INICIAR SESIÓNPor haber destapado la corrupción, y gracias a su enorme talento, Justino se convirtió, como era de esperarse, en el subdirector más joven del hospital.Me compró una casa y un auto, y me dio la vida de lujos con la que sueña cualquier mujer. Me trataba muy bien, tan bien que no había nada que reprocharle.Cuando tenía cólicos me preparaba té de manzanilla con miel; me acompañaba de compras y esperaba con paciencia mientras me probaba una prenda tras otra; incluso cocinaba mi platillo favorito, costillas adobadas.Todos me envidiaban y decían que había encontrado un hombre como no hay otro, guapo, rico y atento hasta en el último detalle. Solo yo sabía que todo eso no era más que una forma de compensarme. Él había destruido mi amor, así que quería repararlo con cosas materiales.Parecíamos la pareja perfecta; compartíamos la cama y pasábamos noches enteras juntos. Con una técnica impecable, me llevaba al cielo varias veces y me hacía sentir el placer más intenso. Pero seguía sin tocarm
Me bajé del tren y regresé al hospital con la cabeza agachada, como un gallo que perdió la pelea. Justino me esperaba en su oficina. Estaba sentado detrás del escritorio y me miraba muy tranquilo, como quien mira a un canario que regresó por su cuenta a la jaula.—¿Ya te cansaste de jugar? —preguntó.No dije nada. Solo lo miré fijamente, sin quitarle los ojos de encima.—¿Qué? ¿No te rindes? —Se puso de pie, se acercó y me sujetó el mentón—. ¿De verdad creíste que te iba a dejar ir?—Justino, ¿qué es lo que quieres de mí? —grité al fin, quebrada—. Ya tienes a Alma, ¿por qué no me dejas en paz?—¿Quién te dijo que tengo a Alma? —Arqueó una ceja.—¡Lo vi! ¡Entraste al hotel sosteniéndola!—¿Y luego? —Me miró divertido—. ¿Nos viste pedir un cuarto? ¿O nos viste acostarnos?No supe qué responder.—Solo la llevé a su casa porque estaba borracha. Vive en el último piso de ese hotel. —Me dijo, con un tono de resignación en la voz—. Citlali, ¿en tu cabeza no cabe nada más que estupideces como
El pasillo volvió a quedar en silencio. Justino se dio la vuelta y me miró con una expresión indescifrable.—De ahora en adelante, aléjate de ella —dijo.—¿Por qué? —pregunté.—Porque sí. —Me soltó la mano, se dio la vuelta y entró en su oficina.Lo vi alejarse y me surgió una sospecha atrevida. Si me pedía que me alejara de Alma, no era por miedo a que yo la lastimara a ella, sino por miedo a que Alma me lastimara a mí.Esa idea cayó en mi corazón como una piedra en el agua y dejó ondas que se extendían en círculos. Tal vez sí sentía algo por mí, después de todo.Empecé a contraatacar.Dejé de esperar su llamado sin hacer nada y empecé a tomar la iniciativa.Le llevaba comida casera que yo misma hacía y, cuando tenía una cirugía, le dejaba listas de antemano agua y una toalla. Incluso aprendí a imitar a Alma y me ponía cariñosa y caprichosa con él.Justino pareció algo sorprendido por mi cambio de actitud, pero no le molestó. Se comía la comida que le llevaba, se secaba el sudor con l
El encaje negro se ceñía a cada curva de mi cuerpo. La falda era tan corta que apenas me cubría el trasero, y mis piernas largas brillaban, provocadoras, bajo la luz.Se notó que a Justino se le hacía más pesada la respiración.—Citlali, ¿te volviste loca?—Sí, me volví loca. —Caminé hasta él, me senté sobre sus piernas y le rodeé el cuello con los brazos—. Tú me volviste loca.Bajé la cabeza y fui yo quien lo besó en los labios. No me apartó. Su mano, como si tuviera voluntad propia, me acarició la espalda desnuda y fue bajando hasta hundirse en el misterio del encaje.—Diablita —murmuró mientras me mordía la oreja—, ¿tanto me deseas?—Sí —dije pegada a su pecho, sintiendo los latidos fuertes de su corazón—. Me muero de ganas. Justino, no me rechaces.Lo dije casi suplicando. Dejé a un lado toda mi dignidad y mi orgullo. Lo único que quería era retenerlo, aunque tuviera que rebajarme.Pareció gustarle que yo tomara la iniciativa. Me cargó, me puso sobre el amplio escritorio y se incli
—Ven aquí —ordenó.No me moví.—¿Qué? ¿Ahora te crees muy independiente?—Justino. —Lo miré a los ojos y, por primera vez, lo llamé por su nombre, sin el “doctor”—. ¿La amas?Se quedó confundido un instante y luego se rio con burla.—¿Y eso qué tiene que ver contigo? Lo único que tienes que recordar es que solo eres mi paciente.—¿Paciente? —Me reí de mí misma—. Claro, solo soy tu paciente. ¡Una paciente que puedes manejar a tu antojo y tirar cuando te aburras de ella!Todo lo que me había tragado y toda la furia que llevaba tanto tiempo acumulando estallaron.—¿Y Alma? ¿Ella también es tu paciente? ¡¿También le vas a hacer a ella todo lo que me haces a mí?! —le reclamé, histérica.¡Plas!Me estampó una cachetada sonora con todas sus fuerzas. La mejilla me ardía y sentí un sabor a sangre en los labios. Me quedé aturdida. Era la primera vez que me agredía.—Citlali, no olvides cuál es tu lugar. —Me agarró del cuello y me inmovilizó contra la pared, con una expresión tan siniestra que da
Me derrumbé. Como una criatura a la que le hubieran arrancado todos los huesos, me deslicé por la pared hasta el suelo. Me di por vencida.Frente a su poder absoluto y su control perverso, no tenía ninguna posibilidad de ganar. Temblando, saqué la punta de la lengua y lamí aquel dedo impregnado de mi propio olor. Un sabor salado, con un dejo dulzón y almizclado, se me extendió por la boca.Era el sabor de la humillación. Justino parecía muy satisfecho con mi obediencia. Guardó el celular y me miró, como quien admira una obra de arte que él mismo había domado.—Recuerda este sabor, Citlali. A partir de hoy eres mía.***Después de esa noche, me convertí en la “paciente” exclusiva de Justino.No volvió a usar conmigo ese aparato espantoso, pero su “tratamiento” me torturaba de mil maneras distintas.Entre una ronda y otra, me llamaba a las escaleras de servicio, donde no había nadie, y me ordenaba subirme la falda para revisar si me estaba poniendo “el tratamiento”.Al terminar una cirug







