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C5- ME ENCANTA CUANDO TE PONES CABRONA

Author: Paulina W
last update publish date: 2026-07-01 10:18:07

C5 - ME ENCANTA CUANDO TE PONES CABRONA

El jet privado de los Carrera era obscenamente lujoso. Emma subió las escalerillas con la mandíbula apretada, negándose a mirar atrás.

Negándose a darle a Santiago la satisfacción de verla dudar. Adentro, él se movía como si fuera el dueño del mundo.

Porque lo era.

Se sirvió un tequila en un vaso de cristal, el líquido ámbar brillando bajo las luces tenues. Se dejó caer en uno de los asientos de cuero y la miró por encima del borde del vaso.

—Ponte cómoda, güera. —Tomó un trago largo—. Es un vuelo largo a casa.

Emma se sentó lo más lejos posible de él, cruzando las piernas con elegancia estudiada.

—Esa no es mi casa.

Santiago la estudió en silencio durante varios segundos. La recorrió con la mirada de una forma que hizo que la piel de Emma se erizara y se le endurecieran los pezones, era como si pudiera ver a través de la ropa.

—Lo será. —Santiago se pasó la lengua por el labio inferior—. Y más te vale que te vayas acostumbrando, chula, porque vas a tener que adaptarte a mi mundo. A mi gente. A mi forma de hacer las cosas.

Emma alzó una ceja.

—Fascinante. ¿Tienes una lista o debo adivinar qué esperas de mí?

Santiago se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y los ojos se le oscurecieron con algo peligroso.

—Espero que te comportes como la señora Carrera. Que aprendas español si no lo hablas bien. Que respetes a mi familia. —Hizo una pausa, dejando que las palabras se hundieran—. Y que me des más hijos.

Emma sintió que el aire se le atascaba en la garganta.

—¿Perdón?

—Lo que oíste. —Santiago tomó otro trago de tequila—. Antoni necesita hermanos y yo necesito herederos. Siempre soñé con un montón de chamaquitos corriendo por la casa, quizás unos cinco o seis sin contar al primogénito. —Su mirada era de cierto modo burlona, más cuando veía los ojos abiertos de par en par de Emma—. Además, nuestros genes son perfectos, mi alma… Salen bien bonitos.

La sangre de Emma hirvió. El parto de Antoni no había sido una maravilla que digamos, había pasado más de 12 horas en labor de parto y este idiota le decía que quería tener seis hijos más.

Estaba loco.

—Estás completamente demente si crees que voy a...

—No es una sugerencia, güera. Es un hecho. —La miró directo a los ojos—. Eres mi esposa y las esposas tienen deberes.

Emma apretó los puños conteniendo las ganas de borrarle la sonrisa arrogante de su perfecta cara.

—No soy tu esposa todavía —siseó.

—Pero lo serás. —Santiago se levantó, caminando hacia ella con pasos lentos—. Y cuando lo seas, vas a compartir mi cama. Vas a llevar mi apellido y vas a darme lo que es mío.

Se detuvo frente a ella, tan cerca que Emma tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—Incluyendo tu cuerpo, especialmente ese rico coño que no he podido olvidar.

Emma tragó saliva y se maldijo por el efecto que sus palabras sucias tenían en ella. Se puso de pie de golpe, empujándolo con fuerza.

—Vete al infierno.

Pasó junto a él, caminando, temblando, directo al baño. Tenía que alejarse antes de que cometiera una locura.

Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

El baño del jet era tan lujoso como el resto. Sin perder tiempo se lavó las manos con agua fría, respirando hondo.

«Tranquila. Tranquila. Tranquila», se dijo, ya formando un plan en su mente.

Y es que en cuanto llegara a México, se comunicaría con Dominic.

Dominic Stone era un fiscal federal americano que la había ayudado cuando huyó de Londres. El único hombre que sabía la verdad sobre su familia, sobre los Stanton, y que había mantenido su secreto a cambio de información de otras organizaciones enemigas de su familia.

Él era el único que tenía el poder para sacarla de este infierno.

Solo necesitaba llegar a un teléfono y esperar el momento correcto.

Se miró en el espejo, secándose las manos, los ojos se le veían cansados pero decididos. Y por un segundo, solo un segundo, dejó que la máscara cayera.

Dejó que el dolor la atravesara como un cuchillo.

Porque la verdad era que nunca esperó que Santiago estuviera vivo.

Había llorado su muerte durante meses. Había soñado con él cada noche. Había sentido que una parte de ella moría junto con él.

Y ahora estaba aquí.

Vivo.

Real.

Y todas esas emociones que había enterrado profundamente despertaron de golpe.

Porque lo amaba.

No podía negárselo, no cuando su corazón latía descontrolado cada vez que él la tocaba. No cuando su cuerpo traidor reaccionaba a cada mirada, a cada roce.

Pero las cosas eran diferentes ahora.

Tenía un hijo.

Antoni era su prioridad, su razón de respirar, su mundo entero. Y aunque Santiago fuera el amor de su vida, iba a cumplir su palabra.

Antoni crecería lejos de la mafia.

Lejos de las balas, de la sangre, de las traiciones.

Incluso si eso significaba alejarse del único hombre que había hecho latir su corazón.

Respiró hondo, reconstruyendo la máscara de hielo que la protegía y abrió la puerta.

Para su no sorpresa, Santiago estaba ahí.

—Quítate.

—No.

Dio un paso y quedó tan cerca que Emma podía ver las motas doradas en su ojo derecho, podía oler su colonia mezclada con tequila y ese peligro que, aunque lo negara, le atraía.

Algo que era puramente él.

Retrocedió hasta que la espalda le chocó contra la pared del baño, dejándola atrapada. Santiago apoyó una mano junto a su cabeza, inclinándose hasta que las respiraciones se mezclaron.

—¿Sabes cuántos meses pasé pensando en ti, güera? —murmuró bajo—. ¿Cuántas noches me desperté duro, imaginando que estabas debajo de mí?

Emma tragó saliva, negándose a apartar la mirada y bloqueando cualquier reacción de su cuerpo. Le estaba costando, pero no iba a fallar, así que sacó su mejor arma: frialdad.

—¿Ah, sí? Pues… qué triste que desperdicies tu tiempo en fantasías.

Santiago digirió la puya, pero sonrió despacio, aunque no había humor en sus ojos, solo hambre, solo algo oscuro y peligroso que hizo que el estómago de Emma se contrajera.

Porque la verdad es que la deseaba, no mentía. En ese preciso momento, o mejor dicho desde que la encontró, solo había imaginado enterrarse en ella, tenerla debajo de él, sentir el calor de su piel, sus besos…

Volver a lo que eran.

Aunque ella fuera una traidora.

—No son fantasías, güera. —Deslizó la mano libre por su cintura, jalándola hacia él—. Porque te voy a coger. Una y otra vez. Hasta que sacie estas ganas que te tengo.

Emma no supo cómo respirar, al mismo tiempo que el calor del cuerpo de Santiago la envolvía completa, haciéndola consciente de cada centímetro de piel que los separaba, y su centro latía.

«Maldito cuerpo traidor. Malditos vibradores, ninguno sirve para nada».

—Suéltame.

—¿O qué? —Santiago le rozó el cuello con los labios—. ¿Vas a gritar? Estamos a más de diez mil pies de altura, mi alma… Estás a mi merced.

Emma apretó los dientes, mientras su corazón bombeaba.

—No. Si no te apartas, voy a arrancarte los ojos.

Santiago se rio contra su piel, y el sonido vibró a través de ella como una corriente eléctrica.

—Ahí está mi güera. —Le mordió el lóbulo de la oreja suavemente—. Me encanta cuando sacas las garras, ya te lo dije… —fijó sus ojos en ella—. Es lo que más me gusta de ti.

Emma lo empujó con todas sus fuerzas y Santiago retrocedió, pero solo porque quiso. Ella pasó junto a él, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

—Eres un cerdo.

—Soy tu futuro esposo. —Santiago se pasó una mano por el cabello y luego se acomodó la entrepierna—. Más te vale que te vayas acostumbrando.

Emma se dejó caer en su asiento, cruzando las piernas con elegancia forzada.

Como si no se le estuviera rompiendo algo por dentro.

Como si el roce de sus labios no le hubiera quemado la piel.

Mientras que Santiago se quedó de pie en el pasillo, mirándola con algo que se parecía peligrosamente al deseo mezclado con rabia.

Porque Emma Stanton lo rechazaba, lo despreciaba, y eso lo estaba volviendo loco.

Pero él siempre tenía un as bajo la manga, por eso se volvió bruscamente, caminando hacia donde una de las azafatas revisaba el carrito de bebidas.

Una mujer hermosa de cabello oscuro y labios rojos.

Emma fingió mirar por la ventana, pero cada célula de su cuerpo estaba consciente de él, de cada movimiento, de cada respiración.

Santiago se acercó a la azafata, inclinándose para susurrarle algo al oído. La mujer se sonrojó, mordiéndose el labio inferior, y Emma apretó los puños sobre su regazo.

«No mires. No mires. No mires».

Pero no pudo evitarlo.

Vio cómo Santiago deslizó un dedo por el brazo de la azafata, despacio y deliberado.

—Ve a la habitación. —Le ordenó lo suficientemente alto para que Emma escuchara—. Espérame ahí… desnuda. Estoy duro y… ya que mi prometida no se hace cargo… —se inclinó rozándole el cuello a la pelinegra—. Lo harás tú.

Los ojos de la azafata brillaron como si le hubieran dado el mejor regalo del mundo.

—Sí, señor Carrera.

Se alejó rápidamente, lanzándole a Emma una mirada de triunfo antes de desaparecer por el pasillo.

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Comments (9)
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Onelia Rosales
...🤎🤍...🤍
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Venney Mejias
ahí si digo mi Alma jajajja
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Marlene
No es lo mismo ponerte cabrona qué encabronarte. Escritora me gustan tus novelas pero creo que ridiculizaste a todo mi país y mi cultura con este libro,
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