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“Contrato de Odio, Lazos de Amor
“Contrato de Odio, Lazos de Amor
Author: ARYO

El choque bajo la lluvia

Author: ARYO
last update publish date: 2026-04-11 18:05:09

La lluvia caía con furia sobre las calles de Nueva York, como si el cielo mismo estuviera castigando a todos los que aún se atrevían a soñar con un futuro mejor. Lia Moreau corría por la acera resbaladiza, con los tacones hundiéndose en los charcos y el bolso apretado contra el pecho como si fuera su último escudo.

Acababa de salir de su tercera entrevista fallida del día. “No encaja con el perfil que buscamos”, le habían dicho con una sonrisa falsa. Lo que realmente querían decir era que no estaba dispuesta a sonreír y callar ante las miradas incómodas y las insinuaciones veladas del jefe. A sus 24 años, Lia ya había aprendido que el mundo laboral no perdonaba a las mujeres que tenían carácter.

El agua fría le calaba hasta los huesos, pegándole el vestido barato al cuerpo. Su cabello oscuro caía en mechones húmedos sobre su rostro, pero ella no se detenía. Tenía que llegar a casa antes de que el frío la enfermara. El alquiler vencía en tres días y su cuenta bancaria estaba casi en cero. Otra vez.

Un auto negro de lujo pasó a toda velocidad junto a ella, levantando una ola de agua sucia que la bañó de pies a cabeza. Lia se detuvo en seco, la rabia explotando en su interior como un volcán.

—¡Idiota irresponsable! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, sin importarle quién pudiera escucharla—. ¡Mira por dónde conduces!

La ventanilla trasera del vehículo descendió lentamente. Unos ojos grises, fríos como el acero y tan intensos como una tormenta, la miraron directamente. El hombre dentro del auto la observó con evidente desdén, como si ella fuera un insecto molesto que se había cruzado en su camino.

—¿Disculpe? —preguntó con una voz grave, profunda y acostumbrada a que el mundo entero obedeciera sin rechistar.

Lia levantó la barbilla, desafiante a pesar de estar completamente empapada y temblando de frío.

—Disculpe usted. ¿Su dinero le da derecho a atropellar a la gente que camina por la acera? ¡Casi me tira al suelo!

El hombre no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla de arriba abajo con esa expresión arrogante que parecía decir “tú no eres nadie”. Luego, la ventanilla comenzó a subir de nuevo, como si la conversación hubiera terminado para él.

Impulsada por semanas de rechazos, deudas acumuladas y un orgullo que se negaba a doblegarse, Lia dio un paso adelante y golpeó el capó del auto con la palma abierta, produciendo un sonido seco que resonó en la calle vacía.

—¡Al menos tenga la decencia de pedir perdón, arrogante!

La puerta del asiento trasero se abrió con un clic suave. Un hombre alto, de hombros anchos y presencia imponente, bajó del vehículo. Vestía un traje negro impecable que probablemente costaba más que todo el guardarropa de Lia. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado a pesar de la lluvia, y su mandíbula marcada le daba un aire de poder absoluto. Era Alejandro Valtierra, el CEO de Valtierra Group, uno de los hombres más ricos y temidos de la ciudad.

—¿Quién se cree que es para hablarme así? —preguntó él con tono bajo y peligroso, dando un paso hacia ella. La lluvia resbalaba por su rostro sin afectarle en lo más mínimo.

—Alguien que no se deja humillar por tipos como usted —respondió Lia, sosteniéndole la mirada aunque las rodillas le temblaban ligeramente. Su corazón latía con fuerza, pero no iba a retroceder—. Solo porque tiene un auto caro y un traje elegante cree que puede tratar a la gente como si fueran basura.

Por un breve instante, algo cambió en los ojos grises de Alejandro. No era solo irritación. Había un destello de curiosidad, casi de interés, que la desconcertó.

—Suba al auto —ordenó él de repente, sin apartar la vista de ella.

—¿Perdón? —Lia parpadeó, sorprendida por la orden repentina.

—Está empapada y va a enfermarse. Suba. La llevaré donde necesite.

Lia dudó. Su orgullo le gritaba que se negara, que le dijera exactamente dónde podía meterse su “ayuda”. Pero el frío que le calaba los huesos, el vestido pegado a su piel y la certeza de que no tenía dinero ni para un taxi la obligaron a aceptar a regañadientes.

Dentro del auto el calor era delicioso. El olor a cuero caro mezclado con una colonia masculina sutil y cara la envolvió. Alejandro se sentó a su lado, observándola en silencio mientras el chofer ponía el vehículo en marcha. El contraste entre su traje seco y perfecto y el estado lamentable de Lia era casi insultante.

—¿Su nombre? —preguntó él de pronto, rompiendo el silencio.

—Lia. Lia Moreau —respondió ella, cruzando los brazos para ocultar el temblor de sus manos.

Él sacó una tarjeta dorada del bolsillo interior de su saco y se la extendió.

—Mañana a las nueve en punto en la Torre Valtierra, piso 52. Necesito una asistente personal. El sueldo es tres veces superior al promedio del mercado.

Lia tomó la tarjeta con dedos helados y la miró incrédula.

—¿Y si no quiero trabajar para alguien con tan mal carácter?

Alejandro se inclinó ligeramente hacia ella. Su voz se convirtió en un susurro bajo y peligroso que le erizó la piel.

—Entonces continúe empapándose bajo la lluvia y buscando entrevistas que nunca le darán, señorita Moreau. Pero algo me dice que mañana estará allí. La decisión es suya.

El auto se detuvo frente al viejo edificio donde vivía Lia. Ella bajó sin decir una palabra más, con la tarjeta quemándole en la mano y el corazón latiendo descontrolado.

Mientras subía las escaleras desgastadas de su edificio, con el vestido todavía goteando, no podía quitarse de la cabeza esos ojos grises. No tenía idea de que ese encuentro casual acababa de sellar su destino… ni de que en menos de veinticuatro horas estaría firmando un contrato que la ataría al hombre más frío y peligroso de la ciudad.

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