Home / Mafia / BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA / Capítulo 04: La Marca del Capo

Share

Capítulo 04: La Marca del Capo

Author: Mila Mercado
last update publish date: 2025-09-23 03:45:57

El salón estaba abarrotado de invitados, luces doradas y música que intentaba disfrazar el veneno en el aire. Catalina ajustó el vestido negro que su madre había elegido para ella —elegante, discreto, como una sombra más en aquel desfile de poder—. Fingía calma, pero cada músculo de su cuerpo estaba en alerta.

Sabía que él estaría allí.

Lo había sentido desde el momento en que bajó las escaleras, desde la primera mirada que sintió clavada en su espalda como un ancla invisible. Dario Mancini. No necesitaba verlo para saberlo. Su presencia era como humo denso, envolvente, imposible de ignorar.

Trató de mantenerse cerca de su madre, conversando con esposas de socios de su padre, sonriendo con cortesía. Pero incluso así, incluso rodeada de gente, se sentía desnuda bajo aquella mirada que no se apartaba de ella.

—Catalina —la voz de Giovanni interrumpió sus pensamientos. Su padre apareció a su lado, impecable como siempre, con ese aire de dominio absoluto—. Es hora de saludar a los Mancini.

El corazón de Catalina dio un salto violento.

—No quiero… —empezó a decir, pero su padre la miró con tanta severidad que no admitía réplica.

—No se trata de lo que quieras. —Su voz era un cuchillo—. Recuerda quién eres y a quién representas.

Catalina tragó saliva y lo siguió. Cada paso que daba hacia esa esquina del salón donde se reunían los hombres más peligrosos de Italia parecía arrastrarla más hacia un abismo sin salida.

Y allí estaba él.

Dario Mancini conversaba con un grupo de socios, pero cuando la vio, el murmullo se apagó a su alrededor. Sus ojos oscuros se clavaron en ella con una intensidad que le robó el aire. Lento, muy lento, una sonrisa cargada de peligro curvó sus labios.

—Catalina —pronunció su nombre como si fuera un secreto íntimo, ignorando por completo la formalidad del lugar.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, obligándose a mantener la compostura.

—Señor Mancini.

Él extendió la mano, y su padre, orgulloso, la empujó suavemente hacia delante. No tuvo opción. Catalina colocó su mano en la suya, y de inmediato sintió esa fuerza abrumadora, esa seguridad implacable. Dario no solo le estrechó la mano: entrelazó sus dedos con los de ella, como si ya fueran suyos.

El contacto la quemaba. Quiso retirarse, pero su agarre fue férreo.

—¿Me concedes este baile? —preguntó, aunque su tono no era una pregunta, sino una sentencia.

Catalina lo miró con rabia contenida.

—No estoy de humor.

Un murmullo recorrió a los presentes, sorprendidos por la osadía de su negativa. Giovanni la fulminó con la mirada, pero Dario… Dario sonrió como si ella acabara de encender un fuego que lo excitaba.

—Entonces será un honor devolverte el humor. —Y sin darle tiempo a replicar, la arrastró hacia la pista.

---

La orquesta comenzó un vals lento. Catalina intentó resistirse, pero Dario la sujetó con firmeza por la cintura, atrayéndola hacia él. Sus cuerpos encajaban demasiado cerca, demasiado íntimos.

—Suéltame —susurró entre dientes, intentando mantener una sonrisa para las miradas curiosas que los rodeaban.

—Jamás —respondió él, su voz grave y baja, tan cerca de su oído que la piel de su cuello se erizó—. Este es mi lugar, Catalina. Aquí.

Ella trató de apartarse, pero él la giró con una destreza que no dejaba margen de escape. El salón entero los observaba. Catalina podía sentir las miradas, el murmullo contenido, y supo que esa era la intención de Dario: marcarla, reclamar frente a todos.

—Me avergüenza —le susurró, furiosa.

—No. —Dario clavó los ojos en los suyos mientras la obligaba a seguir el ritmo perfecto del vals—. Te muestro al mundo. Que todos vean lo que es mío.

Catalina apretó la mandíbula, luchando contra la atracción que amenazaba con quebrarla. Su corazón latía tan fuerte que pensó que él podría escucharlo.

—No soy tuya —replicó en un susurro cargado de veneno.

Dario bajó el rostro hasta que sus labios rozaron apenas su oído.

—Repite eso otra vez, y juro que haré que todos aquí lo vean. Haré que no quede duda de quién tiene poder sobre ti.

El cuerpo de Catalina se estremeció. Era amenaza y promesa al mismo tiempo.

—¿Eso es lo que quieres? —continuó él, deslizando la mano por su espalda con un descaro que a cualquiera más hubiera parecido ternura, pero que ella sintió como una cadena—. ¿Que todos sepan lo rápido que tu cuerpo tiembla cuando estoy cerca?

Catalina cerró los ojos un instante, odiándose por la reacción involuntaria de su cuerpo. Odiándose por la forma en que sus piernas parecían perder fuerza bajo su control absoluto.

—Eres un monstruo —escupió, apenas audible.

Dario sonrió, y la giró con fuerza, haciendo que su vestido se abriera en un vuelo elegante que arrancó aplausos de los invitados.

—Y tú eres la presa más hermosa que he tenido. —Su voz era un veneno dulce—. No corras, Catalina. Los monstruos siempre alcanzamos a nuestras presas.

---

El vals terminó, y los aplausos llenaron el salón. Catalina intentó apartarse, pero Dario no la soltó. Se inclinó, y en un gesto que pareció cortesía a los ojos de los demás, depositó un beso en su mano. Pero su boca se detuvo demasiado tiempo, sus labios apretados contra su piel, su mirada fija en la de ella como un juramento silencioso.

Cuando por fin la liberó, Catalina retrocedió un paso, sintiéndose expuesta, marcada, como si toda la sala hubiera presenciado su derrota.

Él no había necesitado gritar, ni golpear, ni forzar nada. Solo un baile. Solo un contacto. Y ya todos sabían que Catalina Moretti pertenecía a Dario Mancini.

---

Subió a su habitación tan pronto pudo escapar de las miradas. Cerró la puerta con violencia y se dejó caer contra ella, con la respiración agitada.

Su piel aún ardía donde él la había tocado.

Lo odiaba. Odiaba la forma en que la controlaba sin esfuerzo, la manera en que la marcaba frente a todos como si fuera suya. Pero lo que más odiaba era a sí misma, por el temblor de su cuerpo, por el vértigo en su pecho.

Se miró en el espejo, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos.

Y supo que estaba perdida.

Porque aunque lo negara, aunque lo rechazara, su cuerpo hablaba otro idioma.

Un idioma que Dario Mancini dominaba a la perfección.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA    Capítulo 66: La Caza de venganza

    No dormí. No podía. Cada vez que cerraba los ojos veía la sangre de Killian corriendo por el suelo del túnel, sus dedos fríos apretando los míos como si se estuviera despidiendo. Mamá me obligó a comer algo al amanecer, pero el pan sabía a ceniza. Me cambié la ropa manchada por una negra, práctica, con espacio para la katana y dos pistolas. El brazo me ardía donde la bala me había rozado, pero el dolor era bienvenido. Me recordaba que todavía estaba viva.Antes de salir, entré al cuarto donde Killian luchaba por cada respiración.Estaba pálido, demasiado pálido. Las máquinas que mamá había improvisado pitaban con ritmo irregular. Me senté en el borde de la cama y tomé su mano. Estaba tibia ahora, pero débil.—Killian… —susurré, apoyando mi frente contra la suya—. Voy a salir. Voy a buscar a tu padre y voy a terminar esto. Pero tú… tú tienes que quedarte aquí. Tienes que pelear. Porque si te mueres mientras no estoy… nunca te voy a perdonar.Sus párpados se movieron. Por un segundo cre

  • BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA    Capítulo 65: El Latido que se Apaga

    El túnel parecía haberse vuelto más estrecho, más oscuro, como si las paredes se cerraran sobre nosotros para tragarnos vivos. Killian pesaba en mis brazos como si ya estuviera muerto. Su sangre caliente empapaba mi ropa, corría por mis manos, se metía entre mis dedos. No paraba. No importaba cuánta presión hiciera sobre la herida de su costado, seguía brotando.—¡Killian! —grité,con la voz ronca, irreconocible—. ¡Quédate conmigo, maldita sea! ¡No te atrevas a cerrarlos!Sus ojos se entreabrieron un segundo. Esos ojos ámbar que me habían perseguido desde el primer día, ahora son opacos, vidriosos. Intentó sonreír, pero solo salió una mueca llena de sangre.—Luna… —susurró, tan bajo que casi no lo oí por encima de los disparos lejanos y los gritos de Anya pidiendo ayuda—. Te… te amo.Su cabeza cayó hacia un lado.El mundo se detuvo.Grité. Un grito animal, desgarrado, que reverberó en las paredes húmedas del túnel. Papá llegó primero, pálido como nunca lo había visto. Me quitó a Killia

  • BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA    Capítulo 64: El Silencio Antes del Infierno

    Las luces de los vehículos cortaron la oscuridad como cuchillos amarillos. Se detuvieron a unos trescientos metros de la verja principal, motores ronroneando como bestias a punto de atacar. Conté al menos seis camionetas blindadas. Sombras armadas bajaban de ellas, moviéndose con disciplina militar. Viktor no había venido a negociar. Había venido a acabar con nosotros.Yo estaba en la torre principal, el rifle apoyado en el alféizar y la katana cruzada a mi espalda. El corazón me latía tan fuerte que sentía cada pulso en los oídos. A mi lado, Killian respiraba con dificultad, la mano apretada contra su herida. La venda ya estaba empapada de nuevo. Se negaba a quedarse atrás, aunque cada movimiento le costaba la vida.—Ahí está —murmuró, señalando con la cabeza hacia la figura que acababa de bajar de la camioneta central. Viktor Drakov. Alto, canoso, con un abrigo negro largo que ondeaba con el viento. Incluso a distancia se veía roto. La rabia lo había consumido hasta dejar solo hueso

  • BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA    Capítulo 63: La Sombra que se Acerca

    El crepúsculo tiñó el cielo de un rojo sangriento que parecía un mal presagio. Llevábamos dos días de preparativos frenéticos y el aire dentro de la fortaleza se había vuelto irrespirable. Cada rincón olía a metal. Los hombres de papá reforzaban las ventanas con tablones, Anya y Gia colocaban trampas en el perímetro, y mamá había enviado a los niños pequeños al amanecer con un convoy discreto hacia el interior. La casa se sentía más vacía, más fría. Como si ya estuviera preparándose para perder algo.Yo estaba en la torre, mirando por la ventana rota hacia el bosque que rodeaba la propiedad. La katana descansaba a mi lado, limpia y afilada, pero mis manos no dejaban de temblar. No era miedo exactamente. Era algo peor: la certeza de que esta vez no íbamos a salir todos vivos.Killian se acercó por detrás en silencio. Sus brazos me rodearon la cintura con cuidado, su pecho vendado presionando contra mi espalda. Todavía tenía fiebre, pero se negaba a quedarse en la cama.—Estás pensando

  • BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA    Capítulo 62: El Pacto de los Lobos 

    El mediodía cayó pesado sobre la fortaleza como una manta húmeda. El sol se filtraba a través de las persianas entreabiertas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Killian había insistido en bajar. No aceptó más reposo absoluto. Dijo que si iba a pelear al lado de esta familia, necesitaba estar presente, aunque fuera sentado. Lo ayudé a bajar las escaleras, su brazo alrededor de mis hombros, mi mano firme en su cintura. Cada paso le costaba, pero su mandíbula estaba apretada y no soltó ni un solo quejido. Cuando entramos al salón principal, todos se quedaron en silencio un segundo. Papá estaba de pie junto a la chimenea, con una taza de café en la mano que ya se había enfriado. Mamá revisaba provisiones en una esquina. Anya y Gia limpiaban cuchillos con movimientos precisos. Papá lo miró directamente. Largo. Sin parpadear. —Siéntate —dijo al fin, señalando la silla frente a él. Killian se sentó con cuidado. Yo me quedé de pie a su lado, con la mano apoyada en el respa

  • BAJO LA LEY DEL CAPO MARCADA POR LA MAFIA    Capítulo 61: La Voz de las Cenizas

    El reloj marcaba las cuatro y diecisiete de la madrugada cuando el sonido de la puerta del túnel secundario resonó en el sótano. Me levanté de golpe de la silla donde llevaba casi dos horas fingiendo leer. Killian, a mi lado en la cama de la torre, abrió los ojos al mismo tiempo. Su mano buscó instintivamente la pistola que había dejado sobre la mesita de noche. —Son ellas —susurré, aunque el corazón me latía con fuerza. Bajamos juntos, yo sosteniéndolo por la cintura para que no forzara la herida. Cada escalón era una maldición para él, pero no se quejó. Cuando llegamos al salón principal, Anya y Gia ya estaban allí, sucias de barro y con olor a bosque húmedo. Papá y mamá esperaban de pie, junto a la mesa iluminada por una sola lámpara. Anya dejó una caja metálica pequeña sobre la madera con un golpe seco. —Se entregó —dijo sin preámbulos—. Sergei lo recibió personalmente. Leyó la nota de Killian y se quedó callado un buen rato. Luego solo asintió y dijo: “Dile al chico que la de

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status