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EPISODIO 2: ZONA CERO

Autor: Rumi Baslan
last update Fecha de publicación: 2026-04-24 13:35:02

RYSA

El jardín de la mansión Botticelli es un lugar de ensueño, con rosales perfectamente podados, fuentes de agua y una brisa fresca que acaricia las hojas de los cipreses. Pero yo no estoy en calma. Camino de un lado a otro como una prisionera en su celda, el corazón galopando en mi pecho me impide la concentración que requiero. Mi mente no deja de repetir la imagen: el golpe certero en la entrepierna de Leon Rossetti. Es absurdo. Es insólito. ¿Cómo terminé aquí, regresando al pasado, en este juego peligroso?

Esta no es una segunda oportunidad cualquiera. Es una lucha por mi vida. Ya sé lo que me espera si me dejo arrastrar por los hilos de la mafia: muerte, caos, sufrimiento y el bebé que nunca nació. Mi padre, mi hermano... todo está en riesgo. Y hay algo más que me atormenta: ¿soy realmente una Botticelli? Esa pregunta me consume como un veneno lento.

—Ry.

La voz ronca y masculina a mis espaldas me saca de mi ensimismamiento. Me giro rápidamente y ahí está Gab, mi hermano mayor, impecable como siempre. Su cabello rubio, perfectamente peinado hacia atrás, refleja la luz tenue del atardecer, y sus ojos, tan azules como el cielo, me observan con ternura.

—¿Estás bien? —pregunta, su tono está cargado de afecto, pero también de preocupación, me lo dice su mirada antes de que su voz lo delate.

—Sí, claro —intento parecer tranquila, pero todo mi cuerpo tiembla, soy como una crisis nerviosa existencial con piernas y brazos.

—Rysa... —Hace una pausa, su mirada se mantiene fija en mí—. ¿Conoces a Davian Rossetti?

Niego rápidamente, casi demasiado rápido.

—No. Solo sé que es el hijo mayor de Perseus Rossetti, uno de los hombres más poderosos de la mafia italiana. He escuchado rumores, pero nada más —me apresuro a decir, incapaz de ocultar mi miedo por esa familia.

Gabriel aprieta los labios, su expresión se vuelve más seria, casi sombría.

—El tipo que vino hoy es Leon Rossetti, su hermano menor. Aunque no es el primogénito, es el más peligroso de los dos, es el capo, tiene, 22 años y ya es portador de uno de los títulos más peligrosos de la pirámide criminal —su voz baja a un susurro, cargado de advertencia—. Rysa, debes mantenerte lejos de él. Nunca debes estar a solas con ese hombre. La gente dice que es... asfixiante, como una sombra que te envuelve, y que muy pocos salen con vida tras encontrarse con él. No es de los buenos, es un asesino.

—Como papá —esclarezco en un tono apenas audible, deseando que no me hubiese escuchado, pero lo hace.

Mi hermano ladea una sonrisa de media luna, pero no una con gracia, sino, una llena de lástima y resignación.

—Como nuestro padre, solo que al menos nosotros, acabamos con quienes se lo merecen, en cambio, los Rossetti, en especial Leon, matan a las personas aun siendo inocentes, no importa si son niños o mujeres, todos deben pagar por igual —sisea y cada una de sus palabras se siente como un golpe en el estómago. Esta vida parece incluso más peligrosa, tal vez eso es porque antes tenía una venda en los ojos y ahora veo las cosas desde la perspectiva real, veo a los monstruos sin máscaras.

Un escalofrío me recorre, pero intento no mostrar mi temor.

—¿Qué hacía aquí, hablando con papá? —inquiero con cautela, fingiendo indiferencia.

No pienso seguir viviendo a las sombras, si quiero mantener a mi familia unida y con vida, tengo que enfrentar esto, tengo que convertirme en una mujer a sangre fría. Sin corazón, con los sentimientos nublados y guardados solo para a aquellos a quienes pienso proteger.

La mirada de Gabriel se oscurece, su preocupación se transforma en algo más profundo.

—No lo sé. Últimamente, nuestro padre me ha dejado fuera de sus asuntos. No me cuenta nada de lo que trama —refuta con las pupilas dilatadas—. Pero esas son cosas que no deben preocuparte.

Antes de irse, me abraza con fuerza, como si quisiera protegerme de algo que no puede controlar.

«Hay, Gabriel, si supieras lo que nos espera si esta vez no actúo como una Botticelli letal, fría y calculadora…»

—Tengo cosas que hacer, pero estaré en tu fiesta —se detiene antes de soltarme y me mira a los ojos, serio—. ¿Estás segura de que no conoces a Davian?

—Por supuesto que no —mi respuesta es casi desesperada.

—Es que cuando tiraste los claveles blancos que él te envió... pensé que lo conocías. Parecías inquieta y temerosa.

—No, Gabriel. Fue una coincidencia —le regalo una sonrisa falsa, pero no importa, en esta familia al parecer, todos somos mentirosos.

Él asiente, aunque parece dudar, y finalmente se marcha luego de darme un beso en la coronilla. Yo, en cambio, me dejo caer en una banca de mármol, sintiendo cómo el peso de esta nueva vida amenaza con aplastarme.

Más tarde, la noche cae, y la mansión se llena de luces y movimiento. Me preparo para mi fiesta de cumpleaños con una mezcla de ansiedad y determinación. Este es el momento para cambiar el curso de mi destino.

El agua caliente de la ducha alivia un poco mi tensión, pero mi mente no deja de correr. Me pongo un vestido rojo, atrevido y elegante, con una abertura en la pierna y un escote en forma de V. Dejo mi cabello castaño suelto, cayendo en suaves ondas sobre mis hombros. Me observo en el espejo y me repito que esta vez será diferente.

Unos golpes en la puerta interrumpen mis pensamientos al instante, y ya sé quién es.

—Adelante —tomo una larga bocanada de aire.

Bella, mi doncella, entra con una sonrisa que no alcanza sus ojos.

—Se ve hermosa, señorita Rysa —arguye, fingiendo admiración.

Sé que miente. Bella siempre fue una buena actriz.

—Gracias. Puedes ir a descansar —hago un ademán con la mano, que la molesta.

Ella parpadea, confundida.

—Pero me dijo que podía asistir a la fiesta —se muerde el labio inferior.

Recuerdo ese detalle. En mi otra vida, fue en esta fiesta donde conoció a Davian y comenzó a sabotearme. No cometeré el mismo error.

—He cambiado de opinión. No puedes asistir. Te veré mañana —me limito a responder.

Bella parece furiosa, pero se inclina ligeramente.

—Feliz cumpleaños, señorita.

—Gracias, Bella —miro su reflejo a través del espejo.

Ella sale de mi habitación, silenciosa, letal, tengo que pensar qué voy a hacer con ella, no puedo quitarle los ojos de encima. Me echo un último vistazo y bajo las escaleras en forma de caracol, son tan amplias que podrían caminar a mi lado cinco personas más.

El salón de eventos está lleno de luces doradas y murmullos de conversaciones elegantes. En cuanto pongo un pie dentro del enorme salón, mi padre me exhibe como un trofeo, recibiendo cumplidos de sus socios. Los hijos de estos hombres me observan con descarado deseo, lo que me hace sentir incómoda.

Busco a Gabriel entre la multitud y lo encuentro coqueteando con varias chicas, su sonrisa es tan encantadora como siempre. Pero entonces lo veo. A lo lejos, Davian Rossetti, al lado de su padre Perseus. Mi cuerpo se tensa, como si una alarma interna se activara. Salgo del salón con una excusa apresurada, diciendo que necesito ir al tocador. Mi padre desaprueba mi elección, sin embargo, no puede hacer nada, impedirlo sería lo mismo que quedar como un padre que no puede controlar a su hija, solo asiente y vuelve a su conversación.

En el baño, me remojo el rostro, intentando calmarme. Cuando salgo, busco aire en uno de los balcones. La noche es fresca, el aire huele a jazmín y humedad. Las manos me tiemblan, Davian, el hombre que amé y que me mató, está abajo, no quiero verlo, no quiero que siquiera pose sus ojos en mí.

—Ni loca dejaré que un encuentro con Davian Rossetti marque mi destino —cierro mis manos en perfectos puños, mirando hacia el jardín iluminado.

Enseguida, una voz ronca interrumpe mis pensamientos.

—Hablas como si mi hermano mayor fuera un monstruo.

Doy un respingo, el corazón está a punto de salirse de mi pecho. Me giro para ver al dueño de esa voz, se trata de Leon Rossetti, apagando un cigarrillo con el zapato. Su mirada gris me atraviesa, fría como una cuchilla. Observo la cicatriz en su ceja derecha, es demasiado apuesto, pero… él podría llevarme a la muerte también.

—¿Acaso no lo es? —respondo, armándome de valor, mostrando una expresión en blanco, ilegible.

Leon sonríe, una sonrisa sin alegría que me pone la piel de gallina.

—No, porque el verdadero monstruo soy yo, Rysa Botticelli.

Se acerca, y mi instinto me grita que corra, pero no me muevo. Sus ojos me sostienen en mi lugar mientras rodea mi cuello con una mano, ¿acaso me piensa matar? De repente, siento algo frío alrededor. Es un collar, un dije con un diamante azul.

—Feliz cumpleaños. —Su aliento a ron roza mi piel, antes de que se marche se inclina hacia adelante, susurrando en mi oído—. Lo conservarás y llevarás puesto todo el tiempo, ¿cierto?

Quiero decirle que no, jamás usaría una joya de una familia que arruinó en el pasado, mi anterior vida, pero su aura es tan pesada, tan penetrante, que compruebo que son ciertos los rumores acerca de que él tiene cierto poder en las personas, le tengo miedo, y mucho. Por lo que asiento con la cabeza.

—¿Lo prometes? —Se aleja; esta vez su rostro permanece cerca del mío, los dedos de su mano, aun en mi cuello, se deslizan por mi clavícula, él me da más miedo que Davian, si no le respondo, no me dejará en paz—. Usa tu boca para contestar.

—Lo prometo —no reconozco mi voz cuando brota de mi garganta.

Por el momento parece satisfecho.

—Bien, creeré en tu palabra, me tomo muy en serio las promesas que me hacen —se aparta, dirigiéndose a la salida, no sin antes mirar por encima de su hombro y anclar sus ojos grises en el diamante que cae sobre mis pechos—. Volveré por lo que me pertenece, Rysa.

Se marcha, ¿a qué se refiere? ¿Al diamante? De regreso al salón, no veo a Leon, solo a Davian, de quien logro escabullirme toda la velada. Cuando la fiesta termina, estoy a punto de retirarme a mi habitación, casi saboreando la victoria al no tener un encuentro con quien sería mi verdugo, hasta que una sirvienta me detiene.

—Su padre la espera en el despacho, señorita.

—Gracias, Martina.

Entro, nerviosa. La luz de la chimenea ilumina a mi padre, sentado detrás de su escritorio. Sus ojos se detienen en el collar que traigo puesto, pero no dice nada.

—Me mandaste llamar, papá —rompo el silencio incómodo que se instala entre los dos.

Noto un tic en su ojo izquierdo, es apenas visible para otra persona que no lo conociera, y eso pasa solo cuando está muy enfadado.

—Quiero presentarte a Davian Rossetti —su tono es frío, calculador.

Antes de que pueda reaccionar, la puerta se abre. Davian entra, acompañado de su padre Perseus. Su mirada azul me analiza, pero se detiene en el collar.

—¿Quién te dio eso? —hay un tinte amargo en su tono de voz.

Abro la boca para responder, sin embargo, otra voz resuena a sus espaldas.

—Fui yo, querido hermano.

Leon entra, y el aire en la habitación se vuelve irrespirable. En especial cuando los dos hermanos se miran con ojos asesinos.

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