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Casada con el abogado paralítico
Casada con el abogado paralítico
Author: Lorena G Muñoz

PROLOGO (AVANCE)

last update publish date: 2026-07-09 23:47:23

La ciudad de Londres nunca descansaba.

Ni siquiera cuando la lluvia cubría las calles con un manto gris y las luces de los rascacielos se reflejaban sobre el asfalto mojado. Pero dentro de aquellas paredes de cristal, todo parecía detenido en el tiempo.

Alexander Whitmore levantó la vista del último expediente del día y observó durante unos segundos el horizonte londinense desde el enorme ventanal de su despacho. Desde la planta más alta del edificio, la ciudad parecía diminuta. El incesante tráfico, los taxis negros recorriendo las avenidas y las personas caminando deprisa formaban parte de un paisaje que contemplaba a diario.

Su despacho era tan elegante como sobrio. Estanterías de madera oscura cubrían las paredes, repletas de códigos legales y antiguos volúmenes heredados de generaciones anteriores. Sobre el escritorio de nogal no había un solo documento fuera de lugar.

Alexander era un hombre obsesionado con el orden.

Cada firma, cada cláusula, cada palabra, todo debía ser perfecto. Porque él no permitía errores, nunca. Aquel bufete no era únicamente su lugar de trabajo, era el legado de su abuelo. El hombre que lo había criado desde niño, quien le enseñó que el prestigio no se heredaba, sino que se ganaba con esfuerzo, disciplina y honor. Años atrás, antes de morir, le dejó en herencia Whitmore & Associates, uno de los bufetes más prestigiosos y poderosos de todo el Reino Unido.

Desde entonces, Alexander había dedicado cada día de su vida a proteger aquel apellido y lo había conseguido. Con apenas treinta y cinco años, era considerado uno de los abogados más brillantes del país, los jueces respetaban su inteligencia, sus clientes confiaban ciegamente en él y sus adversarios preferían evitar enfrentarse a él en los tribunales. Nunca aceptaba un caso que supiera que no podía ganar.

La puerta del despacho se abrió suavemente.

—Señor Whitmore, su agenda ha finalizado por hoy. El coche ya lo espera en la entrada. —Alexander cerró el expediente y se levantó con elegancia.

—Gracias, Thomas. —El asistente hizo una leve inclinación de cabeza antes de retirarse.

Alexander se colocó la americana, tomó su maletín de cuero y abandonó el despacho. El edificio estaba prácticamente vacío, solo algunos empleados terminaban su jornada mientras él recorría el largo pasillo con paso firme.

El ascensor descendió en absoluto silencio. Al salir, el chófer abrió inmediatamente la puerta del vehículo.

—Buenas noches, señor Whitmore. —Alexander respondió con un leve movimiento de cabeza y tomó asiento en la parte trasera.

El coche arrancó con suavidad, Londres desfilaba tras los cristales tintados mientras la lluvia comenzaba a intensificarse. Alexander aflojó ligeramente el nudo de la corbata, había sido un día largo. Apoyó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos durante apenas unos segundos.

Entonces ocurrió, primero sintió un brusco movimiento y después, el grito desesperado del conductor.

—¡Los frenos...!

El coche comenzó a deslizarse sin control sobre el asfalto mojado. Alexander abrió los ojos de golpe, las ruedas chirriaban con violencia. El conductor luchaba por mantener el control del vehículo, pero era imposible. Un camión apareció de repente atravesando el cruce, todo sucedió en un instante. El volante giró bruscamente, el coche dio un violento trompo, los cristales estallaron, el metal se retorció con un estruendo ensordecedor.

Y, finalmente… El impacto.

Alexander estaba confuso. Tenía el rostro cubierto de sangre y un agudo pitido le retumbaba en los oídos. Su visión era borrosa y apenas distinguía a las personas que corrían hacia el vehículo destrozado. Intentó moverse, pero su cuerpo había quedado atrapado entre los restos del coche y las fuerzas comenzaban a abandonarlo.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

Varias personas corrieron hacia el vehículo destrozado mientras los equipos de emergencia trataban de abrir la puerta, sin que nadie lo advirtiera, al otro lado de la calle una figura permanecía inmóvil bajo un paraguas negro, observó el accidente durante unos segundos, después sacó un teléfono móvil del bolsillo.

—Ha salido exactamente como estaba previsto.

La llamada terminó, la figura desapareció entre la lluvia y, sin saberlo, Alexander Whitmore acababa de convertirse en el objetivo de una conspiración que cambiaría su vida para siempre.

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