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Capítulo 3

ผู้เขียน: Stellar
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-03 20:19:32

Una mano se cerró de pronto alrededor de su muñeca.

Grasya giró en redondo, con el corazón dando un vuelco.

—¿Señorito?

Por un segundo loco, la esperanza se encendió. Tal vez había cambiado de opinión. Tal vez había cancelado el compromiso. Tal vez recordaba las promesas que le hizo y quería cumplirlas.

Pero una sola mirada a su rostro apagó esa chispa. Su expresión seguía helada. Los labios apretados en una línea dura. Parecía que se había obligado a ir tras ella.

Severen suspiró.

—¿Qué haces aquí?

—Vine porque…

Él la cortó.

—¿Para arruinar mi fiesta de compromiso? ¿Qué quieres, Grasya? ¿Obligarme? Despierta. Ya no me gustas. No podemos volver a como eran las cosas.

*No podemos volver.* Las palabras se hundieron profundo.

Bajó la cabeza, con la garganta ardiendo por las lágrimas que no derramaba. ¿Debía reír? ¿Llorar? ¿Suplicar? ¿O simplemente aceptarlo?

¿De verdad todo lo que habían tenido se había ido?

A pesar del dolor que la desgarraba, levantó la mirada hacia él.

—Sev… ¿de verdad ya no me quieres? —Su voz se quebró, pero sostuvo sus ojos, deseando que viera la verdad, que sintiera cuánto lo seguía amando.

Él permaneció en silencio, aunque algo en su expresión dura se suavizó un poco.

Ella tomó su mano y la apretó con suavidad. Sus dedos temblaban, pero intentó transmitirle calor con los suyos.

—¿Ya no me amas? ¿Le entregaste todo lo que sentías a ella? ¿No quedó nada para mí?

Ninguna respuesta.

¿Su silencio significaba que tenía dudas sobre Riva? ¿Que no estaba completamente seguro?

La esperanza volvió a surgir. El anhelo que había cargado durante tanto tiempo la desbordó. Se puso de puntillas, pegó su cuerpo al de él y lo abrazó con fuerza. Los sollozos la sacudieron mientras hundía el rostro en su hombro.

—¡Sev! Te extrañé tanto. He estado esperándote para que volvieras a Santa Catalina.

—Grasya… —Su voz se suavizó, casi un susurro.

Tal vez todavía la amaba.

—¿No puedes volver a amarme? ¿No puedes dejar de entregarle tu corazón a otra? Regresa a mí, Sev. Me prometiste que volverías por mí, ¿recuerdas? Nos quisimos una vez. Podemos tener eso de nuevo. Porque yo todavía te amo… tanto. —Las palabras salieron en sollozos suaves y rotos, cargados con cada gota de emoción que le quedaba.

—¡Severen!

Ambos se sobresaltaron ante la voz cortante. Riva estaba allí, con los ojos muy abiertos y una mano cubriéndose la boca por la impresión.

—¡Riva! —Severen se apartó, presa del pánico.

—¿Estás bromeando? ¿Me estás engañando? —El asco goteaba de cada palabra.

*Engañando.* La palabra resonó en la mente de Grasya. ¿Cómo había terminado siendo la otra? Ella había sido su novia mucho antes de que él se fuera de Santa Catalina. ¿Por qué la hacía sentir como su propia madre, la que destruyó otra familia?

—No, ¡no es lo que parece! ¡Puedo explicarlo! —se apresuró a decir Severen.

—¿Cómo explicas lo que acabo de ver? ¡La estabas abrazando! No puedo creer que me hagas esto, Severen. Justo después de que nos comprometimos oficialmente. —Riva giró sobre sus talones y se marchó furiosa.

—Riva…

Él intentó seguirla, pero Grasya lo agarró del brazo. Severen se volvió, con irritación cruzándole el rostro.

—Suéltame, Grasya.

—Pero…

Soltó un suspiro brusco y sacó una tarjeta del bolsillo.

—Toma.

—¿Qué es…?

Su mano salió disparada y le sujetó el rostro con fuerza. Los dedos se clavaron en sus mejillas, obligándola a mirarlo.

—Hay cincuenta mil pesos en esta tarjeta. Tómalos. Solo mantén la boca cerrada. No armes un escándalo aquí. Y sal de mi cabeza y de mi vida de una maldita vez.

¿Un escándalo? Como si ella fuera de las que causaban problemas.

—No quiero tu dinero —susurró.

—Como quieras. —Él guardó la tarjeta de nuevo en el bolsillo e intentó liberar su brazo, pero ella se aferró.

—¡Dije que me sueltes! —La rabia explotó en su rostro. La empujó con fuerza.

Grasya tropezó y cayó. Él ni siquiera miró hacia atrás para ver si se había lastimado. Ya no le importaba.

La miró desde arriba con desprecio.

—Si pierdo a mi prometida por tu culpa, nunca te lo perdonaré. ¡No vuelvas a aparecer frente a mí!

Su grito no solo le golpeó los oídos: destrozó lo poco que quedaba de su corazón. Esa voz fría y cortante la hirió más profundo que cualquier cuchillo.

—Acéptalo, Grasya. Ya no te amo. Y nunca volveré a hacerlo.

Los labios se le habían entumecido. Solo pudo verlo correr detrás de la mujer con la que planeaba casarse. Sus ojos siguieron aquella espalda tan familiar, la misma en la que había montado tantas veces de niña. Un dolor amargo le inundó el pecho. Por más que le doliera admitirlo, sabía la verdad: los días felices con su Severen se habían ido para siempre.

Grasya no sabía hacia dónde iba. Sus pies seguían moviéndose por la larga carretera sin un destino claro. Tropezó varias veces, golpeándose las rodillas contra el suelo y raspándose la piel. Pero no sentía el dolor físico. La agonía que le desgarraba el corazón lo ahogaba todo.

Una vez creyó que era afortunada, que el chico al que amaba también la amaba.

Qué equivocada había estado.

La persona que más amaba era la que le causaría el dolor más profundo.

Los arrozales se extendían junto al camino. La vista familiar de los bordes le oprimió el pecho una vez más.

Una sonrisa amarga curvó sus labios.

—Así se siente amar y salir lastimada. Así de pesada es el fracaso. —El agotamiento le pesaba en cada miembro. El mundo empezó a girar. Momentos después, la oscuridad se apoderó de ella.

Los siguientes días se volvieron borrosos. Entraba y salía de la conciencia, captando breves imágenes de su padre caminando de un lado a otro por la habitación, con el rostro marcado por una profunda preocupación. Parecía haber envejecido años de la noche a la mañana.

Quería hablarle, preguntarle si estaba bien, pero la debilidad la arrastraba de nuevo cada vez.

Cuando por fin despertó de verdad, la habitación estaba en silencio. La luz del sol entraba por la ventana abierta. Se protegió los ojos y se incorporó, con la garganta dolorosamente seca.

—¿Tay? —llamó con voz ronca.

No hubo respuesta.

—¿Tay?

Silencio.

El pánico se apoderó de ella.

—Tay, ya estoy despierta —dijo más fuerte, esperando que la oyera.

Como Gabriel no respondía, se deslizó fuera de la cama. En cuanto sus pies tocaron el suelo, las rodillas le fallaron. Se agarró al cabecero para sostenerse.

La puerta crujió al abrirse.

—Tay…

Pero no era su padre. Era su vecina, Manang Rosa. Había tomado el pequeño comedor del mercado después de que un familiar falleciera, el mismo lugar donde Grasya y Severen solían comer sus fideos salteados favoritos.

Solo el recuerdo le clavó otra puñalada en el pecho.

—Manang Rosa, ¿qué hace aquí? ¿Dónde está mi padre? —preguntó.

El rostro de la mujer mayor se llenó de una mezcla de tristeza y temor. El corazón de Grasya se aceleró. Venían malas noticias.

—Manang Rosa… ¿tiene algo que decirme? —Su voz tembló.

La mujer la guió de vuelta a la cama y la hizo sentarse en el borde.

—Llevas tres días en cama, Grasya.

—¿Tres días?

—Sí. Fiebre muy alta. Delirabas. Tu padre intentaba darte sopa y agua cada vez que despertabas unos minutos.

Casi no recordaba nada. Recorrió la habitación con la mirada.

—¿Dónde está ahora? ¿Dónde está Tay?

Manang Rosa dudó, midiendo sus palabras.

—Manang Rosa, por favor. Solo dígame.

La mujer carraspeó.

—Tu padre intentó llevarte al hospital, pero los Morenzo se aseguraron de que ningún lugar local te aceptara. Estaba destrozado. Aun así, les suplicó a sus antiguos patrones dinero para comprar tus medicinas.

Antes de que terminara, Grasya ya sabía cómo acababa la historia. Un frío helado le recorrió las venas. Su padre se había humillado y les había rogado, a pesar de no tener trabajo ni ahorros.

—¿Qué le hicieron?

—Lo rechazaron.

Los hombros de Grasya se hundieron.

—No tuvieron piedad. Él siempre fue tan bueno con ellos. —Sus manos se cerraron con fuerza.

—No es solo eso, Grasya.

Levantó la mirada bruscamente.

—¿Qué más?

—No sé qué tan cierto sea, pero… dicen que tu padre ha sido arrestado.

Grasya se puso de pie de un salto, con los ojos muy abiertos.

—¿Arrestado? ¿Por qué?

—No conozco toda la historia. Solo sé que lo tienen detenido.

—Lléveme con él, Manang Rosa. Vamos a la estación de policía. —Intentó levantarse de nuevo, pero la mujer la sujetó suavemente del hombro.

—No está en la estación de policía.

—¿Entonces dónde?

—En Villa Serpentis.

Las rodillas de Grasya casi cedieron. Villa Serpentis estaba en las afueras remotas de Santa Catalina. La propiedad había estado abandonada durante años hasta que un hombre misterioso la compró y rodeó la enorme finca con altos muros de concreto impenetrables. Nadie podía ver el interior.

Los rumores decían que ahora pertenecía a un despiadado jefe de la mafia. Un hombre brutal que no mostraba piedad. Alguien a quien temer y evitar a toda costa.

—¿Es verdad que el dueño de Villa Serpentis es cruel, Manang Rosa?

—Dicen que lo era. Pero el dueño ha cambiado. Ya no es la misma persona.

—¿Cambiado?

—Sí, pero…

—¿Pero?

—Sigue siendo un de Crassus.

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