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Capítulo 5

Author: Lucio
Bruno entró al bar y buscó a la dueña. Al ver que la mujer tenía una larga cabellera negra y ondulada, volvió a dudar de la información que le dieron en el hotel.

Y así fue. Cuando él le ofreció devolverle lo de la habitación y el depósito, la dueña soltó una carcajada y se negó. Le aseguró que ella no lo había llevado a ningún lado y, de paso, empezó a coquetearle: le dijo que si hubiera querido acostarse con él, lo habría hecho ahí mismo en su oficina, sin tanta vuelta. Además, le aclaró de forma burlona que a ella solo le gustaban los jovencitos de dieciocho años, no los maduros como él.

Eso dejó a Bruno sin palabras. Intentó pedirle que le dejara ver las cámaras de seguridad del bar, pero la dueña le contestó de mala gana que esas cosas eran de puro adorno. No pensaba mover un dedo para ayudarlo.

Bruno regresó a su auto con el ánimo por los suelos. Miró fijamente el mensaje en su celular y pensó: "¿De verdad se lo habré mandado a Lorena inconscientemente?"

Manejó hasta otro hotel para pasar la noche. Una vez en el cuarto, volvió a sacar la prueba de ADN y se dio una bofetada con fuerza. El golpe le ardió en la mejilla, obligándolo a asimilar que esa pesadilla era su maldita realidad.

Le mandó un mensaje directo al director del área para pedir unos días libres. En el estado en que se encontraba, si se ponía a atender pacientes, lo más seguro era que terminara cometiendo una negligencia médica.

Al pensar en el puesto tan insignificante que ocupaba en el hospital, una profunda amargura lo invadió. En sus años de universidad, se había graduado con un promedio casi perfecto antes de entrar a trabajar ahí. ¿Cómo había terminado así?

Apenas dos años después, Bruno ya tenía su cédula profesional, una maestría y una plaza fija en el hospital. Tenía un futuro brillante por delante.

Sin embargo, Lorena se cruzó en su camino. Se enamoró perdidamente de ella, se casaron y formaron una familia. Como los Braga eran una familia de dinero y poder, a Lorena su trabajo de médico le parecía insignificante y le exigió que se enfocara en el hogar para cuidar a las niñas.

Por eso, tras apenas un año de doctorado, Bruno congeló sus estudios y dejó de buscar ascensos. Si no hubiera sido por el orgullo de seguir ejerciendo su profesión, casi se traga el consejo de su esposa de renunciar para quedarse de amo de casa.

¿Y cuál había sido el maldito resultado? Su esposa le había puesto los cuernos, las niñas no eran suyas y lo habían agarrado de pendejo. Más de diez años de entrega absoluta se habían ido directo al caño.

Le dolía hasta el alma. Se sentía tan humillado que no quería ver la luz del sol.

Tras pasar unos días encerrado en ese hotel, una noche, el clic de la puerta lo hizo reaccionar. Alguien había usado la tarjeta de acceso. Su esposa, Lorena, entró sin pedir permiso.

—Bruno... no vas a la casa y tampoco te has presentado a trabajar. ¿Qué carajos haces escondido aquí?

Lorena paseó la mirada por la habitación. No había rastro de otra mujer y todo estaba relativamente en su sitio.

Solo en la mesa de centro se veía un envase de comida para llevar a medio terminar. Su esposo estaba tirado en la cama, con los ojos fijos en la televisión que pasaba una película vieja.

Al ver el aspecto tan decadente de Bruno, a Lorena se le revolvió el estómago de la pura rabia. Le fastidiaba verlo así.

Bruno tampoco se molestó en disimular su desprecio:

—Es mi vida y hago con ella lo que se me da la gana, ¿a ti qué te importa? Ya te lo dejé claro la última vez: nos vamos a divorciar y ya no tengo nada que ver contigo. Ya que viniste, firma esto. Mañana mismo lo hacemos oficial.

Se levantó de la cama, sacó dos copias del acuerdo de divorcio de su maletín y se las puso enfrente a Lorena.

—Tú... hasta preparaste los papeles. ¿De verdad vas en serio con esto del divorcio?

Lorena jamás imaginó que Bruno seguiría terco con el asunto. Ella no había ido ahí para divorciarse, sino para obligarlo a doblar las manos y hacer que regresara a la casa.

Bruno habló con una firmeza que no admitía réplicas:

—¿Acaso no te quedó clara la prueba de ADN? Paula no es mi hija, la tuviste con otro. Me pusiste los cuernos y te burlaste de mí, así que este divorcio se hace sí o sí. Las condiciones están en el acuerdo, léelas bien.

Lorena replicó de inmediato:

—Paula es tu hija y punto. Yo jamás te he engañado, Bruno. Mide tus palabras, no puedes ir por la vida inventando semejantes calumnias...

—¡Pues te lo digo y te lo repito, Lorena! Me pusiste los cuernos, ¡y Paula es una bastarda que tuviste con uno de tus tantos amantes! Sostengo cada una de mis palabras y asumo las consecuencias. ¿Y tú? ¿Vas a tener los pantalones de admitirlo de una buena vez?

Bruno no se achicó. Él no le debía absolutamente nada a ella. Al contrario, Lorena era la que estaba en deuda con él.

Lorena frunció el ceño:

—¿Admitir qué? Yo no te he engañado, Bruno, no tengo nada que confesar.

—¡Ya no hay nada más que hablar! Revisa el acuerdo de una vez y, si estás de acuerdo, firma.

Lorena empezó a hojear las hojas. Estaba furiosa y no tenía paciencia para andar leyendo tanta palabrería legal, pero en cuanto sus ojos se toparon con las cifras de dinero, se puso en alerta máxima.

Clavó la mirada fija en Bruno, incrédula:

—¿Qué? ¿De verdad pretendes que te pague ciento sesenta millones de dólares?

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