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C4-UN BEBÉ RUMBO A MÉXICO

Penulis: Paulina W
last update Tanggal publikasi: 2026-06-26 12:21:26

C4 - UN BEBÉ RUMBO A MÉXICO

Emma tragó saliva.

El orgullo le raspó la garganta como si fuera vidrio molido, pero se obligó a caminar con paso firme hacia el sofá de piel para sentarse. Aunque las piernas y las manos le temblaban de forma incontrolable, las ocultó apretándolas entre sus muslos.

Levantó la barbilla con altanería y lo miró.

—Habla —exigió con una voz gélida.

Santiago permaneció de pie frente a ella, luciendo imponente, masivo y dominante bajo la luz anaranjada del atardecer. Se cruzó de brazos y la estudió en absoluto silencio durante varios segundos que se sintieron eternos, saboreando el control absoluto que tenía sobre la situación.

—Es simple, güera —dijo finalmente, pasándose la punta de la lengua por el labio inferior con una lentitud descarada—. Te casas conmigo, o no vuelves a ver al chamaco en tu perra vida.

Emma parpadeó, completamente descolocada por la audacia de sus palabras.

—¿Qué?

—Lo que oíste, chula.

—Estás completamente loco.

—Puede ser —respondió él, encogiéndose de hombros con una tranquilidad exasperante—. Pero esas son mis condiciones. Si quieres al niño, firmas.

Emma se puso de pie de golpe, con el corazón martilleándole con fuerza salvaje contra el pecho.

—No lo entiendo —lo señaló con el dedo índice, la voz cargada de indignación—. Me odias. Cuestionas mi lealtad y juras que te traicioné en Londres. ¿Para qué demonios quieres convertirme en tu esposa si piensas que soy una maldita traidora?

Santiago dio un paso felino hacia ella, luego otro, obligando a Emma a retroceder hasta que la parte trasera de sus rodillas chocó contra el borde del sofá. Él se detuvo justo encima, tan cerca que el calor hostil de su cuerpo la envolvió por completo. Le tomó la barbilla con los dedos, apretando lo suficiente para obligarla a sostenerle la mirada.

Inevitablemente, las chispas de la química residual saltaron entre ambos; el aire del departamento se volvió denso, pesado y cargado de ese magnetismo peligroso que solo ellos poseían.

—Para hacerte pagar, mi güera —confesó él en un susurro ronco y bajo—. Porque yo, Santiago Carrera, no perdono las traiciones de nadie. Y tú me vas a pagar cada pinche segundo que pasé creyendo que me habías elegido a mí, solo para descubrir que me dejaste pudrir mientras huías.

Emma sintió que el pecho se le comprimía dolorosamente.

Todo aquello era una retorcida mentira.

Ella había llorado su supuesta muerte y habría quemado el mundo entero de haber sabido que seguía respirando. Pero nada de eso importaba ahora, no cuando él la miraba con un resentimiento puro en lugar del amor que alguna vez había brillado en sus ojos.

—Eres un maldito animal —siseó entre dientes.

—Soy exactamente lo que tú hiciste de mí, Emma.

—¡No voy a casarme contigo! —gritó, empujándolo con frustración—. ¡Eres un maldito dictador!

Santiago ni siquiera se movió un milímetro ante su empuje. En su lugar, curvó los labios en una sonrisa lenta; una de esas sonrisas gélidas que jamás alcanzaban sus ojos.

—¿No? —Metió las manos en los bolsillos del pantalón, relajando su postura—. Piénsalo bien, chula. El chamaco está bajo mi poder, la policía de esta ciudad está en mi bolsillo —por eso ignoraron tu denuncia— y en este país estás completamente desprotegida. Hasta donde sé... —alzó la comisura de los labios de forma malvada—, tu perfecta familia británica te dio la espalda.

Emma sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Él tenía razón.

En ese instante, no tenía a nadie a quien recurrir.

Había cortado lazos drásticamente con los Stanton hacía un año, renunciando a sus recursos y a su protección con tal de mantener a su hijo lejos de ese ambiente de sangre. Vivía de manera encubierta con la ayuda de su amigo Fiscal Federal, pero Santiago se había adelantado a todo.

No tenía dinero propio, no tenía armas y no tenía poder.

Él conocía cada una de sus debilidades y las estaba usando como una soga al cuello.

Santiago se acercó de nuevo, disfrutando de forma descarada su silencio y su derrota.

—No puedo esperar para hacerte la señora Carrera, güera —le rozó la línea del cuello con los nudillos, erizándole la piel—. Va a ser un auténtico placer verte caminar hacia el altar sabiendo que no tienes ninguna maldita salida.

Emma apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron dolorosamente en las palmas.

«Maldito seas, Carrera. Maldito mil veces», juró en su mente.

Sin embargo, su intelecto analítico ya estaba trabajando a marchas forzadas, calculando variables y trazando estrategias. Supo en ese mismo instante que aceptaría el trato, pero jugaría a largo plazo. En cuanto tuviera una sola oportunidad de descuido en México, desaparecería con Antoni a un rincón del planeta donde Santiago jamás pudiera rastrearlos.

Se había prometido a sí misma que su hijo nunca crecería en ese entorno infernal.

Ni en el imperio corporativo de los Stanton ni en el cártel de Santiago.

El mundo de la mafia solo traía violencia, traiciones y fosas comunes. Por eso había huido, quería que su hijo tuviera una vida normal como cualquier persona.

Miró a Santiago con una frialdad pura y cortante y aunque intentó obligarse a odiarlo con todo su ser, su traidor corazón se aceleró contra su voluntad. Porque por más que deseara arrancarse los ojos por seguir sintiendo aquel magnetismo, era innegable que Santiago seguía siendo el hombre más imponente, oscuro e irresistible que había visto en su vida.

—Acepto —sentenció—. Pero cuídate de mí, Carrera. Porque cuando menos lo esperes y creas que tienes el control, vas a despertar con un cuchillo enterrado en la garganta.

Santiago la miró fijamente en silencio y luego soltó una risa baja que provocó que el estómago de Emma se contrajera. Se acercó un paso más, acortando la distancia hasta que sus labios casi rozaron los de ella.

—Ahí está mi güera —le pasó la yema del pulgar por el labio inferior con brusca ternura—. Me encanta cuando te pones así de cabrona. Eso me prende demasiado —añadió, bajando los labios para presionar un beso sutil, cálido y posesivo contra su boca.

Emma apretó las manos apartándose de un tirón antes de que su propio cuerpo cediera al contacto.

—Bien. Vamos a un registro civil ahora mismo. Quiero ver a mi hijo.

Santiago sonrió con malicia, ladeando la cabeza mientras le acariciaba la mejilla con los nudillos.

—No tan rápido, mi chula. ¿De verdad creías que te iba a dar una boda rápida y mediocre en una oficina de gobierno? ¿Como si fueras cualquier aparecida? —Sin que ella pudiera preverlo, la atrapó de la cintura con fuerza y la jaló contra su anatomía. Emma chocó de lleno contra su firme pecho—. Tú te vas a casar como lo que eres, güera. Como una reina, como mi reina. Y la boda se va a celebrar en mi territorio.

Emma frunció el ceño, asimilando el peligro.

—¿De qué estás hablando, Santiago?

—De que nos vamos a México —susurró él directo en su oído, disfrutando cada segundo de su tortura—. De hecho, nuestro chamaquito ya está ahora mismo a miles de pies de altura en un avión privado rumbo a su nuevo hogar.

Emma se tensó por completo, sintiendo que el aire se le congelaba en los pulmones.

—¿Qué...? ¿Qué acabas de decir?

—Lo que oíste. Antoni ya va de camino a Jalisco con mi gente de absoluta confianza.

—¡¿Mandaste a mi bebé solo en un avión?! —Emma lo empujó con una fuerza desesperada—. ¡Es un recién nacido, maldito animal!

—No va solo, güera. Va con una nana profesional.

—¡Tiene apenas tres meses! ¡No conoce a esa mujer! ¡Va a estar aterrado! —El mundo de Emma se desmoronó por completo en ese segundo. El pánico le oprimió la garganta como una mano de hierro y las lágrimas contenidas amenazaron con desbordarse. Perdiendo los estribos, empezó a golpearle el pecho firme con los puños cerrados, descargando toda su frustración—. ¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma! ¡¿Cómo pudiste hacerle esto a un bebé de tres meses?! ¡Es tu propio hijo, maldito monstruo!

Santiago le atrapó ambas muñecas en el aire con un movimiento limpio, deteniéndola con firmeza pero cuidando de no lastimarle la piel.

—El chamaco va a estar bien, te lo prometo por mi vida —sentenció con una seriedad que asustaba.

—¡Tus malditas promesas no valen nada!

—Pues vas a tener que aprender a confiar en mí de nuevo —la soltó de golpe y dio un paso atrás, acomodándose la camisa—. Porque en un par de horas tú y yo nos subimos a mi avión. Y mañana, quieras o no, te conviertes oficialmente en la señora Carrera.

Emma lo miró con el odio más puro, frío y calculador que jamás había sentido por un ser humano.

—Te voy a matar —siseó con la voz quebrada—. Te juro por Dios que te voy a matar, Santiago.

Él sonrió de medio lado, pero esta vez hubo un destello oscuro y profundo en sus ojos; un enigma que Emma no logró descifrar.

—Inténtalo, mi güera. Va a ser muy divertido ver cómo lo intentas en mi propia tierra.


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Cristina Sánchez
cómo peros y gatos jajajaja me voy a divertir mucho leyendo esta historia
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Onelia Rosales
🤎🤍......🤍...
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Yudith Romero
hay mi escritora favorita, bella y hermosa que sea tan linda como la rebelde del jeque embarazada por error
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