INICIAR SESIÓNRYSA
El aire se vuelve hostil a mi alrededor, de pronto, mis piernas parecen no reaccionar a ninguna de mis súplicas mentales, un escalofrío recorre mi espina dorsal y la piel se me eriza. La presencia de Leon Rossetti me congela en mi sitio, en especial cuando da dos pasos adelante, lo suficiente como para que su presencia sea la más poderosa de todos los presentes en el despacho de mi padre.
—Leon —sisea Davian, con el enojo resaltando en sus duras facciones.
Perseus Rossetti, mira a sus hijos con la rabia contenida de una bestia que por muchos años lideró la mafia italiana. Mi padre, quien hasta ahora se mantiene al margen, enciende un puro.
—No estaba enterado de que tus dos hijos estarían presentes —la voz de papá es ronca, es el mismo tono que siempre usa cuando está furioso, tratando con enemigos.
—Bueno, qué mejor regalo que una partida doble —añade Rossetti.
Debo tener cuidado, estoy rodeada de tres de los hombres que, en un futuro, podrían arruinar mi vida. Los Rossetti. Las miradas de los patriarcas de cada una de las familias, son pesadas. Mi padre parece indicarle a Perseus que tome asiento; este lo hace, al tiempo que mi padre sirve dos tragos.
—Rysa, esos no son modales, saluda —sisea mi padre.
Observo a cada uno de los presentes, levanto el mentón y elevo las comisuras de mis labios en dirección al cielo, un símbolo de poder, de autoridad que nunca demostré antes.
—Es un placer conocer a la familia Rossetti en persona —digo en tono neutro.
Mi padre trata de aparentar que no me presta atención, pero lo hace.
—No nos perderíamos tu cumpleaños, querida. Por cierto, Davian tiene un regalo para ti —Perseus me mira con ojos filosos. Me pregunto si esa mirada es la misma que les muestra a sus enemigos, antes de matarlos.
Davian se acerca a mí, sus ojos siguen fijos en el collar que adorna mi cuello, y que se siente como si trajera un pesado y mortal grillete. Sostengo la respiración cuando él llega hasta mí, tenso, me muestra una cajita de terciopelo rojo, la abre y observo un hermoso collar de perlas. Por un segundo me congelo. Y es que el Davian de mi otra realidad, jamás tuvo un gesto como este, nunca me regaló algo en mi cumpleaños, y si lo celebrábamos, era para aparentar.
—Permíteme ponerte esta joya familiar —sonríe.
No quiero, no obstante, mi padre parece leer mis pensamientos una vez más, y me lanza una discreta mirada furtiva. Antes de que pueda responder, Leon Rossetti se coloca detrás de mí, deteniendo mis manos. Su tacto me eriza la piel.
—Hermano, es de muy mala educación, querer quitar el regalo de alguien más —su voz es ronca, demasiado varonil—. Rysa ya tiene mi collar puesto.
Toma la caja que descansa todavía en las manos de Davian y la cierra.
—¿No es así, Rysa? —Su aliento roza mi nuca, se inclina hacia delante y puedo sentir su presencia más cerca de lo que me gustaría—. Aún me duele el golpe que me diste.
Desciende su voz al grado de que solo yo, pueda escucharlo. No muestro emoción alguna, no delante de los hombres que acabarán con mi familia, si no me convierto en un arma que los pueda acabar, antes de que den el golpe final.
—Cierto —recupero mi compostura—. No es propio.
Agarro la caja de terciopelo de las manos de Davian, esbozando en mi rostro, la sonrisa más falsa que tengo.
—Es hermoso, muchas gracias, señor Rossetti.
Su rostro parece relajarse, me devuelve la sonrisa y me observa de pies a cabeza.
—Puedes llamarme, Davian, te ves muy exquisita.
Corto el contacto visual con él.
—Agradezco el cumplido —respondo con indiferencia.
Se hace un nuevo silencio ensordecedor, sé por qué estoy aquí. La presencia de Leon Rossetti, ha cambiado las cosas, no están sucediendo como ya las viví, no obstante, parece que el objetivo es el mismo. Aprovecho la tensión de la estancia y me aparto de los hermanos, dirigiéndome hacia mi padre.
—Estoy cansada, me retiro.
—No —espeta con firmeza—. Estás aquí por una razón: te casarás con Davian Rossetti.
Me quedo sin aliento, no, no otra vez.
—Para mí, es un placer tenerte como prometida, Rysa —se acerca Davian, demasiado para mi gusto.
Se coloca a mi lado y no puedo evitar pensar en la última imagen que tengo de él, en su sonrisa de satisfacción, mientras la hoja de la daga que me clavó en el vientre, se abría paso en mi cuerpo, matando lo que por muchos años había deseado tener, y eso es un hijo. No puedo evitar mirarlo con odio, el suficiente, al parecer, para que él frunciera el ceño y viera en sus ojos la confusión.
—Temo que eso no sucederá —Leon se coloca a mi izquierda, dejándome en medio de ambos—. Estoy interesado en tu hija, Enrique, quiero que sea mi esposa.
La sangre se me hiela, no, esto no sucedía. Miro a mi padre, quien parece fascinado al tener a dos Rossetti rendidos a mis pies, interesados en mí, en especial, al capo. Si él supiera lo que pasaría si acepto la unión con Davian, estoy segura de que ese brillo de malicia que hay en sus ojos, desaparecería en un segundo. Él no es el único que tiene una reacción silenciosa. Perseus parece desconcertado.
—¿Te interesa mi hija? Leon.
—Sí.
—¿Qué estás tramando, hermanito? —El tono irónico de Davian parece alterar más a su padre.
—Cuida el tono con el que te diriges hacia mí, soy tu capo, que no se te olvide —responde Leon, sin mirarlo.
Giro mi atención a mi padre, quien ha recargado su peso en el respaldo de su silla de cuero.
—Bueno, me parece que lo correcto es dejar que sea Rysa quien tome esa decisión.
Miro con sorpresa a mi padre, en especial porque nunca me deja tomar decisiones en nada. Por lo regular, él siempre elige; al parecer, está dejando en mí que elija a Davian sobre Leon, está tan seguro de su dominio. Si quiero demostrar que estoy a la altura de un Botticelli, debo tomar mis propias decisiones. Esta vez no voy a permitir que el mundo dirija mi vida.
—Agradezco su presencia en mi cumpleaños —me aparto de ellos—. Los regalos de ambos son espectaculares. Pero me temo que me veo obligada a rechazarlos a ambos.
La seriedad en el rostro de mi padre, merece ser esculpida en oro, con esa expresión ilegible, mientras que Perseus me observa con indignación. Davian parece confundido con mis palabras y Leon… él solo estudia cada uno de mis movimientos, no hay interés, no hay nada en sus ojos cuando se enfocan en mí.
—¿Qué dices, niña? —Perseus se pone de pie, molesto.
—Lo que escuchó —respondo con seguridad—. No pienso casarme con ningún Rossetti. Si me disculpan, estoy cansada. Que pasen una buena noche.
Antes de que me puedan detener, salgo del despacho de mi padre. El corazón me late tan rápido, que por un momento pienso que se saldrá de mi pecho. Subo las escaleras corriendo, temerosa de que me puedan detener, de que mi padre mande a uno de sus hombres y me regresen al despacho. No lo hace, no sucede nada. Giro la perilla de la puerta de mi habitación, y al hacerlo, un olor familiar pica mis fosas nasales, un olor que conozco bien, esa loción solo puede ser de una persona.
—Gab.
Entro, mi hermano mayor se encuentra sentado en una de las orillas de mi cama, está distante, preocupado por algo. En mi otra realidad, él siempre llevó a cuestas el peso que dejó mi padre en los negocios. Él es bueno, pero le hace falta un poco más de crueldad cuando se trata de quitar del camino a uno de nuestros enemigos.
Parece darse cuenta de mi presencia y al levantar la mirada, su rostro se enciende como árbol de Navidad.
—Te ves hermosa, Rysa —se pone de pie.
—Gracias.
No puedo evitarlo, dejo el collar de Davian sobre uno de los muebles, corro a sus brazos y escondo mi rostro en su pecho, respiro con profundidad su olor, me aferro a él con fuerza y de inmediato me envuelve entre sus brazos. Quiero decirle que me hizo tanta falta todos estos años, que deseé abrazarlo muchas noches en las que la soledad a la que me sometía Davian, me invadía.
—¿Qué pasa, Ry?
—Nada, solo que te quiero.
—Estás actuando raro —me aparta con delicadeza, acunando mi rostro con su mano—. ¿Para qué te quería ver nuestro padre?
El momento se rompe y me aparto de él.
—Quiere que me case con Davian Rossetti —confieso con lentitud—. Pero eso ya lo sabías.
Su gesto se endurece.
—Sí.
—¿También estabas enterado de que Leon Rossetti se propondría como mi segundo pretendiente? —me cruzo de brazos.
No, no lo sabía, la sorpresa de mi hermano no se puede ocultar tras su fachada de hombre duro.
—¿Leon Rossetti? —parece incrédulo—. ¿El capo de la mafia italiana? ¿Estamos hablando del mismo hombre cruel y que nunca sale con una mujer por más de dos semanas?
—Sí —me aparto y me quito los tacones—. El mismo Leon.
—Rysa, debes estar confundida, Leon Rossetti jamás se comprometería con…
Lo miro.
—Dilo —pongo las manos en jarras—. Una niña como yo, ¿no?
—No estoy diciendo eso, ya no eres una niña, es solo que a él se le ve con mujeres… de la mafia, nunca ha tenido una relación con ninguna. Me cuesta trabajo aceptar que un hombre como él, esté interesado en una chica inexperta como tú.
—Gracias por lo que me toca —ironizo—. De cualquier modo, rechacé a ambos hermanos, le dije a papá y a Perseus, que no me casaría con ningún Rossetti.
En cuanto esas palabras salen de mi boca, el rostro de mi hermano se llena de líneas de preocupación.
—¿Qué?
—Lo que oíste, rechacé casarme con alguno de ellos. Mi padre dijo que eligiera y eso hice, no me voy a someter a un Rossetti. Elijo a mi familia, pero, sobre todo, me elijo a mí.
«No voy a cometer los mismos errores dos veces»
—Tu matrimonio, aunque yo no apoye la idea, nos beneficia, Rysa.
Frunzo el ceño.
—Pues no me caso con ninguno, encontrará papá una manera de solucionar todo.
—No la hay —merma el espacio entre los dos y toma mi rostro entre sus manos—. No me agrada la idea de que te cases con un Rossetti, créeme, pero lo necesitamos.
Me quedo callada. Prefiero matarme, antes de portar un anillo con el emblema de la familia más peligrosa de toda Italia.
—En fin —suelta un largo suspiro—. Te tengo un regalo.
Saca una enorme caja con un moño dorado.
—Feliz cumpleaños, hermanita —sonríe.
Como niña pequeña, abro la caja y observo que se trata de otro collar; esta vez, es uno con un diamante rojo en forma de gota.
—Es hermoso —susurro.
Mis ojos se llenan de lágrimas, creí que nunca lo volvería a ver o tener en mis manos. Este es el collar que Davian me arrancó del cuello en nuestra luna de miel, diciendo que ahora formaba parte de los Rossetti, y que no necesitaba de las joyas de mi familia. Nunca más lo volví a ver.
—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras, Ry? ¿No te gusta?
Niego con la cabeza.
—Es perfecto —digo mientras me ayuda a ponérmelo—. Lo voy a llevar siempre conmigo.
Esboza una sonrisa.
—No es para tanto.
Volteo y lo abrazo con fuerza.
—Todo lo que venga de tu parte, será la cosa más importante para mí, Gab —musito por lo bajo.
—Hoy estás actuando un poco extraño —me da un beso en la frente—. Te veré mañana, ¿quieres? Descansa.
—Vale.
Gabriel se marcha y sonrío como una idiota. Aunque, mi felicidad dura poco, tengo que planear bien mis estrategias, no me puedo permitir caer en las garras de los Rossetti, tengo que encontrar una solución a los problemas de mi padre y proteger a Gabriel. Ahora es mi turno de protegerlos.
Me doy una ducha de agua caliente, enrollo una toalla a mi cuerpo, necesito dormir, estoy a nada de ir a mi closet. Cuando llaman a la puerta, pensando en qué debe ser Gabriel, le doy el paso.
—¡Entra! Enseguida me cambio…
La puerta se abre, pero no es mi hermano Gabriel quien aparece debajo del umbral, no. Es…
—Davian —ajusto la toalla a mi cuerpo—. ¿Qué haces aquí?
Sus ojos recorren mi cuerpo húmedo, cierra la puerta a sus espaldas, y dice:
—Tenemos que hablar, Rysa Botticelli.
Una vez más, me encuentro sola con el hombre que aún puede arruinar mi vida, si no muevo las fichas del tablero.
RYSANo tengo idea de lo que hago en el auto de Davian, hace más de dos horas que salimos de mi casa, no hemos cruzado una palabra desde entonces, es incómodo, más cuando escucho el sonido ligero de su respiración a mi lado, me pregunto si él podrá escuchar el tambor de los latidos de mi corazón. El miedo me invade, después de todo, él sigue siendo aquel hombre que no tuvo piedad de mí, mucho menos de la vida que se estaba gestando en mi interior. Ese recuerdo me sigue aplastando el pecho, creo que nunca lo voy a poder superar. Veo los árboles negros perderse detrás de nosotros, la oscuridad de la noche se los va tragando conforme avanzamos. Las luces delanteras de su auto es lo único que ilumina el camino, dentro de la espesa carretera, no hay luna, no hay estrellas, solo nubes grisáceas que anuncian una lluvia repentina. Esto ya no me gusta nada, es un Rossetti, no me debo olvidar de eso, tal vez quiera matarme como ya lo hizo, no le tembló la mano antes, ahora, no creo que sea m
RYSANo pude dormir en toda la noche, me sofoca la decisión que tomé, pese a tener una nueva oportunidad, se siente como caminar directo a la horca. Todos son mis enemigos, quiero proteger a los míos, sin embargo, me cuesta hacerlo cuando ellos me ocultan muchas cosas, una de ellas es mi verdadero origen.«No puedo pensar en eso, primero tengo que asegurar la vida de mi padre y hermano. Después, me encargaré de conseguir más información acerca de mis verdaderos padres»El día va empezando y ya se siente igual que el inicio de una película de suspenso. Observo la hora que marca el reloj digital sobre el mueble a un costado de mi cama, son las once de la mañana, jamás me había permitido despertar tan tarde, sin embargo, después de la horrible noche llena de pesadillas, ameritaba más descanso. Tomo una bocanada de aire, me levanto, me doy una ducha y me visto, saliendo de mi habitación, el aire se comprime en mis pulmones, tengo mucho qué planear, en especial, el cómo daré la noticia de
LEONEl ardor no desaparece, la insolencia de la menor de los Botticelli enardece mi genio, la nula paciencia con la que nací, es un acto reflejo de mi necesidad por asfixiarla hasta que su piel se tiña de un azul turbulento. Ella me ha desafiado al haber invitado a Davian a una estúpida cena con su sirvienta. Tendrá que pagar las consecuencias de sus errores, y el costo será muy elevado. No, eso no es lo que más me molesta, sino, el hecho de que haya perdido mi valioso tiempo, de estar comportándome como un crío detrás del coño de una mocosa virgen. Soy el capo, lo que quiero lo consigo, y ella no es la excepción, ella solo es el daño colateral de un plan que llevo fraguando desde años, Davian, mi hermano, es el verdadero obstáculo. Mi padre le ha dado demasiada libertad, una que yo mismo pienso arrancársela con mis propias manos. —Regresa. Miro a Evander, a mi lado, limpiando su daga cubierta de sangre, con un pañuelo blanco. —No estás aquí —gruñe, él siempre está de mal humor.
RYSAEs un desastre, un maldito desastre por culpa de Leon Rossetti, quien, al parecer, no hace otra cosa más que meterse en mi camino, arruinar todo lo que he estado construyendo para evitar que mi familia caiga en desgracia. Comienzo a creer que fue mala idea haber hecho un trato con él. Y ahora está aquí, delante de mí, con ojos asesinos mirando a su hermano mayor.El ambiente se vuelve tenso alrededor de ellos, el silencio que hay es asfixiante, me doy cuenta de que tengo las manos en puños. Ya no hay nada que pueda hacer, por lo que tomo una bocanada de aire y empujo mi sonrisa más falsa.—La invitación no te llegó porque no estabas contemplado, esta noche es solo mía, hermano —es Davian quien se me adelanta.Si Davian esperaba una reacción de Leon, se equivoca, no se mueve, su rostro es apacible, ilegible, lo único que te hace pensar que es un ser humano, es el fuego de odio en sus ojos. No responde, al contrario, se pasa dos dedos de su mano por debajo de su barbilla.—No neces
RYSADeslizo los dedos de mi mano sobre la suave seda de mi camisón, mirando la luz de la luna que se filtra a la habitación, la tela se desliza sobre mis hombros, dejando mi cuerpo al desnudo. —¿Quieres venir a la cama? No tengo todo el maldito tiempo del mundo —dice Davian a mis espaldas. Mi esposo. Lo miro por encima del hombro, me siento tan cohibida, hace más de seis meses que no me toca, pero hoy sí, llegó ebrio, diciendo que, en su reunión con un par de socios, fue la burla de la noche, al parecer, por no tener hijos todavía. Él me culpa, pero es él quien no ha querido hacerme suya. Soy su esposa, aun así, me mira como si fuera su mayor enemiga. Nunca me presta atención, incluso ahora, que permanece sentado sobre la cama, su espalda chocando contra el respaldo de la cabecera, frotándose el miembro con una mano porque al parecer, no le excito lo bastante como para que tenga una erección. Ni siquiera repara en mi desnudez. —¡Maldición! —gruñe con frustración—. ¡Móntame, a ver
RYSA“Todavía no, Rysa Botticelli, tu sufrimiento apenas comienza”Abro los ojos de golpe, con el corazón acelerado, cada una de mis extremidades adormecidas, y un miedo casi palpable. Una gota de sudor frío se desliza por mi frente, me incorporo rápido, sintiendo que todo me da vueltas como consecuencia. No, no fue un sueño, fue real. Leon Rossetti estuvo en mi habitación, su olor a loción sigue impregnada en el ambiente. Miro a mi alrededor, sigo en mi habitación, nada ha cambiado, las luces siguen apagadas, solo la luz de la lámpara esquinada, es lo que ilumina los espacios.Remojo mis labios, tratando de reunir las piezas del rompecabezas, miro la hora que marca el reloj digital sobre la mesita de noche; 5:00 am. Respiro con profundidad, buscando mi celular, este descansa a mi lado, lo desbloqueo, buscando las imágenes que me mandó, no hay nada, ni un rastro o registro de que el Capo me hubiese mandado mensajes o me hubiera llamado.No lo imaginé, no estoy loca, si ese es su plan,







