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last update Fecha de publicación: 2026-08-26 04:16:10

Alessia Bianchi estaba disfrutando cada segundo de la situación. El hombre de ojos azules, frío como el hielo, ni siquiera la saludó cuando ella se sentó en el auto. Un silencio absoluto reinaba dentro del coche mientras él conducía a toda velocidad, casi de manera temeraria. Los guardias, en otros autos detrás, apenas lograban seguirles el ritmo.

Pero Alessia estaba disfrutando mucho; sabía que tenía que echarle más leña al fuego.

Se detuvieron frente al centro comercial, donde debían recoger su vestido de novia. Uno de los guardias le abrió la puerta, y apenas ella puso un pie fuera del coche, él la tomó de la mano con un agarre firme que aún le dolía. Intentó liberarse, pero no la soltó; al contrario, apretó más su mano. Al alzar la vista, Alessia se dio cuenta de que no iban a la tienda donde debía elegir el vestido, sino directo al vestidor.

En el camino, Pavel eligió un vestido amarillo y luego entraron en el probador. Apenas estuvieron dentro, él soltó su mano.

—Ahh... ¡Me duele, bastardo! —se frotó la mano, que ya estaba roja por la fuerza.

—Cámbiate —le ordenó, lanzándole el vestido amarillo.

—No sigo órdenes, señor futuro esposo —respondió Alessia, empujando el vestido hacia él.

¿Cómo se atrevía a mandarme?

—Dije que te cambies —su voz se volvió severa, cargada de ira—.

Pero Alessia no era de las que se dejaban mandar.

—Bueno, ya dije que no quiero cambiarme. Me gusta este vestido —respondió con una sonrisa burlona.

—Te lo digo por última vez, Alessia —insistió Pavel.

—Y te respondo de nuevo que no —le desafió ella.

—No pongas a prueba mi paciencia. No querrás ver mi otro lado.

—Oh, tráelo. No le tengo miedo ni a ti ni a nadie —dijo, aunque por dentro temblaba. Pavel era de mano dura; ¿cómo no iba a tener miedo?

Él la miró con frialdad y, para sorpresa de Alessia, sacó una daga de su bolsillo y comenzó a acercarse. ¿Cómo podía querer hacerle daño? ¡Alessia era su futura esposa! Y ella, confiada, había salido de casa esa mañana desarmada porque su padre confiaba en Pavel. Qué imbécil había sido por seguir ese consejo.

Mientras sus pensamientos giraban en su cabeza, Pavel se acercó tanto que Alessia sintió su respiración en el rostro. Cerró los ojos y se preparó para lo peor, aunque seguía firme en no cambiarse de vestido.

Entonces escuchó un desgarrón. Abrió los ojos para descubrir que Pavel había destrozado su vestido con la daga, desde el pecho hasta los muslos. Sus bragas y sujetador quedaron al descubierto. Estaba, literalmente, desnuda frente a él.

Mientras ella contemplaba horrorizada la ruina de su vestido, él le ordenó de nuevo con una sonrisa burlona:

—Ahora cámbiate.

La ira llenó la cabeza de Alessia. Lo atacó con puñetazos y patadas, pero Pavel la atrapó contra el espejo y dijo:

—Mi hermosa avellana, tenemos que salir a elegir tu vestido de novia. Pero no puedes ir así, así que será mejor que te cambies.

Ella no se movió, demasiado enfadada, entonces él agregó:

—Bueno, si quieres tomarte todo el día, no tengo problema. Estoy disfrutando mucho de la vista. Tómate tu tiempo, bebé —la miraba como si quisiera devorarla con la mirada.

Oh Dios, nunca se había molestado tanto en toda su vida. Pero esto era solo el comienzo. Haría que su vida fuera un infierno.

Maldita sea, pensaba.

—Muñeca. Déjame disfrutar la vista.

Le lanzó su bolso directo a la cara y gritó:

—¡Sal ahora de aquí! ¡Tengo que cambiarme!

Pavel atrapó el bolso justo antes de que ella le diera un golpe y salió del vestidor entre risas estruendosas.

—Maldito idiota.

El vestido que había elegido para Alessia era largo, hasta los muslos, y completamente cubierto. Ella se vistió con determinación y salió del probador, decidida a poner fin a aquel día y a ese vestido de novia que le había generado más frustración que ilusión. Ya había tenido suficiente.

Pavel Beranov apareció entonces, vestido con ese traje impecable, mirando a Alessia con una mezcla de admiración y enfado contenido. Ella parecía un sol de la mañana con ese vestido amarillo, hermosa pero visiblemente molesta con él. Mientras caminaban hacia la reconocida tienda de la marca, la tensión entre ambos crecía con cada paso.

Mientras observaban más vestidos de novia, Pavel se inclinó y le susurró al oído con una sonrisa pícara:

—Tú eliges el vestido de novia, y yo elegiré el camisón para la noche de bodas.

Alessia se sonrojó, pero no tardó en responder con ironía:

—No me pondré eso.

Él replicó con su típica boca ingeniosa:

—Bueno, me encantaría verte sin él —la provocó—, pero para la noche de bodas tienes que usarlo. Según nuestra tradición, después de la ceremonia las sirvientas te prepararán para la noche, pero no te preocupes, apenas entres en la habitación, yo me encargaré de quitártelo.

Rió como un travieso, casi como un maldito pervertido, y continuó:

—Pronto seré tu esposo y reclamaré cada parte de ti. Eres mía para tocar y devorar. Nadie más podrá siquiera mirarte. Eres solo mía, solo mía.

Alessia sintió un escalofrío recorrer su espalda ante sus palabras y su mirada intensa, sus ojos azules clavados en los suyos color avellana. Sus labios se acercaron irresistiblemente y, sin poder evitarlo, Pavel la besó con pasión.

Pero Alessia no era fácil de intimidar. Había sido entrenada por su padre, sabia en armas y estrategia. Ese hombre, aunque encantador y aterrador a la vez, no la poseería tan fácilmente. Sus ojos azules la miraban con hambre, como si fuera su dueña, pero ella estaba decidida a hacerle pagar si intentaba tocarla sin permiso.

Entonces, cuando Pavel buscó probar esos labios, Alessia reaccionó con rapidez. Tomó la pistola eléctrica de la mesa y le lanzó una descarga potente que lo dejó aturdido, cayendo de rodillas bajo el impacto.

Ella se inclinó, le besó la mejilla y susurró con voz firme:

—No me toques nunca sin mi permiso, y no eres mi dueño. Nadie puede poseerme.

Y sin esperar respuesta, se alejó con paso seguro.

…

—Marido, ¿no me veo bonita? Ni siquiera me felicitaste —le lanzó Alessia con una sonrisa malvada, buscando una reacción.

Pavel ni siquiera respondió. La miró con frialdad y aceleró el coche, su mirada oscura y aterradora. Alessia no sabía qué esperar, pero en su interior se sentía invencible, casi sagrada.

—Oh, pensé que no querías usar nada porque esta mañana estabas medio desnuda —se burló él, recordando con dulzura aquel incidente temprano—. Así que pensé que te gustaba andar desnuda.

—¿Te gustó mi broma? —dijo ella con un brillo desafiante.

—No me importa si te gusta estar desnuda, pero solo cuando estés conmigo. Pero si esta mañana se repite, habrá mucha sangre en tus manos porque mataré a todos.

Finalmente, ella eligió su vestido de novia, y Pavel escogió un camisón de seda rojo sangre, sexy, para ella. Mientras imaginaba su boca ingeniosa y soñaba con la noche que les esperaba, sabía que no cedería tan fácilmente a sus deseos.

—Ya veremos —aceptó ella, sonriendo con malicia, lista para el desafío.

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Último capítulo

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  • Casada con el Rey de la Mafia    111

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