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¿Por qué llamó?

Autor: R.Acuña
last update Fecha de publicación: 2025-08-27 00:08:58

**CAMILA**

El eco de mis pasos se alarga en el vestíbulo de la mansión, cada golpe contra el mármol retumba como si quisiera delatar mi descontrol interno. Aún escucho la voz de Henry en mi cabeza, esa última frase suya, cargada de un misterio que me corroe por dentro. Respiro hondo, intentando aparentar serenidad, pero mis pulmones parecen no cooperar; estoy hecha un torbellino disfrazado de calma.

Y entonces lo veo.

Mi padre desciende lentamente por las escaleras. No es el hombre severo que suele mostrar su rostro en las juntas de negocios; no, esta vez su mirada brilla de una forma distinta. Tiene una sonrisa cálida, casi exagerada en ternura, y abre los brazos hacia mí con una naturalidad que me desarma.

Antes de que pueda reaccionar, ya me envuelve en un abrazo firme, seguro, como si quisiera protegerme de todo lo que me persigue.

—Hija —susurra contra mi cabello, con una voz tan suave que me hace cerrar los ojos por un instante—. Me alegra que ya estés de vuelta… y perdóname, tal vez parezco un padre que solo te impone las cosas.

Me quedo quieta, inmóvil entre sus brazos. Una parte de mí no sabe cómo reaccionar. ¿Mi padre pidiéndome perdón? Eso no es algo que ocurra con frecuencia. Pero su tono no admite dudas: es sincero, humano, casi frágil. Y esa vulnerabilidad me golpea más fuerte que cualquier regaño.

—Papá… —murmuro, apenas un hilo de voz, sintiendo cómo se me encoge el pecho. En esas simples palabras reconozco lo que en el fondo siempre he sabido: que todo lo hace por mi bien, que su mayor temor es que algo malo me ocurra.

Él suspira y me mira con una seriedad distinta, más humana, menos imponente.

—Sé que fue duro obligarte a tener esa reunión de manera virtual —dice despacio, como si cuidara cada palabra—, pero quiero que comprendas que no lo hago para fastidiarte. Quiero que estés lista para lo que viene. Cuando tomes el cargo, nadie debe subestimarte, mi princesa. Y yo no pienso permitir que alguien te vea como débil y te haga más daño.

Sus frases se clavan en mí, porque detrás de su dureza lo que vibra es miedo… miedo a perderme, miedo a que me hieran otra vez. Y me doy cuenta de que todo este tiempo lo confundí con frialdad.

—Lo sé, papá —respondo con un nudo en la garganta que amenaza con romper mi voz—. A veces siento que me presionas demasiado, pero… ahora entiendo que lo haces porque quieres lo mejor para mí.

Su mano tibia roza mi mejilla, y ese gesto, tan sencillo, me atraviesa como un disparo. Veo en sus ojos cansados no solo el peso de los años, sino también un orgullo que nunca me había permitido mirar de frente. Y ahí, en ese instante, me asalta una punzada de culpa. Culpa por todas las veces que lo enfrenté con rabia, por cada reproche lanzado sin pensar en su miedo silencioso.

Por primera vez en mucho tiempo, siento que lo entiendo.

De pronto, una garraspera se escucha a mi espalda. Giro la cabeza y lo veo. Henry esta erguido, con esa postura impecable y la mirada que siempre parece observarlo todo.

—¡Henry! —exclama mi padre, avanzando hacia él con entusiasmo sincero—. ¡Qué sorpresa agradable verte por aquí! La última vez que te vi fue antes de dejar París… y aunque sigo un poco molesto por lo que sucedió después, supiste proteger a mi princesa. Dime, ¿qué es lo que te trae por Londres?

—Señor —responde Henry con esa voz grave, educada, que vibra como un eco contenido—. Estoy de vacaciones, y me enteré de que están buscando un guardaespaldas. Pensé que quizás podría ser útil.

Suena simple, demasiado simple. Pero yo lo conozco, sé que nada en él ocurre por casualidad. Siempre hay un trasfondo, un motivo oculto detrás de cada palabra y cada gesto calculado.

—Claro, claro, pasa conmigo al despacho —dice mi padre, dándole una palmada amistosa en el hombro.

Justo antes de seguirlo, Henry gira apenas la cabeza y me dedica una sonrisa ligera. No es abierta ni evidente, apenas un gesto fugaz, pero suficiente para desatar un cosquilleo que me recorre como corriente eléctrica.

Subo a mi habitación con pasos rápidos, como si al moverme pudiera dejar atrás todas esas sensaciones que me desordenan por dentro. Apenas cierro la puerta, me libero de los tacones y caigo sobre la cama, exhausta, aunque no físicamente… es mi mente la que no me da tregua.

Cierro los ojos, respiro profundo, pero las imágenes me asaltan igual. ¿Qué estarán hablando Henry y papá en el despacho? ¿Por qué él se comporta tan distinto a como lo hacía en París? Henry nunca hace nada sin razón, y ese misterio empieza a calarme como una espina.

Intento apartar esas preguntas, enfocarme en lo que debería importar: mi futuro, el cargo que pronto recaerá en mí. Sé lo que significa ser presidenta, sé la magnitud de lo que se espera de mí. Pero mi mente se rebela y me traiciona, porque aparecen recuerdos que no quiero invocar.

Leonardo.

El roce de sus manos sosteniendo las mías, el calor que desprendía su cuerpo al tenerlo tan cerca, esa tensión prohibida que me atravesó sin permiso. Lo recuerdo con una nitidez dolorosa, como si mi piel aún conservara el eco de aquel contacto.

Me obligo a repetirlo en silencio: debo olvidarlo.

Él no tiene lugar en mi vida, no ahora, ni nunca. Pero mientras más lo niego, más claras se vuelven las imágenes, como si mi propia mente disfrutara torturándome.

De pronto me incorporo de golpe, con un impulso casi desesperado. No quiero seguir siendo prisionera de pensamientos que me roban la calma. Necesito soltarlo, sacarlo de algún modo.

Camino hasta el armario, busco ropa deportiva y decido cambiarme. En los últimos meses el gimnasio ha sido mi refugio, el único lugar donde el ruido interno se silencia.

El gimnasio me recibe con su luz clara y los espejos que duplican cada uno de mis movimientos, como si quisiera mostrarme todas mis versiones: la fuerte, la frágil, la que lucha por olvidar. Me ato el cabello en una coleta rápida, inhalo hondo y comienzo a calentar, obligando a mi cuerpo a concentrarse en lo físico, no en lo emocional.

Pronto mis puños golpean el saco de arena con fuerza. Cada impacto lleva consigo un recuerdo que intento enterrar: la voz de Leonardo en aquel hospital, su sonrisa el día de la boda, el peso de sus manos guiándome en el vals, las risas compartidas en nuestra infancia. Golpeo más fuerte, como si pudiera expulsar su nombre de mi piel. Y entre jadeos, me sorprendo susurrando para mí misma, casi con rabia:

¿Por qué tuve que enamorarme de un tipo como él?

—Tienes potencia, pero falta precisión —interrumpe de pronto una voz detrás de mí.

Me detengo en seco. El saco aún se balancea frente a mí cuando giro sorprendida.

Henry está de pie en la entrada, brazos cruzados, esa media sonrisa que siempre parece leer más de lo que debería.

—¿Qué haces aquí? —pregunto al fin, con un tono defensivo que me sale natural, aunque en realidad lo que siento es un nerviosismo imposible de disimular.

—Acabo de terminar mi conversación con tu padre —responde con la calma de siempre, como si nada lo alterara—. Vi la luz encendida y pensé en echar un vistazo. No quiero incomodarte, pero... —hace una breve pausa, sus ojos fijos en mí— ¿quieres entrenar conmigo?

Me quedo en silencio unos segundos, dudando. Parte de mí quiere decirle que no, que prefiero estar sola. Pero otra parte —la que me traiciona— termina asintiendo.

—En el armario junto al baño hay ropa deportiva.

Él inclina la cabeza en un gesto de aprobación y desaparece. Mi respiración se agita sin razón aparente, y cuando vuelve, siento un vuelco en el estómago. Viste una camiseta oscura ajustada que marca la fuerza de sus brazos y un pantalón que resalta demasiado su físico. Trago saliva, obligándome a no mirar más de lo debido. Me repito que es solo entrenamiento, nada más.

Comenzamos. Sus movimientos son exactos, medidos, casi impecables. Cada vez que corrige mi postura, su voz grave resuena cerca de mí, y tengo la impresión de que me observa con demasiada atención. Ese exceso de precisión me incomoda, porque no sé si me está enseñando… o estudiando.

—Mantén el centro de gravedad —me indica Henry, y siento cómo su mano se posa en mi cintura para guiar mi postura.

El contacto me quema más de lo que debería. Es apenas un roce firme, técnico, pero mi piel reacciona como si acabara de tocar fuego. Trato de mantener la concentración, de enfocarme en el movimiento, pero él percibe cada mínima falla, cada temblor que me delata.

—Deja de distraerte, Camila —advierte, su voz grave, seria, tan cerca que me obliga a contener la respiración.

—No estoy distraída —replico con brusquedad, un poco molesta… aunque más conmigo misma que con él.

Él sonríe. Esa curva en sus labios que no necesito mirar demasiado para saber lo que significa: no me cree. Sabe que miento, y eso me irrita y me desarma al mismo tiempo.

—Entonces responde —dice, con esa calma implacable que siempre usa cuando quiere desarmar defensas—. ¿Sigues enamorada de Leonardo?

Su pregunta me golpea como un puñetazo en el estómago. Mi mente se queda en blanco, mis movimientos se quiebran. Tropiezo, pierdo el equilibrio y, en un segundo, Henry aprovecha la abertura con suavidad, pero sin darme escapatoria, me derriba hasta dejarme contra la colchoneta.

Su cuerpo se inclina sobre el mío, sus brazos rodean mis hombros con una firmeza que me inmoviliza. Mi respiración choca con la suya, tan cerca que por un instante creo que va a besarme y cierro los ojos.

—Un segundo basta para que te distraigas y te capturen —susurra, y aunque sus palabras suenan como una lección de combate, hay algo más.

El calor me sube al rostro. Lo empujo con torpeza y me incorporo rápidamente.

—No es momento para hablar de amor —digo, de espaldas a él, intentando sonar firme—. Tengo prioridades más importantes.

Henry guarda silencio unos segundos. Luego escucho su risa baja, contenida.

—Lo sé —responde finalmente—. Pero yo soy paciente.

Sus palabras se clavan en mí, como si hubieran abierto una grieta que no quiero aceptar. No contesto. Me limito a recoger una toalla, secar el sudor de mi frente y fingir que no me afectan.

Entonces, suena mi teléfono. El ruido corta el ambiente cargado. Tomo el móvil y contesto con un hilo de voz.

—¿Hola?

Silencio… Solo una respiración tenue, insistente, que hace que mi piel se erice.

—¿Quién es? —pregunto, con el corazón acelerado.

Nada… Mi respiración se mezcla con la suya, y de pronto, casi sin pensarlo, susurro:

—¿Leonardo, eres tú?

Entonces, apenas un susurro rompió la línea: Camila…

La línea se corta de golpe. Me quedo helada, el teléfono temblando en mis manos.

Henry me observa serio, con los brazos cruzados.

—¿Quién era? —pregunta con calma, aunque su mirada parece atravesarme.

No respondo, no puedo. Mi mente es un torbellino y solo una pregunta me consume en silencio:

¿Por qué me llamó?

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