MasukEl aeropuerto John F. Kennedy era un caos organizado de gente que iba y venía, maletas que rodaban, voces que se anunciaban por megafonía. Ivy estaba sentada en una silla de ruedas que Chloe había insistido en conseguirle, con el tobillo enyesado apoyado en el reposapiés y el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer escaparse del pecho.Llevaba allí dos horas. Dos horas mirando la puerta de llegadas internacionales, dos horas viendo pasar desconocidos que se abrazaban, se besaban, se reencontraban. Dos horas deseando ser ella la siguiente.Chloe estaba a su lado, en silencio por una vez, respetando la intensidad del momento. Había sido ella quien la había traído, quien había convencido a los de seguridad para que dejaran pasar la silla, quien le había sujetado la mano durante el viaje en coche.—¿Nerviosa? —preguntó Chloe en voz baja.—No. Nerviosa no. Es otra cosa. Como si tuviera mariposas en el estómago, pero multiplicadas por mil.Chloe sonrió.—Eso se llama amor, Campbel
La noche después del accidente, Ivy no pudo dormir. El yeso le pesaba como una losa, pero no era eso lo que la mantenía despierta. Era la conversación con Darien, la urgencia en su voz, el miedo que había traspasado el teléfono y se había instalado en su pecho. Sabía que él estaba preocupado, sabía que daría cualquier cosa por estar ahí, y esa certeza era a la vez un bálsamo y una tortura.A las tres de la madrugada, su teléfono vibró. Un mensaje.Darien: No puedo dormir. Sólo pienso en ti, en que estás sola, en que podría haberte pasado algo peor. He estado mirando vuelos.Ivy sintió que el corazón se le aceleraba. Marcó su número inmediatamente.—¿Darien?—Ivy. —Su voz sonaba ronca, agotada—. ¿Por qué no duermes?—Lo mismo te pregunto.—Porque no puedo dejar de pensar. En la foto. En cómo te vi en esa cama de hospital. En que no estaba allí.—Estás aquí. En cada llamada, en cada mensaje. No necesito que estés físicamente para sentirte cerca.—Pero yo sí. Necesito verte, tocarte,
La quinta semana en Tokio trajo consigo un cambio en el tono de las llamadas nocturnas. Lo que habían comenzado como conversaciones cálidas y confidencias vulnerables, empezó a teñirse de algo más. Algo que ninguno de los dos nombraba, pero que crecía con cada palabra, con cada silencio, con cada respiración entrecortada al otro lado de la línea.Esa noche, Ivy se había acostado temprano, pero no podía dormir. La camiseta negra de Darien, la que usaba cuando tocaba el piano, estaba arrugada entre sus brazos, impregnada de un olor que ya comenzaba a desvanecerse. Cuando el teléfono vibró con su llamada, su corazón dio un vuelco.—¿Darien?—Hola. —Su voz sonaba grave, diferente—. ¿Estabas durmiendo?—No. No podía.—Yo tampoco. Llevo horas despierto, pensando en ti.La frase cayó como una piedra en un estanque. Ivy sintió un cosquilleo recorrer su piel.—¿En qué pensabas?—En ti. En tu piel. En la forma en que me miraste la última noche. En cómo quiero volver a tocarte.El aire se vo
La cuarta semana de su estancia en Tokio trajo consigo un cambio evidente en el aire y en el paisaje urbano. El otoño japonés comenzaba a teñir las avenidas de la capital con vívidos tonos rojizos, dorados y cobrizos, transformando el perfil de la ciudad. Mientras tanto, Darien, que llevaba casi un mes entero sumergido en un mar incesante de reuniones corporativas, presentaciones de negocios y complejas negociaciones, empezaba a sentir el verdadero peso de la distancia geográfica de una forma completamente nueva. No se trataba únicamente de una punzada de nostalgia por su rutina habitual.Era una conciencia agudizada e incómoda de cómo el tiempo transcurría de forma inexorable, y de que cada día que pasaba lejos de Ivy en Nueva York se sentía como una oportunidad irremediablemente perdida.Esa noche, tras concluir una cena de negocios especialmente agotadora con un grupo de inversores locales en un exclusivo restaurante de Ginza, Darien regresó exhausto a su suite del hotel. Ni si
La tercera semana en Tokio trajo consigo una rutina que Darien nunca había experimentado. Las reuniones seguían siendo interminables, las cenas de negocios tan formales como siempre, pero algo había cambiado. Ahora vivía para las llamadas nocturnas con Ivy. Ese momento del día, cuando la ciudad se aquietaba y él podía escuchar su voz al otro lado del mundo, se había convertido en su razón para seguir adelante.Esa noche, la diferencia horaria jugaba a su favor. En Tokio eran las once, en Nueva York las diez de la mañana. Ivy había pedido salir temprano de la editorial, y él había cancelado una cena con inversores para estar libre. Necesitaba oírla. Necesitaba más que los mensajes rápidos que intercambiaban durante el día.—Hola —dijo ella cuando contestó, y su voz sonaba cansada pero cálida.—Hola. ¿Cómo estás?—Bien. Bueno, regular. Te echo de menos.—Yo también. Más de lo que debería.Hubo una pausa, ese silencio cómodo que ya conocían. Luego, él se recostó en la cama, mirando
Tokio recibió a Darien con un muro de humedad y luces de neón que parpadeaban en todos los colores imaginables. El jet lag golpeó su cuerpo como una tonelada de ladrillos, pero su mente no podía descansar. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Ivy. Su sonrisa, sus pecas, la forma en que lo había mirado desde la puerta del ático mientras él se alejaba hacia el ascensor.El hotel era un rascacielos de cristal en el distrito de Shinjuku, una habitación minimalista con vistas a una ciudad que nunca dormía. Dejó la maleta, se quitó la chaqueta y miró el teléfono. La diferencia horaria: trece horas. En Nueva York eran las seis de la mañana. Ivy estaría durmiendo.Escribió un mensaje.Darien: He llegado bien. El viaje, largo. La ciudad, abrumadora. Te echo de menos.La respuesta llegó cuarenta minutos después, cuando él ya estaba en la ducha tratando de despejarse.Ivy: Me alegro de que hayas llegado bien. Yo también te echo de menos. Duerme algo.Sonrió ante la pantalla. Incluso a miles







