LOGINCapítulo 4
La tormenta aún no ha terminado; solo ha tomado un segundo aliento. Afuera, el viento golpea los pinos con una fuerza renovada, haciendo que las ramas crujan como huesos rotos. Dentro de la cabaña, el silencio solo es interrumpido por el rítmico chisporroteo de la chimenea y la respiración, ahora más profunda y estable, del enorme perro blanco. Me siento a la mesa de la cocina con una taza de té tibia entre las manos. Observo la pantalla del celular; la señal va y viene como un fantasma. El icono de 4G parpadea débilmente antes de desaparecer por completo, dejando solo una triste equis donde debería estar mi conexión con el mundo. Suspiro con frustración, dejando el celular sobre la mesa. —Genial —murmuro—. Sin dinero y ahora casi sin comunicación. De repente, mi celular vibra otra vez sobre la mesa de madera, asustándome. «Qué m****a, pensé que no tenía señal», pienso. Lo cojo y veo la débil señal, pero eso no es lo que llama mi atención, sino el mensaje de W******p. El nombre en la pantalla hace que mi corazón se apriete de culpa: Francesca. Francesca es mi mejor amiga desde la universidad. Éramos inseparables a pesar de que nuestras vidas no podían ser más diferentes. Ella viene de una familia con una riqueza que nunca terminaría de comprender, mientras que yo lucho por pagar el alquiler de una cabaña de una sola habitación. Pero Francesca nunca me juzgó; nunca fue como los otros y no me despreció simplemente por el hecho de que yo estaba en la universidad con una beca. Ella es mi ancla. Al abrir el chat, veo una hilera de mensajes sin leer de las últimas horas. “Cass, por favor, dime que estás bien. La tormenta en las montañas está horrible.” “¡Contéstame! Estoy desesperada.” “Algo terrible ha pasado, Cass. Mi hermano... ha desaparecido.” Mis dedos vuelan sobre el teclado en la pantalla. “Francesca, lo siento mucho. He tenido mala señal. Estoy bien, solo un poco aislada. ¿Cómo que tu hermano desapareció? ¿El mayor? ¿El que me comentaste que dirige las empresas familiares?” La respuesta es casi inmediata, lo que me indica que Francesca está pegada a su celular, probablemente llorando. “Sí, él. Salió a una reunión privada hace tres días y no regresó. Su coche fue encontrado abandonado cerca de la ruta que sube hacia tu zona. Cass, papá está volviéndose loco. Dicen que pudo ser un accidente o... algo peor. Tenemos enemigos, lo sabes.” Me quedo helada. La ruta 12 pasaba a menos de dos kilómetros de mi casa. Miro de reojo al perro blanco que descansa frente al fuego. Un pensamiento absurdo cruza mi mente, pero lo descarto de inmediato: el hermano de Francesca es un magnate, un hombre de negocios. Aunque yo nunca lo he visto, es un total misterio para mí; no un animal herido en el bosque. “No te preocupes, Francesca. Si pasó por aquí, alguien debió verlo. La policía debe estar buscándolo, ¿no?”, tecleo, tratando de sonar optimista. “La policía no puede hacer mucho. Estamos usando nuestra propia seguridad. Cass, te voy a mandar una foto de él. Es de hace una semana. Por favor, si ves a alguien parecido merodeando por los senderos o si escuchas algo en el pueblo, avísame de inmediato. Es vital.” Aparece el círculo de carga en la pantalla. Una imagen está llegando. —Vamos, carga… —le ruego al teléfono. El círculo gira y gira. Mi internet satelital está sufriendo por la nieve acumulada en la antena del techo. La barra de progreso avanza un milímetro y se detiene. Miro al perro; ha levantado la cabeza y me observa con esos ojos azules fijos, casi como si entendiera que estoy hablando de alguien importante. —Es el hermano de mi amiga, Thor. Un tipo rico, presumido y seguramente arrogante como todos los hombres millonarios que se han perdido en la nieve —ruedo los ojos con sarcasmo—. Probablemente esté asado en algún hotel lujoso quejándose del servicio —hago muecas mientras hablo con el animal, intentando aliviar la preocupación que siento por Francesca. Finalmente, la imagen decide detenerse y no carga; eso es una total decepción debido a la bajísima velocidad. El celular solo muestra una imagen difuminada, un caos de pixelaciones horrorosas con colores distorsionados. No se logra ver nada más que una silueta de un hombre de hombros anchos, o lo que posiblemente sea un traje oscuro. Su rostro no se ve. Lo único que se logra distinguir, un poco de color en la cara de él, son dos puntos azules, casi del mismo tono de los ojos del perro que está en la sala. —Vaya genética —susurro, pegando el celular a mi cara—. Supongo que todos los de esta familia tienen esos ojos de modelo. Trato de forzar la descarga de la imagen una vez más, pero un aviso de error de conexión aparece en la pantalla. Frustrada, dejo el celular sobre la mesa otra vez. “Francesca, la foto no carga bien, se ve súper borrosa. Solo distingo que es guapo y tiene ojos azules. Pero quédate tranquila, si veo a un modelo de Armani caminando por la nieve medio muerto, serás la primera en saberlo”. No recibo respuesta; el internet se ha muerto por completo. Me levanto y camino hacia la ventana. La nieve sigue cayendo, borrando cualquier rastro del mundo exterior. Me siento atrapada, pero extrañamente no tengo miedo. Miro al perro, quien ahora se ha puesto de pie con dificultad. Sus patas tiemblan, pero su porte es orgulloso, casi arrogante. —Deberías estar acostado, Thor. El doctor dijo que perdiste mucha sangre. El perro ignora mi orden. Se acerca a mí con pasos lentos y pesados; el sonido de sus garras contra la madera de la casa es lo único que se escucha. Se detiene a unos centímetros de mi pierna y de nuevo comienza a olfatearme. Pero esta vez es diferente. No es un olfateo curioso; es una inspección. Ya me había olfateado antes, pero no así, pero no de esta manera; siempre fue mientras estaba acostado. Pasa su hocico por mis manos, luego por mi cintura y finalmente se apoya con fuerza contra mi costado. Es tan grande que su lomo me llega por encima de la cadera. Siento su calor irradiando a través de mi ropa, un calor que parece más humano que animal. Bueno, en realidad, creo que ningún humano sería tan caliente. —¿Qué pasa? ¿Tienes hambre? Él levanta la vista y suelta un bufido corto, casi como una risa. Luego hace algo que me deja sin aliento: me lame la palma de la mano, justo donde yo tengo una pequeña cicatriz de cuando era niña. Su lengua es áspera y cálida. Me estremezco, no de miedo, sino de una extraña sensación de pertenencia que no sabría cómo explicar. «¿Podrían los humanos crear un vínculo con un perro? ¿Querría esto decir que, una vez que estuviera curado, él se quedaría conmigo?» La esperanza florece en mi pecho porque, al menos, no tendría ahorros, ¡pero tendría un gran amigo para toda la vida! Me río ante mis absurdos pensamientos. —Eres un bicho muy raro, ¿lo sabes? —le digo acariciando sus orejas blancas—. Eres demasiado educado para ser un perro salvaje. En mi mente, la imagen borrosa del hermano de Francesca se mezcla por un segundo con el color azul de los ojos del perro. Sacudo la cabeza. «Es el cansancio, Cassandra. Estás proyectando cosas porque estás sola», me regaño. Me convenzo de que el hermano de Francesca es simplemente otro chico rico que nunca ha pasado un día de hambre en su vida; alguien que probablemente despreciaría a alguien como yo si nos conociéramos en circunstancias normales. Quizás por eso toda su familia está tan preocupada: el pobre niño rico que está desaparecido y no sabría cómo sobrevivir por su cuenta. En cambio, él no tiene nada que ver con este hermoso guerrero herido que yace aquí conmigo. Por la noche, me acuesto pensando en cómo pagaré la renta. Me quedo dormida con el celular en la mano, esperando que la foto de Francesca decida en algún momento de la madrugada cargar. No cargó. Sin embargo, lo que sí ocurrió fue que a mitad de la noche siento un peso adicional a los pies de mi cama. Un peso grande, peludo y protector. En lugar de gritar, me acurruqué bajo las mantas, sintiéndome por primera vez en semanas profundamente segura.Capítulo 52Apenas las primeras luces del amanecer empiezan a teñir el cielo salgo al porche. El aire matutino se siente pesado esta mañana, cargado de una calma que contrasta con la tormenta de sentimientos que llevo por dentro. El carro negro sigue estacionado al frente. Dante se encuentra afuera, caminando a pasos cortos mientras sostiene el celular pegado a su oreja; está en una llamada. Pero al escuchar el chasquido de la puerta principal cerrarse detrás de mí, corta la comunicación al instante y se gira para verme.Poco le dura la compostura. Algo debe de ver en mi rostro, porque espero que la determinación que siento se esté reflejando y la esté mirando en este preciso momento. Sus ojos azules se clavan en los míos con una mezcla de sorpresa y expectación.No veo a Killian por ningún lado y siento un alivio tremendo, porque él es el único que verdaderamente podría saber la causa real que se oculta tras lo que estoy a punto de decir.—Cassandra... —murmura, dando un par de p
Capítulo 51—Les dije a los dos que no los quería por aquí arriba. Tampoco lo quiero cerca de Adriana —le susurro a Dante con la voz quebrada por la ira y el pánico, pegándome a la pared del pasillo—. ¡Te lo dije, Dante! Tu hombre es un peligro para ella. ¡Quiero que se largue de esta casa! ¡No lo quiero aquí, me voy a volver loca! No puedo perder la cabeza porque tengo una bebé a la que cuidar.—Tranquilízate, Cassandra, por favor... —pide Dante en un murmullo urgente, manteniendo un brazo extendido para protegerme mientras le hace una señal con la mano a Killian para que baje las escaleras. Killian obedece a regañadientes, desapareciendo en la oscuridad del primer piso—. Yo me encargo de él. Te juro que no va a pasar nada. Vuelve a la habitación.Decir que pude pegar un ojo esa noche sería un eufemismo. La semilla del miedo ya estaba plantada. Pero dos noches después, la colisión definitiva termina por reventar.La bebé se despierta llorando una vez más, como todas las madrugadas
Capítulo 50Ya han pasado quince días desde aquella primera noche en la que la lluvia torrencial, junto con Adriana, me obligaron a abrirles las puertas de la casa a Dante y a Killian. Quince largos días donde la rutina del hogar se ha visto alterada por la presencia de esos dos gigantes. Las noches en el sofá se volvieron cada vez más frecuentes; la excusa del calor sofocante, la lluvia de la tarde o simplemente la insistencia silenciosa de Dante terminaron por acostumbrar a Adriana a dejar la puerta abierta para que no durmieran en el carro.Sin embargo, para mí esos días han sido una tortura de alerta constante. Mientras Dante intenta por todos los medios ganarse mi perdón —trayendo comida, regalando detalles para la bebé que no puedo rechazar y mirándome con esa devoción dolorosa que me quema por dentro—, mis ojos no se han apartado de su amigo.He visto cómo Killian acecha. Adriana, en su ignorancia del mundo sobrenatural, no entiende la naturaleza del hombre que la observa;
Capítulo 49Antes de que pueda reaccionar o dar un paso atrás, la mano grande de Dante se apoya en la pared, justo al lado de mi cabeza, arrinconándome contra el borde del mesón de la cocina. Su cuerpo emana un calor abrasador, una temperatura casi febril propia de su naturaleza animal que me envuelve por completo.—Aléjate de mí —le ordeno, pero mi voz no sale con la firmeza que desearía; sale temblorosa, traicionada por la cercanía de sus labios.—No sabes cuánto me he estado muriendo por tocarte —susurra, bajando la cabeza hasta que su aliento caliente roza el cuello de mi camisa—. Meses pensando que estabas muerta... Meses oliendo tu ausencia en la última prenda de ropa que llevabas puesta la vez que partí de la cabaña, tratando de mantener tu olor lo más que pudiera. ¿Tienes idea del infierno que fue para mi lobo y para mí no tenerte?Extiende su otra mano y, con una lentitud tortuosa, desplaza sus dedos desde mi muñeca, subiendo por mi brazo desnudo hasta llegar a mi hombro.
Capítulo 48El sol termina de ocultarse, dejando un cielo teñido de violeta y naranja. Sé que la humedad en el ambiente es densa y pegajosa; por suerte para nosotros, tenemos aire acondicionado en toda la casa y, aun así, podemos sentir el ligero calor... no me puedo imaginar cómo deben estar ellos.Miro por la ventana de la sala: el auto negro sigue estacionado bajo la luz parpadeante del poste eléctrico. Dante y Killian llevan más de veinticuatro horas acampando en ese espacio reducido. Se nota a leguas el desastre en la postura del Beta, pero es Dante quien realmente parece un león enjaulado. Va y viene a lo largo del auto con los primeros botones de la camisa desabrochados, la tela blanca pegada a la piel del torso por el sudor y esa aura oscura y cargada de testosterona que ni el calor del trópico logra sofocar.Adriana se acerca a mi lado sosteniendo una jarra de agua helada. Observa la calle y luego suspira con una mezcla de lástima y nerviosismo.—Cassandra... parece que v
Capítulo 47—Déjelo sobre la mesa, por favor —pide Killian con una voz baja, rasposa y cargada de un tono tan profundo que hace vibrar el ambiente. Su español no es perfecto como el de Dante, pero la intención en sus palabras es demasiado clara.Adriana coloca la bandeja en la mesita del porche casi corriendo, sin atreverse a sostenerle la mirada ni un segundo más, y se regresa a toda prisa hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda contra la misma mientras se lleva una mano al pecho desbocado.—Dios mío, Cassandra... ese hombre me va a dar un ataque al corazón —susurra Adriana, con las mejillas completamente rojas y la respiración agitada.—Buenos días para ti también —murmuro. Ella intenta sonreírme, pero aún está temblando—. Sí, ¿qué te puedo decir? Así son los hombres de negocios: todos grandotes e intimidantes. Dante me ha contado que es su mano derecha y su mejor amigo. Hablaré con él para que deje de asustarte.—Es que no es solo mied







