Se connecterEl primer intento de quebrar a Liam Donovan fue, técnicamente, un desastre. Intenté que limpiara mi colección de zapatos de diseñador con un cepillo de dientes, alegando que el polvo del atentado los había arruinado. Él simplemente me miró, tomó el cepillo y, con una eficiencia robótica y una calma que me hizo querer arrancarme el cabello, dejó los treinta pares relucientes en menos de una hora. Ni una queja. Ni un suspiro. Solo ese silencio militar que empezaba a volverme loca.
Entendí que para deshacerme de Liam necesitaba un escenario más grande, uno donde su disciplina chocara contra el caos. Y nadie manejaba el caos mejor que mi hermano Dominic.
Dominic es la parte de los Blackwood que la gente no menciona en las cenas de gala. Es la sombra, el hombre que controla los muelles, los casinos clandestinos y los susurros en los callejones. Si Spencer es el cerebro de la familia, Dominic es el puño ensangrentado. Y esa noche, Dominic tenía una "reunión de negocios" en uno de sus clubes privados más exclusivos, el Vantablack.
—No —dijo Dominic, sin quitar la vista de su pistola mientras la limpiaba en su despacho.
—¡Oh, vamos, Dom! —me senté en el borde de su escritorio, apartando una caja de municiones—. Me dispararon ayer. Necesito distraerme. Si me dejas ir contigo, prometo no causar problemas.
—Mia, es una reunión con socios difíciles. No es una fiesta para que bebas martinis.
—Llevaré a Donovan —añadí, usando mi carta de triunfo—. Spencer dice que es el mejor. ¿Qué mejor manera de probarlo que llevándolo a tu territorio? Si es tan letal como dicen, me mantendrá a salvo. Si no... bueno, podrías decirle a Spencer que su inversión fue una basura y devolverlo a su cuartel.
Dominic levantó la vista. Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por su rostro. Él compartía mi desdén por las reglas de Spencer.
—Está bien, pelirroja. Prepárate. Pero si las cosas se ponen feas, haces lo que Liam diga.
—Por supuesto —mentí, ocultando mi regocijo.
El Vantablack era un antro de perdición envuelto en terciopelo y luces de neón. El aire estaba cargado de humo de tabaco caro y el aroma a peligro. Dominic entró como el rey que era, con sus hombres abriendo paso. Yo caminaba a su lado, sintiéndome eléctrica con un vestido verde esmeralda que apenas cubría lo necesario.
Y detrás de mí, a exactos dos pasos, estaba el muro. Liam Donovan llevaba un traje negro que lo hacía parecer una sombra letal. No miraba las luces, ni a las mujeres semidesnudas, ni las mesas de juego. Sus ojos no dejaban de escanear la sala.
—Donovan —lo llamé, deteniéndome cerca de la barra—. Traeme una copa. Algo fuerte.
—Estoy en servicio, señorita Blackwood. No soy su camarero —respondió sin mirarme, su vista fija en un grupo de hombres armados cerca de la zona VIP.
—Es una orden. O quizás es que tienes miedo de perder de vista la puerta un segundo. ¿Tan poco confías en tus habilidades?
Él finalmente me miró. Sus ojos azules brillaron bajo la luz de neón.
—No confío en el entorno. Y mi prioridad es usted, no su sed.
Bufé y me alejé, mezclándome entre la multitud. Era el momento de ejecutar mi plan. El club estaba lleno de gente poderosa. Vi a un grupo de mujeres cerca de la zona de los reservados; una rubia que hablaba con una autoridad impresionante y otra mujer de cabello oscuro que parecía estar diseccionando con la mirada a todos los presentes. No sabía quiénes eran —seguramente algunas de las conquistas de los socios de Dominic o mujeres buscando fortuna— y no me importaba. Para mí, eran solo obstáculos decorativos.
Mi plan era simple: desaparecer. El club tenía un laberinto de pasillos que llevaban a las oficinas de Dominic y a una salida trasera que daba a un callejón privado. Si lograba que Liam me perdiera de vista en su primer día "real" de trabajo, Dominic lo despediría por incompetente antes del amanecer.
—¡Dominic! —llamé a mi hermano, atrayendo su atención hacia una mesa de póker—. ¡Mira quién llegó!
Mientras Dominic se distraía saludando a un contacto, aproveché el flujo de gente en la pista de baile. Me deslicé entre un grupo de guardaespaldas corpulentos y me pegué a la pared. Vi a Liam a unos metros, tratando de seguirme el ritmo, pero la multitud era densa.
Me colé por una cortina de terciopelo hacia el pasillo de servicio. Mi corazón latía con fuerza. Adiós, Donovan, pensé con una sonrisa triunfal. Corrí por el pasillo frío, doblando esquinas hasta llegar a una puerta metálica. La abrí y salí al aire gélido de la noche. Estaba en el callejón trasero. Estaba libre.
Me detuve a recuperar el aliento, apoyándome en la pared de ladrillos. Saqué mi teléfono para pedir un coche privado y desaparecer en la ciudad por unas horas, solo para ver la cara de derrota de Liam mañana.
—Es un vestido muy caro para terminar lleno de manchas de basura, señorita Blackwood.
Casi salto de mi piel. El teléfono se me resbaló de las manos, pero antes de que tocara el suelo, una mano grande y firme lo atrapó en el aire.
Liam estaba allí, apoyado contra la pared opuesta, con una pierna cruzada sobre la otra. No estaba agitado. No estaba sudando. Parecía que había estado allí esperándome durante horas.
—¿Cómo…? —tartamudeé, recuperando mi altivez—. ¿Cómo has llegado antes que yo?
—Hay tres salidas en este club, y este callejón es la única que usted conoce porque la usó para escapar de Dominic el año pasado —dijo, dándome un paso y extendiendo el teléfono hacia mí—. He leído sus informes, señorita. Sé cómo piensa.
—¡Me estabas espiando! —le arrebaté el teléfono, furiosa.
—La estaba protegiendo —corrigió él, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que mi espalda golpeó el ladrillo—. Mientras usted jugaba a las escondidas, dos hombres del clan rival salieron por la puerta lateral siguiéndola. Los intercepté hace tres minutos. Están dormidos en el contenedor de allí abajo.
Palidecí. Miré hacia las sombras y, efectivamente, vi un par de botas sobresaliendo detrás de unos botes de basura.
—Usted cree que esto es un juego para ver quién tiene más poder —continuó Liam, su voz bajando a un susurro peligroso mientras colocaba una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza—. Pero ahí fuera, hay personas que no quieren su dinero, quieren su silencio eterno. Mi trabajo no es aguantar sus caprichos, es evitar que sea el motivo de un funeral.
Sus ojos estaban tan cerca que podía ver las motas grises en el azul. Por un segundo, la arrogancia se me drenó por completo, reemplazada por una descarga eléctrica de algo que no era miedo. Era una tensión cruda, un magnetismo que odiaba sentir.
—No me das órdenes —susurré, aunque mi voz carecía de fuerza.
—No —concedió él, su mirada bajando por un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos—. Pero la voy a llevar de regreso a esa fiesta, y usted se va a quedar al lado de su hermano hasta que yo decida que es seguro irse.
Me tomó del brazo, no con brusquedad, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. Me guió de regreso al interior del club. Al entrar, vi de nuevo a aquellas mujeres —la rubia y la morena— observando a Dominic. Por un segundo, sus miradas se cruzaron con la mía. La morena, Chloe, me dedicó una mirada de sospecha, casi como si pudiera oler mi derrota.
Liam no me soltó hasta que estuvimos frente a Dominic.
—¿Problemas? —preguntó mi hermano, arqueando una ceja.
—Ninguno, señor Blackwood —respondió Liam, con su máscara profesional de vuelta—. La señorita Mia solo necesitaba un poco de aire fresco. Ya se le ha pasado.
Dominic me miró y luego a Liam. Soltó una carcajada corta.
—Parece que has encontrado la horma de tu zapato, Mia.
Me quedé allí, hirviendo de rabia, mirando la espalda ancha de Liam Donovan. Él no era un empleado. Era una prisión de un metro noventa con ojos azules. Y lo peor de todo es que, por primera vez en mi vida, alguien me había ganado en mi propio juego.
—Esto no ha terminado, Donovan —mascullé para mí misma.
Pero mientras lo veía vigilar la sala, no pude evitar notar cómo el traje se ajustaba a sus músculos cuando se movía. La guerra seguía en pie, pero me di cuenta de que Liam Donovan no solo era peligroso para mis enemigos... también empezaba a ser peligroso para mi autocontrol.
Querida familia de lectores, me detengo un momento con el corazón rebosante de gratitud para escribir estas líneas que intentan, aunque sea mínimamente, expresar lo que siento en este cierre de ciclo. Soy L. Alejandra, y hoy no les hablo desde la piel de Liam o la rebeldía de Mia, sino desde mi rincón más sincero y vulnerable. Escribir este libro ha sido una travesía de transformación personal, un viaje donde cada palabra fue un latido y cada capítulo un pedazo de mi alma que decidí compartir con ustedes. Ver cómo se enamoraron de mis personajes, cómo sufrieron con sus sombras y cómo celebraron sus triunfos en Amalfi, ha sido el regalo más grande que l
He desactivado bombas con un cortaúñas, he extraído activos de zonas de guerra mientras me llovían balas y he sobrevivido a tres cambios de pañales simultáneos en un avión en movimiento. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para este momento: hablarle directamente a un "lector". Siento que estoy bajo vigilancia enemiga y ni siquiera veo las cámaras.—Liam, deja de mirar a la nada con esa cara de "estoy escaneando el perímetro en busca de francotiradores" y saluda —dice Mia, dándome un codazo que me saca el aire, mientras lucha por evitar que Noah (2 años) use los cables del equipo de sonido como lianas.—Pecas, esto es absurdo. No hay nadie ahí. Solo es una pared —respondo, intentando mantener la dignidad mientras Emma (5 años) usa mi pierna como poste de escalada para llegar a la repisa de los trofeos.—¡Claro que hay alguien, testarudo! —exclama ella, luciendo radiante a sus 29 años, ignorando olímpicamente que tiene una mancha de puré de zanahoria en el hombro derecho—. Son la
Narrado por Liam Donovan (64 años)La villa de Amalfi vibraba. Si cerraba los ojos, el sonido de las risas, el chocar de las copas y el correteo de los nietos sobre el mármol me recordaba a una frecuencia de radio perfectamente sintonizada. Pero hoy, a mis sesenta y cuatro años, había decidido que mi guardia oficial había terminado.—¡Papá! ¡Leo está intentando aplicar el código penal al reparto de la tarta y los niños van a empezar una revuelta! —gritó Emma, que a sus treinta y tantos lucía más parecida a Mia que nunca, aunque con esa chispa de mando que siempre la definía.La miré por encima de mi copa de vino. Estaba allí, con Noah a su lado —quien ahora era un socio más en los asados familiares y mi mano derecha en discusiones técnicas—, tratando de controlar el caos de sus propios hijos. Detrás de ellos, Leo mantenía su seriedad de fiscal incluso con un gorrito de fiesta, Noah (hijo) bromeaba con su esposa, y Atenas entraba con una bandeja, riendo ante el desorden.Pero mi atenci
Narrado por Liam DonovanHabía pasado por muchas extracciones de alto riesgo, pero esta era la definitiva. La "Operación Desalojo de la Primogénita" estaba en marcha. Mi pequeña Emma, la niña que hace nada me pedía que le revisara si había monstruos bajo la cama, acababa de graduarse con honores en la universidad y ahora, con veintidós años, estaba lista para mudarse a su propio departamento con Noah.Lo que nadie me advirtió es que, en el proceso de los últimos años, mi archienemigo —el chico que se atrevió a besarla en sus quince años— y yo habíamos desarrollado lo que Mia llamaba "un romance táctico-fraternal".—¡Papá! ¡Noah! ¿Pueden dejar de analizar la integridad estructural de la estantería y ayudarme con las cajas de los zapatos? —gritó Emma desde el pasillo del nuevo departamento, con el cabello alborotado y una cinta métrica colgada al cuello.Noah (el novio) y yo estábamos en cuclillas frente a un mueble sueco a medio armar, ambos con el ceño fruncido y herramientas en mano.
Narrado por Liam DonovanQuince años.Dicen que el tiempo es relativo, pero para un hombre que ha contado los segundos en el silencio de una guardia o el latido de un reloj antes de una detonación, el tiempo es una marca en la piel. Me miré en el espejo de la habitación mientras terminaba de ajustarme el nudo de la corbata. Ya no era aquel soldado de mirada gélida que solo veía el mundo en blanco y negro. Las arrugas en las comisuras de mis ojos no eran de cansancio, sino de las miles de veces que Mia me había hecho reír en esta misma habitación.—Deja de pelear con el espejo, Liam. Estás guapísimo —la voz de Mia llegó como una caricia.Me giré y sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, exactamente igual que la primera vez que la vi. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que resaltaba cada una de sus pecas, esas que yo todavía contaba mentalmente antes de dormir. Se acercó a mí, arreglando el cuello de mi chaqueta con esa delicadeza que solo ella poseía.—Nuestra niña cu
Narrado por Liam DonovanHe desactivado bombas de relojería con cables del grosor de un cabello. He mantenido la posición bajo fuego de francotiradores sin parpadear. He escoltado a activos de alto valor a través de fronteras hostiles en plena noche. Pero nada, absolutamente nada en mi entrenamiento en las fuerzas especiales, me preparó para el momento en que Emma, mi primogénita de seis años, entró en el despacho de la villa con una expresión de solemnidad que solo podía significar una catástrofe inminente.—Papá —dijo, cruzándose de brazos y clavando sus ojos azul acero en los míos—. Tienes que poner un plato más en la mesa para la merienda.—¿Ah, sí? —pregunté, bajando los informes de seguridad que estaba revisando. Emma tiene esa forma de hablar que te hace sentir que eres tú quien le debe un reporte de situación a ella—. ¿Viene el tío Spencer a robarnos el vino de nuevo?—No —respondió ella con una frialdad que me heló la sangre—. Viene Marco. Mi novio.El silencio que siguió a e







