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Aunque Supliques, No Puedes Escapar de la Mafia
Aunque Supliques, No Puedes Escapar de la Mafia
Autor: Stellar

Capítulo 1

Autor: Stellar
last update Fecha de publicación: 2026-07-03 20:18:55

TERCERA PERSONA

—No te quiero más, Grasya. No te amo. No siento nada por ti. Aunque te arrodillaras aquí mismo delante de mí, no significaría absolutamente nada.

Grace Love “Grasya” Manafa se quedó congelada en medio del gran salón de la mansión Morenzo. El suelo parecía disolverse bajo sus pies, arrastrándola hacia un abismo sin fin. Lágrimas calientes le nublaron la vista mientras miraba al hombre que alguna vez había sido todo su mundo.

—Sev…

Severen Morenzo. Su primer y único amor. El chico con el que había soñado casarse, envejecer juntos. Su mejor amigo de la infancia.

Él soltó un suspiro brusco, con irritación cruzándole el rostro, y se dio la vuelta. Ella se lanzó hacia adelante, sus dedos fríos aferrándose desesperadamente a su muñeca. Severen giró de nuevo hacia ella.

—Suéltame —dijo con voz baja, afilada como una navaja y cargada de asco.

—¿He… he hecho algo que no te gusta? —La voz se le quebró y un dolor agudo le retorció el corazón.

Su expresión permaneció helada.

—Simplemente ya no me gustas. No hiciste nada. Mis sentimientos cambiaron, eso es todo.

El pecho se le oprimió hasta que apenas podía respirar.

—Pero tú me dijiste que no me enamorara de nadie más. Me pediste que te esperara… Dijiste que querías casarte conmigo.

Severen soltó una risa áspera.

—¿Todavía tienes esa idea metida en la cabeza? ¿Que yo realmente me casaría contigo? ¿Para que pudieras escapar de tu miserable vida y vivir de mi dinero?

Los ojos de Grasya se abrieron con horror. Sacudió la cabeza frenéticamente mientras las lágrimas por fin se desbordaban.

—Hueles a oportunista —se burló él.

Severen provenía de una de las familias más ricas de la región. Su hogar era perfecto, de postal. Grasya, en cambio, era solo la hija del chófer de los Morenzo. No tenía madre ni hermanos, solo a su padre. Sus padres se habían separado cuando ella era pequeña. Los chismes del pueblo decían que su madre había abandonado a su pobre padre por un hombre rico y casado, con una larga lista de amantes. Terminó contagiándose de una enfermedad y murió.

Por la reputación de su madre, nadie quería tener nada que ver con Grasya. Nadie… excepto el hijo de los jefes de su padre.

Severen.

Habían crecido juntos en Santa Catalina, un pueblo tranquilo lejos de la ciudad. Jugaban entre los arrozales, sus risas flotando con la brisa fresca, el cielo abierto como testigo de sus sonrisas inocentes.

Desde niños, él siempre había estado ahí: su protector, su compañero constante. Cada vez que sus miradas se cruzaban, ambos veían el mismo destello de amor reflejado.

Ella había estado tan segura de que él sentía lo mismo.

Incluso le había escrito noventa y nueve cartas.

En la número noventa y nueve, le había abierto su corazón por completo, confesando su amor sin reservas. Él la aceptó y respondió de la misma manera. Ella tenía dieciocho años entonces, y él veintiuno —tres años mayor—. Le prometió que, cuando cumpliera la mayoría de edad, le pediría formalmente que fuera su esposa.

—Grasya, cuando cumplas veintiún años, ¿quieres ser mi esposa? —Su voz había estado llena de sinceridad—. No te enamores de nadie más. Eres mía para siempre. Tu corazón me pertenece solo a mí. Nunca se lo des a otro hombre.

Las lágrimas habían inundado sus ojos. El corazón le latía desbocado de pura alegría. Se tapó la boca y asintió con entusiasmo.

—Cuando cumpla veintiún años, me casaré contigo con todo mi corazón —prometió.

Él sacó una cajita.

—Aquí están todas las cartas que me diste. Me quedo con la noventa y nueve. Tú guarda las demás. Las recuperaré todas el día de nuestra boda.

—Atesoraré cada una, Señorito.

—Sev. Por favor, llámame Sev.

—Sev…

—Vas a ser mi esposa, ¿de acuerdo?

Ella asintió, radiante de felicidad.

Durante un tiempo, todo fue perfecto. Cada día él le repetía lo impaciente que estaba por convertirla en su esposa en todos los sentidos.

Luego tuvo que irse a Manila.

—Volveré, Grasya. Termina tus estudios. Cuando regrese, nos casaremos —le dijo.

—Te esperaré. Solo tres años más y cumpliré veintiuno.

—Sí, tres años. Solo tres años más. Espérame. Y ni se te ocurra mirar a otro hombre.

Se fue de Santa Catalina y se convirtió en subdirector de Morenzo CoreTech, la empresa familiar. Era el siguiente en la línea para ser CEO cuando su padre se retirara. Su nombre empezó a aparecer en periódicos financieros y en televisión cada vez que había noticias de negocios.

Severen se volvió alguien importante. La gente lo admiraba.

Grasya se sentía tan orgullosa de cada logro suyo. Oraba por su éxito todos los días.

Durante esos tres años, pensó varias veces en visitarlo en Manila, pero él siempre se negó. Estaba demasiado ocupado, decía. Su padre no quería que se distrajera. Con el tiempo, las llamadas se fueron espaciando hasta que cesaron por completo. Aun así, ella se aferró a su promesa. Guardó su amor a salvo en el corazón y esperó en silencio.

Pero el hombre que regresó a Santa Catalina parecía un extraño.

La cálida ternura en su mirada había desaparecido. La dulce sonrisa que solo reservaba para ella se había esfumado. Su voz se volvió pesada y áspera, nada parecida al tono suave y cariñoso que recordaba.

Se obligó a sostenerle la mirada.

—No… no soy una oportunista.

Él levantó una ceja.

—¿No? Entonces ¿por qué da la impresión de que solo buscas mi dinero?

Las manos de Grasya se cerraron en puños.

—¡Eso no es verdad!

—¿Qué está pasando aquí? —Una voz familiar cortó la tensión. Era la madre de Severen, Señora Renata. Se acercó con paso firme, agarró a Grasya del brazo y le soltó una fuerte bofetada.

Grasya jadeó, llevándose una mano a la mejilla ardiente mientras nuevas lágrimas caían.

—Señora…

—¿Cómo te atreves a comportarte así delante de tu amo? ¡Qué falta de educación! ¡Qué vulgaridad! —La mujer la empujó lejos de su hijo.

Un sabor amargo llenó la boca de Grasya. Ella no era inculta. No era vulgar.

Señora Renata la fulminó con la mirada.

—¿Qué haces siquiera dentro de la casa? Que yo sepa, solo tu padre trabaja para la familia Morenzo. No tienes derecho a entrar sin permiso. No eres una invitada. No eres importante. Solo eres una campesina cazafortunas.

Las palabras le aplastaron el pecho y le quemaron la garganta. Miró a Severen, buscando algo, cualquier cosa, pero él solo se encogió de hombros, completamente indiferente. Eso dolió más que la bofetada.

Sus padres siempre se habían opuesto a su relación. Antes, Severen se mantenía firme y no los escuchaba. Ahora, ella podía sentir que ya no tenía ningún peso en su corazón.

—Sev… —intentó de nuevo.

—¡Idiota! —Los ojos de Señora Renata brillaron de furia.

—¿De dónde sacas el descaro para llamar a mi hijo por su nombre? —tronó la voz de Señor Silvio—. ¿Quién te crees que eres? ¿De verdad piensas que estás a nuestro nivel?

Ella siempre había sabido la verdad. Las manos le temblaban. Cada latido traía un nuevo dolor.

—¡Llamen a los guardias y saquen a esta chica de aquí! —gritó Señora Renata—. ¡Qué ilusa! ¡Con un poco de atención de mi hijo ya se cree princesa! ¿Qué clase de cerebro tienes? ¿Uno de pez pequeño?

*Biya*. Un pez insignificante. Así era exactamente como la veían.

Grasya miró a su amor de la infancia. Él mantuvo los labios apretados. No movió un dedo para defenderla de las crueles palabras de sus padres.

Minutos después llegaron los guardias. Sus manos se cerraron como tenazas de hierro alrededor de sus brazos. Ella gritó de dolor cuando apretaron con fuerza suficiente para magullar el hueso.

Mientras la arrastraban fuera de la gran casa, sus ojos permanecieron clavados en Severen. Él le devolvió la mirada con ojos vacíos, sin emoción. Fríos. Indiferentes.

—Sev…

Él solo negó con la cabeza y se dio la vuelta.

Decir que su corazón estaba roto ni siquiera empezaba a describirlo.

Los guardias la empujaron con brusquedad a través de la reja. Tropezó y cayó de bruces contra el suelo pedregoso, raspándose las palmas y las rodillas.

La pesada puerta metálica se cerró de golpe detrás de ella con un estruendo. Bajó la cabeza, y las lágrimas cayeron una tras otra sobre la tierra.

El trueno retumbó sobre su cabeza. Se estremeció, pero no se movió. Sus manos se aferraron al dobladillo de su vestido ahora sucio.

Un relámpago iluminó el cielo, y este se abrió. La lluvia cayó con fuerza, mezclándose con sus lágrimas. En segundos quedó empapada. Apretó los dientes. El dolor en su pecho era como un cuchillo que se hundía más y más profundo.

Seguía arrodillada allí cuando oyó el ronroneo grave de un auto acercándose. Levantó la cabeza. Los faros la cegaron un instante. Cuando recuperó la visión, se dio cuenta de que no era un vehículo cualquiera. Era un lujoso sedán negro, elegante y poderoso, del tipo que solo la élite podía permitirse.

No le resultaba familiar. Definitivamente no pertenecía a los Morenzo.

Sus ojos llenos de lágrimas permanecieron fijos en el auto mientras la ventanilla trasera bajaba lentamente.

El rostro que apareció era frío, pero ardía con intensidad. Pómulos afilados y marcados. Mandíbula fuerte y definida. Nariz recta y refinada. Cejas audaces y perfectamente arqueadas. Cabello negro como obsidiana. Y unos ojos de un verde avellana clarísimo, como la luz del sol filtrándose entre las hojas. Detrás de ellos acechaba un fuego oculto que la quemaba, la consumía, la devoraba por completo. Su mirada intensa la mantuvo prisionera, llena de misterio y poder crudo.

Durante varios segundos largos, el mundo se quedó en silencio. Una fuerza invisible la mantuvo clavada en el sitio. No podía apartar la vista. Ni siquiera podía respirar.

El rostro no mostraba emoción alguna, pero aquellos ojos no la soltaron. La sostuvieron hasta que el auto por fin siguió su camino. La ventanilla subió de nuevo.

Solo entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

No sabía quién era ese hombre de rostro inolvidable y autoritario.

Pero su imagen ya estaba grabada a fuego en su mente. Intimidante. Desconcertante.

—¿Quién… quién era ese? —susurró al vacío de la lluvia.

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Último capítulo

  • Aunque Supliques, No Puedes Escapar de la Mafia   El Epílogo

    Severen trabajaba en Altieri Construction, una de las familias más prominentes de Santa Catalina, conocida en toda la provincia y más allá. El fundador, Luther Altieri, se había retirado recientemente y ahora sus hijos dirigían la empresa. Severen había empezado desde abajo y había escalado hasta supervisor. La gente intentaba acercarse, pero él mantenía las distancias. Las invitaciones a fiestas llegaban sin cesar; las rechazaba todas. Quería paz. Una vez se había dejado cegar por un brillo falso. Nunca más.Aquella tarde revisaba documentos cuando escuchó una conversación cercana.—Acaban de pasar cinco coches relucientes. Todos de lujo, en fila.La mano de Severen se detuvo. La imagen le resultó familiar: coches brillantes cruzando en procesión. Recordó aquel día con Riva, viendo pasar el convoy de Helios de Crassus en el cruce delante de ellos.¿Habían regresado a Santa Catalina? ¿Por qué?—Son coches de los de Crassus —dijo el recién llegado.—Shhh… no digas ese nombre tan alto.

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  • Aunque Supliques, No Puedes Escapar de la Mafia   Capítulo 190

    Severen se detuvo frente a las imponentes rejas de hierro de la finca de Helios de Crassus. No dio un paso más. No se anunció. Sobre un hombro llevaba la correa de una bolsa; en el otro brazo, apretaba una pequeña caja de madera.Volvía a Santa Catalina. Para siempre.Ya había firmado la resolución formal para disolver Morenzo CoreTech. Cada documento presentado, cada permiso entregado, cada reunión celebrada. Estaba hecho. La empresa no podía seguir funcionando… no cuando desde el principio se había alimentado de dinero sucio. Primero Francisco Lazer, luego Dominic Valeron. Y cuanto más profundizaba, más claro quedaba: todo provenía de la misma fuente corrupta.Había pensado, por un instante, transferirle sus acciones a Grasya. Pero ¿para qué arrastrar a la mujer que amaba al desastre que él mismo había creado? Ella era demasiado pura, demasiado buena, para que nada de aquello la tocara. Mejor quemarlo todo y alejarse.De todos modos no lo necesitaba. Ya tenía de sobra.Y era feliz.

  • Aunque Supliques, No Puedes Escapar de la Mafia   Capítulo 189

    Aconite contemplaba a los gemelos dormidos uno junto al otro en el cochecito. Los niños lo miraban de vuelta con ojos abiertos y tranquilos.—Parecen casi de un año ya —murmuró, con una sonrisa leve en los labios—. Brazos y piernas regordetes… mejillas redondas. Mis nietos crecen tan rápido.Grasya sonrió con ternura. Estaban reunidos en el jardín de papá Gabriel, bajo el gazebo blanco que Helios había construido especialmente para ese rincón. Su padre cuidaba las huertas cercanas mientras ella servía platos de suman latik caliente —el favorito de su madre, exactamente como lo había aprendido a preparar en Santa Catalina— y jugo de coco frío endulzado con la leche que ella misma había elegido.Cassandra se sentaba en silencio a su lado, la mirada fija con suavidad en los bebés.—Hadeon… Helion —dijo, clara y baja.Todos se giraron. Hablaba con más frecuencia ahora. El médico le había recetado un medicamento nuevo y la diferencia era notable. Grasya sabía que el costo era alto, pero ca

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