INICIAR SESIÓNSin aliento. Así quedé.
Sebastián
Nadie, en toda mi existencia, se había atrevido jamás a cerrarme la puerta en la cara. La furia pugna dentro de mí con un extraño atisbo de admiración por su audacia, un coctel delicioso de emociones que me deja perplejo. Una cosa, sin embargo, es completamente claro: esta relación será un juego fascinante, y la anticipación de cuanto voy a disfrutarlo me invade. Camino hacia el auto y parto sin mirar atrás, tomo el volante con fuerza, como si quisiera arrancarlo de su base. Me siento excitado. En el primer semáforo que encuentro marco el número de mi asistente mientras espero a que la luz cambie de color.
—Señor Falcó —responde con un tinte de cansancio en su tono de voz. Quizás no sea la hora, pero cuando ella firmó su contrato, era consciente de que debía de estar disponible para mí las veinticuatro horas del día, todos los días.
—Averigua en donde será el funeral de la señora Van Der Beek y envía el arreglo floral más costoso que encuentres —le ordeno.
—Sí, señor —contesta al instante, por lo que cuelgo y me dirijo a casa.
Al llegar, sin mucha ceremonia, subo a mi cuarto, me cambio de ropa y me meto a la cama, sin haber dejado de pensar ni un solo momento en mi prometida. Mi mente se niega a desconectarse, a olvidarse de ella. Amelia Van Der Beek lo ocupa todo: el eco de su voz, en la forma en la que me habló, la insolencia de sus palabras, en la intensidad arrogante de su mirada.
Sus ojos son aún más hipnotizantes de cerca… son un abismo de perdición…
—¡Sebastián despierta! —Abro los ojos con pesar cuando la luz del sol invade por completo la habitación y la estruendosa voz de mi abuelo rompe el silencio—. ¡Vamos! ¡Sal de la cama! —exclama mi abuelo con una premura inusual luego de haber corrido las cortinas.
Resoplo tragándome la rabia que se desarrolla en mi interior.
—¿Qué sucede? —susurro, intentando que mi cerebro termine de despertar y ensamble coherentemente los fragmentos de realidad.
Miro la hora en el reloj de la mesita de noche y me fijo que ya es tarde. Me quedé dormido, es la primera vez que me sucede desde hace mucho tiempo.
—La madre de tu prometida falleció ayer por la noche —informa agitando el periódico en el aire. Le extiendo la mano para que me lo dé.
—Lo sé —confieso sin interés—, anoche cuando la fui a buscar ella misma me lo dijo —agrego a la vez que leo la nota de prensa: los actos fúnebres serán un evento privado con familiares y amigos cercanos.
—¿Entonces qué haces tú aquí? ¿Por qué sigues durmiendo cuando tu novia necesita tu presencia? —inquiere en un tono molesto que rara vez muestra.
Lo miro por un segundo y pienso en mi respuesta, pero la verdad es que lo que suceda con la familia Van Der Beek me importa muy poco.
—Porque no es mi novia, solo es la mujer que tú elegiste para mí y porque no me interesa perder mi tiempo en ese tipo de cosas —contesto con toda la sinceridad de la que soy capaz. Sin decir nada me arranca el periódico de las manos y lo azota con fuerza en mi cabeza.
—Me importa una m****a lo que pienses de esta unión Sebastián —anuncia, su voz, un susurro contenido. Pero cargado de una furia que nunca antes le había escuchado—. Vas a asistir al funeral y te quedaras al lado de Amelia Van Der Beek y sin importar que ella te eche de su lado mil veces, te quedaras ahí demostrándole tu apoyo —sentencia y me doy cuenta de que no tengo opción a negarme.
—¿Por qué? —cuestiono deteniendo sus pasos—, ¿Por qué tanto interés en esta boda? —Salgo de la cama con la intriga carcomiéndome. Tanto interés no puede ser solo porque si—. No necesitamos el dinero de los Van Der Beek, nuestra empresa es una de las mejor consolidadas en todo el Reino Unido —alego mirándolo a los ojos.
Estoy seguro de que hay algo más en todo esto, un interés oculto.
—Porque los Falcó somos hombres de honor y nuestra palabra vale más que cualquier fortuna —dice recuperando la calma con una habilidad inquietante—, sin embargo, si no quieres continuar con esta alianza, ni quieres obedecer mis órdenes, estás en tu derecho de hacerlo, eres libre de elegir —hace una pausa en la que parece pensar sus palabras con total cautela—, pero entonces prepárate para asumir las consecuencias —susurra afilando la voz como una serpiente.
Su advertencia no es más que un recordatorio de que si no sigo adelante con la boda, entonces voy a perder mi posición como CEO de la empresa. He trabajado mucho para estar en ese puesto, para tener el control en mis manos, no obstante, no estoy dispuesto a hacer lo que a él, se le venga en gana solo para permanecer en la cima de la montaña.
Puedo conseguir eso y más por mi cuenta.
—Bien, te devuelvo tu empresa. Tengo dinero suficiente como para iniciar mi propio negocio y olvidarme de esta maldita estupidez de una vez por todas —señalo con una sonrisa de victoria, no obstante, su mirada fría y calculada hace que mi sonrisa se borre al instante.
Un frío cortante me hiela la sangre dentro de las venas. En su rostro se refleja una sonrisa diabólica que no le alcanza los labios.
—¿Tienes dinero? —Sus labios se curvan—. ¿Seguro?, porque hasta donde tengo entendido todo lo que tienes, incluyendo tu dinero, me pertenece —decreta saboreando cada palabra—, y si no te vas a casar con la señorita Van Der Beek, todo lo que poseo incluyendo tus supuestos activos personales, irán a parar a manos de la caridad en cuanto yo muera —concluye y sale de la habitación dejándome sin habla.
El viejo sacó todas sus cartas.
El hombre que he conocido toda mi vida, el que me crio con reglas y amor, ahora parece un completo desconocido. Es la primera vez que me amenaza de esta forma, que se comporta así. Nunca había prestado atención a mi estilo de vida, que aunque no es desordenado, tampoco ha sido muy centrado.
O sea, no suelo ir de bar en bar buscando mujeres. De vez en cuando, alguna se me lanza encima y terminamos en la cama, no obstante, mis preferencias son algo especiales y no todas consiguen satisfacer completamente esas preferencias.
En fin, creo que por ahora mi abuelo tiene la b****a en su poder. Entro al baño y me meto bajo el chorro, dejo que el agua caliente me queme la piel mientras la mirada exótica de Amelia aparece de nuevo en mi cabeza. Quiero follarla. Necesito cogerme a mi prometida al menos una vez para sacarme estas ganas de una vez por todas. Pero como hacerlo sin que ella sienta que gracias el sexo significa algo para mí.
Salgo del baño y voy al vestidor, elijo un traje negro con camisa gris oscuro, zapatos negros, mi reloj y un poco de perfume completan el atuendo. Cuando salgo y voy al comedor, desayuno en silencio, sumido en mis propios pensamientos. Mi abuelo, al otro lado de la mesa, parece preparado para dejarme en la calle, sin embargo, no pienso perder todo lo que he construido desde que estoy al mando de la empresa. Es cierto que mi abuelo la salvó de la quiebra y que mi padre en su momento hizo un buen trabajo, pero he sido yo quien la ha modernizado y llevado más allá de nuestras fronteras.
Sin haber terminado de comer, me levanto de mi lugar y salgo de la casa. Afuera mando por el auto y el chofer. Me gusta conducir, pero para este tipo de eventos se debe hacer gala del lujo y la clase, normas banales y absurdas que convierten a la muerte en un evento social en el que la elegante hipocresía hace alarde de sus mejores galas. Pero en fin, enlazarme con el apellido Van Der Beek implica que debo mostrar mi alto estatus, a pesar de que el mundo entero ya lo conoce.
Una dama, como mi futura esposa, merece el mejor trato. Si tan solo supieran lo que yo sé. Mi mente de nuevo me traiciona cuando subo al auto y me hace imaginarla a ella, con una de sus manos adherida al volante mientras conduce por la ciudad, lleva puesto un vestido con escotes pronunciados y que no le llega ni a la mitad del muslo, sin ropa interior y en su interior un vibrador que yo controlo desde el asiento del copiloto al tiempo que con su mano libre me acaricia…
—Señor, hemos llegado —anuncia el chofer sosteniendo la puerta abierta para mí.
¡Maldición, la tengo dura y ni quiera me percate del tiempo que tardamos en llegar!
Empezamos con las actualizaciones, espero poder leer sus reacciones en los comentarios.
Sutil, ligero, así llegó tu voz a mi vida.FreyaEl eco de los aplausos y la música de la recepción todavía vibran en mis oídos, pero el silencio que nos rodea ahora es absoluto. Estamos a diez mil metros de altura, cruzando el cielo nocturno en el avión privado de Sebastián. Es un gesto que, hace meses, habría rechazado por orgullo, pero hoy lo acepto como lo que es: una tregua definitiva. El lujo del jet, con sus acabados en madera oscura y asientos de cuero crema, es la burbuja perfecta que nos protege del resto del mundo.Miro a mi lado. Gabriel se ha quitado el saco y tiene la camisa ligeramente desabrochada. Se ve relajado, pero sus ojos no dejan de buscar los míos cada pocos segundos, como si todavía estuviera asegurándose de que esto no es un espejismo.—¿En qué piensas? —me susurra, entrelazando sus dedos con los míos.—En que, por primera vez, no tengo miedo de aterrizar —respondo, y es la verdad más pura que he pronunciado jamás—. Siento que, esté donde esté, ya llegué a ca
El sol hoy brilla por nosotrosFreyaEl aire de la habitación está saturado con el aroma de las flores frescas y el sutil vapor de los perfumes caros. Hay un ajetreo constante a mi alrededor; manos expertas que pulen mis uñas, que retocan el rubor de mis mejillas y que transforman mi cabello en una obra de arte celestial. Pero extrañamente me siento en paz, como si mis nervios estuvieran anestesiados.—No te muevas, por favor. Si arruino el delineado, Victoria me hará exiliarme a una isla desierta —bromea la maquilladora, pero noto que sus dedos tiemblan ligeramente.Cierro los ojos y tomo una bocanada de aire. No es el aire viciado de la clínica, ni el aire pesado de la soledad. Es un aire que sabe a nuevo.—¡Ya está! —exclama Victoria, entrando en la habitación con un estruendo de seda y elegancia provocando que por poco no solo el delineado, sino todo el maquillaje quede arruinado—. El champán está en su punto exacto de congelación y el fotógrafo está a punto de tener un colapso ne
No, no es un sueño. Y si lo es, no quiero despertarFreyaLa luz de la mañana en Londres no es dorada; es de un gris pálido y suave que se filtra tímidamente por entre as rendijas de las cortinas. Me despierto lentamente, con esa confusión de no saber si todo es un sueño o en verdad está pasando. Siento la suavidad de las sabanas contra mi piel y el peso reconfortante de la respiración rítmica de Gabriel a mi lado, pero hay algo más. Algo más sólido, una sensación nueva que se extiende desde mi mano izquierda por todo mi cuerpo.No me atrevo a abrir los ojos de inmediato. Quiero retener en mi mente el recuerdo de anoche: el retumbar de mi corazón, la luz cálida a nuestro alrededor, las miradas de nuestros amigos, la mirada de Gabriel sobre mí y el temblor de su voz cuando pronunció mi nombre como si fuera una oración sagrada.Suspiro y finalmente levanto la mano, la sitúo frente a mi rostro al tiempo que abro los ojos. Ahí está…La esmeralda brilla orgullosa, rodeada por una docena de
Un sí es todo lo que te pidoGabrielHan pasado tantas cosas y cada una me reafirma en mi decisión de estar con ella, con la mujer que amo. Hoy, dos meses después de aquella desastrosa cena, puedo decir que las cosas no podrían estar mejor. Mi madre, aunque no ha cedido del todo, empieza a aceptar a Freya, es amable con ella y hasta suele llamarla por teléfono para invitarla a su casa o de compras. Mi padre está encantado por su sencillez y Emilia, mi hija le pidió permiso para llamarla mamá, le aseguro que Sarah estaba de acuerdo y que si ella aceptaba al fin podría irse al cielo.No sé hasta qué punto esa conversación sea real, nunca he creído en esas cosas de espíritus, pero si lo es, me siento en paz al saber que ella aprueba mi relación con Freya. Suspiro al ver la escena delante de mí, hasta hace poco solo éramos Emilia y yo, una pequeña familia de dos, mis padres y mis dos amigos eran nuestro único apoyo, ahora somos diecisiete personas compartiendo una mesa.Personas que valor
Libre… así me haces sentirFreyaUn silencio incómodo se cierne sobre nosotros. Estamos en el despacho de Amelia, los señores Aston, Gabriel y yo. Ninguno se atreve a ser el primero en hablar. El aire es pesado, denso. Tengo el pulso acelerado y tengo las palabras atoradas en medio de la garganta. La mano de Gabriel se aprieta contra la mía una y otra vez, como si necesitara recordarse que esto no es un sueño.—Solo estamos perdiendo el tiempo —dice de pronto la señora Aston—, lo mejor es que nos retiremos. —Se pone de pie, pero no se mueve. Su esposo se queda sentado, advirtiendo con ese gesto que esta vez no la apoya.—No sé cuánto saben o como lo descubrieron, pero no todo lo que se ve en esas imágenes es cierto —pronuncio mirando mis rodillas—, si soy yo, pero estaba enferma; sufrí el abandono de mis padres, fui maltratada en los centros de acogida, escapé y viví en la calle, sobreviví. —Hago una pausa para respirar. Alzo la mirada y fijo la mirada en los señores Aston comprendien
Empiezo a vivirFreyaLos días se pasan uno tras otro, borrando las huellas del rencor y del miedo. Max adora a Emilia tanto como a su propia hermana, cada vez que están juntos los tres, él vuelca todas sus atenciones en ellas, es como si todos los demás dejáramos de existir. Por suerte, el trauma de su secuestro, poco a poco queda atrás, se vuelve un recuerdo borroso que ya no lo despierta por las noches ni perturba sus sueños.Hoy decidimos hacer una especie de pícnic en el jardín de Amelia, su padre regresó de su viaje con su nueva esposa, una mujer agradable y sencilla, aunque por lo que escuché, es una dama con una muy buena posición económica y no necesita del dinero de la familia Van Der Beek, Sebastián está mucho mejor, su recuperación fue rápida, yo también estoy bastante bien, ya no siento dolor al caminar y he estado pensando en algo que no deja de dar vueltas en mi cabeza.Necesito un empleo. No puedo vivir el resto de mi vida dependiendo de la caridad de Sebastián y Ameli







