LOGINDurante cinco años, Wren ha estado casada con el alfa Kael Drayton por conveniencia, no por amor. Se decía a sí misma que amarlo era suficiente, aunque él jamás le correspondió. Construyó su imperio con sus propias manos, dirigió su empresa y nunca pidió más que una migaja de su atención a cambio. En su quinto aniversario, por fin obtuvo su respuesta: una silla vacía en la cena y una sonrisa en el rostro de él que nunca estuvo destinada a ella, sino a una mujer de su pasado. Lo que él no sabe es que ella ya no lo desea, cansada de esperar por su afecto. Ahora Wren quiere salir de allí, pero Kael no la dejará ir, porque jamás ha tenido que imaginarse un mundo donde ella no esté para recoger lo que él deja caer. Se ha pasado toda la vida sin tener que darle explicaciones a nadie, y para cuando por fin lo intenta, ya es demasiado tarde: ella ya no le cree. Atrapada entre un Kael que intenta reparar sus errores y Magnus, un hombre que sí dice las cosas que Kael nunca aprendió a decir, Wren debe decidir qué es lo que quiere para sí misma. A esto se le suma Ronan Voss, el alfa de una manada rival que la ha deseado desde antes de que llevara la marca de Kael, y un mejor amigo dispuesto a hacer lo que sea para ganarse su favor. Wren construyó un imperio para un hombre que jamás la notó hasta que se fue. Lo próximo que construya, lo construirá para sí misma; y ahora, es ella quien gobierna el corazón de los hombres.
View More~ Punto de vista de Wren ~
A las ocho y media, la vela de la mesa se había consumido lo suficiente como para que al fin pudiera admitir la verdad. Esa cena no iba a suceder. Ya lo sabía, más o menos a las siete, cuando la segunda cesta de pan fue y vino intacta y el camarero comenzó a rellenar mi vaso de agua sin que se lo pidiera; noté que le daba lástima y no sabía de qué otra forma demostrarlo. Simplemente no me había permitido decirlo en voz alta, ni siquiera dentro de mi propia cabeza, porque hacerlo significaba aceptar que cinco años de matrimonio se habían reducido a una reserva a la que nadie iba a asistir. De todos modos, esta no era la primera vez que pasaba algo así. En marzo, Kael había cancelado nuestra escapada cuarenta minutos antes de abordar el vuelo, las primeras vacaciones reales que planeábamos en tres años, porque un miembro de la junta quería revisar números un sábado. En junio, me había sentado sola en la sala de espera de un hospital mientras mi hermana entraba a cirugía; incluso después de dejarle tres llamadas perdidas, él se limitó a enviarme un mensaje de texto. —Perdona, pero no puedo ir. Surgió algo imprevisto— Cada vez que ocurría algo semejante, me repetía lo mismo: aquello era lo que implicaba amar a un hombre con un imperio que administrar. Sabía exactamente cuán pesado era ese imperio porque yo misma había ayudado a construirlo con mis propias manos, acuerdo tras acuerdo, durante cinco años. Sentada allí, completamente sola en nuestro aniversario de bodas y vistiendo ese vestido verde tan ceñido que según él le gustaba, debía de parecer una payasa. A las nueve dejé de buscarle excusas y abrí la aplicación de rastreo en el teléfono. La habíamos configurado años atrás, cuando él casi sufre un atentado por parte de un rival. Eran tiempos peligrosos, así que debíamos asegurarnos de estar a salvo el uno del otro, pero ahora la usaría para otra cosa. El punto azul en la pantalla no estaba ni cerca de su oficina, sino a once minutos de allí, en un bar con terraza del que jamás le había oído hablar en cinco años de matrimonio. —No le des tantas vueltas. Podría ser cualquier cosa— me dije. Probablemente se trataba de un cliente o de un miembro de la junta que lo retenía hasta tarde y por eso no había visto mis mensajes ni recordaba la reserva. Pagué la cena intacta y conduje hasta el lugar de todos modos, impulsada por una parte pequeña y terca de mí que todavía deseaba que él tuviera una coartada lo bastante buena como para que aquello no fuera lo que aparentaba. Cuando llegué, lo distinguí de inmediato a través del cristal antes tan siquiera de bajarme del auto. Se reía a carcajadas, una expresión a la que no estaba acostumbrada. Había visto sus sonrisas educadas de negocios y su semblante agitado en el pasado, pero aquello era diferente. Se veía sumamente relajado, y eso me inquietó porque enfrente de él había una mujer con la mano apoyada cerca de la suya sobre la mesa, sin llegar a tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que no hiciera falta. La reconocí porque era la misma mujer que había atormentado mi matrimonio: Celeste, a quien todos señalaban como su primer amor de la secundaria. Me quedé de pie en la banqueta y observé a mi esposo sonreír con esa sonrisa que yo había intentado ganar infructuosamente durante cinco años. Esperé a que el impacto me golpeara, pero no ocurrió. Lo que sentí en su lugar fue algo más parecido al alivio, esa extraña clase de calma que sobreviene tras contener la respiración tanto tiempo que el cuerpo olvida cómo hacer otra cosa. Había sabido la verdad todos estos años, mas me empeñaba en mentirme a mí misma; deseaba aferrarme a pesar de carecer de motivos, al tiempo que buscaba una razón para soltarlo aunque el corazón se me hiciera pedazos. Y ese era el problema de ser la compañera destinada de alguien, algo sobre lo que nadie te advertía. Al lazo no le importaba si él te merecía; simplemente tiraba y tiraba sin parar, y una pasaba años confundiendo ese tirón con amor, confundiendo su gravedad con algo que se había ganado. Me había pasado un lustro diciéndome que lo que sentía por Kael era una elección. Al verlo sonreírle a otra mujer, ya no estaba tan segura. Aún así, necesitaba estarlo. Requería la certeza de que tal vez no estaba exagerando las cosas. Saqué el teléfono y lo llamé. —Hola— Su voz sonó cortante, como de costumbre. —¿Dónde estás? Se supone que nos veríamos a las seis. ¿Acaso lo olvidaste?— Intenté mantener el tono nivelado. —Sí... Perdón, me quedé atascado en una reunión que se alargó demasiado. Ya sabes cómo ha estado lo del acuerdo con Hartley— A través del cristal, lo vi hablar mientras estiraba la mano hacia su copa de vino y me mentía en la cara. —¿A qué hora calculas que terminarás?— Las manos me temblaban mientras apretaba con fuerza el teléfono. —Un par de horas, tal vez. No me esperes despierta— Hizo una pausa y contuve el aliento—. Y por cierto, feliz aniversario. Lo celebraremos este fin de semana— Sonreí con amargura. —¿Este fin de semana?— repetí, y colgué antes de que pudiera decir algo más. Tenía muchas ganas de entrar y armar un escándalo. Tal vez arrojarle el vino a la cara y agarrar a esa mujer del cabello, pero fui incapaz de hacer nada de eso. Me quedé allí un momento más, viendo a mi esposo reírse de algo que Celeste había dicho, y sentí cómo el último sentimiento frágil que albergaba hacia él se derrumbaba en silencio. Aquello ni siquiera era lo peor que me había hecho; tal vez ni figuraba en los primeros cinco puestos de las horribles situaciones que había soportado desde que nos unimos como pareja, pero ya me había quedado sin espacio para cargar con una excusa más, y por primera vez en cinco años, ni siquiera intenté inventar una. Pensé en el vestido que tanto detestaba pero que me había puesto, en la reserva a la que nadie acudió y en cómo debía de estar burlándose de mí junto a su amante. Durante todos esos años me había tragado todas sus humillaciones, mas ya estaba demasiado cansada para aguantar más. Había terminado de hacer el papel de tonta. Reflexioné sobre lo fácil que habría sido fingir que nada de esto ocurrió y dejar que se metiera a la cama a medianoche, cuando terminara de retozar y oliendo al perfume de otra persona, con alguna disculpa barata que yo aceptaría como siempre lo hacía, porque aceptarlo siempre había resultado más sencillo que descubrir lo que venía después. Así que no conduje a casa. Me dirigí al departamento de Naomi porque sabía que ella me sacaría las ideas absurdas de la cabeza, ya que nunca lo había querido a pesar de que yo me pasara defendiendo y justificando su mal comportamiento. Al llegar a su edificio, la llamé para avisarle que estaba afuera. —Qué bueno que viniste. Tuve un día terrible en el trabajo, Dios, esos malditos imbéciles corporativos simplemente...— Abrió la puerta a mitad de su queja sobre su propia jornada desastrosa, cargando un montón de recipientes de comida para llevar en un brazo. Pero en cuanto me vio la expresión, se detuvo y entrecerró los ojos. —¿Puedo pasar?— Sonreí con amargura. Frunció el ceño, dejó caer lo que llevaba en las manos y me arrastró al interior. —Dime cuál de las dos va a ir a la cárcel esta noche— bufó cruzándose de brazos y lanzándome una mirada severa. Intenté hablar, relatarle todo lo sucedido aquel día, pero ni siquiera pude articular palabra. Me dolía tanto el pecho que sentía ganas de gritar, y lo único que conseguí decir fue: —Quiero el divorcio— Naomi soltó una risita mientras se cruzaba de brazos sobre el pecho. —Ya era hora— me sonrió. Esta vez iba de verdad a dejar a ese maldito tramposo.Su voz era tan distintiva, en el mejor de los sentidos, que me pareció entrañable.Parpadeé. —En absoluto —dije demasiado rápido.—Entonces estamos bien. —Volvió a mirar su bebida.Estuve a punto de reírme de mí misma. Me sorprendió tanto que por poco me ahogo con el whisky.Él miró de reojo. —¿Estás bien?—Divina —dejé el vaso sobre la barra—. Aunque vaya noche. Una semana fantástica, la verdad. Todo va de maravilla. —Mi tono sonó un poco demasiado alto y me di cuenta de que probablemente estaba achispada.—Has pedido cuatro de esos desde que llegué —dijo, señalando mi vaso con la cabeza—. Así que probablemente no.—Eres muy observador —me volví para mirarlo como se debía, y algo en sus facciones tiró del borde de mi memoria. Alcé una ceja—. ¿Nos conocemos?—¿Crees que me conoces? —respondió.Entrecerré los ojos. —Estás evadiendo la pregunta.Él se encogió de hombros. —Tal vez sí. —Volvió a centrarse en su bebida, y me molestó un poco lo inmutables que se veían su postura y su indife
Tenía la chamarra a medio poner cuando Naomi apareció en el pasillo, luciendo completamente exhausta. Pero entonces se detuvo y se quedó mirándome fijamente.—¿A dónde vas?—Afuera.Hizo una mueca. —¿Afuera a dónde?—Solo afuera, Naomi. —Me subí la chamarra por completo y alcancé mi bolso—. Necesito aire.Se cruzó de brazos, bloqueando la puerta. —Son casi las once, nena.—Lo sé.—¡Wren!—No voy a hacer ninguna estupidez. —Tenía los labios apretados—. Solo... necesito no estar entre cuatro paredes ahora mismo. Volveré.Estudió mi rostro durante un largo rato y luego soltó un suspiro de derrota. —Mantén el teléfono encendido. Si no respondes a mis mensajes en diez minutos, te llamaré, y si no contestas, llamaré a toda la manada. —Me agitaba un dedo amenazante en la cara con expresión severa.Solté una ligera risa. —Tú no conoces a nadie en la manada.—Ya me ingeniaré algo. —Se encogió de hombros.—Volveré. Cierra las puertas con seguro —le dije, pasando a su lado.Cuando llegué al asce
La oficina de Whitfield envió un correo electrónico formal dos días después en el que declaraba que no avanzarían con ninguna parte del contrato sin mi participación directa.Daniel hizo eso completamente por su cuenta, porque había cumplido cada palabra sobre confiar en mí y no en el nombre de la empresa asociado a mi persona.Esos dos días habían sido buenos, por extraño que fuera admitirlo. Había trabajado desde la mesa de la cocina de Naomi con mi laptop y, de algún modo, había avanzado más en el acuerdo real que en semanas haciéndolo por la vía oficial.Resultó que no necesitaba su edificio ni su aprobación para ser buena en esto. Simplemente nunca había puesto a prueba esa teoría hasta que me arrinconó.—A ver si ahora soy yo la que está rogando —sonreí al ver el reporte de las acciones de Drayton cayendo en picada tras hacerse público el retiro de Whitfield.Kael siempre había sido un hombre orgulloso, pero sabía que esto también lo sacudiría y tenía curiosidad por ver cómo lo
Cuando llegué a la oficina al día siguiente, encontré a Priya, mi asistente, de pie junto a mi puerta con una caja en las manos y una expresión de profunda preocupación en cuanto me vio.—¡Luna...! —exhaló, y al acercarme un poco más vi mi placa con el nombre, algunos de mis documentos habituales y mi taza favorita dentro de la caja que sostenía.—¿Qué es esto? —pregunté frunciendo el ceño.—Dio la orden de despejar su oficina esta mañana, y a todos los integrantes del equipo se les informó que la han apartado del contrato con Whitfield, con efecto inmediato —dijo con un semblante apenado.El contrato de Whitfield era un proyecto de gran envergadura en el que había invertido los últimos ocho meses de mi vida negociando. Había redactado dos reestructuraciones completas del acuerdo cuando el equipo legal se acobardó, y en cada llamada de medianoche en la que Daniel Whitfield quería cambiar algo, yo era la única que contestaba.Me había reunido con Daniel incontables veces cuando él duda












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