INICIAR SESIÓNEl martes en la universidad fue un desfile de mal humor. Mis amigos no dejaban de quejarse por el "final abrupto" de nuestra escapada a París, y yo no podía concentrarme en las clases porque cada vez que miraba hacia la puerta, veía la sombra imperturbable de Liam Donovan. Lo odiaba. Odiaba que me hubiera arrastrado fuera de la boutique como a una niña pequeña, pero sobre todo, odiaba que su nombre —sin el "señorita" delante— siguiera resonando en mi cabeza como una canción prohibida.
Pasé las horas ignorándolo, lanzándole miradas gélidas que él recibía con la misma expresión con la que uno mira la lluvia: con resignación y desapego. Cuando finalmente regresamos a la mansión, estaba lista para encerrarme y no salir hasta que el mundo se acabara.
Al entrar en el gran salón, encontré a Dominic sentado en uno de los sofás de cuero, con una botella de whisky sobre la mesa y una caja de terciopelo negro frente a él.
—¡Pulga! Ven aquí —me llamó, haciéndome una seña con la mano.
Me acerqué, dejando que Liam se quedara a una distancia prudencial cerca de la entrada. Dominic me entregó la caja. Al abrirla, solté un suspiro. Era una gargantilla de esmeraldas que gritaba peligro y elegancia.
—Un regalo por no haber muerto anoche en el club —dijo con esa sonrisa torcida suya—. Y por aguantar al sargento aquí presente.
—Es hermosa, Dom. Al menos alguien en esta familia tiene buen gusto y corazón —dije, lanzando una pulla directa hacia Liam, quien ni siquiera parpadeó.
En ese momento, la puerta principal se abrió de golpe. Spencer entró como una tormenta de categoría cinco. Su corbata estaba ligeramente floja —un signo de crisis absoluta en su mundo— y su rostro, normalmente una máscara de hielo, estaba encendido por una furia contenida.
—¿Problemas en el paraíso corporativo? —se burló Dominic, sirviéndose más whisky—. ¿Bajaron las acciones o alguien se olvidó de almidonarte las camisas?
Spencer lanzó su maletín sobre una silla y se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Una mujer —soltó, y la palabra sonó como un insulto—. Una mujer rubia que cree que tiene el derecho de cuestionar mis contratos y decirme en mi propia cara que mis métodos son "éticamente cuestionables". Es un torbellino de arrogancia que no sabe cuándo cerrar la maldita boca.
Dominic y yo nos miramos. Una risa empezó a burbujear en mi pecho. Ver al gran Spencer Blackwood, el hombre que hace temblar a los banqueros suizos, fuera de sus casillas por una chica era el mejor entretenimiento de la semana.
—¿Alguien te dijo que no, Spencer? —me burlé, soltando una carcajada—. ¡Oh, por Dios! ¡Necesito conocerla! Debería darle una medalla. ¿Quién es?
—Nadie importante —gruñó él, aunque sus ojos decían lo contrario—. Solo una… arquitecta o consultora con delirios de grandeza. No deja de hablar, de opinar y de sonreír como si el mundo fuera un lugar brillante mientras intenta arruinar mis negociaciones. Es irritante. Extremadamente irritante.
—Te ha afectado más de lo que admites —añadió Dominic, riendo entre dientes—. El CEO de hielo se está derritiendo porque una rubia le gritó un par de verdades. Qué patético.
—¡Cállate, Dominic! —espetó Spencer, aunque no pudo evitar que un tic nervioso apareciera en su mandíbula.
Aproveché el momento de caos fraternal. Si Spencer estaba distraído con su "torbellino rubio" y Dominic estaba de buen humor con su whisky, era mi oportunidad.
—Bueno, ya que Spencer está teniendo una crisis de identidad y Dominic me ha regalado estas joyas, necesito estrenarlas —dije con mi voz más dulce—. Me voy al club. Necesito quemar París de mi sistema.
—Mia, no —empezó Spencer, recuperando su instinto protector.
—¡Oh, vamos! —fui hacia él y le saqué la cartera del bolsillo de la chaqueta antes de que pudiera reaccionar. Saqué un fajo de billetes y luego hice lo mismo con Dominic, que se limitó a reír—. Esto es por las molestias de tener a un guardaespaldas que no me deja ni comprarme un labial en paz.
Dominic levantó su vaso en señal de despedida.
—Cuídala, Donovan. Y si algún idiota se le acerca, ya sabes qué hacer.
Liam asintió una sola vez, una confirmación silenciosa y letal.
—Vámonos, sombra —dije, pasando por el lado de Liam y rozando su hombro con el mío a propósito—. Tenemos una noche larga por delante y pienso gastarme hasta el último centavo de mis hermanos en champán que no voy a compartir contigo.
Salí de la mansión con los bolsillos llenos y el ego renovado. La imagen de Spencer perdiendo los papeles por una desconocida me daba la energía suficiente para enfrentar otra noche de custodia. Pero mientras subía al coche y veía a Liam sentarse a mi lado, la irritación de Spencer no era lo único que ocupaba mi mente. La forma en que Liam me miraba a través del espejo retrovisor, con esa mezcla de deber y algo que se parecía sospechosamente a la posesividad, me hacía pensar que la verdadera tormenta no estaba en la oficina de Spencer, sino dentro de este vehículo blindado.
—¿Al club, señorita? —preguntó él, su voz vibrando en el espacio cerrado.
—Al club, Donovan. Y trata de no dormirte. Esta noche voy a ser muy, muy mala.
Él simplemente apretó el volante.
—Eso ya lo doy por sentado.
Querida familia de lectores, me detengo un momento con el corazón rebosante de gratitud para escribir estas líneas que intentan, aunque sea mínimamente, expresar lo que siento en este cierre de ciclo. Soy L. Alejandra, y hoy no les hablo desde la piel de Liam o la rebeldía de Mia, sino desde mi rincón más sincero y vulnerable. Escribir este libro ha sido una travesía de transformación personal, un viaje donde cada palabra fue un latido y cada capítulo un pedazo de mi alma que decidí compartir con ustedes. Ver cómo se enamoraron de mis personajes, cómo sufrieron con sus sombras y cómo celebraron sus triunfos en Amalfi, ha sido el regalo más grande que l
He desactivado bombas con un cortaúñas, he extraído activos de zonas de guerra mientras me llovían balas y he sobrevivido a tres cambios de pañales simultáneos en un avión en movimiento. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para este momento: hablarle directamente a un "lector". Siento que estoy bajo vigilancia enemiga y ni siquiera veo las cámaras.—Liam, deja de mirar a la nada con esa cara de "estoy escaneando el perímetro en busca de francotiradores" y saluda —dice Mia, dándome un codazo que me saca el aire, mientras lucha por evitar que Noah (2 años) use los cables del equipo de sonido como lianas.—Pecas, esto es absurdo. No hay nadie ahí. Solo es una pared —respondo, intentando mantener la dignidad mientras Emma (5 años) usa mi pierna como poste de escalada para llegar a la repisa de los trofeos.—¡Claro que hay alguien, testarudo! —exclama ella, luciendo radiante a sus 29 años, ignorando olímpicamente que tiene una mancha de puré de zanahoria en el hombro derecho—. Son la
Narrado por Liam Donovan (64 años)La villa de Amalfi vibraba. Si cerraba los ojos, el sonido de las risas, el chocar de las copas y el correteo de los nietos sobre el mármol me recordaba a una frecuencia de radio perfectamente sintonizada. Pero hoy, a mis sesenta y cuatro años, había decidido que mi guardia oficial había terminado.—¡Papá! ¡Leo está intentando aplicar el código penal al reparto de la tarta y los niños van a empezar una revuelta! —gritó Emma, que a sus treinta y tantos lucía más parecida a Mia que nunca, aunque con esa chispa de mando que siempre la definía.La miré por encima de mi copa de vino. Estaba allí, con Noah a su lado —quien ahora era un socio más en los asados familiares y mi mano derecha en discusiones técnicas—, tratando de controlar el caos de sus propios hijos. Detrás de ellos, Leo mantenía su seriedad de fiscal incluso con un gorrito de fiesta, Noah (hijo) bromeaba con su esposa, y Atenas entraba con una bandeja, riendo ante el desorden.Pero mi atenci
Narrado por Liam DonovanHabía pasado por muchas extracciones de alto riesgo, pero esta era la definitiva. La "Operación Desalojo de la Primogénita" estaba en marcha. Mi pequeña Emma, la niña que hace nada me pedía que le revisara si había monstruos bajo la cama, acababa de graduarse con honores en la universidad y ahora, con veintidós años, estaba lista para mudarse a su propio departamento con Noah.Lo que nadie me advirtió es que, en el proceso de los últimos años, mi archienemigo —el chico que se atrevió a besarla en sus quince años— y yo habíamos desarrollado lo que Mia llamaba "un romance táctico-fraternal".—¡Papá! ¡Noah! ¿Pueden dejar de analizar la integridad estructural de la estantería y ayudarme con las cajas de los zapatos? —gritó Emma desde el pasillo del nuevo departamento, con el cabello alborotado y una cinta métrica colgada al cuello.Noah (el novio) y yo estábamos en cuclillas frente a un mueble sueco a medio armar, ambos con el ceño fruncido y herramientas en mano.
Narrado por Liam DonovanQuince años.Dicen que el tiempo es relativo, pero para un hombre que ha contado los segundos en el silencio de una guardia o el latido de un reloj antes de una detonación, el tiempo es una marca en la piel. Me miré en el espejo de la habitación mientras terminaba de ajustarme el nudo de la corbata. Ya no era aquel soldado de mirada gélida que solo veía el mundo en blanco y negro. Las arrugas en las comisuras de mis ojos no eran de cansancio, sino de las miles de veces que Mia me había hecho reír en esta misma habitación.—Deja de pelear con el espejo, Liam. Estás guapísimo —la voz de Mia llegó como una caricia.Me giré y sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, exactamente igual que la primera vez que la vi. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que resaltaba cada una de sus pecas, esas que yo todavía contaba mentalmente antes de dormir. Se acercó a mí, arreglando el cuello de mi chaqueta con esa delicadeza que solo ella poseía.—Nuestra niña cu
Narrado por Liam DonovanHe desactivado bombas de relojería con cables del grosor de un cabello. He mantenido la posición bajo fuego de francotiradores sin parpadear. He escoltado a activos de alto valor a través de fronteras hostiles en plena noche. Pero nada, absolutamente nada en mi entrenamiento en las fuerzas especiales, me preparó para el momento en que Emma, mi primogénita de seis años, entró en el despacho de la villa con una expresión de solemnidad que solo podía significar una catástrofe inminente.—Papá —dijo, cruzándose de brazos y clavando sus ojos azul acero en los míos—. Tienes que poner un plato más en la mesa para la merienda.—¿Ah, sí? —pregunté, bajando los informes de seguridad que estaba revisando. Emma tiene esa forma de hablar que te hace sentir que eres tú quien le debe un reporte de situación a ella—. ¿Viene el tío Spencer a robarnos el vino de nuevo?—No —respondió ella con una frialdad que me heló la sangre—. Viene Marco. Mi novio.El silencio que siguió a e







