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Capítulo 4

Autor: Lucio
Ante la absurda exigencia de su esposa, Bruno se plantó en su negativa de inmediato:

—¡Es imposible! No estoy mintiendo. El resultado de la prueba es real, lo que significa que tus malditos cuernos también lo son. Me traicionaste de la peor manera, Lorena. Nuestro matrimonio ya no tiene sentido, nos vamos a divorciar y punto.

—¡Bruno, te estoy hablando por las buenas y tú me sales con esa actitud! ¿Acaso ya se te olvidó quién soy? ¿De verdad vas a colmar mi paciencia?

El tono de Lorena se volvió agresivo otra vez. Mostraba ese aire de superioridad que siempre adoptaba para pisotearlo y obligarlo a ceder.

Bruno guardó silencio, pero por dentro sentía una profunda decepción. Había llegado a pensar que, al ver las pruebas, ella aceptaría hablar con la cabeza fría para divorciarse en paz, en lugar de intentar intimidarlo como si fuera un niño.

Al ver que él no respondía, Lorena creyó que por fin lo había domado. Suavizó un poco la voz y continuó:

—Bruno, no quiero estar peleando contigo. Vine a pasar la noche al hotel para acompañarte, salimos a comer juntos y ahora me tragué mi orgullo para hablar contigo con calma. Ya te di demasiada consideración, así que no estires más la liga. Pídeme disculpas de una vez y vámonos a la casa.

"Quiere que agache la cabeza en todo y que sea un pobre cornudo sonriente...", pensó Bruno, tragándose la rabia antes de contestar:

—Lorena, yo no hice nada malo. La que arruinó todo fuiste tú, ¿por qué carajos me estás obligando a pedirte disculpas a ti?

—No, Bruno, el que está mal de la cabeza eres tú.

—¡Yo no estoy loco! Sé perfectamente lo que vi en esa prueba de ADN. Si no me crees, ve y hazte una tú misma.

—¡Eso mismito voy a hacer! Pero dime, Bruno, ¿tienes idea de la burrada que cometiste? Fuiste a hacer esa porquería a escondidas, a mis espaldas. ¡Tomaste una decisión tú solo! ¿No te das cuenta del daño que le estás haciendo a nuestro matrimonio, a esta familia y a las niñas con tus malditas desconfianzas?

Bruno sintió ganas de reír ante semejante cinismo:

—No le he dicho nada a nadie, Lorena. Si quisiera joderte, ya habría buscado a tus padres para que vieran la clase de hija que tienen, o ya te hubiera metido la demanda de divorcio.

Bruno la miró con desprecio y continuó:

—Ahora me sales con que la infidelidad destruye a la familia y a las niñas... ¿entonces por qué carajos lo hiciste? Si ya no me amabas, me lo hubieras dicho en la cara y yo me largaba sin pedirte un solo centavo, sin causarte problemas. Pero preferiste engañarme una y otra vez. Jamás me tuviste el más mínimo respeto.

Lorena vio que Bruno estaba completamente alterado y terco, cerrado a cualquier explicación. Si seguían gritando así, los meseros del salón privado iban a terminar escuchando todo y se armaría un chisme de lo peor.

Así que le hizo una seña con la mano para frenarlo:

—Este no es lugar para armar un circo. No vamos a seguir discutiendo aquí. Primero nos vamos a la casa y allá hablamos.

—¿A la casa? ¿A cuál casa? Esa mansión es tuya, yo no pinto nada ahí.

Bruno se negó rotundamente. Su esposa le había puesto los cuernos y las tres niñas que había criado no llevaban su sangre. Si todavía le quedaba un gramo de dignidad, ¡no pensaba regresar! Su decisión de divorciarse era irrevocable y lo único que quería era no saber nada más de ella lo antes posible.

—¡Si no pones un pie en la casa ahora, no vuelvas nunca más!

Esta vez Lorena se enfureció de verdad. Soltó la amenaza y se largó sin mirar atrás.

Bruno todavía tenía la cabeza pesada por el alcohol, así que caminó hacia un hotel cercano, pidió una habitación, apagó el celular y se tiró a dormir de corrido.

Se despertó a las ocho de la noche. Comió algo rápido y regresó al bar de la noche anterior.

Quería devolver el dinero. Porque ya había reconocido que la mujer de cabello corto que lo había ayudado a registrarse era la dueña del lugar, y como ella se había hecho cargo de la cuenta del hotel y del depósito, Bruno iba a pagarle lo que le debía.

Para su sorpresa, justo en la entrada se topó con Miguel Lara, su compañero de la universidad y colega del hospital.

Miguel venía con una mujer infartante colgada de su brazo, con el cuerpo completamente pegado al de él.

Bruno estuvo a punto de saludarlo, pero Miguel volteó la cara de inmediato, fingiendo que no lo conocía. Fue entonces cuando Bruno cayó en la cuenta: con la reputación y el cargo de Miguel en el hospital, que lo vieran en un lugar así con otra mujer era lo menos conveniente.

Al recordar lo cerca que estuvo de cometer una locura anoche, a Bruno le entró un frío por la espalda. Si la mujer que se lo había llevado hubiera querido ponerle una trampa, a estas horas estaría completamente arruinado.

Se quedó ahí parado, con el ánimo por el suelo, mientras veía a Miguel subir con la tipa a un BMW para perderse en la noche.

En la universidad, Miguel siempre había tenido las peores calificaciones. Y cuando entraron al hospital, Bruno era mil veces mejor médico que él.

Sin embargo, ahora las cosas se habían invertido: Miguel ya era el subdirector del área de hospitalización, es decir, su jefe directo.

En la casa, su esposa lo había agarrado de pendejo durante dieciséis años. Y en el trabajo, terminaba mangoneado por un incompetente que no le llegaba ni a los talones. Mientras más lo pensaba, sentía que la rabia y la humillación lo consumían en silencio...

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Último capítulo

  • Cenizas del orgullo   Capítulo 30

    Bruno llamó a Lorena, pero su celular estaba apagado. Tampoco localizó a Sofía, así que fue directo a la delegación.—Señor Herrera, qué sorpresa. Si hubiera sabido que Paula era su hija, la habría mandado a su casa.La oficial de guardia lo reconoció y lo recibió amable. Bruno, sintiéndose avergonzado, saludó brevemente y siguió el proceso. Al revisar el registro, vio que Paula había escrito que él era su padrastro, lo que le dio otro golpe en el corazón.El motivo del arresto fue robo. O mejor dicho, la confundieron con una ladrona. Se había metido a un club exclusivo, la seguridad la atrapó y, como no llevaba identificación, la entregaron a la policía.En el auto, Bruno se mantuvo en silencio. Decidió llevarla a casa de sus abuelos. Como se había escapado de la escuela, si la regresaba con Lorena la iban a regañar. Además, él tampoco quería ver a Lorena.—Bruno, ¿sabes por qué hice esto? Quería buscar a mi verdadero papá. Mi mamá tenía una cena anoche y no regresó, ¿a dónde crees qu

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