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Capítulo 4

Penulis: Stellar
last update Tanggal publikasi: 2026-07-03 20:19:55

El triciclo se detuvo bastante lejos de la puerta principal de Villa Serpentis. El conductor había mantenido deliberadamente la distancia.

Grasya se volvió hacia él, confundida.

—Manong, la reja todavía está más adelante. ¿Por qué se detuvo aquí?

Él se rascó la nuca.

—Hasta aquí llego yo, señorita.

—¿Por qué?

—¿No ha oído las historias sobre la gente que vive ahí dentro? Dicen que los hombres de ese lugar no dudan en matar.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Manong, por favor no me asuste así.

—Es verdad. ¿Qué se le perdió aquí? Si yo fuera usted, daría media vuelta ahora mismo.

Ella miró las imponentes murallas de Villa Serpentis. Tampoco quería estar ahí. Pero ¿qué otra opción tenía? Manang Rosa le había dicho que su padre estaba dentro, que se lo habían llevado a la fuerza.

La imagen del rostro agotado de su padre durante uno de sus despertares febriles le cruzó la mente. Si él decía que estaba enfermo, ella lo creería sin dudar.

Primero había ido a la estación de policía. Su padre no estaba allí. En cuanto mencionó Villa Serpentis, los oficiales la cortaron de inmediato y se negaron a ayudarla.

Había intentado con todos los que se le ocurrieron, pero en el momento en que pronunciaba el nombre de la villa, todos se echaban atrás. Al final, no tuvo más remedio que ir sola. Pasara lo que pasara, tenía que sacar a su padre de ahí.

—¿Qué asunto exacto tiene en esa villa? —insistió el conductor.

Ella guardó silencio.

—Aquí está bien, Manong. —No pensaba explicarle nada.

—¿Está segura? ¿De verdad va a entrar?

Asintió ligeramente.

—Sí.

Él suspiró.

—Está bien. Tenga cuidado. —En cuanto ella bajó, dio la vuelta al triciclo y se alejó a toda velocidad.

A pesar de que las rodillas le temblaban, Grasya se obligó a avanzar hacia la propiedad de los de Crassus. Llegó hasta la imponente reja negra de metal, gruesa, sólida y completamente cerrada. No se veía nada de lo que había al otro lado.

Respiró hondo, temblorosa, y tocó.

No hubo respuesta.

Sus ojos recorrieron el costado y encontraron un panel negro elegante montado en un poste robusto. Una luz roja brillaba en el centro: la lente de una cámara. Del tipo que usaban los ricos para vigilar a los visitantes.

Presionó el botón.

—¿Qué quiere? —gruñó una voz áspera a través del altavoz.

Se sobresaltó, pero se recompuso.

—Eh… necesito hablar con el dueño de Villa Serpentis.

—¿Por qué?

Porque tenía a su padre. Pero ¿cómo podía decirlo sin pruebas?

Silencio.

Enderezó la espalda.

—Es importante. Por eso estoy aquí.

La reja permaneció cerrada unos segundos más, hasta que el pesado metal empezó a abrirse lentamente. Ella se quedó mirando la brecha que se ensanchaba, paralizada.

Pronto apareció un hombre uniformado. Su rostro era serio.

—¿No va a entrar? —preguntó con formalidad.

Todos sus instintos le gritaban que corriera, pero asintió rápido.

—Sí. Voy a entrar.

El hombre se dio la vuelta y dejó la reja abierta: una invitación a pasar.

En cuanto cruzó el umbral y vio lo que había más allá de los altos muros, se le escapó un jadeo. Villa Serpentis era impresionante. Enorme. Un largo camino de entrada bordeado de árboles frondosos y maduros. Al fondo se alzaba la mansión: dos pisos de pura grandeza. Una sola habitación ahí dentro probablemente era más grande que toda su casa con su padre.

—Suba —ordenó el hombre uniformado, señalando un carrito de golf blanco que esperaba.

Ella obedeció. Él condujo mientras ella permanecía en un silencio tenso. Mientras avanzaban por el camino, echó la cabeza hacia atrás, admirando las ramas que formaban un dosel natural sobre sus cabezas.

Al llegar a la entrada de la mansión, bajó.

En cuanto sus pies tocaron el suelo, seis hombres vestidos de negro la rodearon. Las pistoleras abultaban en sus costados.

Miró desesperada al conductor.

—¡Kuya, ayúdeme! —El corazón le latía tan fuerte que pensó que iba a estallar.

El hombre solo chasqueó la lengua y se alejó sin mirar atrás.

Dos de los hombres la agarraron de los brazos y la arrastraron hacia adentro. El miedo la envolvió por completo cuando la penumbra la recibió en el amplio vestíbulo. El resto de la casa permanecía envuelta en sombras.

Las rodillas le fallaron cuando uno de los hombres la empujó bruscamente al suelo.

—¡N-no me toquen! —gritó, con la voz temblorosa.

—Cierra la boca si no quieres que te amordace —amenazó otro.

Cerró los labios de inmediato. Lágrimas de terror le corrían por el rostro. El pecho le subía y bajaba como olas en una tormenta. ¿Cómo había terminado su padre en manos de un de Crassus? Nunca imaginó que se cruzaría con la mafia.

—Así es. Mantén la boca cerrada.

Grasya estaba paralizada de miedo. El hombre frente a ella parecía capaz de hacer cualquier cosa. No se atrevió a emitir otro sonido, aunque las lágrimas seguían cayendo. Se quedó de rodillas, temblando.

Pensó que ese era el punto máximo de su terror… hasta que un gruñido profundo y feroz cortó el aire.

Giró la cabeza hacia el sonido. Un enorme perro parecido a un lobo se acercaba, con el pelaje negro reluciente y ojos plateados afilados y depredadores.

Sabía exactamente qué era: un wolfdog gigantesco.

Grasya se desplomó de rodillas al suelo. Se acabó. La iban a destrozar. Cerró los ojos con fuerza y levantó las manos para protegerse el rostro.

—Varik —ordenó de pronto una voz profunda y autoritaria.

La voz era grave, claramente masculina, y cargaba una autoridad absoluta.

Grasya entreabrió los ojos. El wolfdog se había detenido. Retrocedió lentamente, dio media vuelta y se dirigió hacia quien había hablado: un hombre que estaba de pie en lo alto de la gran escalera.

Se le cortó la respiración. Reconoció ese rostro. Era él, el hombre del auto de lujo negro. El que había bajado la ventanilla y la había mirado fijamente aquella noche lluviosa, con el rostro cubierto de lágrimas.

El dueño ha cambiado. Pero sigue siendo un de Crassus.

Las palabras de Manang Rosa resonaron en su mente. Si ese hombre era el dueño de la villa, entonces era uno de ellos.

Lo observó con discreción mientras bajaba. De cerca y de pie, era aún más intimidante: más alto de lo que imaginaba, quizá un metro noventa y ocho, con un cuerpo poderoso. Vestía completamente de negro, a juego con su cabello oscuro.

No venía solo. Otro wolfdog negro estaba sentado a su lado como un centinela oscuro. Este tenía unos llamativos ojos ámbar. Incluso sentado, irradiaba poder y quietud, esperando una sola orden.

El llamado Varik se colocó al otro lado.

El hombre siguió bajando los escalones, cada paso deliberado. Sus ojos no se apartaron de ella ni un segundo. Los dos wolfdogs avanzaron con él, también con la mirada fija en ella.

Llegó al final y se acomodó en el sofá. Con un gesto casual de la mano, uno de sus hombres le ofreció un cigarrillo elegante. Era fino, negro, con una banda dorada. Lo encendió, dio una calada lenta y soltó el humo sin dejar de mirarla.

El estómago se le retorció bajo la intensidad de aquella mirada.

—¿Quién eres? —preguntó por fin. Su rostro estaba inexpresivo, pero sus ojos prometían peligro.

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