Masuk—Esto es una auténtica mierda, Domenic… No te lo voy a negar. No quiero esto, no tolero sentirme débil… Pero contigo aprendí que es mejor morir en Tú hijo legítimo intento que preguntarnos en nuestro último aliento qué hubiera pasado si lo hubiéramos intentado, cuando el 'hubiera' no existe en esta vida.Domenic suspiró hondo y asintió en silencio.—Estoy completamente seguro de que esto será solo un mal recuerdo pasajero, porque vas a seguir trabajando a mi lado durante muchos años más. Ninguna otra mujer en este planeta podría soportar lo jodidamente arrogante que soy.—En eso tienes toda la razón del mundo —soltó una carcajada amplia. Luego su rostro se tornó serio—. Oye… ¿tú estás bien? Sé que estás sufriendo por dentro.—Mi padre fue a buscarme al penthouse hace un rato… y solo bastaron unas cuantas palabras suyas para hacerme reflexionar sobre el desastre que he provocado. Y resulta que… Gael sí es mi hijo legítimo.—Era imposible que no lo fuera, Domenic. Es la fotocopia exacta
—Lo haré porque… por encima de los negocios están mis hijos, mi propia sangre. Y no tolero verte destruido de esta manera, aunque tú mismo te hayas buscado cada uno de los problemas que hoy te aplastan. Debes recuperar tu vida, Domenic.—¿Y cómo carajos se supone que lo haga, padre? —preguntó el ceo con la voz quebrada por la rabia y el alcohol—. ¡No sé dónde diablos está Gema! Y tú sí lo sabes perfectamente…—No lo sé con certeza, hijo… Y siendo honesto contigo, si lo supiera, tampoco te lo diría en este momento. Porque esto no se trata de que salgas corriendo a buscarla para convencerla con palabras; se trata de que primero te reencuentres contigo mismo y te perdones muchas cosas del pasado. Hay un pequeño niño allá afuera que no tiene la culpa de absolutamente nada y que resulta ser tu propia sangre. Las pruebas rápidas de sangre que mandé a hacer anoche no mienten, Domenic: Gael es tu hijo legítimo. Y ese niño necesita desesperadamente a un padre presente que sea un ejemplo de hom
—Gema Walton, señor —respondió.—Bien, Walton. Necesito que estés exactamente a mi lado en la estación de pases y me ayudes a supervisar cada plato que salga.Todo debe ir impecable. Espero que tengas un paladar excelente, porque no tolero errores.Y así inició la nueva vida de Gema Walton: sumergida de lleno en lo que siempre había amado.Pasó todo el día y parte de la noche picando, salteando, probando, supervisando y aprendiendo a una velocidad pasmosa bajo la presión extrema de la alta cocina.Cuando las puertas del restaurante finalmente se cerraron para los clientes cerca de las diez de la noche, el chef sirvió copas de vino fino para todo su equipo de trabajo.—Quiero felicitarlos a todos por el servicio impecable de hoy —anunció el hombre frente a la brigada cansada—. Y en especial a la nueva integrante.Gema pasó saliva, sintiendo que todas las miradas se posaban sobre ella.—Tuvimos un éxito rotundo hoy y espero que sigamos manteniendo este estándar. Por favor, beban de esta
Por un momento vaciló.Ella no se sentía a la altura de la cocina gourmet de alto nivel; su experiencia se limitaba a la sazón casera, los sabores tradicionales y lo que había aprendido por cuenta propia.Pero la necesidad y el deseo ardiente de superarse fueron más fuertes.Se miró en el reflejo de una gran ventana, se ajustó la blusa, respiró profundo e ingresó al vestíbulo.—Disculpe, señorita —la abordó de inmediato un maitre vestido con un chaleco impecable, quien sostenía un gran libro de reservas y un radiocomunicador en la mano—. Para ingresar a esta hora debe contar con una reserva previa.—Ah… no, no vengo a comer —aclaró Gema, sintiendo que las palmas de las manos le sudaban.El hombre revisó rápidamente el libro, atendió a una pareja elegante que acababa de llegar, les dejó pasar con una reverencia y luego volvió a fijar su mirada seria en Gema.—¿Entonces qué se le ofrece, señorita?—Es que… estoy buscando trabajo.—¿De limpieza? Porque en el área de mantenimiento sí tene
—Qué cambio tan drástico ha dado nuestra vida de la noche a la mañana… ¿no crees, Gema? —preguntó Vivián, rompiendo el silencio de la gran sala.Era un nuevo día en la Casa de la Playa. La luz dorada de la mañana inundaba el amplio comedor de techos altos y vigas de madera blanca. Sobre la mesa de mármol reposaba un desayuno completo con frutas frescas, pan horneado y café humeante; sin embargo, Gema penas jugaba con la cuchara dentro de su taza, con la mirada perdida en el plato intacto.—Así es, Vivián… —respondió Gema con un suspiro pesado, apoyando el mentón sobre la palma de su mano—. Lo único que podemos hacer en este momento es aprovechar esta oportunidad que nos dieron y ser sumamente agradecidas con la señora Emma.—¡Ay, ánimos, Gema! Hablas demasiado bajo de nota, como si llevaras el peso del mundo sobre los hombros —reclamó Vivián, dejando el tenedor a un lado y mirándola con genuina preocupación.—Lo siento, Vivián, de verdad lo intento… pero Domenic simplemente no sale de
Gema de repente se inclinó y la envolvió en un abrazo desesperado, escondiendo el rostro en su hombro mientras los sollozos la sacudían.El gesto genuino de la joven hizo que a Emma se le hiciera un nudo en la garganta y pasara saliva con dificultad; sin dudarlo un segundo, le correspondió el abrazo con fuerza maternal, acariciándole el cabello.—Muchas gracias… Muchas gracias por todo, de verdad —susurró Gema entre lágrimas.Luego de aquel abrazo sanador, ambas se separaron lentamente. Emma le dedicó una última sonrisa tibia llena de esperanza.—Que Dios te acompañe y te proteja siempre, bella Gema —se despidió.Gema se quedó parada sobre la arena, observándola caminar de regreso hacia el vehículo que la esperaba, hasta que la figura de la matrona desapareció en la penumbra.Al quedar completamente sola frente a la inmensidad del océano, Walton fijó los ojos en la negrura de la noche, escuchando el rugido de las olas. La soledad la aplastó de golpe.—No quiero amarlo más… Por favor,







