LOGINCapítulo 5
Han pasado tres días desde que el doctor Miller se fue de mi cabaña, dejándome con una bestia que, contra todo pronóstico, se está recuperando a una velocidad antinatural. Thor ya no solo se levanta; ahora patrulla la casa. Sus pasos, aunque pesados, son silenciosos, y sus ojos me siguen a todas partes con una fijeza que me pone nerviosa. Esta noche el cielo ha decidido que la nieve no es suficiente; un viento huracanado comienza a azotar la estructura de madera. El rugido del bosque es ensordecedor. Estoy en la cocina tratando de inventar una cena con el resto de la pasta y un poco de mantequilla, cuando escucho un crujido eléctrico que resuena en el techo, seguido de un destello azulado fuera de la ventana. Un transformador ha estallado. Al instante, la cabaña se sumerge en una oscuridad absoluta. —¡Maldita sea! —exclamo, soltando la cuchara. El silencio que sigue es sepulcral, roto solo por el golpeteo del granizo contra los cristales. Estiro la mano hacia adelante, buscando a tientas el borde de la encimera. Sé que tengo velas en el cóncavo cerca de la chimenea, pero para llegar allá tengo que cruzar toda la sala. —¿Thor? —llamo en un susurro—. No te muevas, chico. No quiero pisarte. No hay respuesta. Ni un ladrido, ni un gruñido, ni el sonido de sus garras. Esa ausencia de ruido me inquieta más que la oscuridad misma. Avanzo con cuidado, arrastrando los pies para no tropezar. El aire se siente diferente; es más denso, cargado de una electricidad estática que hace que el vello de mis brazos se erice. Cuando llego al centro de la habitación, toco lo que pienso que es el respaldo del sofá, pero cuando doy un paso más hacia la chimenea, mi pie tropieza con algo sólido. Pierdo el equilibrio. —¡Ah! —suelto un grito mientras caigo hacia adelante. Espero el impacto contra el suelo duro o la alfombra, pero en su lugar, mis manos chocan contra algo caliente, firme y suave. No es el pelaje áspero de Thor. Es piel. Piel humana, ardiente y suave, que cubre unos músculos que se sienten como acero bajo mi peso. Mi corazón se detiene. Mi nariz se hunde en el hueco de un cuello que huele exactamente como el perro: bosque, nieve y lluvia; pero la textura es inconfundiblemente la de un hombre. Un par de brazos poderosos me rodean por puro instinto para evitar que me golpee la cabeza, apretándome contra un pecho ancho y desnudo. —¡¿QUIÉN ES?! —grito con todas mis fuerzas, el pánico estallando en mi pecho como una granada. —¡¿Qué…?! —una voz masculina, profunda, rasposa y cargada de una confusión absoluta, truena cerca de mi oído. El grito es mutuo. El hombre me suelta como si yo fuera carbón ardiendo y yo ruedo por el suelo, alejándome desesperadamente de él. Mis pulmones se niegan a funcionar. Había un hombre en mi casa. Un hombre desnudo donde debería estar mi perro. —¡Aléjate! ¡Tengo un arma! —miento con la voz quebrada, mientras gateo hacia atrás hasta que mi espalda golpea la puerta de mi habitación. —¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? —la voz del hombre suena desorientada, como si estuviera despertando de un sueño de mil años. Escucho el sonido de sus pasos pesados sobre la madera, acercándose hacia donde yo estoy. —¡No des un paso más! —consigo ponerme de pie, encontrando el pomo de la puerta de mi cuarto a mis espaldas. En un movimiento frenético, abro la puerta, entro y busco la linterna de emergencia que siempre dejo en la mesa de noche. Al encenderla, el haz de luz barre la sala. Lo que veo me hace soltar un sollozo de puro terror: no hay rastro del perro por ningún lugar. Pero en su lugar, de pie junto a la chimenea apagada, hay un hombre de una belleza aterradora. Es alto, de hombros increíblemente anchos y una musculatura definida que parece esculpida en mármol, hecha por los mismos ángeles. Su cabello es castaño oscuro, desordenado, y está completamente desnudo a excepción de un vendaje. Un vendaje que se parece mucho al que yo misma le he puesto al perro; está manchado de sangre fresca, pero lo más impactante son sus ojos. Son azules. El mismo azul eléctrico, intenso y salvaje, muy parecido al del perro que me había pedido ayuda en la nieve y el cual, muy ingrato, ha decidido escoger este instante para desaparecer, seguramente dándose una vuelta por alrededor de la cabaña. —Tú... ¿quién eres? —susurro, bajando la linterna por el shock. —Mi cabeza... me duele... —él se tambalea, llevándose una mano a la sien. Sus ojos se enfocan en mí y, por un segundo, esa mirada protectora que el perro suele darme se refleja en él—. Tú eres la que huele a lavanda... «¿Dónde carajos está Thor? ¡¿Por qué justo hoy decides salir?!». —¡No me hables! —el pánico vuelve a tomar el control. No puedo procesar lo que estoy viendo. Tengo a un jodido hombre en mi cabaña, desnudo. ¿Será un intruso que mató a Thor? No lo sé con certeza, solo sé que necesito protección. Y se suponía que Thor iba a protegerme. El hombre avanza hacia mí, extendiendo la mano como si intentara calmar a un animal asustado, pero su tamaño y su desnudez solo me hacen retroceder más dentro de mi cuarto. —¡Quédate ahí! —grito. Empujada por la adrenalina, aprovecho que él está un poco mareado y que tropieza con la alfombra; salgo de un salto de mi habitación y lo empujo con todas mis fuerzas hacia el interior de lo que era un cuarto de invitados, pero que por lo pequeño que era lo decidí agarrar como armario donde suelo guardar trastes y cosas viejas. Cierro la puerta de golpe y giro la llave en la cerradura, escuchando el clic metálico que nos separa. Me apoyo contra la madera, jadeando con el corazón queriendo salirse por la boca. —¡Déjame salir! —el hombre golpea la puerta con el puño; el sonido es un cañonazo. La madera cruje, pero resiste—. ¡No entiendo qué pasa! ¿Dónde está mi ropa? ¿Dónde estoy? —¡Cállate! ¡Voy a llamar a la policía! —le grito, aunque sé que no tengo señal ni luz. Pero al parecer su tonto cerebro no ha registrado ese hecho. —¡Tengo frío, mujer! ¡Abre esta maldita puerta! —su voz pasa de la confusión a una autoridad que me hace temblar las rodillas; el habla de alguien acostumbrado a ser obedecido. —Pues, para empezar, si tuvieras frío no andarías desvestido, pervertido. ¿Crees que es divertido entrar a la casa de una mujer sola y desnudarte? ¿Para qué? ¿Cuál era tu intención? Capítulo 52Apenas las primeras luces del amanecer empiezan a teñir el cielo salgo al porche. El aire matutino se siente pesado esta mañana, cargado de una calma que contrasta con la tormenta de sentimientos que llevo por dentro. El carro negro sigue estacionado al frente. Dante se encuentra afuera, caminando a pasos cortos mientras sostiene el celular pegado a su oreja; está en una llamada. Pero al escuchar el chasquido de la puerta principal cerrarse detrás de mí, corta la comunicación al instante y se gira para verme.Poco le dura la compostura. Algo debe de ver en mi rostro, porque espero que la determinación que siento se esté reflejando y la esté mirando en este preciso momento. Sus ojos azules se clavan en los míos con una mezcla de sorpresa y expectación.No veo a Killian por ningún lado y siento un alivio tremendo, porque él es el único que verdaderamente podría saber la causa real que se oculta tras lo que estoy a punto de decir.—Cassandra... —murmura, dando un par de p
Capítulo 51—Les dije a los dos que no los quería por aquí arriba. Tampoco lo quiero cerca de Adriana —le susurro a Dante con la voz quebrada por la ira y el pánico, pegándome a la pared del pasillo—. ¡Te lo dije, Dante! Tu hombre es un peligro para ella. ¡Quiero que se largue de esta casa! ¡No lo quiero aquí, me voy a volver loca! No puedo perder la cabeza porque tengo una bebé a la que cuidar.—Tranquilízate, Cassandra, por favor... —pide Dante en un murmullo urgente, manteniendo un brazo extendido para protegerme mientras le hace una señal con la mano a Killian para que baje las escaleras. Killian obedece a regañadientes, desapareciendo en la oscuridad del primer piso—. Yo me encargo de él. Te juro que no va a pasar nada. Vuelve a la habitación.Decir que pude pegar un ojo esa noche sería un eufemismo. La semilla del miedo ya estaba plantada. Pero dos noches después, la colisión definitiva termina por reventar.La bebé se despierta llorando una vez más, como todas las madrugadas
Capítulo 50Ya han pasado quince días desde aquella primera noche en la que la lluvia torrencial, junto con Adriana, me obligaron a abrirles las puertas de la casa a Dante y a Killian. Quince largos días donde la rutina del hogar se ha visto alterada por la presencia de esos dos gigantes. Las noches en el sofá se volvieron cada vez más frecuentes; la excusa del calor sofocante, la lluvia de la tarde o simplemente la insistencia silenciosa de Dante terminaron por acostumbrar a Adriana a dejar la puerta abierta para que no durmieran en el carro.Sin embargo, para mí esos días han sido una tortura de alerta constante. Mientras Dante intenta por todos los medios ganarse mi perdón —trayendo comida, regalando detalles para la bebé que no puedo rechazar y mirándome con esa devoción dolorosa que me quema por dentro—, mis ojos no se han apartado de su amigo.He visto cómo Killian acecha. Adriana, en su ignorancia del mundo sobrenatural, no entiende la naturaleza del hombre que la observa;
Capítulo 49Antes de que pueda reaccionar o dar un paso atrás, la mano grande de Dante se apoya en la pared, justo al lado de mi cabeza, arrinconándome contra el borde del mesón de la cocina. Su cuerpo emana un calor abrasador, una temperatura casi febril propia de su naturaleza animal que me envuelve por completo.—Aléjate de mí —le ordeno, pero mi voz no sale con la firmeza que desearía; sale temblorosa, traicionada por la cercanía de sus labios.—No sabes cuánto me he estado muriendo por tocarte —susurra, bajando la cabeza hasta que su aliento caliente roza el cuello de mi camisa—. Meses pensando que estabas muerta... Meses oliendo tu ausencia en la última prenda de ropa que llevabas puesta la vez que partí de la cabaña, tratando de mantener tu olor lo más que pudiera. ¿Tienes idea del infierno que fue para mi lobo y para mí no tenerte?Extiende su otra mano y, con una lentitud tortuosa, desplaza sus dedos desde mi muñeca, subiendo por mi brazo desnudo hasta llegar a mi hombro.
Capítulo 48El sol termina de ocultarse, dejando un cielo teñido de violeta y naranja. Sé que la humedad en el ambiente es densa y pegajosa; por suerte para nosotros, tenemos aire acondicionado en toda la casa y, aun así, podemos sentir el ligero calor... no me puedo imaginar cómo deben estar ellos.Miro por la ventana de la sala: el auto negro sigue estacionado bajo la luz parpadeante del poste eléctrico. Dante y Killian llevan más de veinticuatro horas acampando en ese espacio reducido. Se nota a leguas el desastre en la postura del Beta, pero es Dante quien realmente parece un león enjaulado. Va y viene a lo largo del auto con los primeros botones de la camisa desabrochados, la tela blanca pegada a la piel del torso por el sudor y esa aura oscura y cargada de testosterona que ni el calor del trópico logra sofocar.Adriana se acerca a mi lado sosteniendo una jarra de agua helada. Observa la calle y luego suspira con una mezcla de lástima y nerviosismo.—Cassandra... parece que v
Capítulo 47—Déjelo sobre la mesa, por favor —pide Killian con una voz baja, rasposa y cargada de un tono tan profundo que hace vibrar el ambiente. Su español no es perfecto como el de Dante, pero la intención en sus palabras es demasiado clara.Adriana coloca la bandeja en la mesita del porche casi corriendo, sin atreverse a sostenerle la mirada ni un segundo más, y se regresa a toda prisa hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda contra la misma mientras se lleva una mano al pecho desbocado.—Dios mío, Cassandra... ese hombre me va a dar un ataque al corazón —susurra Adriana, con las mejillas completamente rojas y la respiración agitada.—Buenos días para ti también —murmuro. Ella intenta sonreírme, pero aún está temblando—. Sí, ¿qué te puedo decir? Así son los hombres de negocios: todos grandotes e intimidantes. Dante me ha contado que es su mano derecha y su mejor amigo. Hablaré con él para que deje de asustarte.—Es que no es solo mied







