FAZER LOGINEl hombre gritó, convulsionó y cayó, lo que me dio un segundo de ventaja.—Ve a pedir ayuda —ordené a Kate con la voz ronca.Ella me miró, incapaz de moverse al principio.—No puedo dejarte así, estás sangrando —sollozó, limpiándose la ropa con manos temblorosas.—Vete ahora. Si él consigue los archivos, habrá una catástrofe —insistí, agarrándome el vientre con la otra mano.Kate dudó, pero entonces sus ojos se llenaron de lágrimas.—Lo siento… —balbuceó—. Perdóname, por traicionarte, por odiarte, por todo —dijo antes de echar a correr.Asentí con la cabeza sin palabras; no había espacio para la venganza ahora. Me aferré al costado herido, conteniendo el dolor, y me incorporé con dificultad. Tenía que alcanzar la oficina donde Brandy había ido por los documentos.Pavel Beranov—Los matamos a todos. La mansión está asegurada ahora —dije por radio—. Sólo quedan algunas de sus ratas con vida.Estaba en medio de darles caza cuando sonó mi teléfono. Era Cristiano.—¿Qué pasa, Cristiano? —p
—Está bien, deja de matar a mis hombres —dijo Brandy—. Puedes quedarte con ella, pero primero suelta tu arma.—Vale —respondí—, lo haré al mismo tiempo. Envía a la chica hacia mí y yo soltaré mi arma —dije, aunque no era lo bastante estúpida como para rendirme realmente. Hacía un momento había usado la ametralladora que Pavel me había quitado; era mi única oportunidad de alcanzar a ese bastardo.La empujaron y yo bajé lentamente el arma al suelo, planeando recogerla de nuevo. Sonreí con confianza. Cuando Kate fue acercándose, sana y salva, me dispuse a recuperar el arma… pero no pude. No entendía qué había pasado: pateó mi arma hasta los pies de Brandy y, acto seguido, me asestó una fuerte patada en el estómago. Caí al suelo; un dolor agudo me atravesó el cuerpo. Sostuve mi vientre, atónita, mientras me pateaban de nuevo; doblé las piernas para proteger mi abdomen.—Perra —gruñó uno de ellos, golpeándome sin piedad.—Kate, ¿por qué haces esto? ¡Somos familia! —pregunté, y las risas au
Tras exactamente cinco minutos, mis hombres se reagruparon y salimos del edificio. No les di tiempo para huir: bombardee el lugar hasta convertirlos en cenizas.—¡Dense prisa, chicos! —grité—. ¡Nos necesitan allá! —Subimos a los coches y partimos a toda velocidad.—Relájate, hermano. Estarán bien. Todos estarán a salvo —me dijo Rafael, dándome una palmadita en el hombro.—Tienen que estar bien —murmuré, apretando la mandíbula.Recorrimos la distancia en apenas quince minutos, conduciendo a más de ciento cuarenta. La rabia ardía en mis ojos. ¿Cómo se atrevían?Alessia BianchiEl embarazo me estaba afectando: el cansancio y las náuseas no me dejaban. Me sentía agotada y con hambre constante.Intentaba dormir cuando una explosión me despertó. Había oscuridad en la habitación; parpadeé un par de veces para situarme. Me puse los zapatos y salí a ver qué ocurría.Desde el pasillo, Romero vino corriendo hacia mí.—¿Qué pasa? ¿Qué es ese ruido? —pregunté.—Estamos siendo atacados. Han bombard
—¿Por qué? ¿Qué hizo la pobre mami? —pregunté sonriendo.—Es cruel. Sabía que tu pobre esposo te esperaba y aun así pasaste dos horas hablando —se quejó.—No te preocupes, ahora compensará sus crímenes —respondí, tomándolo por la cintura. Nos perdimos en la mirada, la respiración y el calor del otro.Fue muy tierno y cariñoso conmigo. Siempre le gustó el sexo duro y rudo, pero Pavel no estaba en ese plan ahora; me amó y me cuidó toda la noche, y yo también lo extrañaba. Luego nos dormimos en los brazos del otro.Por la mañana me desperté y él ya se preparaba para ir a algún sitio.—Bebé, sigue durmiendo. Es muy temprano. Tengo una reunión importante y voy con retraso —dijo mientras se ajustaba la corbata. Iba con prisas.—¡Oh, mierda! —exclamó molesto por la prisa. Me levanté de la cama, desnuda, y me puse frente a él para ayudarle con el nudo.—No digas palabrotas ni vuelvas a soltar esas palabras delante del niño, ¿de acuerdo? —le recriminé mientras le ajustaba la corbata.—¿Por qué
Vi una nota dentro de la caja. La tomé con manos temblorosas y la abrí.Felicitaciones a ambos. Van a ser padres. Ahora conocerán el dolor de perder a su hijo. Nos veremos pronto. —Pavel y Alessia.Pavel arrancó la nota de entre mis dedos y la rompió en pedazos. Llamó a los hombres que habían traído el paquete.—¿Quién te dio esto? —preguntó con furia.—Señor, alguien me dijo que era una sorpresa para la señora. No me dijo quién lo envió —respondió el mensajero.Pavel le propinó una bofetada. —Lo recogiste en la casa sin siquiera preguntar quién era. ¡Idiota! —rugió. Y le dio una patada en el estómago.Intentaba escuchar lo que decían a mi alrededor, pero la sangre me daba náuseas; corrí al baño y vomité. Cuando volví a la habitación, me secaba la cara mientras Pavel caminaba inquieto de un lado a otro.—¿Estás bien? —me preguntó, tomándome en brazos.—Sí, estoy bien. No te preocupes —dije, sentándome en la cama.—No te preocupes, bebé. Estoy contigo. No permitiré que le hagan daño a
—No, estaba más preocupado que enojado. Nunca vuelvas a hacer eso, ¿está bien? —me advirtió con firmeza.Alessia Biachi—Está bien —le respondí, asintiendo con una sonrisa. Pero lo que no sabía era que pronto volvería a repetir la historia.Pavel Rostov—En unos meses pareceré un pingüino… o un pato —dijo Alessia mientras estaba recostada en la cama. Intenté contener la risa ante su ocurrencia, pero fue imposible. Las carcajadas se me escaparon y ella me golpeó el brazo con fuerza.—¿Te estás riendo de mí? —preguntó, frunciendo el ceño.—Solo tú eres capaz de hacerme sonreír así. Nadie más puede hacerlo —dije, y una sonrisa se dibujó en su rostro.Estábamos tumbados en la cama, mirando el techo a oscuras, cuando la escuché murmurar otra vez:—Pavel, los niños huelen mal… y hacen mucho ruido. —Se quejó con voz adormilada.—Estoy seguro de que no pensarás lo mismo cuando sean tus hijos —respondí, conteniendo otra sonrisa ante su comentario.—Vamos, prepárate. Todos nos están esperando p







