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Capítulo 3

Author: Lucio
Lorena era una mujer espectacular. Los años no habían hecho más que asentarle el encanto y la sensualidad de una mujer madura.

Al ser la mujer más rica y poderosa de la región, el dinero le sobraba, y los hombres dispuestos a todo por ella, también.

¡Pero una cosa era que le llovieran pretendientes, y otra muy diferente era que tuviera amantes con quienes revolcarse!

La prueba de ADN no mentía, la ciencia era exacta. Si esas tres niñas no llevaban su sangre, significaba que Lorena le había puesto los cuernos de la manera más vil.

Bruno no esperaba que ella le confesara sus trapos sucios de buenas a primeras, pero tenía los papeles en la mano para cantárselas en cualquier momento.

Y como era de esperarse, ella no cedió. Miró a Bruno con una sonrisa burlona:

—¿Y ahora qué te pasa? ¿Desde cuándo eres tan inseguro? Te estás rebajando demasiado, Bruno, y me estás subestimando a mí también.

—Tal vez —replicó él, sosteniéndole la mirada—, pero cada vez estoy más seguro de que me juegas la vuelta y te acuestas con cualquiera. ¡Me has estado viendo la cara de idiota todo este maldito tiempo!

—¡Qué estupideces estás diciendo! Tus chistecitos tienen un límite, Bruno, no hables a la ligera. Si sigues con eso, me voy a enojar de verdad.

—¡Lo sabía! ¡No ibas a dar el brazo a torcer hasta que te diera en la cara con las pruebas! Lorena... ¿cómo me vas a explicar esto?

Bruno no pudo contenerse más. Sacó la arrugada prueba de ADN de su bolsillo y se la arrojó a Lorena sobre la mesa.

Al ver el encabezado del papel, la sonrisa de Lorena se congeló por completo. Su mirada se volvió fría y cortante en un segundo.

Sin perder un ápice de su arrogancia, tomó el documento, lo rompió a la mitad, lo hizo pedazos sin parpadear y sentenció:

—Mi amor, ya estuvo bueno de bromas. Ya me divertí, ahora vámonos a la casa.

¿Qué carajos significaba eso? Bruno se quedó inmóvil. Ya se esperaba una reacción así y no pensaba caer en una discusión estúpida:

—¿Sabes qué? No me quedé con la duda. Hice tres pruebas diferentes en los laboratorios más reconocidos de Lucana. Es más, mandé muestras a clínicas privadas de forma anónima para que no hubiera cabos sueltos. Y todos los malditos resultados dicen lo mismo: Paula no es mi hija. ¡Esa niña es el resultado de tus porquerías con otro hombre!

—Bruno, tú...

La cara de Lorena se endureció por completo. Clavó sus ojos en él, escudriñándolo con una furia contenida:

—¿Te atreviste a actuar a mis espaldas?

De inmediato, Bruno sintió esa presión asfixiante que venía de su esposa, la mujer que siempre había llevado los pantalones en la relación.

En el pasado, él habría agachado la cabeza con tal de llevar la fiesta en paz, pero hoy no pensaba seguir aguantándole sus desplantes.

No se acobardó ni dio un paso atrás. Le sostuvo la mirada fija y le espetó:

—Paula tiene quince años. Sumando los meses de embarazo, van dieciséis años. ¡Me viste la cara de idiota durante dieciséis años enteros!

—Bruno, me parece que el alcohol te fundió el cerebro para que estés diciendo semejantes estupideces. ¡Te largas a la casa ahora mismo a dormir la borrachera!

—¿Quién carajos te crees que soy? No voy a volver a pisar esa casa. Es más... ¡quiero el divorcio!

Bruno apretó los dientes, soltando esa palabra que llevaba años atragantada.

—¿Divorcio? ¿Tú pidiéndome el divorcio a mí? Estás completamente loco, perdiste el juicio.

Lorena se puso rígida, furiosa por el atrevimiento. Al ver que Bruno ni parpadeaba y que parecía no importarle nada de lo que ella dijera, se dio la vuelta y salió del salón azotando la puerta.

Bruno soltó el aire que tenía contenido y se tocó la frente. La tenía helada, empapada en sudor. Era la primera vez en su vida que se le plantaba en seco a su poderosa esposa.

Él era un simple médico de guardia, sin dinero ni influencias, mientras que ella pertenecía a la alta sociedad y era la mujer más rica de Lucana.

Con una diferencia de poder tan grande, pedirle el divorcio era declararle la guerra. Si ella se lo proponía, podía hacerle la vida de cuadritos y hundirlo para siempre en esa ciudad.

Pero Bruno no pensaba cruzarse de brazos y tragarse la humillación de criar hijos ajenos.

Después de conocer la peor cara de Lorena, ya no le importaba salvar el matrimonio. Solo quería el divorcio para empezar de cero.

Poco después, la puerta se abrió y Lorena volvió a entrar. Esta vez, se acercó con un tono extrañamente tierno y le dijo:

—Bruno, pídeme disculpas y acepta que se te soltó la lengua por los tragos. Prométeme que no vas a volver a mencionar la palabra divorcio y que vas a dejar el alcohol. Si lo haces, aquí no ha pasado nada. Seguiremos siendo el matrimonio perfecto de siempre, felices los dos, y aquí no ha pasado nada.

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