Se connecterNuria
Seis meses.
Seis meses de agonía. De dolor. De espera.
Seis meses de una pesadilla sin fin, donde cada día era un recordatorio de que mi existencia ya no me pertenecía.
El Alfa de la Manada Invernal no era un hombre. Era una sentencia.
Desde la noche en que Solon marcó mi piel con sus dientes, me convertí en su propiedad. Su experimento. Su fracaso.
Me encerró en un cuarto, me obligó a beber sus tés, a soportar sus toques, a escuchar sus promesas enfermizas. Me redujo a nada más que un vientre vacío, una pieza defectuosa en su plan de grandeza.
Y ahora, mi tiempo se acabó.
La sentencia sería cumplida.
Mis ojos estaban cerrados, pero ya sentía todo a mi alrededor.
El olor de la tierra húmeda. El viento cortante de la noche. Las cadenas frías alrededor de mis muñecas y tobillos. La respiración irregular de las otras mujeres condenadas.
El altar estaba listo.
Yo sería sacrificada a la Diosa.
Un grito cortó el silencio.
Esta vez, abrí los ojos.
El dolor vino de inmediato. El hierro clavado en mi piel quemaba, como si quisiera recordarme que aún estaba viva.
Pero no por mucho tiempo.
Manos ásperas me levantaron sin delicadeza.
"¡No!" alguien sollozó a mi lado. Una de las otras condenadas.
Mis pies descalzos rasparon el suelo de piedra fría mientras me arrastraban. La túnica blanca que me obligaron a vestir se pegaba a mi cuerpo húmedo de sudor. Pero no importaba. Nada más importaba.
Tenían prisa.
Entonces el agua helada me golpeó.
El impacto fue instantáneo. El frío cortó mi piel como una cuchilla afilada, robándome el aire de los pulmones. Mis músculos se contrajeron, y un ahogo doloroso escapó de mi garganta.
Abrí mucho los ojos, el cuerpo temblando con el cambio brusco de temperatura. La respiración se volvió difícil, y mi corazón golpeó contra las costillas.
El agua escurría por mi rostro, empapando mi cabello y mi túnica fina, pegando la tela helada contra mi piel. La luna llena flotaba sobre nosotras, iluminando la escena cruel como si fuera un espectáculo planeado. El altar de piedra, negro e imponente, parecía un escenario esperando su próximo sacrificio.
“¡Levanten a esta inservible!”
La voz grave me hizo estremecer incluso antes de ver a su dueño.
Solon.
El Alfa de la Manada Invernal. El lobo que gobernaba por el miedo, que nunca fue desafiado, que tomaba lo que quería sin pensarlo dos veces.
Él era un rey en un trono hecho de huesos y sangre. El líder cruel que veía a las hembras solo como reproductoras, y a los débiles como un lastre.
Y para él, yo no era nada.
"Así que llegó el gran momento," murmuró, estudiándome con un desinterés cruel. "Una pena. Habrías sido una hembra magnífica... si me hubieras dado un heredero."
Mi respiración era superficial, pero no desviaba la mirada.
"Eres un fracaso," continuó, encogiéndose de hombros. "Y los fracasos son eliminados."
Me quedé quieta. Solo respiré, intentando ignorar el ardor del agua fría, el temblor en mi cuerpo.
Él sonrió de lado. Una sonrisa cruel. A él le gustaba ver el miedo.
Yo sabía lo que era. Todas lo sabíamos.
Este era mi fin. Lo sentía en los huesos. Sería solo un cuerpo ensangrentado más en el altar de la Diosa.
Mis ojos se fijaron en el altar. La piedra negra, manchada de sangre antigua. La daga ritualística en las manos del sacerdote. Cuántas antes ya habían pasado por este terror.
Mi corazón latió con fuerza. Tenía que huir.
El aire olía a muerte.
Pero, detrás de eso...
Había otro olor. Algo diferente. Algo peligroso.
Fue cuando el primer grito resonó por el patio.
Sangre salpicó el suelo. El cuerpo de uno de los guardias cayó con la garganta abierta.
Solon se congeló. Su mirada se disparó hacia las sombras alrededor. Ellos estaban aquí.
"¡Estamos siendo atacados!" gritó alguien.
Fue suficiente para que el infierno comenzara.
Lobos enormes emergieron de la oscuridad. Pelaje oscuro, ojos plateados brillando como cuchillas afiladas. Destrozaban todo a su paso, despedazando a los guardias de Solon como si fueran hojas secas.
El olor a sangre invadió el aire. El altar se convirtió en un campo de batalla.
Mi corazón se disparó. Tenía que aprovechar, esta era mi oportunidad.
Me lancé hacia atrás, zafándome del agarre de uno de los soldados. Mis piernas se movieron antes de que mi mente lo procesara. Corrí. Lejos. A cualquier lugar.
Pero no fui lo suficientemente rápida.
Manos fuertes me agarraron por el brazo y me tiraron hacia atrás.
Choqué contra algo sólido y cálido. El aire fue arrancado de mis pulmones. Un pecho ancho, músculos rígidos. El olor a madera quemada y tormenta me envolvió, tan fuerte que hizo que mi loba se encogiera. Aquello no era solo un lobo. Era una fuerza inevitable.
Mi cuerpo se congeló incluso antes de que levantara los ojos.
Stefanos Varkas.
El Alfa de la Manada Boreal.
El lobo más implacable bajo el mando del Alfa Supremo.
El ejecutor.
El perro de pelea.
El depredador que cazaba sin dudar.
Su nombre era un susurro temido en cada territorio. Una advertencia. Una sentencia.
Y ahora, él estaba delante de mí.
La última criatura que yo quería encontrar.
"Vienes conmigo."
Mi respiración falló. Mis ojos se alzaron, encontrando un par de iris plateados y afilados, observándome como si ya supieran exactamente qué hacer conmigo.
Estaba libre de Solon.
Pero había algo aún más peligroso esperándome.
Agarré la muñeca del hombre, mis uñas clavándose en su piel, pero él ni siquiera reaccionó. El gruñido que vino de su pecho resonó como un trueno, y antes de que pudiera protestar, mis pies se despegaron del suelo.
Me arrojó sobre su hombro como si no fuera más que un saco vacío. Me debatí, pataleé, mi loba rugiendo en mi interior, pero era inútil
"¡Suéltame, maldito!" grité, golpeando sus puños contra su espalda.
Nada. Ni siquiera dudó.
El patio seguía siendo un caos. El olor a carne quemada se extendía con los incendios comenzando a apoderarse del campo. Más gritos. Más sangre. La Manada Invernal estaba cayendo.
Fui lanzada dentro de una camioneta con barrotes. Mi cuerpo chocó contra el metal frío, y me encogí, jadeando, intentando procesar todo. Alrededor, otras lobas capturadas me miraban con los ojos muy abiertos, algunas llorando, otras simplemente en silencio absoluto.
Pero entonces, él apareció delante de la camioneta.
Sus ojos me encontraron. Su rostro estaba sucio de sangre, pero su expresión era impasible. Él no era un monstruo descontrolado como Solon. Él era peor.
Porque él tenía el control de todo.
Un lobo se acercó, la respiración pesada.
"Alfa, Solon escapó."
Una risa ronca escapó de sus labios.
"Cobarde."
Se giró hacia sus soldados, la voz fría y letal.
"Quemen todo. Maten a cualquiera que no se someta a la Manada Boreal."
El shock recorrió mi espina dorsal. Él no dudó. No preguntó. No negoció. Solo ordenó la destrucción de una manada entera.
Y entonces me miró de nuevo.
Tragué saliva.
"Vámonos," dijo él, golpeando la mano en la camioneta. El vehículo tembló antes de comenzar a moverse.
Mi respiración estaba acelerada. Mi corazón golpeaba en mi pecho.
No sabía qué era peor.
Si la muerte a manos de Solon...
O ser llevada por el Alfa Cruel de la Manada Boreal.
NuriaDoce años despuésEl cielo sobre la colina de la Manada Suprema estaba pintado en tonos dorados, como si el universo hubiera elegido esa tarde para inclinarse ante nuestra historia.El viento soplaba suave, llevando consigo el olor del bosque, de la vida… y de la eternidad.A mi alrededor, el claro principal estaba lleno. Cada lobo, cada amigo, cada rostro conocido llevaba en sus ojos una mezcla de orgullo y emoción. Era el fin de un ciclo. Y el comienzo de otro.Mis ojos buscaron entre la multitud y encontraron a los tres corriendo juntos como si el mundo fuera demasiado pequeño para ellos: Serena, con sus trenzas sujetas por una cinta azul y la mirada atenta como la de su padre; Soren, risueño y curioso, siempre dos pasos detrás de su hermana; y Dominic, ahora de trece años, un tío que parecía más un hermano mayor e incansable, que no dejaba a los dos solos ni por un segundo.Crecieron juntos, como hermanos de alma.Más atrás, cerca de la escalinata que conducía al altar cerem
StefanosEl viento de esa tarde traía un dulce aroma a pastel recién horneado, flores frescas y lazos de familia. El jardín de la mansión, antes escenario de tantos entrenamientos y conflictos, ahora estaba cubierto de cintas, globos flotando tímidamente bajo el cielo despejado, como si incluso los dioses hubieran decidido dar una tregua a nuestra historia.Todo estaba perfectamente caótico.Mis ojos siguieron los pasos ligeros de Akio y Romeo, corriendo de un lado a otro, riendo a carcajadas con las manos sucias de glaseado. Una de las niñas, la hija de Verónica, intentaba seguirlos, tropezando con su vestido rosa floreado, mientras Nuria, al otro lado del jardín, equilibraba con gracia al pequeño Dominic en sus brazos, conversando con Jenna y Verónica como si no tuviera la menor dificultad en sostener al pequeño y aun así parecer una reina.Mi pecho se calentó.Nunca imaginé que viviría esto.Yo, el lobo marcado por guerras, traiciones y decisiones amargas… viendo ahora a mis hijos
KiaraMe desperté con una sensación extraña. La habitación estaba oscura, el aire quieto… pero la incomodidad venía de dentro. Todo mi cuerpo parecía demasiado caliente, como si estuviera cubierta por una manta de fuego invisible. Un calor que no era cómodo, era sofocante, alarmante. Mi estómago se revolvía levemente y un malestar que no sabía nombrar comenzaba a instalarse."¿Kiara?", oí la voz soñolienta y preocupada de Jason a mi lado, levantándose de golpe. "Amor, ¿estás bien?".Giré el rostro hacia él, intentando enfocar. Pero incluso mi visión parecía ligeramente borrosa."No…", murmuré, con la voz temblorosa. "Mi cuerpo está raro, demasiado caliente. Yo… no me siento bien. Algo está mal, Jason".Llevé la mano a mi vientre, ahora ya redondeado con tres meses, y lo presioné con delicadeza, en un intento de calmar el miedo que crecía dentro de mí como un rugido."Tengo miedo de que algo esté mal con nuestro bebé".Jason no esperó un segundo más.Saltó de la cama en un solo movimie
JasonTres meses despuésEl sonido del silencio me golpeó incluso antes de notar cualquier otra cosa. Entré en la habitación esperando oír la voz de Kiara, tal vez riendo por teléfono con Juliana o tarareando algo distraída. Pero el ambiente estaba demasiado quieto… y el olor, sutilmente alterado, me puso en alerta. Había algo extraño en el aire. Algo que mi lobo percibió antes de que mi mente racional lo asimilara."¿Kiara?", llamé, sintiendo ya que mi corazón se aceleraba.Entonces la vi.Estaba caída al lado de la cama, el cuerpo encorvado, las piernas dobladas como si hubiera intentado apoyarse en algo y fallado. Tenía los ojos cerrados, el cabello esparcido por el suelo, y la palidez de su piel me dio un puñetazo en el pecho que me dejó sin aire."¡Kiara!". Mi grito resonó por la habitación y por las paredes de la mansión mientras corría hacia ella.Me arrodillé en el suelo y la atraje a mis brazos con urgencia, mi corazón latiendo desacompasado, mi mente en un caos total. Respir
KiaraLa casa de Juliana parecía diferente esa mañana.Incluso bajo la suave luz del sol y con la brisa cálida moviendo las cortinas, había una atmósfera de despedida en el aire. Las maletas ya estaban en la puerta, todas alineadas y organizadas, como un recordatorio cruel de que era real. Que la partida estaba a punto de suceder.Jason entrelazó nuestros dedos y apretó mi mano con firmeza, pero sin fuerza. Un toque silencioso de apoyo."¿Estás lista?", preguntó con voz baja, casi respetuosa ante el dolor que ya amenazaba con tragarme.Pero no pude responder con palabras. Mis ojos ya estaban llorosos, la garganta apretada, el corazón dando tumbos en el pecho. En su lugar, forcé una sonrisa, esa sonrisa que solo los fuertes usan cuando no quieren desmoronarse, y asentí con la cabeza.Tan pronto como cruzamos el portón, ella me vio.Juliana.Lo soltó todo al instante. Sus manos soltaron la bolsa que sostenía, sus ojos se llenaron de lágrimas, y en menos de dos segundos, cruzó el jardín
KiaraMe desperté con todo el cuerpo dolorido… pero era un dolor bueno.Un recuerdo vivo de lo que había sucedido allí, entre esas sábanas. Mi loba ronroneaba satisfecha dentro de mí, como si finalmente hubiera encontrado lo que siempre buscó. La marca aún palpitaba en mi cuello, con un calor tibio y constante, como un recordatorio silencioso.Solté un suspiro soñoliento, estirándome como una gata perezosa, hasta darme cuenta de que la cama estaba vacía a mi lado. Me senté despacio, las sábanas resbalando por mi cuerpo desnudo, y busqué con la mirada.Fue entonces cuando lo vi.Jason estaba de espaldas, solo con pantalones de chándal, arreglando algo sobre una bandeja con una concentración adorable. La suave luz de la mañana atravesaba las cortinas pesadas, dorando su piel, sus músculos definidos moviéndose con cada gesto. Parecía una pintura viva de todo lo que era mío."Buenos días…", susurré, con la voz ronca por el sueño y la felicidad.Él se giró de inmediato, una sonrisa lenta e







