LOGINEl auto se detuvo en otro centro comercial. Pavel y Alessia bajaron para comer, aunque el ambiente entre ellos no era el mejor. Pavel continuaba lanzando sus típicos comentarios sarcásticos.
—El camisón de seda roja te quedará perfecto... No puedo esperar para desenvolverte —dijo con una sonrisa burlona.
Ese bastardo se reía constantemente de ella. Alessia ya no podía soportarlo. Había tenido suficiente de ese trato. No podía seguir soportándolo.
—Disculpa un momento, tengo que ir al baño —dijo, conteniendo su molestia.
—Ve con los guardias. No es seguro que andes sola, tenemos demasiados enemigos —respondió él sin prestarle demasiada atención.
Ella asintió. Fue al baño escoltada por los guardias, pero les pidió que esperaran afuera. Sabía que había una puerta de salida en la parte trasera del baño. Sin pensarlo dos veces, escapó del centro comercial sin avisarle a Pavel. Sabía que él se enfadaría, pero eso era precisamente lo que quería: arruinarle el día.
Al llegar a casa, escuchó a su padre hablando por teléfono, visiblemente alterado.
—¡¿Qué?! ¿Fedel robó todas nuestras drogas y mató a dos de nuestros hombres? —gritaba—. ¡¿Cómo se atreve?! Lo quiero vivo o muerto, y quiero todos nuestros camiones de vuelta.
La sangre de Alessia hervía al oír aquello. Fedel era uno de los líderes de las mafias locales, involucrado en robos, violaciones y crímenes callejeros. Siempre había sido una espina en el costado de la familia Bianchi. Pero ahora, iba a saber con quién se había metido.
Mientras tanto…
Pavel Beranov pensaba llevarla de paseo después de la comida. Pero, como de costumbre, Alessia jugó uno de sus juegos y desapareció sin decir nada. Estaba inquieto. Quería asegurarse de que hubiera llegado a casa sana y salva. Sin perder tiempo, se subió a su BMW y manejó a toda velocidad hasta la mansión Bianchi.
Al llegar, encontró al Sr. Bianchi sentado en la sala de estar.
—Hola, señor Bianchi.
—Hola, hijo.
—¿Ha visto a Alessia?
—No, no la he visto. ¿No estaba contigo de compras?
—Se fue temprano de allí.
—¿Entonces dónde está? Déjame preguntarle a los guardias... Filip, ¿has visto a mi hija?
—Sí, señor. Llegó hace una hora, pero luego volvió a salir.
—No te preocupes, hijo. Tal vez fue a casa de alguna amiga —dijo el señor Bianchi con calma.
—Tal vez… Pero, ¿por qué estás tan tenso?
—¿Has oído hablar de Fedel?
—Sí, el peligroso líder de la mafia. Siempre fue un dolor de cabeza.
—Hoy nos robó los camiones de drogas.
—Me ocuparé de él —respondió Pavel, con la voz grave—. Lo mataré... lenta y dolorosamente.
—Sé que lo harás —dijo el patriarca con una leve sonrisa—. Este negocio ahora está en tus manos, hijo. Quiero retirarme.
—No hables así. Aún hay medio mundo que se estremece con solo oír tu nombre.
—Lo sé. Pero el negocio exige ser despiadado. En la mafia, no hay lugar para la piedad.
Justo cuando discutían cómo lidiar con Fedel, se escucharon golpes fuertes. Como si alguien estuviera siendo arrastrado por el pasillo.
Ambos dejaron de hablar y dirigieron la mirada hacia la entrada. Lo que vieron los dejó sin aliento.
Alessia estaba cubierta de sangre. Arrastraba a un hombre inconsciente, con el rostro cubierto y el cuerpo ensangrentado. Lo trajo hasta el centro de la sala. Todos la miraban en busca de una explicación.
—¿Qué es esto, hija? —preguntó el señor Bianchi, perplejo.
—Papá, tengo una sorpresa para ti. ¿No quieres verla?
Sin esperar respuesta, Alessia le dio una fuerte patada al prisionero en las piernas y lo hizo caer de rodillas. Luego le descubrió el rostro.
Era Fedel.
Dios santo. Alessia había ido sola a capturarlo. ¿Quién demonios era esta chica? ¿Una gánster?
—Tus camiones están sanos y salvos, aparcados fuera de nuestra mansión. Y como él mató a dos de nuestros hombres, yo maté a quince de los suyos. Volé su casa con una bomba. Ahora lo vamos a torturar por meterse con nosotros.
El señor Bianchi estaba furioso.
—¡¿Quién te dio permiso para hacer todo esto, hija?! ¡Tenemos hombres para eso! ¿Qué pasa si te hubiera ocurrido algo?
—No pasó nada, papá. Relájate.
Pavel intervino, preocupado.
—Estás sangrando.
Alessia lo miró un segundo, luego bajó la vista y se agarró el brazo herido, del que aún brotaba sangre...
—Oh, no es nada, solo un pequeño corte. Uno de sus perros me lanzó una daga —dijo Alessia con una media sonrisa, minimizando el asunto mientras su sangre resbalaba por el brazo.
Pero si existía una escala de furia, Pavel Beranov claramente estaba en el nivel más alto.
El padre de Alessia, ya acostumbrado a sus acrobacias y actos impulsivos, no reaccionó con demasiada alarma. Sin embargo, la expresión del llamado "Señor de Hierro" era otra historia. Pavel la observaba con una mirada tan intensa que parecía capaz de matar. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos ardiendo de ira.
Sin decir palabra, sacó su teléfono y llamó de inmediato a su médico de confianza para que atendiera la herida. Pero sus ojos seguían fijos en el profundo y afilado corte en el brazo de Alessia. Era como una bomba de tiempo a punto de estallar... y estalló.
Se levantó con violencia, caminó hacia un jarrón de cerámica que adornaba la pared, y lo estrelló contra el suelo. El estruendo fue brutal. Luego, sin dudarlo, recogió uno de los fragmentos afilados del jarrón y, delante de todos, lo clavó con fuerza en el brazo de Fidel, el responsable del ataque.
La habitación se llenó con los gritos desgarradores de Fidel, pero Pavel no se detuvo. Sacó su arma y descargó todas las balas en su cuerpo hasta que éste cayó al suelo, inerte.
Acto seguido, se giró hacia Alessia, la tomó de la mano —sin pedir permiso— y la arrastró a una habitación privada. Allí, con un botiquín en mano, comenzó a curarle la herida. Ella intentó resistirse, molesta por su actitud dominante, pero él la sujetó con firmeza.
—Si alguna vez vuelves a hacer eso, te mataré con mis propias manos —le advirtió en un susurro peligroso—. ¿Lo entiendes? Nunca te pongas en peligro. Si quieres a alguien muerto, dímelo. Yo lo haré por ti. Mataré a quien sea por ti.
—¿Y por qué te molesta tanto? —le lanzó con rabia.
—Porque eres mía —espetó con una calma perturbadora—. Y nadie, absolutamente nadie, puede hacerte daño. Si alguien lo intenta, no volverá a abrir los ojos jamás.
—No tienes que hacer nada por mí. No soy una niña estúpida ni débil. Soy capaz de protegerme sola. Será mejor que te protejas tú de mí —le respondió, alzando el mentón con orgullo.
—Hablo en serio, Alessia —suspiró él, y la abrazó de repente.
Ella se apartó de inmediato, furiosa.
—Déjame dejar algo muy claro —le advirtió con voz firme—. Si me tocas de nuevo, te ataré y te sacaré hasta el último hueso del cuerpo. ¿Entendido?
El hombre gritó, convulsionó y cayó, lo que me dio un segundo de ventaja.—Ve a pedir ayuda —ordené a Kate con la voz ronca.Ella me miró, incapaz de moverse al principio.—No puedo dejarte así, estás sangrando —sollozó, limpiándose la ropa con manos temblorosas.—Vete ahora. Si él consigue los archivos, habrá una catástrofe —insistí, agarrándome el vientre con la otra mano.Kate dudó, pero entonces sus ojos se llenaron de lágrimas.—Lo siento… —balbuceó—. Perdóname, por traicionarte, por odiarte, por todo —dijo antes de echar a correr.Asentí con la cabeza sin palabras; no había espacio para la venganza ahora. Me aferré al costado herido, conteniendo el dolor, y me incorporé con dificultad. Tenía que alcanzar la oficina donde Brandy había ido por los documentos.Pavel Beranov—Los matamos a todos. La mansión está asegurada ahora —dije por radio—. Sólo quedan algunas de sus ratas con vida.Estaba en medio de darles caza cuando sonó mi teléfono. Era Cristiano.—¿Qué pasa, Cristiano? —p
—Está bien, deja de matar a mis hombres —dijo Brandy—. Puedes quedarte con ella, pero primero suelta tu arma.—Vale —respondí—, lo haré al mismo tiempo. Envía a la chica hacia mí y yo soltaré mi arma —dije, aunque no era lo bastante estúpida como para rendirme realmente. Hacía un momento había usado la ametralladora que Pavel me había quitado; era mi única oportunidad de alcanzar a ese bastardo.La empujaron y yo bajé lentamente el arma al suelo, planeando recogerla de nuevo. Sonreí con confianza. Cuando Kate fue acercándose, sana y salva, me dispuse a recuperar el arma… pero no pude. No entendía qué había pasado: pateó mi arma hasta los pies de Brandy y, acto seguido, me asestó una fuerte patada en el estómago. Caí al suelo; un dolor agudo me atravesó el cuerpo. Sostuve mi vientre, atónita, mientras me pateaban de nuevo; doblé las piernas para proteger mi abdomen.—Perra —gruñó uno de ellos, golpeándome sin piedad.—Kate, ¿por qué haces esto? ¡Somos familia! —pregunté, y las risas au
Tras exactamente cinco minutos, mis hombres se reagruparon y salimos del edificio. No les di tiempo para huir: bombardee el lugar hasta convertirlos en cenizas.—¡Dense prisa, chicos! —grité—. ¡Nos necesitan allá! —Subimos a los coches y partimos a toda velocidad.—Relájate, hermano. Estarán bien. Todos estarán a salvo —me dijo Rafael, dándome una palmadita en el hombro.—Tienen que estar bien —murmuré, apretando la mandíbula.Recorrimos la distancia en apenas quince minutos, conduciendo a más de ciento cuarenta. La rabia ardía en mis ojos. ¿Cómo se atrevían?Alessia BianchiEl embarazo me estaba afectando: el cansancio y las náuseas no me dejaban. Me sentía agotada y con hambre constante.Intentaba dormir cuando una explosión me despertó. Había oscuridad en la habitación; parpadeé un par de veces para situarme. Me puse los zapatos y salí a ver qué ocurría.Desde el pasillo, Romero vino corriendo hacia mí.—¿Qué pasa? ¿Qué es ese ruido? —pregunté.—Estamos siendo atacados. Han bombard
—¿Por qué? ¿Qué hizo la pobre mami? —pregunté sonriendo.—Es cruel. Sabía que tu pobre esposo te esperaba y aun así pasaste dos horas hablando —se quejó.—No te preocupes, ahora compensará sus crímenes —respondí, tomándolo por la cintura. Nos perdimos en la mirada, la respiración y el calor del otro.Fue muy tierno y cariñoso conmigo. Siempre le gustó el sexo duro y rudo, pero Pavel no estaba en ese plan ahora; me amó y me cuidó toda la noche, y yo también lo extrañaba. Luego nos dormimos en los brazos del otro.Por la mañana me desperté y él ya se preparaba para ir a algún sitio.—Bebé, sigue durmiendo. Es muy temprano. Tengo una reunión importante y voy con retraso —dijo mientras se ajustaba la corbata. Iba con prisas.—¡Oh, mierda! —exclamó molesto por la prisa. Me levanté de la cama, desnuda, y me puse frente a él para ayudarle con el nudo.—No digas palabrotas ni vuelvas a soltar esas palabras delante del niño, ¿de acuerdo? —le recriminé mientras le ajustaba la corbata.—¿Por qué
Vi una nota dentro de la caja. La tomé con manos temblorosas y la abrí.Felicitaciones a ambos. Van a ser padres. Ahora conocerán el dolor de perder a su hijo. Nos veremos pronto. —Pavel y Alessia.Pavel arrancó la nota de entre mis dedos y la rompió en pedazos. Llamó a los hombres que habían traído el paquete.—¿Quién te dio esto? —preguntó con furia.—Señor, alguien me dijo que era una sorpresa para la señora. No me dijo quién lo envió —respondió el mensajero.Pavel le propinó una bofetada. —Lo recogiste en la casa sin siquiera preguntar quién era. ¡Idiota! —rugió. Y le dio una patada en el estómago.Intentaba escuchar lo que decían a mi alrededor, pero la sangre me daba náuseas; corrí al baño y vomité. Cuando volví a la habitación, me secaba la cara mientras Pavel caminaba inquieto de un lado a otro.—¿Estás bien? —me preguntó, tomándome en brazos.—Sí, estoy bien. No te preocupes —dije, sentándome en la cama.—No te preocupes, bebé. Estoy contigo. No permitiré que le hagan daño a
—No, estaba más preocupado que enojado. Nunca vuelvas a hacer eso, ¿está bien? —me advirtió con firmeza.Alessia Biachi—Está bien —le respondí, asintiendo con una sonrisa. Pero lo que no sabía era que pronto volvería a repetir la historia.Pavel Rostov—En unos meses pareceré un pingüino… o un pato —dijo Alessia mientras estaba recostada en la cama. Intenté contener la risa ante su ocurrencia, pero fue imposible. Las carcajadas se me escaparon y ella me golpeó el brazo con fuerza.—¿Te estás riendo de mí? —preguntó, frunciendo el ceño.—Solo tú eres capaz de hacerme sonreír así. Nadie más puede hacerlo —dije, y una sonrisa se dibujó en su rostro.Estábamos tumbados en la cama, mirando el techo a oscuras, cuando la escuché murmurar otra vez:—Pavel, los niños huelen mal… y hacen mucho ruido. —Se quejó con voz adormilada.—Estoy seguro de que no pensarás lo mismo cuando sean tus hijos —respondí, conteniendo otra sonrisa ante su comentario.—Vamos, prepárate. Todos nos están esperando p







