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EL TRATO

Autor: Nelpin
last update Data de publicação: 2026-08-11 22:40:36

GABRIEL

Nataly intentó seguir a los sirvientes que cargaban el cuerpo moribundo de su padre hacia la suite principal. La desesperación la empujaba en un frenesí afilado, pero mi mano se cerró sobre su brazo como un grillete insuperable.

—No vas a ir con él —sentencié. La voz me brotó baja, firme, con un filo de acero sepultado en cada sílaba.

—¡Es mi padre, Gabriel! —me gritó, forcejeando contra mi agarre con las fuerzas que le devolvía la rabia—. ¡Necesita que esté a su lado! ¡Suéltame!

—Lo qu
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Último capítulo

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   SIN TOCARLA

    NATALY—Esa cara de mártir no te queda nada bien, Valtieri —me burlé, acomodándome de lado en la cama con una lentitud calculada, dejando que la bata roja se me escurriera sutilmente por el hombro.Gabriel acababa de salir del vestidor con un pantalón de chándal gris, con el pelo todavía húmedo pegado a la frente y una mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse un diente. Se detuvo a medio camino hacia la cama, clavándome esos ojos grises cargados de una mezcla de fuego, rabia y pura frustración contenida.—Ponte la bata bien, Nataly —me ordenó con una voz rasposa, autoritaria, que sonaba más a un ruego desesperado que a una orden del imperio.—¿Por qué? —provocai, pasando la yema del dedo por el borde del colchón, mirándolo desde abajo con una sonrisa de absoluta víbora—. Si el señorito decidió que a partir de hoy somos celibato estricto por culpa del doctor Rinaldi… no debería afectarte ver un poco de piel.Gabriel soltó un gruñido sordo, un sonido cavernoso que le salió

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   NUEVE MESES SERAN UNA LOCURA

    GABRIELEl jet tocó tierra en el aeropuerto de Fiumicino antes de lo previsto.No esperé ni a que la escolta me abriera la puerta del coche. Me subí al deportivo y recorrí la carretera a toda velocidad bajo el cielo plomizo de Roma, sintiendo una ansiedad maldita en las entrañas que solo se me quitaba cuando tenía a esa fiera acorralada entre mis brazos.En cuanto crucé el portón de la villa, dejé las llaves sobre la mesa del recibidor y subí las escaleras de dos en dos, mandando al demonio el cansancio de las negociaciones de Londres.Abrí la puerta de la suite de un solo impulso. Nataly estaba de pie junto al ventanal del balcón, luciendo un vestido de punto holgado que dejaba al descubierto sus hombros, con el pelo oscuro recogido en un moño desordenado y esa sonrisa de víbora consentida que me quitaba el sentido.—Llegas temprano, socio —provocó ella, cruzándose de brazos, mirándome de arriba abajo con una lentitud que era pura provocación.No dije ni una sola palabra. Crucé la es

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   SIN FRENOS

    NATALY—Ni se te ocurra decirme que esa maleta es para ti, Gabriel —solté, apoyada contra el marco de la puerta del vestidor con los brazos cruzados sobre mi bata de seda burdeos.Allí estaba el magnate, el recién casado de oro, tirando trajes a medida dentro de un equipaje de mano con una furia contenida que hacía volar las perchas de madera sobre la alfombra. Afuera, la lluvia caía a cántaros sobre los jardines de la villa romana, pero el verdadero temporal lo teníamos montado dentro de la habitación.—Es una reunión de emergencia en Londres, Nataly —gruñó él sin mirarme, ajustando los cierres con un manotazo seco—. El fondo de inversión angloitaliano quiere renegociar las garantías del flete o nos bloquean los barcos en el canal de la Mancha. Tengo que estar allá mañana a primera hora.—Perfecto, dile a la tripulación que prepare el jet, que nos vamos en media hora —le respondí, dando dos pasos al frente para buscar mis botas planas.—¡Tú no te vas a ningún lado! —bramó Gabriel de

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   MANERAS DE PEDIR LAS COSAS

    **GABRIEL**El crujido de las puertas de roble de la Basílica de Santa María resonó en el altar como un trueno de guerra.Toda la alta sociedad romana, los directores del banco central y los socios de los astilleros de Génova se pusieron de pie al ver entrar a Nataly. Caminaba sobre la alfombra roja con la barbilla en alto, sosteniendo el ramo de orquídeas negras con una mano y luciendo el vestido blanco como si fuera una armadura de combate. Su mirada no se desviaba hacia los invitados; sus ojos oscuros estaban clavados en los míos con un fuego implacable que me aceleraba el corazón a mil por hora.En cuanto llegó a mi lado frente al arzobispo, le tomé la mano izquierda, apretándole los dedos con una firmeza que le sacó un suspiro corto y profundo.—Te ves intratable, signora —le murmuré al oído en mitad del canto litúrgico, rozando con el pulgar la piel tibia de su muñeca.—Gánate la corona, Gabriel… que el sermón es largo —me respondió en un susurro cargado de picardía, sosteniéndo

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   PREPARATIVOS

    **NATALY**En cuanto la puerta se cerró, Gabriel me acorraló contra el respaldo del sofá de piel, atrapándome las manos antes de que pudiera cruzarlas en señal de protesta.—Vas a ponerte el vestido, pequeña rebelde —siseó en un murmullo rasposo, pegando su boca a mi oído mientras su mano bajaba a presionar suavemente mi vientre—. Vas a llevar el velo, vas a caminar hacia el altar y vas a dejarle claro a toda Roma que eres la única reina de esta dinastía.—Gabriel, no quiero ese circo… —gimió mi boca, intentando zafarme de su agarre, pero el calor de su cuerpo envolviéndome y el tono posesivo de su voz empezaron a disolver mi resistencia.—No es un circo, es la corona —corregí él, dándome una mordida seca en el cuello que me sacó un jadeo limpio—. Y la vas a llevar puesta con mi hijo en la panza.GABRIELTres días después, el Palazzo imperial de Roma parecía un campo de batalla tomado por diseñadores de alta costura, floristas y jefes de seguridad armada.Nataly estaba de pie sobre el

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   ENTRE BERRINCHES

    **NATALY**El zumbido de las hélices era casi imperceptible gracias al insonorizado de la cabina, pero la tensión dentro del habitáculo se podía cortar con un bisturí. Al fondo, el doctor Rinaldi guardaba sus aparatos con una sonrisa nerviosa, mientras Gabriel me acomodaba por tercera vez una manta de cashmere sobre las piernas como si estuviera hecha de cristal.—Cállate y tómate el agua, chica —me ordenó Gabriel sin inmutarse, pasándome una botella de cristal con una firmeza que no admitía réplicas—. La presión la tienes un poco alta por el berrinche que armaste en la pista antes de subir.—Armé un berrinche porque mandaste a tres escoltas a llevarme la maleta como si llevara lingotes de oro adentro —le contesté, bajándome las gafas de sol para clavarle los ojos oscuros—. Me quitaste los tacones, me pusiste estos mocasines planos de abuela y encima trajiste al médico a bordo. Parece una prisionera VIP.Gabriel soltó un gruñido rasposo, ese sonido cavernoso que le nacía en el pecho c

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