Se connecterÉl tiene el anillo, el poder y el contrato. Ella tiene algo más peligroso: la decisión de no pertenecerle. Tras la muerte de su abuelo, la vida de Luciana Sterling se hace añicos. Para salvar el legado familiar, es empujada a un compromiso sin amor con Stefan Vanderbilt, un magnate arrogante que la desprecia desde el primer día y que, además, ama a otra mujer. Pero cuando una traición pública deja a Luciana humillada frente a toda la alta sociedad, el patriarca Vanderbilt cambia las reglas: Stefan tiene 120 días para reparar el daño. Debe lograr que Luciana lo acepte voluntariamente y se case con él por amor, o será desheredado y perderá su imperio para siempre. Stefan cree que puede conquistarla como conquista empresas: con presión, poder y estrategia. Lo que no espera es que Luciana ya tenga un amor al que aferrarse: Ethan, el único hombre que la vio antes del contrato, antes del escándalo y antes de que todos intentaran convertirla en mercancía. Entre celos, traiciones, alianzas peligrosas y una atracción que amenaza con confundirlo todo, Luciana deberá decidir si obedece al destino que otros escribieron para ella… o si se atreve a romper el contrato, aunque eso destruya dos imperios. Porque Stefan puede tener el apellido Vanderbilt. Pero Luciana Sterling todavía tiene la última palabra.
Voir plusEl ático de Central Park West, en el cuarto año de Lucas, era exactamente lo que Luciana y Ethan habían querido que fuera cuando lo compraron.Era cálido, amplio y lleno de vida.Cálido.Lleno de vida.La biblioteca estaba llena de libros que se leían de verdad, con lomos torcidos, papeles entre páginas, una copa olvidada a veces sobre la mesa baja y Lucas empeñado en usar la sección de poesía como escondite provisional para dinosaurios pequeños cuando creía que nadie lo veía. La cocina era una cocina de verdad, no una superficie brillante condenada a la contemplación: Mary la usaba los domingos, Freddy la invadía algunos viernes con entusiasmo desordenado, Lilly encontraba sin esfuerzo los cajones correctos, y Ethan, cuando llegaba tarde, seguía sabiendo exactamente dónde estaba el café.La terraza había dejado de ser solo una terraza con vista al parque. Era el lugar donde Lucas había aprendido a nombrar los edificios que veía desde la barandilla con una mezcla de precisión y fantas
La foto de la graduación de Luciana llevaba tres años en el estante de la entrada del ático.No en el centro. No en un lugar que obligara a mirarla cada vez que uno cruzaba la puerta. Tampoco escondida. Estaba donde terminan quedando ciertas cosas cuando nadie decide moverlas y, precisamente por eso, encuentran una forma de pertenecer: al lado de una caja de cerillas de plata que Ethan ya no recordaba haber comprado, detrás de un pequeño jarrón de vidrio ahumado que Mary llenaba algunos domingos con una rama, una flor o lo que el mercado hubiera considerado digno aquella semana.La foto no había sido recortada.Luciana lo había pensado más de una vez.No de forma dramática. Más bien como una de esas tareas pequeñas que una posterga durante meses con la convicción razonable de que en algún momento se resolverán solas. Chloe estaba en la última fila. Apenas hacia la izquierda. No llamaba la atención si nadie la buscaba. Pero estaba.Recortarla habría sido una decisión.Y las decisiones s
En marzo, cuando Lucas ya había cumplido dos años y había convertido la casa entera en un territorio de preguntas, Stefan fue al ático desde su apartamento del SoHo con Helena Van der Berg.Lucas había aprendido a caminar con nueve meses y a preguntar con diez. A los dos años y algunos meses ya dominaba un registro conversacional que Freddy definía como “agresivamente inquisitivo” y que Mary, con más precisión, llamaba simplemente “exceso de inteligencia mal distribuida a esa edad”.Además, insistía en llevar la brújula a todas partes.No siempre la verdadera —Jerome había logrado introducir una réplica impecable para los usos más riesgosos—, pero Lucas sabía distinguir perfectamente entre una y otra, y mostraba un criterio ofensivamente desarrollado sobre qué objetos eran “de verdad” y cuáles simplemente existían para tranquilizar adultos.El ático estaba en plena tarde cuando sonó el timbre. La biblioteca central recibía una luz lateral limpia. El parque, más allá del cristal, estaba
El tercer año empezó tres semanas antes de lo previsto.Fue un miércoles de octubre, todavía con el parque a medio camino entre el verde tardío y ese oro seco que Manhattan adopta cuando el otoño ya no está llegando, sino instalado. El ático amaneció con la luz limpia de los días fríos y con esa clase de calma doméstica que, en retrospectiva, siempre parece haber estado advirtiendo algo.La mañana empezó normal.Lucas se movió primero como una variación mínima en el cuerpo de Luciana mientras ella seguía en la cama, medio despierta, escuchando desde la distancia el sonido del café en la cocina. Ethan ya estaba levantado. Llevaba meses perfeccionando la rutina de la mañana con la misma seriedad tranquila que dedicaba a todo lo importante: el molido exacto, el agua a la temperatura justa, la taza correcta, la puerta del estudio entreabierta, nunca del todo cerrada, como si incluso al empezar el día quisiera dejarle claro al resto de la casa que seguía disponible para ella.Luciana apoyó












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