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Capítulo 5

Penulis: Stellar
last update Tanggal publikasi: 2026-07-03 20:20:17

—¿Quién eres?

—Yo… no lo conozco, pero…

—No me conoces y aun así tuviste el descaro de aparecer en mi reja.

Grasya sintió la lengua pesada. Tragó con dificultad.

—¿Es usted el dueño de esta villa?

La comisura de su boca se curvó en una sonrisa lenta, pecaminosa. Amenazante. Peligrosa.

—Tal vez. —Se encogió de hombros como si no tuviera importancia.

Todo en él —su aura, su expresión, la forma en que se movía— gritaba que no era un simple empleado. Su presencia dominaba por completo la habitación.

—¿Qué quieres? —Su tono era plano. Helado.

—Necesito hablar con usted. De verdad.

Él dio otra calada al cigarrillo, soltó el humo en medio de la tensión espesa, luego lo tiró al suelo y lo aplastó con el zapato. Juntó las manos. Eran enormes; fácilmente podrían rodear ambas muñecas de ella.

—¿Sobre qué? —preguntó, con voz como hielo.

—Sobre… mi padre.

—¿Tu padre? ¿Por qué debería importarme?

Se puso de pie, claramente listo para marcharse. El pánico la invadió. Se levantó de un salto.

—¡Dicen que mi padre está encerrado aquí!

El hombre se detuvo, pero su expresión no cambió.

—¿Tienes pruebas de que tu padre está aquí? Ten cuidado con lo que dices. Podría arrancarte esa lengüita.

—No… no tengo pruebas sólidas, pero alguien me lo dijo. Dijeron que usted lo mandó traer aquí.

Una esquina de sus labios se curvó de nuevo. Grasya contuvo la respiración mientras él se acercaba. Ella medía apenas un metro sesenta, pero se sentía diminuta bajo su sombra.

Él se inclinó y le sujetó el rostro con rudeza. De cerca era aún más intimidante. Sus ojos le enviaron nuevas oleadas de miedo directo al centro del pecho.

Físicamente, empequeñecía a Severen. Su rostro parecía un camino plateado al cielo: hermoso, casi tentador, pero al final solo esperaba la muerte.

—¿Sabes quién soy? —preguntó—. ¿Estás segura de que soy la persona con la que quieres hablar?

Quiso asentir, pero la mano de él le mantenía la mandíbula inmóvil. Los dedos se clavaron en sus mejillas.

—No lo conozco… no estoy segura, pero estoy arriesgándome.

—No me conoces y aun así entraste directamente en mi territorio. ¿De verdad creíste que saldrías de aquí ilesa?

—Solo quiero recuperar a mi padre. Eso es todo. Por favor, déjelo ir. —Sus ojos se desviaron. Era demasiado difícil sostenerle la mirada.

—Me estás pidiendo algo, pero ni siquiera puedes mirarme a los ojos. Mírame.

Ella seguía sin hacerlo.

—Mí-ra-me. Grasya Manafa.

Contuvo un jadeo. Él sabía su nombre.

—¿C-cómo…?

—¿Pensaste que dejaría entrar a cualquiera a mi propiedad sin saber exactamente quién es? Grasya, soy peligroso, pero no soy idiota. La verdad es que sabía de ti mucho antes de que pusieras un pie en esta villa.

Entonces ¿por qué había preguntado quién era?

—Si ya me investigó, sabe que no soy mala persona. Solo vine por mi padre.

—Tú no eres mala persona. Pero yo… sí lo soy. Soy un hombre muy malo.

El miedo se duplicó.

—¿Es usted… parte de la mafia?

—¿Tú qué crees?

—Yo… no sé… —Sus palabras se cortaron en un jadeo cuando él la jaló hacia sí.

Se inclinó hasta que sus labios rozaron su oreja.

—No soy solo un miembro —susurró—. Soy el jefe.

*Jefe de la mafia.* El hombre frente a ella dirigía la mafia. Era el más despiadado y peligroso de todos.

—He oído los rumores en el pueblo… que la familia de Crassus es aterradora y cruel.

Se quedó callada, con los ojos muy abiertos mientras lo miraba.

—Adivina qué. Yo soy un de Crassus. Helios de Crassus.

El hombre que había bajado la ventanilla de su auto aquella noche lluviosa para mirarla con el rostro lleno de lágrimas era el temido jefe de la mafia… y un de Crassus. Manang Rosa había mencionado que el nuevo dueño era un de Crassus, pero oírlo de sus propios labios lo volvía terriblemente real.

Cuando por fin se apartó, notó lo pálida que se había puesto. Soltó una risa corta y baja.

—¿Ya estás asustada?

—No le hemos hecho nada. Por favor… no nos haga daño.

—Fuiste a la policía y me acusaste de secuestrar a tu padre. Eso me enfadó.

Los ojos de Grasya se abrieron como platos. Sabía incluso de su visita a la estación. ¿Había algo que no supiera?

—Sabes, podría darte de comer a mis wolfdogs ahora mismo y nadie se enteraría jamás. Luego podría hacer que machacaran tus huesos y los convirtieran en un jarrón decorativo para esta mansión.

Las rodillas le flaquearon. Se sentía como una vela que se consumía: vacía, temblorosa. ¿De verdad iba a matarla?

—Por favor… tenga piedad.

Él rio de nuevo, la soltó y se enderezó, aunque sus ojos permanecieron fijos en ella.

—Podría, pero no lo haré. Mis mascotas son exigentes con su carne. Además, tus huesos se ven demasiado frágiles. De baja calidad.

Ella soltó el aire con dificultad, dándose cuenta solo entonces de que había estado conteniendo la respiración. Desesperadamente quería salir de ese lugar. Ya sentía un pie dentro de la tumba.

—¿Dónde está mi padre?

Él la miró fijamente un largo momento, luego chasqueó los dedos. Los dos hombres volvieron a agarrarla de los brazos.

—Vardan, Vank, quietos —ordenó a los enormes wolfdogs. Luego se dio la vuelta y encabezó la marcha. Su espalda ancha se movía con absoluta confianza, cada paso imponiendo autoridad.

La llevó a una habitación tenuemente iluminada. Cuando encendió el interruptor, la luz inundó el espacio. Los ojos de Grasya se abrieron con horror. Al fondo había una celda con barrotes. Dentro estaba su padre.

—¡Tay! —gritó, forcejeando contra el agarre de hierro de los hombres—. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué viniste?

—Tu hija vino a salvarte —dijo el jefe de la mafia.

—¡Por favor, tenga piedad! ¡No meta a mi hija en esto! ¡Ella no tiene nada que ver!

El jefe la miró de reojo.

—Tsk. Tu padre no quiere tu ayuda. —Su barítono profundo llevaba un tono burlón de diversión—. No le gusta el clásico de “la hija salva al padre”.

—¡Deje ir a mi padre! —gritó ella—. ¿Qué hizo para merecer estar encerrado aquí?

—Tu padre entró al área VIP de un casino que maneja mi organización. Confrontó a Silvio Morenzo. Las cosas se calentaron. Perdió el control y volcó una mesa de póker de veinte millones de pesos. Asustó a los clientes. Nosotros perdimos dinero.

Grasya se volvió hacia su padre, que mantenía la cabeza baja, incapaz de mirarla a los ojos.

—¿Por qué hiciste eso, Tay? —preguntó con voz débil.

—Porque esos Morenzo son unos animales. Nos bloquearon el acceso al hospital. Necesitaba dinero con urgencia para tus medicinas. Les supliqué, pero se negaron a darme aunque fuera la ayuda más pequeña. Te insultaron y yo… simplemente vi todo rojo.

—Tay… —Las lágrimas le corrían por el rostro. Se soltó del agarre de los guardias y cayó de rodillas frente a Helios. Sus manos temblorosas se aferraron a la parte delantera de su abrigo formal.

Cuando sus hombres se movieron para apartarla, él negó con la cabeza, indicándoles que la dejaran.

—Señor, por favor tenga piedad de mi padre. Es un buen hombre. —No tenía idea de cómo convencerlo.

Él chasqueó la lengua.

—Guarda ese discurso para San Pedro. Para él la bondad significa algo. Para alguien como yo… no significa nada.

—¿Qué puedo hacer?

—Veinte millones. Y dejaré libre a tu padre.

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