata resonó alegre. Hizo un gesto hacia alguien.

Severen avanzó con un elegante traje formal. No estaba solo. Una mujer sofisticada se aferraba a su brazo, sonriendo con belleza a su lado.

La mano de Grasya voló a su pecho, los dedos se clavaron dolorosamente en la tela de su camiseta. Él parecía realmente feliz. Esa sonrisa auténtica —la que antes solo le dedicaba a ella— ahora estaba dirigida a la mujer a su lado. Cada mirada que le daba a Riva era como un cuchillo retorciéndose en su corazón.

—¡Mi hijo se casará pronto! —anunció Renata con orgullo—. Su prometida, mi futura nuera Riva, es hija del Secretario de Hacienda del Gabinete.

Una risa baja y amarga escapó de la garganta de Grasya.

No te enamores de nadie más. Eres mía para siempre. Tu corazón me pertenece solo a mí.

Cuando regrese, nos casaremos.

Todas esas promesas… solo mentiras.

—Este hijo tuyo, Tita, está tan ansioso por casarse conmigo —rió Riva—. Incluso con su agenda tan ocupada en la empresa, siempre encuentra tiempo para escribirme cartas. ¿Puedes creerlo? Es tan anticuado, ¿verdad? ¿Cartas? ¿Quién hace eso hoy en día? Podría simplemente llamar o enviar mensajes. Pero lo amo, así que acepté cada una.

Severen le había escrito cartas a Riva.

A Grasya se le cortó la respiración. El mismo tipo de cartas que solían intercambiar ellos.

—En su primera carta ya dijo que quería hacerme su esposa —continuó Riva con fluidez—. Después de eso, nunca paró. Siempre está ahí para mí. Me acompaña a todas partes. Es como mi sombra, Tita.

Por eso había dejado de llamarla desde Manila.

Por eso nunca la dejó visitarlo.

Decía que estaba demasiado ocupado. Que su padre no quería que se distrajera.

Grasya negó lentamente con la cabeza. Desde las sombras, observó el rostro de Severen con ojos llenos de dolor.

No había estado ocupado.

Simplemente había dejado de amarla.

Había aprendido a amar a otra. Ya no era su nombre el que susurraba su corazón.

Se mordió el labio con fuerza y bajó la cabeza. Todo su cuerpo temblaba. Las lágrimas caían en silencio.

Cuando levantó la vista de nuevo, los ojos de Severen se habían clavado directamente en ella.

Él se quedó congelado. La sonrisa desapareció de sus labios. Durante varios segundos tensos, sus miradas se sostuvieron. Su mandíbula se tensó. Una tormenta de emociones cruzó su rostro.

Sus labios se separaron. Ella estuvo segura de que susurró su nombre.

—Grasya…

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Último capítulo

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