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capítulo 4

Autor: D. Winter
last update Fecha de publicación: 2026-05-26 05:56:22

Capítulo 4

La tormenta aún no ha terminado; solo ha tomado un segundo aliento. Afuera, el viento golpea los pinos con una fuerza renovada, haciendo que las ramas crujan como huesos rotos. Dentro de la cabaña, el silencio solo es interrumpido por el rítmico chisporroteo de la chimenea y la respiración, ahora más profunda y estable, del enorme perro blanco.

Me siento a la mesa de la cocina con una taza de té tibia entre las manos. Observo la pantalla del celular; la señal va y viene como un fantasma. El icono de 4G parpadea débilmente antes de desaparecer por completo, dejando solo una triste equis donde debería estar mi conexión con el mundo. Suspiro con frustración, dejando el celular sobre la mesa.

—Genial —murmuro—. Sin dinero y ahora casi sin comunicación.

De repente, mi celular vibra otra vez sobre la mesa de madera, asustándome. «Qué m****a, pensé que no tenía señal», pienso. Lo cojo y veo la débil señal, pero eso no es lo que llama mi atención, sino el mensaje de W******p. El nombre en la pantalla hace que mi corazón se apriete de culpa: Francesca.

Francesca es mi mejor amiga desde la universidad. Éramos inseparables a pesar de que nuestras vidas no podían ser más diferentes. Ella viene de una familia con una riqueza que nunca terminaría de comprender, mientras que yo lucho por pagar el alquiler de una cabaña de una sola habitación. Pero Francesca nunca me juzgó; nunca fue como los otros y no me despreció simplemente por el hecho de que yo estaba en la universidad con una beca. Ella es mi ancla.

Al abrir el chat, veo una hilera de mensajes sin leer de las últimas horas.

“Cass, por favor, dime que estás bien. La tormenta en las montañas está horrible.”

“¡Contéstame! Estoy desesperada.”

“Algo terrible ha pasado, Cass. Mi hermano... ha desaparecido.”

Mis dedos vuelan sobre el teclado en la pantalla.

“Francesca, lo siento mucho. He tenido mala señal. Estoy bien, solo un poco aislada. ¿Cómo que tu hermano desapareció? ¿El mayor? ¿El que me comentaste que dirige las empresas familiares?”

La respuesta es casi inmediata, lo que me indica que Francesca está pegada a su celular, probablemente llorando.

“Sí, él. Salió a una reunión privada hace tres días y no regresó. Su coche fue encontrado abandonado cerca de la ruta que sube hacia tu zona. Cass, papá está volviéndose loco. Dicen que pudo ser un accidente o... algo peor. Tenemos enemigos, lo sabes.”

Me quedo helada. La ruta 12 pasaba a menos de dos kilómetros de mi casa. Miro de reojo al perro blanco que descansa frente al fuego. Un pensamiento absurdo cruza mi mente, pero lo descarto de inmediato: el hermano de Francesca es un magnate, un hombre de negocios. Aunque yo nunca lo he visto, es un total misterio para mí; no un animal herido en el bosque.

“No te preocupes, Francesca. Si pasó por aquí, alguien debió verlo. La policía debe estar buscándolo, ¿no?”, tecleo, tratando de sonar optimista.

“La policía no puede hacer mucho. Estamos usando nuestra propia seguridad. Cass, te voy a mandar una foto de él. Es de hace una semana. Por favor, si ves a alguien parecido merodeando por los senderos o si escuchas algo en el pueblo, avísame de inmediato. Es vital.”

Aparece el círculo de carga en la pantalla. Una imagen está llegando.

—Vamos, carga… —le ruego al teléfono.

El círculo gira y gira. Mi internet satelital está sufriendo por la nieve acumulada en la antena del techo. La barra de progreso avanza un milímetro y se detiene. Miro al perro; ha levantado la cabeza y me observa con esos ojos azules fijos, casi como si entendiera que estoy hablando de alguien importante.

—Es el hermano de mi amiga, Thor. Un tipo rico, presumido y seguramente arrogante como todos los hombres millonarios que se han perdido en la nieve —ruedo los ojos con sarcasmo—. Probablemente esté asado en algún hotel lujoso quejándose del servicio —hago muecas mientras hablo con el animal, intentando aliviar la preocupación que siento por Francesca.

Finalmente, la imagen decide detenerse y no carga; eso es una total decepción debido a la bajísima velocidad. El celular solo muestra una imagen difuminada, un caos de pixelaciones horrorosas con colores distorsionados. No se logra ver nada más que una silueta de un hombre de hombros anchos, o lo que posiblemente sea un traje oscuro. Su rostro no se ve. Lo único que se logra distinguir, un poco de color en la cara de él, son dos puntos azules, casi del mismo tono de los ojos del perro que está en la sala.

—Vaya genética —susurro, pegando el celular a mi cara—. Supongo que todos los de esta familia tienen esos ojos de modelo.

Trato de forzar la descarga de la imagen una vez más, pero un aviso de error de conexión aparece en la pantalla. Frustrada, dejo el celular sobre la mesa otra vez.

“Francesca, la foto no carga bien, se ve súper borrosa. Solo distingo que es guapo y tiene ojos azules. Pero quédate tranquila, si veo a un modelo de Armani caminando por la nieve medio muerto, serás la primera en saberlo”.

No recibo respuesta; el internet se ha muerto por completo. Me levanto y camino hacia la ventana. La nieve sigue cayendo, borrando cualquier rastro del mundo exterior. Me siento atrapada, pero extrañamente no tengo miedo. Miro al perro, quien ahora se ha puesto de pie con dificultad. Sus patas tiemblan, pero su porte es orgulloso, casi arrogante.

—Deberías estar acostado, Thor. El doctor dijo que perdiste mucha sangre.

El perro ignora mi orden. Se acerca a mí con pasos lentos y pesados; el sonido de sus garras contra la madera de la casa es lo único que se escucha. Se detiene a unos centímetros de mi pierna y de nuevo comienza a olfatearme. Pero esta vez es diferente. No es un olfateo curioso; es una inspección. Ya me había olfateado antes, pero no así, pero no de esta manera; siempre fue mientras estaba acostado. Pasa su hocico por mis manos, luego por mi cintura y finalmente se apoya con fuerza contra mi costado. Es tan grande que su lomo me llega por encima de la cadera. Siento su calor irradiando a través de mi ropa, un calor que parece más humano que animal. Bueno, en realidad, creo que ningún humano sería tan caliente.

—¿Qué pasa? ¿Tienes hambre?

Él levanta la vista y suelta un bufido corto, casi como una risa. Luego hace algo que me deja sin aliento: me lame la palma de la mano, justo donde yo tengo una pequeña cicatriz de cuando era niña. Su lengua es áspera y cálida. Me estremezco, no de miedo, sino de una extraña sensación de pertenencia que no sabría cómo explicar.

«¿Podrían los humanos crear un vínculo con un perro? ¿Querría esto decir que, una vez que estuviera curado, él se quedaría conmigo?» La esperanza florece en mi pecho porque, al menos, no tendría ahorros, ¡pero tendría un gran amigo para toda la vida! Me río ante mis absurdos pensamientos.

—Eres un bicho muy raro, ¿lo sabes? —le digo acariciando sus orejas blancas—. Eres demasiado educado para ser un perro salvaje.

En mi mente, la imagen borrosa del hermano de Francesca se mezcla por un segundo con el color azul de los ojos del perro. Sacudo la cabeza. «Es el cansancio, Cassandra. Estás proyectando cosas porque estás sola», me regaño.

Me convenzo de que el hermano de Francesca es simplemente otro chico rico que nunca ha pasado un día de hambre en su vida; alguien que probablemente despreciaría a alguien como yo si nos conociéramos en circunstancias normales. Quizás por eso toda su familia está tan preocupada: el pobre niño rico que está desaparecido y no sabría cómo sobrevivir por su cuenta. En cambio, él no tiene nada que ver con este hermoso guerrero herido que yace aquí conmigo.

Por la noche, me acuesto pensando en cómo pagaré la renta. Me quedo dormida con el celular en la mano, esperando que la foto de Francesca decida en algún momento de la madrugada cargar. No cargó.

Sin embargo, lo que sí ocurrió fue que a mitad de la noche siento un peso adicional a los pies de mi cama. Un peso grande, peludo y protector. En lugar de gritar, me acurruqué bajo las mantas, sintiéndome por primera vez en semanas profundamente segura.

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