INICIAR SESIÓNNATALYEl ruido ensordecedor de los helicópteros y el olor a salitre, gasóleo y goma quemada nos recibieron en cuanto la aeronave tocó tierra en el helipuerto privado de los astilleros de Génova.A pesar de los tres meses de embarazo, de los mareos que intentaba tragarme en seco y del empeño de Gabriel por llevarme rodeada de seis escoltas armados, yo caminaba sobre los adoquines mojados de los muelles con la barbilla en alto. Mi traje azul marino y los tacones de aguja resonaban con un eco de guerra frente a la marea de obreros enfurecidos que bloqueaban la entrada a la gran nave de carga.—¡Manténganse atrás! —ordenó el jefe de seguridad de la firma, intentando abrirnos paso entre los gritos de los sindicalistas.—¡Fuera los Laurent! ¡Queremos la garantía de los Valtieri! —gritaba un portavoz desde una tarima improvisada, agitando los papeles filtrados.Gabriel me tenía aferrada de la cintura con una mano de hierro, pegando mi cuerpo al suyo mientras cruzábamos la muchedumbre. Sentí
GABRIELEl roce de sus labios y el calor de su cuerpo contra el mío casi me hacen perder el cabeza allí mismo.Sentí un chispazo salvaje recorriéndome la columna, una necesidad rabiosa de agarrarla por las caderas, levantarla sobre la isla de mármol del vestidor y devorármela hasta que se le olvidaran los berrinches. Pero en cuanto su mano bajó por mi abdomen, la imagen de ella tambaleándose por el cansancio en el avión de Londres me vino a la mente como un golpe seco.Le atrapé la muñeca en el acto.No fue un agarre brusco, pero sí de una firmeza absoluta que le frenó el movimiento de golpe. La aparté de mi cuerpo despacio, dando un paso hacia atrás, soltándola solo cuando estuve seguro de que no nos estábamos tocando.—Ya hablamos de esto anoche, chica —siseé en un murmullo rasposo, con la mandíbula tan trabada que apenas podía articular las palabras—. No voy a entrar en tu juego hoy. Ponte algo de ropa decente y baja a desayunar.Nataly se quedó helada. Sus ojos oscuros se abrieron
NATALY—Esa cara de mártir no te queda nada bien, Valtieri —me burlé, acomodándome de lado en la cama con una lentitud calculada, dejando que la bata roja se me escurriera sutilmente por el hombro.Gabriel acababa de salir del vestidor con un pantalón de chándal gris, con el pelo todavía húmedo pegado a la frente y una mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse un diente. Se detuvo a medio camino hacia la cama, clavándome esos ojos grises cargados de una mezcla de fuego, rabia y pura frustración contenida.—Ponte la bata bien, Nataly —me ordenó con una voz rasposa, autoritaria, que sonaba más a un ruego desesperado que a una orden del imperio.—¿Por qué? —provocai, pasando la yema del dedo por el borde del colchón, mirándolo desde abajo con una sonrisa de absoluta víbora—. Si el señorito decidió que a partir de hoy somos celibato estricto por culpa del doctor Rinaldi… no debería afectarte ver un poco de piel.Gabriel soltó un gruñido sordo, un sonido cavernoso que le salió
GABRIELEl jet tocó tierra en el aeropuerto de Fiumicino antes de lo previsto.No esperé ni a que la escolta me abriera la puerta del coche. Me subí al deportivo y recorrí la carretera a toda velocidad bajo el cielo plomizo de Roma, sintiendo una ansiedad maldita en las entrañas que solo se me quitaba cuando tenía a esa fiera acorralada entre mis brazos.En cuanto crucé el portón de la villa, dejé las llaves sobre la mesa del recibidor y subí las escaleras de dos en dos, mandando al demonio el cansancio de las negociaciones de Londres.Abrí la puerta de la suite de un solo impulso. Nataly estaba de pie junto al ventanal del balcón, luciendo un vestido de punto holgado que dejaba al descubierto sus hombros, con el pelo oscuro recogido en un moño desordenado y esa sonrisa de víbora consentida que me quitaba el sentido.—Llegas temprano, socio —provocó ella, cruzándose de brazos, mirándome de arriba abajo con una lentitud que era pura provocación.No dije ni una sola palabra. Crucé la es
NATALY—Ni se te ocurra decirme que esa maleta es para ti, Gabriel —solté, apoyada contra el marco de la puerta del vestidor con los brazos cruzados sobre mi bata de seda burdeos.Allí estaba el magnate, el recién casado de oro, tirando trajes a medida dentro de un equipaje de mano con una furia contenida que hacía volar las perchas de madera sobre la alfombra. Afuera, la lluvia caía a cántaros sobre los jardines de la villa romana, pero el verdadero temporal lo teníamos montado dentro de la habitación.—Es una reunión de emergencia en Londres, Nataly —gruñó él sin mirarme, ajustando los cierres con un manotazo seco—. El fondo de inversión angloitaliano quiere renegociar las garantías del flete o nos bloquean los barcos en el canal de la Mancha. Tengo que estar allá mañana a primera hora.—Perfecto, dile a la tripulación que prepare el jet, que nos vamos en media hora —le respondí, dando dos pasos al frente para buscar mis botas planas.—¡Tú no te vas a ningún lado! —bramó Gabriel de
**GABRIEL**El crujido de las puertas de roble de la Basílica de Santa María resonó en el altar como un trueno de guerra.Toda la alta sociedad romana, los directores del banco central y los socios de los astilleros de Génova se pusieron de pie al ver entrar a Nataly. Caminaba sobre la alfombra roja con la barbilla en alto, sosteniendo el ramo de orquídeas negras con una mano y luciendo el vestido blanco como si fuera una armadura de combate. Su mirada no se desviaba hacia los invitados; sus ojos oscuros estaban clavados en los míos con un fuego implacable que me aceleraba el corazón a mil por hora.En cuanto llegó a mi lado frente al arzobispo, le tomé la mano izquierda, apretándole los dedos con una firmeza que le sacó un suspiro corto y profundo.—Te ves intratable, signora —le murmuré al oído en mitad del canto litúrgico, rozando con el pulgar la piel tibia de su muñeca.—Gánate la corona, Gabriel… que el sermón es largo —me respondió en un susurro cargado de picardía, sosteniéndo







