LOGINResumen Una Noche con el Director Glacial Después de una ruptura humillante, Lina Varel decide olvidar su pena durante una noche en Valésia. Entre alcohol y rabia, pasa la noche con un desconocido arrogante al que no piensa volver a ver. Al día siguiente, descubre con horror que ese hombre no es otro que Adrian Kessler, el temible director de la empresa donde acaba de ser contratada. Entre tensiones, provocaciones y una atracción incontrolable, su día a día se vuelve explosivo.
View MoreCapítulo 1
Lina
El restaurante está abarrotado. Risas, tintineo de cubiertos, una luz tenue que acaricia los manteles blancos. Estoy sentada frente a Marc, y sonrío porque eso es lo que se hace cuando una está prometida y aún ignora la verdad.
Él deja el tenedor. Apenas ha tocado su plato. Yo tampoco. Mi estómago está anudado desde esta mañana, desde ese mensaje que recibió y que ocultó demasiado rápido. Creí que era del trabajo. Soy ingenua.
—Lina —dice él.
Su tono es dulce. Demasiado dulce. Es el tono que se usa para anunciar malas noticias con la esperanza de que pasen mejor.
—¿Qué?
Se pasa una mano por el pelo rubio. Es guapo, Marc. Guapo como un chico que nunca ha tenido que luchar por nada. Su traje es nuevo, su reloj también. Hace seis meses, le ayudé a conseguir ese puesto. Lo animé, revisé sus cartas de presentación, soporté sus noches de angustia. Hoy gana tres veces mi salario. Y ya no me mira como antes.
—Tenemos que hablar.
—Habla.
Cojo mi copa de vino. Un tinto espeso, casi negro. Bebo un sorbo para impedirme gritar.
—No creo que estemos hechos el uno para el otro —dice finalmente.
Las palabras caen sobre el mantel como cuchillos. A nuestro alrededor, nadie nos escucha. Los demás comensales viven su vida normal, indiferentes al derrumbe de la mía.
—¿Qué estás diciendo? —digo, con la voz extrañamente calmada.
—Te dejo, Lina.
No sostiene mi mirada. Fija su plato, sus dedos que juegan con la servilleta. Tiene vergüenza. No la suficiente para detenerse, pero sí para desviar los ojos.
—¿Por qué?
—Porque…
Vacila. El segundo dura una eternidad. Y en ese segundo, lo comprendo todo. Las noches que terminaba tarde, los mensajes que borraba, los perfumes que yo no usaba. Soy una mujer inteligente. Simplemente me negué a ver.
—Hay alguien más —digo, no es una pregunta.
Asiente. Su movimiento es minúsculo, casi culpable.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo.
—Marc. Mírame y dime quién.
Finalmente levanta los ojos. Sus iris claros están húmedos. Va a llorar. Él. Se atreve a llorar mientras es él quien me rompe.
—Es Anaïs —murmura.
El nombre golpea mi pecho como una bala. Anaïs. Mi prima. La chica con la que crecí, con la que compartí habitaciones, secretos, carcajadas. Ella fue mi dama de honor. Me ayudó a elegir mi vestido de novia.
La sangre abandona mi rostro. Siento el labial agrietarse en mis labios secos.
—Te acuestas con mi prima.
—No es solo… nos queremos, Lina. Lo siento.
Lo siente. Como se siente haber derramado un vaso, haber estropeado una prenda. No haber destruido a dos mujeres.
Dejo mi copa. Mis dedos tiemblan, pero mi voz es de acero.
—¿Desde cuándo?
—Tres meses.
Tres meses. Tres meses compartiendo mi cama con un mentiroso. Tres meses en que mi prima me sonríe deseándome suerte para la boda. Tres meses de mentiras, de noches en que venía a mí después de ella, de besos robados en mi boca que había besado en otro lugar una hora antes.
Me levanto. La silla chirría sobre el parqué. Algunas cabezas se giran. Una mujer me mira con una mezcla de curiosidad y lástima.
—Lina, siéntate —suplica Marc.
—No.
Cojo mi bolso. No miro el resto del restaurante. No miro las otras mesas, las parejas felices, las familias unidas. Miro la puerta. Camino hacia ella. Mis tacones repiquetean, un ritmo de cólera.
—¡Lina, podemos hablar como adultos!
También se ha levantado. Viene hacia mí. Su mano atrapa mi brazo, me retiene.
—Suéltame —digo.
—Escúchame.
—Suéltame o grito.
Me suelta. Retrocede. Su rostro está descompuesto. Mejor.
—¿A dónde vas?
—Lejos de ti. Para siempre.
Empujo la puerta. El aire de la calle me golpea, tibio, cargado de gasolina y pan caliente. La noche ha caído hace tiempo. Las farolas de la ciudad, ni siquiera sé dónde estoy, solo conozco el barrio elegante donde Marc me gustaba llevar para mostrar que podía pagar la cuenta.
Camino. No sé a dónde. Mis piernas me llevan sin que yo las guíe. Las lágrimas suben, las trago. Ahora no. No delante de ellos. No delante de la gente que sale de los restaurantes, que ríe, que vive.
Un escaparate. Me detengo. Mi reflejo: una mujer de veintiséis años con vestido azul marino, el pelo suelto, los ojos demasiado brillantes. Parezco lo que soy: una prometida abandonada, una prima traicionada, una idiota que no vio nada.
Mi teléfono vibra. Marc. Cuelgo. Vuelve a llamar. Bloqueo.
Levanto la vista. Una estación. Estoy frente a una estación. El azar, o el destino. Da igual. Cojo mi valor, entro en el vestíbulo inmenso, camino hacia el primer tren que sale.
—Un billete para Valésia —digo en la taquilla.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
Me tienden un billete. Pago. Subo al tren sin mirar atrás. La ciudad detrás de mí se aleja por la ventana, sus luces que se deshilachan, sus recuerdos que arden.
Huyo. No tengo otra cosa que hacer.
El tren se desliza en la noche. Apoyo la frente contra el cristal frío. Las lágrimas corren por fin, silenciosas, ardientes. No las enjugo. Las dejo venir. Las dejo lavar a Marc, a Anaïs, las risas robadas, las promesas rotas, las noches esperando un amor que nunca me dio realmente.
Valésia. Nunca he estado en Valésia. Dicen que es una ciudad de arte y secretos, de noches elegantes y palacios olvidados. Una ciudad donde una puede perderse.
Quiero perderme. Quiero dejar de ser Lina, la buena prometida, la futura esposa, la mujer a la que engañan porque confía demasiado. Quiero ser nadie.
El tren reduce la marcha. Aparecen luces, primero salpicadas, luego densas, luego deslumbrantes. Valésia. La ciudad se alza ante mí, sus torres de vidrio y sus cúpulas antiguas, sus jardines colgantes y sus puentes de piedra. Bajo del tren. Mis piernas pesan. Mi cabeza está vacía.
Salgo de la estación. El aire de la noche es más suave aquí, casi tibio. Unas palmeras bordean la avenida. Una fuente canta a lo lejos. Valésia parece una postal.
No sé a dónde ir. No sé quién soy.
Camino aún, al azar, hasta ver un letrero luminoso: «Hotel de los Embajadores». Parece caro, demasiado caro. Pero cojo una habitación. Subo. Me tumbo en la cama, todavía vestida, los ojos abiertos en la oscuridad.
Mañana seré otra persona.
Mañana olvidaré.
Cierro los párpados. Un último pensamiento para Marc, para su boca que decía «te quiero» mientras pensaba en ella. Lo ahuyento.
Me duermo sola, en Valésia, al borde de recomenzarlo todo.
Capítulo 56AdrianEl avión aterriza en París con un rugido de reactores que no logra cubrir el tumulto de mis pensamientos, esa tormenta que hace estragos en mi cabeza desde hace cuarenta y ocho horas, desde que recibí esa foto, desde que vi a ese niño de ojos gris acero y sonrisa radiante, desde que leí ese mensaje que hizo saltar por los aires todo lo que creía saber. Se llama Liam. Tiene dos años. Es tu hijo. Las palabras giran en mi cabeza, martillean mis sienes, cavan un surco de fuego en mi pecho, y no sé qué es más fuerte, si la rabia, la incredulidad, el dolor o esa alegría salvaje que pulsa en mis venas como un alcohol demasiado fuerte. Un hijo. Tengo un hijo. Yo, Adrian Kessler, el Director Glacial, el hombre que todo el mundo cree incapaz de amar, soy padre. Y no lo sabía.No he respondido al mensaje de Lina. No he podido, no he sabido, no he encontrado las pal
Capítulo 55LinaA la mañana siguiente, estoy sentada en la cama de mi habitación de hotel, con los ojos fijos en el teléfono que sostengo entre mis dedos temblorosos. La noche ha sido larga, poblada de pesadillas en las que veía sin cesar el rostro de Adrian, sus ojos grises llenos de dolor y de rabia, sus labios sobre los míos, el sabor de la sangre. Y luego Anaïs, siempre Anaïs, esa sombra que me persigue desde hace años, que parece decidida a destruir todo lo que construyo.No he conseguido hablarle a la cara, no he conseguido decirle la verdad. Pero hay otro medio. Un medio cobarde quizá, un medio distante, pero un medio que no podrá ser interrumpido por primas vengativas ni padres tiránicos. Tomo mi teléfono, abro mi galería de fotos, y deslizo las imágenes hasta encontrar la que busco. La foto que tomé la semana pasada, en el parque junto a nuestro
Capítulo 54LinaEl beso de Adrian aún me quema en los labios, ese beso salvaje y desesperado que me ha dejado temblando, los labios ensangrentados, el corazón hecho trizas, el alma al descubierto. Hemos permanecido mucho tiempo en los jardines, abrazados el uno al otro, sin hablar, sin movernos, solo mecidos por el canto lejano de la fuente y el perfume de las rosas que flotaba en el aire nocturno. Luego me ha tomado de la mano, me ha llevado de vuelta al interior del hotel, y hemos atravesado el salón de baile sin mirar a nadie, ignorando las miradas curiosas, los murmullos, las preguntas mudas. Victoria, la mujer que estaba a su brazo, ha desaparecido sin que yo sepa dónde ni cómo, y no he hecho preguntas. No tenía fuerzas, no tenía ganas. Todo lo que quería era hablarle, decirle por fin la verdad, confesarle que nunca lo traicioné, que siempre lo amé, que tenemos un hijo.Ahora esta
Capítulo 53AdrianEstá ahí, frente a mí, con los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos sobre una confesión que no llega, las manos temblorosas que se retuercen la una contra la otra como si buscara arrancarse las palabras que no se atreve a pronunciar. La luz de la luna acaricia su rostro, esculpe sus pómulos, hace brillar sus iris avellana con un destello que me vuelve loco, que me embriaga, que me vuelve violento. Dos años. Dos años que desapareció, dos años que me dejó solo con esa carta que me desgarró el corazón, dos años que me consumo en el silencio y la soledad, y he aquí que vuelve, que se planta delante de mí, que murmura promesas de explicaciones sin darlas nunca.—Adrian —dice con una voz temblorosa, una voz que se quiebra en mi nombre—, sé que estás furioso, sé que no comprendes, p






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