FAZER LOGINEl dinero puede comprar un apellido, un contrato y un cuerpo en la cama… pero nunca un alma. Nataly Laurent, hija menor de una dinastía de viñedos y hoteles en la Costa Azul, vive entre lujo y caprichos. A sus dieciocho años, cree que la libertad es eterna. Ignora que su imperio se derrumba y que su mejor amiga trama su caída. En Génova, Gabriel Valtieri, magnate naviero de veinticinco años, no conoce el rechazo. Una foto de Nataly basta para encender su obsesión. Cuando los Laurent se ahogan en deudas, él ofrece un rescate brutal: salvar la fortuna a cambio de la mitad del legado… y de la joven como esposa. Entregada como fianza, Nataly es arrastrada a una fortaleza italiana. Él la llama rebelde, para recordarle que le pertenece; ella muerde antes de dejarse domar. Entre sábanas de seda negra y banquetes plagados de intrigas, se libra una guerra de orgullo y deseo. Ella es fuego indomable. Él, hielo implacable. En un mundo donde las caricias son posesión y la resistencia se quiebra a fuego lento… ¿Quién se romperá primero?
Ver mais**NATALY**
—¡Que te bajes de esa maldita mesa, Nataly! —El grito de Mathias apenas logró competir con los graves de la música electrónica. Siempre arruinando mi mejor momento. Me soplé un mechón de pelo de la cara, balanceando la copa de champán. El viento de la Costa Azul nos pegaba directo en la terraza del club, pero yo solo sentía el calor del alcohol. ¡¡Que viva la vida!! gritaba con el calor del momento y, como el buen vino, quemaba mi garganta.
—¡Oblígame, hermanito! —le respondí, riendo antes de empinarme el cristal. El líquido dorado me hacía volar; me sentía una pluma. Chloé, sentada en la zona VIP de abajo, me aplaudía con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. A su lado, un tipo trajeado que no había visto en mi vida no me quitaba la mirada de encima. Me molestó.
“¿Quién carajo es ese y por qué me mira como si fuera su cena?” Me bajé de un salto, tambaleándome apenas un milímetro. Mathias me agarró del antebrazo con una fuerza que me hizo parpadear. Estaba pálido. No era su habitual cara de hermano amargado; esto era otra cosa. Qué me importa a mí; lo que me interesa es divertirme.
—Nos vamos. Ahora mismo —sentenció, tirando de mí. —Suéltame, Mathias. Me estás lastimando —le espeté, zafándome de un tirón—. ¿Qué te pasa? Si es por la cuenta del club, dile a Jean-Luc que la pague. Para eso es el director, ¿no? Si yo no gasto el dinero, ¿quién lo hará?
—Jean-Luc está reunido con los abogados de los italianos, Nataly. No hay dinero. No hay cuentas. Nos bloquearon toda esta mañana. Estamos en la ruina, ¿lo entiendes por una maldita vez? El aire se me congeló en el pecho. Escuché mal.
—¿De qué hablas? —De que estamos quebrados —escupió Mathias, mirando a todos lados como si las paredes tuvieran ojos—. Los viñedos, los hoteles boutique… todo está congelado por una orden de embargo. Alguien compró nuestra deuda externa en un chasquido de dedos. Nos tienen del cuello. Y tú divirtiéndote, gastando lo poco que nos queda.
—Eso es imposible. Papá dijo… No, eso es imposible, somos millonarios, ¿cómo se terminaría el dinero?
—Tu papá no sabe nada porque si se entera, le da un infarto —me interrumpió Chloé, acercándose con pasos felinos y la pantalla de su teléfono encendida—. Miren esto. Acaba de salir en las noticias de finanzas.
Le arrebaté el celular. La pantalla mostraba la foto de un hombre de facciones duras, ojos grises como el granizo y una postura que irradiaba un poder asfixiante. El titular era un golpe bajo: “Valtieri Corp. ejecuta el bloqueo financiero de Les Industries Laurent. El gigante italiano reclama el control absoluto”.
—¿Gabriele Valtieri? —leí en voz alta, sintiendo un escalofrío ridículo—. ¿Quién demonios es este tipo? ¿Cómo permitiste esto? —reclamé, golpeando en el hombro a mi hermano.
—El hombre que tiene tu apellido en su bolsillo —susurró Chloé. Su tono pretendía ser solidario, pero noté el brillo de anticipación en su mirada.
—No le vamos a rogar a un italiano engreído —dije, apretando los puños—. Jean-Luc encontrará una salida. Siempre lo hace.
—Esta vez no, Nataly —la voz de Mathias sonó rota—. El bufete de Valtieri mandó un emisario. No quieren refinanciar. No quieren acuerdos de pago. El tipo quiere una reunión privada.
—Pues que vayan tú y Jean-Luc a París a cerrarle la boca.
—Es que no quiere hablar con nosotros. Mathias me miró con una mezcla de lástima y terror que me revolvió el estómago. Di un paso atrás, buscando el apoyo de la barandilla de la terraza. El sitio de abajo se veía oscuro, peligroso.
—¿Entonces? —exigí, con la voz temblando por primera vez.
—El emisario fue muy claro, Nat. Valtieri solo se sentará a firmar el rescate de la familia si tú estás en esa mesa. Te quiere a ti. En Italia. Mañana por la mañana.
“¿A mí? Ni siquiera sé quién es”.
Miré de reojo el teléfono de Chloé. El rostro gélido de Gabriele Valtieri parecía devolverme la mirada desde la pantalla, como si supiera exactamente que ya estaba atrapada. Esto no es posible, ¿qué diablos haré? No sé nada de negocios, mis estudios son mediocres, mejor dicho, nulos; siempre compro mis notas. Esto es una pesadilla, ¡Dios, por qué me castigas!
—Amiga, tranquila, todo esto se solucionará.
—Es mejor que nos vayamos de aquí. Lo hablaremos en casa. —dijo mi hermano; se veía su rostro cansado.
—Me siento mareada; más vale que esto sea una maldita pesadilla.
Mi hermano, al verme tambalear, me suspendió en sus brazos; ahora sí sentía que volaba por los aires. Lo escuchaba quejarse; mi amiga corría delante de nosotros despejando el camino. Al depositarme en el auto, ella se sentó a mi lado; mi hermano conducía.
—Tranquila, amiga, todo se va a solucionar. Mi padre está ayudando a tu hermano mayor.
—Quiero que esto sea una pesadilla, al despertar todo vuelva a ser normal.
Mis ojos estaban cerrados porque ni siquiera podía mantenerlos abiertos; me excedí con la bebida y el mundo a mi alrededor giraba sin control. Sentía las suaves caricias de mi amiga en mi cabello, un gesto de consuelo que me hacía sentir un poco más tranquila en medio del caos interno. Su presencia era un ancla en ese momento de vulnerabilidad, y aunque apenas podía articular palabras, sabía que estaba ahí para cuidarme.
—Llegamos, es mejor que mi padre no la vea en este estado. —Escuché decir a mi hermano, pero no podía abrir mis ojos.
—Llevémosla por la entrada de servicio; a esta hora todos han de estar dormidos. —dijo mi amiga.
Al rato sentí la suavidad de mi cama; sonreía plácidamente como si a mi alrededor no existiera nadie. En eso escuché algo que realmente no podía asimilar.
—Eres un dolor de cabeza, Nataly, me alegro de que estén en la ruina; por fin Dios escuchó mis plegarias. No era justo que tú lo tuvieras todo mientras que yo tengo que limpiarles los zapatos para que suelten una limosna, mi padre por años siendo el perro de tu familia. Pero ahora todo cambia. —Tiene que ser la bebida que me causa alucinación; ella no es mi amiga, es algo de mi imaginación. Con ella me llevo bien, nos queremos mucho, siempre me cuida y hace todo por mí.
**GABRIEL**El crujido de las puertas de roble de la Basílica de Santa María resonó en el altar como un trueno de guerra.Toda la alta sociedad romana, los directores del banco central y los socios de los astilleros de Génova se pusieron de pie al ver entrar a Nataly. Caminaba sobre la alfombra roja con la barbilla en alto, sosteniendo el ramo de orquídeas negras con una mano y luciendo el vestido blanco como si fuera una armadura de combate. Su mirada no se desviaba hacia los invitados; sus ojos oscuros estaban clavados en los míos con un fuego implacable que me aceleraba el corazón a mil por hora.En cuanto llegó a mi lado frente al arzobispo, le tomé la mano izquierda, apretándole los dedos con una firmeza que le sacó un suspiro corto y profundo.—Te ves intratable, signora —le murmuré al oído en mitad del canto litúrgico, rozando con el pulgar la piel tibia de su muñeca.—Gánate la corona, Gabriel… que el sermón es largo —me respondió en un susurro cargado de picardía, sosteniéndo
**NATALY**En cuanto la puerta se cerró, Gabriel me acorraló contra el respaldo del sofá de piel, atrapándome las manos antes de que pudiera cruzarlas en señal de protesta.—Vas a ponerte el vestido, pequeña rebelde —siseó en un murmullo rasposo, pegando su boca a mi oído mientras su mano bajaba a presionar suavemente mi vientre—. Vas a llevar el velo, vas a caminar hacia el altar y vas a dejarle claro a toda Roma que eres la única reina de esta dinastía.—Gabriel, no quiero ese circo… —gimió mi boca, intentando zafarme de su agarre, pero el calor de su cuerpo envolviéndome y el tono posesivo de su voz empezaron a disolver mi resistencia.—No es un circo, es la corona —corregí él, dándome una mordida seca en el cuello que me sacó un jadeo limpio—. Y la vas a llevar puesta con mi hijo en la panza.GABRIELTres días después, el Palazzo imperial de Roma parecía un campo de batalla tomado por diseñadores de alta costura, floristas y jefes de seguridad armada.Nataly estaba de pie sobre el
**NATALY**El zumbido de las hélices era casi imperceptible gracias al insonorizado de la cabina, pero la tensión dentro del habitáculo se podía cortar con un bisturí. Al fondo, el doctor Rinaldi guardaba sus aparatos con una sonrisa nerviosa, mientras Gabriel me acomodaba por tercera vez una manta de cashmere sobre las piernas como si estuviera hecha de cristal.—Cállate y tómate el agua, chica —me ordenó Gabriel sin inmutarse, pasándome una botella de cristal con una firmeza que no admitía réplicas—. La presión la tienes un poco alta por el berrinche que armaste en la pista antes de subir.—Armé un berrinche porque mandaste a tres escoltas a llevarme la maleta como si llevara lingotes de oro adentro —le contesté, bajándome las gafas de sol para clavarle los ojos oscuros—. Me quitaste los tacones, me pusiste estos mocasines planos de abuela y encima trajiste al médico a bordo. Parece una prisionera VIP.Gabriel soltó un gruñido rasposo, ese sonido cavernoso que le nacía en el pecho c
**GABRIEL**Le pasé los dedos llenos de jabón por el cuello, bajando lentamente por la curva de sus pechos —cada vez más sensibles y firmes— hasta llegar a su vientre plano.—Suéltame, Valtieri… en serio —murmuró ella, aunque su voz ya no sonaba tan furiosa. Había echado la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, respirando a bocanadas cortas mientras mis manos continuaban su recorrido por debajo del agua.—No te voy a soltar jamás, chica —le siseé al oído, mordisqueándole el lóbulo con una lentitud tortuosa que la hizo soltar un jadeo limpio—. Te aguantas el jugo, te aguantas los mimos y te aguantas que me meta al baño contigo todas las mañanas.—Eres un tirano… un tirano insoportable y mimoso —protestó sin ganas, girándose despacio entre mis brazos en la bañera, mirándome con esos ojos oscuros cargados de esa mezcla de fastidio y deseo salvaje.—Soy tu esposo, Signora —corregí, atrapándole la barbilla con dos dedos mojados para aplastarle los labios en un beso profundo, calient


















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